
Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.
(Il Gattopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, 1958)
Un anuncio sospechoso
«Estos serán mis últimos días o semanas. Después, presentaré mi dimisión. Propondré que mi lista para las elecciones se llame Ujedinjena Srbija (“Serbia Unida”)» —aseguró Vučić a finales de junio del tórrido 2026—. Muchos serbios están bastante ahítos ya del predsednik (presidente). Lo están, del mismo modo, de sus inacabables trapacerías. Es por ello por lo que sus palabras suscitan más suspicacia que sensación de evidencia.
—¿Que se va? Venga ya… Ese se presenta kancler, pero fijo —asegura Saša, totalmente seguro.
—Ese lo que quiere es ser premijer —sostiene Ticho.
En mayo de 2027 se celebran las elecciones a la presidencia de Serbia. A Vučić no le tose nadie desde 2017. Tenía tirón electoral, con ese estilo orbanístico aderezado por cierto tufo pasado de moda de la Yugoslavia más decadente. Aquel ingenioso artilugio balcánico que tomó su propio camino sin stalines y sin trumanes. No quería que el primero liberara Yugoslavia estilo países del este ni que EE. UU. se montara un protectorado a lo puertorriqueño o cubano. De aquella Yugoslavia, federal primero, cuasiconfederal al final, no quedó ni la estrella ni el rollo autogestionario, solo la crisis económica de los años ochenta, la corrupción intrínseca del sistema, los nacionalismos y las desigualdades entre repúblicas que acabaron provocando conflictos armados que no trajeron más que sinsabores.
Y no le tosen, volviendo al resfriado venial, a Vučić. Para ser sinceros —tampoco es que se tuviera en mente la mentira—, porque dispone de medicamentos: su carisma como candidato se ve reforzado por la manipulación electoral, que no se limitaría a casos aislados de fraude, sino que arroja toda una (infra)estructura: desde la adulteración del censo hasta la migración de votantes de fuera de Serbia, o de fuera de este mundo (electores ya fallecidos o con más de cien años), uso de funcionarios o instituciones del Estado al servicio del SNS, control de los medios de comunicación, clientelismo, compra de votos, amenazas e intimidación a opositores.
Serbia no tuvo suerte nunca: tras el imperio mítico medieval, sobrevino la ocupación otomana por más de tres siglos, dos guerras mundiales (con ocupación nazi y guerra civil en la última de ellas). Gozó de cierto prestigio mundial la Yugoslavia socialista de Tito, pero su final no fue tranquilo: Milošević metió a los serbios en la aspiración imposible de la Gran Serbia —quimera que, para 1992, parecía ir por buen camino para sus ideólogos—. Sin embargo, los gloriosos planes solo quedaron en una Serbia responsable de innumerables crímenes, la separación de Montenegro (la montenegrinidad, para algunos necesitados de consuelo, despliega una manera curiosa de ser serbio) y, más tarde, la de Kosovo (convertida primero en protectorado europeo y después en un Estado que no pocos países y de no poca relevancia no reconocen).
Más de uno ve todavía una oportunidad: puede decir que, pegada a las fronteras serbias, como una especie de C invertida, se ubica la Republika Srpska (RS), que sueña con un Texas balcánico. Solo que es parte de la fallida federación de Bosnia y, ya puestos a no tener, ni es un Estado ni presenta continuidad geográfica, en tanto que está cortada en dos por el multiétnico Distrito de Brčko. Comandada por un socialreformista devenido en nacionalista macarra llamado Milorad Dodik, el asunto no promete mucho. No es menos cierto que él es serbio y mucho serbio, como Vučić, serbio, pero no serio.
Bien sea la Serbia de ahora o las yugoslavitas por las que transitó el país desde la disolución de la verdadera Yugoslavia —la de la buena idea— hasta ahora, el atribulado país estuvo más cerca de llegar a la Unión Europea que nunca. Era frontrunner junto a Montenegro. En 2026, el país costeño ve la línea de llegada en solitario, lo que podía haber sido Serbia aunque con la variante idiomática de la ijekavica, más mediterráneos pero también más palatalizantes, como los rusos.
Dejando a los montenegrinos —con dialecto o sin él—, la cuestión es que el hada de la fortuna pasó de largo para Serbia —y eso que ni siquiera era calva—. Fue más frontrunner que nunca al contar con el alineamiento astral de albergar, en la primera década de la corriente centuria, dirigentes de la talla de Zoran Đinđić y Boris Tadić. Jóvenes, guapos, modernos, de mundo, europeístas: casi se podía entonar sin avergonzarse el cántico futbolístico aquel, una modalidad serbia del «yo soy español, español, español», cañí de to la vida que pasa por muy de ahora.
A Đinđić, filósofo, exalcalde de la vibrante Belgrado y primer ministro, lo mataron por su prisa en las reformas. Por fortuna, se disponía de un recambio: su compañero Tadić, otro hombre mu preparado también, psicólogo de profesión: como Radovan Karadžić, pero sin crímenes de guerra y limpiezas étnicas asesinas a sus espaldas. Hoy no le va muy bien al bueno de Boris. Tiene un partidillo socialdemócrata con un puñado de diputados. Ha pasado a la irrelevancia. Los estudiantes serbios recuerdan a Đinđić, pábulo de las protestas, de lo que pudo ser, no fue y se ansía.
Tadić no levanta cabeza. «¡Tibio!», le dicen. Le achacan que no hubiera sido capaz de erigir un sistema anti-Vučić, por mucho que no fuera una tarea fácil. No era tan reformista ni decidido como Zoran. Cierto, pero también había tomado nota del aviso a navegantes —como las guerras judiciales, pero con vidas truncadas a tiros—: no es moco de pavo. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, en el suelo lleno de sangre, a más añadidura, es menester que lo mínimo que te quede sea poner las tuyas a remojar; puestos a pedir, que no descansen en el aludido elemento rico en hierro. Luego llegó, sin comerlo ni beberlo casi, el anodino Toma Nikolić, y luego Vučić le hizo el gato y —el juego de palabras es irresistible, me van a perdonar— toma Vučić. Corría 2017. Hasta ahora.
Una comedia de enredo: trápalas, maniobras y poder
Vučić anunció —como quedó dicho— que abandonaría la presidencia «en unas pocas semanas», aunque no presentó una dimisión inmediata. La declaración fue realizada durante un acto organizado por su partido, el SNS (significa Partido Progresista Serbio, han leído bien), frente a la Asamblea Nacional, en Belgrado. La gente —no podía ser de otra forma— estalla de la risa. Porque no es la primera vez que alguien explica que se va y luego se queda. Y lo peor de todo es que no fue hace tanto.
La tragedia de Novi Sad. Dieciséis muertos, estallido estudiantil hasta hoy: nunca estuvo el vučićato más contra las cuerdas. Las víctimas, la punta del iceberg de un sistema extremadamente corrupto que culminó en lo que tenía que culminar: víctimas mortales.
Como alegación en descargo del Gobierno, precisa señalarse que no todo es obstaculizar investigaciones sobre lo ocurrido. También se toman medidas responsables: cabezas de turco que se vieron en el lugar y el momento equivocados, que no cambian la situación.
Dimisiones para ganar tiempo que no convencen, a estas alturas, a nadie. Miloš Vučević, primer ministro: dimitido a finales de enero de 2025, tres meses después del accidente. Permaneció en funciones hasta abril del mismo año. Milan Đurić, alcalde de Novi Sad. Dimite el mismo día. Tarda casi un mes en irse. Son sustituidos por Đuro Macut, el primero; Žarko Mićin, el segundo: continuidad política para que nada se vea alterado.
No se fue, sin embargo, el todopoderoso viceprimer ministro y ministro del Interior Ivica Dačić; tampoco Ana Brnabić, otra de las tradicionales escuderas del predsednik. Durante la construcción de las obras de Novi Sad era la primera ministra. Cuando llegó Miloš Vučević al cargo solo tuvo tiempo, prácticamente, para dimitir. Brnabić, en cambio, continuó ejerciendo la dignidad de presidenta de la Narodna Skupština (Asamblea Nacional) después del accidente. Ambos integran el círculo íntimo de Vučić. Según la Constitución, Brnabić sustituiría al dimisionario predsednik… en el caso de que se hiciera efectiva su renuncia. Pero eso no va a pasar.
Las dimisiones (algunas más de las explicadas) a causa del colapso de la marquesina de Novi Sad constituyen, pues, la enésima trampullería de Vučić. Es lo que muchos piensan: el hombre tiene alergia a llevar a cabo algo que no peque de armadijo. Así fue desde su misma llegada al poder: vamos con el episodio.
Dos patrulleros. Da para una serie
Como comedia de enredo podría ir bien lo siguiente: «Esta es la historia de dos hombres. Dos compañeros. A los dos les gusta mucho Serbia, la Gran Serbia, en concreto. Les tira el nacionalismo, rayano en lo atávico si hablamos de Toma; más moderno y con dominio de la comunicación en el caso de Aleksandar». Con el tiempo manejaría otros artilugios —dispositivos de reconocimiento facial, armas sónicas contra manifestantes—, pero no adelantemos acontecimientos.
Eran como una pareja policial. Toma es de la vieja escuela, el experimentado, tranquilo, pausado, poco amigo de lo altisonante, con independencia de que, a veces, en contra de su deseo, cope algún que otro titular. Lleva tiempo en la política. Vive bien en el partido. Cree en el compañerismo, en la lealtad.
Aleksandar es el joven, tocado por el ímpetu de la juventud, de la ambición. Lo suyo son los focos, la atención constante. Es un aparátchik que no aspira a tener un lugar en el ecosistema del partido que no sea el de la cima. Quiere dirigirlo y adaptarlo a sus fines, no habitarlo.
Los dos compañeros patrullaron muchos kilómetros (metafóricamente) juntos hasta que Toma ascendió a «comisario» y Aleksandar ganaba carisma en la calle, lo que Toma oía en comisaría. Toma miraba sus galones y se decía: «Soy el jefe». Pero sus subalternos no lo preferían a él. Toma dirigía la estación con la autoridad incontestable de un pato cojo. Al final, esto es un rollo Los inmortales —un poco «inmorales», si se quiere—: solo puede quedar uno.
Pero es serio: la primera independencia. Cortacabezas 1 – Šešelj 0
En 2008, Toma era el dirigente de facto, la cara visible, del Partido Radical Serbio (SRS). El jefe, Vojislav Šešelj, era un ultranacionalista de extrema derecha preso en Scheveningen. Sobre él pesaban acusaciones y condena por parte del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) por crímenes durante la pasada guerra (incitación a la limpieza étnica). Toma Nikolić era el dirigente de facto, la cara visible. Šešelj estaba preso en Scheveningen. Nikolić acudía a la trena a recibir instrucciones. Pero ya estaba harto de tanto viajecito. En 2008, Nikolić, con la complicidad de Vučić, rompió con su mentor, Šešelj. Ninguno abjuraba del nacionalismo, sino de un dirigente que, con buenos resultados electorales, no conseguía llegar al Gobierno. Por su extremismo, nadie quería pactar con él «prioridades nacionales». Se antojaba perentorio soltar lastre, darle al nacionalismo de siempre una cara algo más amable, menos ultramontana: Šešelj era un activo quemado.
Cuando Nikolić insinuó a su jefe la conveniencia de un giro hacia la moderación, Šešelj se puso hecho un basilisco y los acusó de izdajnici (traidores), cesándolos de todos sus cargos. Se llevó el rapapolvo más Nikolić que Vučić, quien vio las ventajas de estar en segundo plano y tomaría nota para el futuro. Nikolić fundó el Partido Progresista Serbio o SNS, con Vučić de segundo y llevándose consigo a buena parte de miembros del SRS. Cuatro años después, el SNS vence a Tadić. Una sorpresa.
Tras la derrota de Tadić en las presidenciales, Nikolić deja la presidencia del SNS, pues quería centrarse en sus labores de Gobierno, asumiendo Vučić el control del partido. Neutralidad institucional. Loable. Íntegro. Craso error. El actual predsednik comenzó entonces a urdir mientras interpretaba el papel de calculado subalterno con respecto a Nikolić. Toma pecó de ingenuo: no era consciente de hasta qué punto le facilitaba al zorro las llaves del gallinero. Nada menos que al exministro de Información de Milošević, discípulo curtido en mil triquiñuelas de manipulación y control mediático. Sí. Vučić encajaba a la perfección bien entre bastidores, sacando sabor al caramelo político de fontanero mayor del reino: Toma manejaba el país, pero Aleksandar, la sala de máquinas del partido que lo sustentaba.
Vučić no pierde el tiempo: va hilvanando su propia base de poder, seguidores, contactos e influencias. Se dan ocasiones marcadas por cargos como ministro de Defensa y, en especial, el de vicepresidente primero del Gobierno del primer ministro Ivica Dačić (2012-2014). Las riendas del país estaban conducidas por una coalición de socialistas del SPS (sí, el partido de Slobodan Milošević) y progresistas (SNS de Vučić y Nikolić). Hasta hoy. El primero va ganando protagonismo. Abandera la lucha contra la corrupción y la delincuencia organizada y —quién te ha visto y quién te ve— encabeza una campaña anticorrupción en la que son investigadas empresas con conexiones con personalidades del SPS. Estando en el Gobierno realiza una labor de zapa contra uno de los partidos que lo conforman.
Nikolić contemplaba la estrella imparable de su subalterno con la mosca tras la oreja. Hedía a segundo plano. Detentaba la máxima autoridad del país, pero Vučić se convirtió en el primer ministro, como éxito personal, no de Nikolić, tras las elecciones anticipadas de 2014, que ganó de manera incontestable. Ahora controlaba el Gobierno, es el popular campeón de la lucha anticorrupción. Por añadidura, ha ido modelando el SNS, cuyo aparato está a su servicio, a su imagen y a su semejanza. Es mucho más ambicioso. Lo quiere todo. Atención al detalle conspiranoico: para los adeptos al sortilegio, Vučić es joven, tiene cuarenta y seis años. Nikolić es un señor mayor… tiene… ¡sesenta y cuatro! Cambia el primer número: el cuatro pasa al primer lugar; el seis, al segundo… Todo cuadra. Menos mal que Iker Jiménez (presentador español que se pasó de las conspiraciones ufológicas a las ultraderechistas) no era serbio (Jker Ximenich no tiene empaque, para qué decir lo contrario).
Entre tanto: vuelve papá.
La vuelta de papá
Los tiempos del duovirato albergaron alguna otra historia más, como la vuelta del padre —léase político— en 2014, liberado (condicionalmente) por motivos humanitarios. Padecía un cáncer de colon, decían que avanzado, y había pasado a la sombra diez años, y los cargos se rebajaron a diez, porque no se pudieron probar mayores delitos que el de la exhortación a echar a los croatas de un pueblo en la Vojvodina.
Fue llegar a Serbia y reeditar, con más denuedo que nunca, su habitual hablorrea ultranacionalista, antioccidental, anti-Unión Europea, provocando a las autoridades, intimidando con sus declaraciones públicas a testigos que se suponía debían declarar contra él. Ello comportaba una violación de los términos de la libertad condicional, motivo por el que en 2015 Šešelj fue requerido por el TPIY, orden de arresto mediante. No obstante, tras un año en Serbia, se le habían quitado las ganas de volver. Comprensible: que sí, que Scheveningen tiene la ventaja del aire del mar (eso es un plus, quién lo discute), pero bueno: Belgrado tenía el Sava, que tampoco está mal.
Vojislav dijo que no, que no pensaba ni huir ni esconderse. Dejen que me explique: el profe me tiene manía. Como soy disidente, me quieren arrestar: yo no soy más que una víctima política. Él solo quería echar del Gobierno a sus antiguos compañeros de partido. La vuelta de papá evidenció que ya no pintaba nada como aspirante a gobernar Serbia, pero que sí tenía la facultad de endurecer el discurso hacia posiciones más nacionalistas.
Vučić y Nikolić mostraron un perfil bajo, institucional y de cooperación. El primero tenía mucho lío con lo de defenestrar a Toma y no le quedaba tiempo para más; el segundo —el presi—, algo similar, si bien desvió el foco al prisma de la soberanía: y quién es ese tribunal sin jurisdicción que me reclama a un nacional mío.
—Nunca lo he podido ver. ¡De nunca!
—Señores: está en juego la soberanía serbia. Nosotros no entregamos a nuestra gente a un tribunal antiserbio, cuyo último fin es desestabilizar Serbia.
Poco más.
La jugada maestra: cortacabezas 2 – Nikolić 0
Así las cosas, en 2016 Nikolić quiere presentarse a un segundo mandato presidencial para 2017. Mira de reojo a Vučić: ¿me la estará jugando? Tiene tirón: ya lo petó en las legislativas, y la gente empieza a interrogarse si no se presentaría a las presidenciales, pero él asegura: «Ya lo he repetido mil veces: no seré candidato a presidente de Serbia». No era su idea —mejor dicho: no la quería exteriorizar— enfrentarse a una figura histórica y fundador del partido. Con todo, cuando el río suena… Eso.
La estrategia de Vučić es dejar que los acontecimientos tracen el camino. Toma es, quizá, un tipo demasiado tranquilo, poco estridente, discreto, pausado. En contraposición, Aleksandar se va ganando el apoyo de la gente y del partido y se forja el convencimiento en los comités del SNS de que es un candidato con más posibilidades de ganar que el insípido Nikolić. Algo comienza a moverse y se va desgranando un rosario de declaraciones de políticos del SNS que abogan por Vučić. Las bases también lo apoyan y ahí está Toma I el Tranquilo, la máxima magistratura del Estado, que pinta, siendo generosos, poco. ¿Qué hacer? Enfrentarse a Vučić hubiera estado feo y le hubiera reportado mala imagen. No obstante, los acontecimientos se precipitan: el SNS apoya explícitamente a Vučić. Nikolić tenía malísimas cartas e intentó jugarlas, con la corbata desanudada, los billetes en medio de la mesa y Vučić, impertérrito, confiado, impávido: no cae en la trampa.
—A ver: ¿qué tienes?
Podía enfrentarse a él en público. Al fin y al cabo, podía presentar la legitimidad de fundador del partido, de haber roto con Vojislav Šešelj, de haber llevado el SNS al Gobierno. Ello era tan cierto como inconveniente. Segunda carta: hacer decidir a las bases, «o él o yo»: peor, porque Vučić se las había ganado, controlaba el aparato y, aún más decisivo, los medios afines al Gobierno (no tanto como ahora, pero no era una minucia). Lo machacarían. La tercera opción era marcarse el farol de crear otro partido… A lo mejor entraba en razón: aún peor, pues dividiría el voto de la centroderecha y pasaría a la historia como el culpable: por no hablar de que se arriesgaba a que no lo votara ni Portugal (que se lo digan a Rosa Díez). Finalmente dijo: «No voy». Sabía cómo funcionaba el asunto porque venía de trampear a Šešelj nueve años atrás. Estas cosas van así, debió pensar. Solo quedaba como estrategia viable la de control de daños: hay que hablar con Aleksandar.
Una retirada en orden
En el cónclave con su antiguo número dos, Toma planteó varias alternativas en una conversación que pudo ser como sigue:
—Mira: me presento a la presidencia y tú me apoyas. Y si cuela, cuela. Destripe: no coló.
—O mejor: tú te presentas y yo te apoyo en las elecciones y, a cambio, recupero influencia sobre MI partido y me dejáis usar un despachito en la sede del Gobierno, en Užička 23, una especie de premio de consolación.
Lo que viene siendo un «retirarse en orden» en la jerga militar; es decir, una derrota: ya que no me dais el partido (a aquellas alturas Toma ya era consciente de que no era su partido, sino el de Vučić), una residencia de Estado para el funcionario Nikolić, que no sería predsednik tras las elecciones, sino presidente del Consejo Nacional para la Coordinación de la Cooperación con Rusia y China, una plaza creada para él, como las oficinas de defensa del español o la gerencia de mecenazgos sociales, solo que en premio a sus servicios y a no molestar. No estaba nada mal para alguien que no tenía ninguna posibilidad y que, si bien no prometía matar bosnios por cada serbio muerto (como Vučić), era dado al bocachanclismo, con boca a disposición de las moscas, ya fuera sobre etnonacionalismo (la Gran Serbia y el «gen serbio») o comentarios paternalistas y machistas sobre la ginecología.
Un predsednik preocupado y comprometido con el futuro de Serbia
Artesano de promesas
hermético de pelar
se las da de independiente
no lo puede remediar
tiene arrugas en la frente
de querer ir más allá
y nunca sabes cuando besa
de verdad.
(«Que tire la toalla», Leño)
Ya con el abuelo y el padre sin las llaves de la casa, quedó palmario que Vučić no es un líder que se achante. Ve en el paso del tiempo un remedio que lo cura todo. El cálculo estratégico, no obstante, fue un fiasco con el pokret de los estudiantes serbios. El tiempo, lejos de curar, une a más gente en su contra. Los trató como a niñatos fáciles de desmotivar y de dividir, innovando en insultos y represión, inconsciente de que alimentaba más su estrella y su ascendente entre los serbios, unidos todos por primera vez en algo en mucho tiempo. Esta vez no se trataba de una oposición fácilmente descabezable porque, entre otras cosas, no había cabeza: es un movimiento descentralizado, autogestionario.
Con todo y pese al error de cálculo actual, Vučić ha superado no pocos vientos en contra, de ahí su actitud al enfocar la contestación callejera actual. Nada más empezar en 2017, fresca su victoria en las urnas, estallan las protestas Protiv diktature («contra la dictadura»), donde se acusaba al flamante predsednik de pucherazo en las últimas elecciones. En 2018-2020, otro movimiento, 1 od 5 miliona («uno de cinco millones»), inundó las calles exigiendo justicia por la agresión al opositor Borko Stefanović, amén de otras agresiones y corruptelas. Se demandaban elecciones libres, libertad de prensa y el fin de la violencia política. Vučić fue él mismo en estado puro, pronunciando la famosa frase «aunque salieran cinco millones a la calle, no aceptaré vuestras demandas» (de ahí el lema de los manifestantes).
El presidente capeó también las protestas contra la ineficiente política desplegada frente al covid en 2020, reprimidas muy violentamente; o los movimientos ambientalistas contra la apertura de una mina de litio por la empresa angloaustraliana Rio Tinto (2021-2022), las protestas por los disturbios en Kosovo atizadas por Vučić (2022-2023), quien llegó a movilizar al ejército cerca de la frontera. El enésimo movimiento —Srbija protiv nasilja (Serbia contra la violencia)— llegó en 2023. Su origen fueron dos tiroteos masivos que dejaron víctimas mortales en una escuela y dos localidades, fruto de la situación de violencia latente en un país que se encuentra entre los cinco primeros del mundo en portadores de pistolas por persona. Las protestas estudiantiles desde 2024 y las presiones de la UE por el deterioro de los estándares democráticos en el país, ¿fueron la gota que colmó el vaso? Para un dirigente que suele salir ileso de cada envite y que no se corta en insultar a aquellos que se le oponen, nunca ha sido una opción aceptar que puede estar equivocado. Aquí huele a cuerno quemado.
Eso sí: muestra el líder serbio preocupación por el país. Lo hace por el país. Por eso dimite. Le duele Serbia. En su discurso asegura que dará la palabra a los ciudadanos —de ahí el anuncio de elecciones anticipadas—. Está arrepentido: afirma que quiere volver a obtener «la confianza del pueblo para los próximos cuatro años» para su partido (¿asume que ya no la tiene?). De igual modo se conjura para buscar el diálogo y superar la crisis. De hecho, apeló a los manifestantes, deslizando que los comicios ayudarán a resolver el conflicto político. Viniendo de alguien que los llamó hace no mucho «juerguistas», «borrachos», «festeros» o «antiserbios», nada mal.
Tengo unas preguntas
Apela a continuar el proyecto político del SNS y se declara a su disposición para un cambio de etapa bajo las siglas de «Serbia Unida». Propugna un nuevo rumbo para el país y practica el buen rollo con los estudiantes. Aquí surgen dos interrogantes: ¿qué se entiende por nuevo rumbo?: 1) ¿«Perdón: me he equivocado y no volverá a ocurrir»?; 2) en cuanto a la continuación del proyecto político del SNS, ¿se refiere a la instauración del autoritarismo, la concentración de poder, el descenso de la democracia serbia a un régimen que ya se configura como «híbrido» o «en transición»? ¿Está aludiendo, quizá, al control de los medios de comunicación, la captura de Estado, el clientelismo y el patronazgo, la corrupción generalizada con su correspondiente falta de transparencia, personalismo y caudillismo? También podría tratarse de la construcción de faraónicas infraestructuras cuyos procedimientos de adjudicación son aún tremendamente opacos, del desempeño de una comunicación política agresiva con grandes dosis de manipulación y desinformación, y muchos más palos que zanahorias a los opositores, empleando el matonismo, la amenaza, las palizas, la no investigación de los autores, en muchos casos, pendencieros del SNS.
No sé, Rick: yo lo veo falso.
Vučić promovió igualmente revalidar el rumbo del país: afirma que, si gana de nuevo el SNS, se entiende, Serbia continuará el camino hacia la UE sin romper sus relaciones con Rusia y China: confiad en mí, os llevaré a la UE. De nuevo arrecia la pregunta impertinente: ¿cómo se lleva a cabo tal empeño si Serbia parece tener a orgullo socavar con sus acciones la política exterior comunitaria? ¿Se refiere a volver a transitar la senda de acercamiento a Europa, abandonada por él mismo? Rectificar es de sabios, pero algo no cuadra: con Zoran Đinđić y Boris Tadić se cubrieron bastantes tramos del camino. Incluso Nikolić, nacionalista que dejó muy claro que no quería renunciar a los lazos con la Rusia de Putin, propició avances en las negociaciones con la UE. No se alejó. Vučić quiere hacer Serbia great again, pero si hay alguien que desvió a Serbia del camino hacia la membresía en la Unión no fue otro que él. Tal parece que, si la UE tiene algún lineamiento en política exterior, Belgrado hace justo lo contrario. Serbios, uníos en torno a Ujedinjena Srbija. Empecemos de cero. Todo va a salir bien. Únete a mí.
Alardea de logros: estabilidad y defensa de los intereses del país, y reivindica los éxitos de los gobiernos del SNS desde 2012 —crecimiento económico, inversiones, empleo e infraestructuras (con los matices arriba expuestos)—. No deja de ser cierto, con independencia de que no se mencionen los efectos secundarios, que no son pocos: en primer lugar, la inversión extranjera atraída se basa en ayudas públicas o incentivos fiscales que convierten a Serbia en rehén de firmas extranjeras, un monocultivo cuyos efectos son conocidos. La desigualdad es rampante, la política económica es lesiva para el medio ambiente, las infraestructuras construidas por China atacan directamente la política de transparencia comunitaria y hacen al país dependiente con la consiguiente merma en la soberanía (aquí no tiene problema en darla).
El modelo no ha dado con la tecla de aumentar los salarios, pero sí ha profundizado, en cambio, en la desigualdad territorial, inmerso todo ello en un contexto de irrespirable deterioro de la calidad democrática y de corrupción generalizada, asociado en parte al centralismo estatal y al modelo político impulsado por Vučić, en el que más de una vez se confunden los intereses económicos del Estado con los del partido gobernante. La población responde tomando las de Villadiego: los jóvenes y los trabajadores cualificados (pero no solo) emigran en masa hacia la UE. Nadie quiere vivir en Serbia. Muchos inmigrantes, al menos los que están en Alemania, no quieren ni oír hablar de su país. Perdieron la fe. Están convencidos de que no tiene arreglo. No veremos unas elecciones como las de los polacos en 2023, cuando los jóvenes de la diáspora acudían al país solo para votar, soportando colas y frío y lluvia para echar de las instituciones a la conjunción gobernante de una Polonia de casposa pandereta formada por PiS-Konfederacja.
Practicando una fachada de concesiones bastante poco creíble, llama a la moderación, no reparando en el hecho de que, sin darse cuenta, vuelve a caer en llamar radicales antiserbios a los estudiantes, como viene siendo su costumbre: no me seáis radicales. Sed moderados, como yo. Los que apalean y atropellan manifestantes, los matones del SNS que sacuden con bates a los jóvenes que protestan, los vídeos denigrándolos. Hay que huir de la venganza política, tercia, para más psicodelia. Give Peace a Chance, abunda en esta línea del mundo de las flores, poniéndose de parte del ciudadano: es verdad que los funcionarios son un poco arrogantes, reconoce. Haced el amor y no la guerra. Rick, perdona, pero yo esto no lo veo.
¿Dar un paso al lado? Era broma
La Constitución serbia establece un límite de dos mandatos de cinco años cada uno. Cuando Vučić se veía en la cresta de la ola, se rumoreó con la posibilidad de modificar el texto constitucional. Su mayoría aplastante alimentaba la idea. Como hicieran Viktor Orbán en Hungría o Nayib Bukele en El Salvador (a su modelo se le ha llegado a adjudicar el epíteto de «orbanismo tropical»), la tentación era grande: tirar de apisonadora en el Congreso para hacer de la carta magna tu programa electoral. ¿Lo deseaba Vučić? Difícil pregunta. En cualquier caso, para 2025, cuando la ola tiraba más a espuma, despejó dudas. No impulsaría reforma constitucional alguna en ese sentido. ¿Para qué, si da mala imagen?
Si ya se dejó diáfano que Vučić no es alguien que se deje intimidar por oleadas de protestas masivas en su contra y no va a presentarse porque se lo impide su máximo texto legal, ¿qué queda? Pues nada: tiene cincuenta y seis años, ha estado nueve en el poder como presidente y otros tantos como ministro y como primer ministro. Es hora de colgar el atril. Va tocando.
Sin embargo, no es tan fácil. Primero: que Vučić proclame su renuncia no significa absolutamente nada: no basta con decirlo pues, según lo dispuesto por el procedimiento de la Constitución, habrá de presentar su renuncia ante la Asamblea Nacional. A continuación, el presidente saliente informará públicamente de su decisión y los motivos que lo llevan a adoptarla. Y para tal acontecimiento —Vučić dixit— queda todavía un tiempo.
Eso sí: tras la renuncia presidencial, lo que sí estipula la legislación serbia es que se debe celebrar una convocatoria extraordinaria de elecciones (tres meses después del fin del mandato). Vučić deja, así, un ínterin. Habla y habla, pero la consecuencia es la siguiente: que sigue de presidente. Todo igual. Al contrario de lo que le sucedió a Nikolić, Vučić es un pato cojo, sí, pero todo está bajo su control, porque cabe el escenario de volver con más fuerza. El tiempo pasa y el presidente no tiene prisa, ni siquiera mira el reloj. Hay etapas que marcan el camino para que la renuncia se haga efectiva, como presentar el escrito de renuncia al Parlamento, o elecciones en tres meses. Ni siquiera se ha fijado fecha para la primera. Rick: ya tú sabe.
¿Un Medvédev a la serbia? Segundo episodio
Esta es la historia de dos compañeros, dos amigos. Rusia, segunda mitad de los años noventa. Vladimir y Dmitri patrullaron juntos mucha calle, y su amistad no se vio perturbada nunca. A los dos les gustaba mucho Rusia, su gran pasión. Vladimir es un estratega callado, escucha y no habla mucho, nunca se sabe lo que está pensando. Medvédev también… un poco más abierto, pero poco dado a los focos. Fue endureciendo su discurso, sobre todo desde la anexión ilegal de Crimea en 2014 y, a partir de la invasión de Ucrania en 2022, descubrió su verdadera vocación: la del insulto y la descalificación, siendo blanco de sus invectivas Ucrania (para él gobernada por neonazis, que deberían desaparecer) y Zelensky (payaso, basura).
En realidad, Vladimir Putin atesoraba más experiencia, pasó un buen tiempo detrás del volante como conductor privado dando bandazos por su natal San Petersburgo. En realidad, su ciudad natal era Leningrado, pero los «modernos» le cambiaron el nombre. Allí, al caer la URSS, una desgracia política de proporciones bíblicas para Putin, trabajó para la administración local, ocupando algunos cargos importantes. Su jefe político perdió las elecciones, por lo que se fue a la calle (¡qué tiempos: esto, con la URSS, no pasaba!) y tuvo que ganarse las habichuelas conduciendo. Habría que ver a un todavía joven Vladimir de taxista nostálgico de la URSS escuchando la COPE rusa, dando la chapa a la clientela con sus historias de que se vivía mejor en la URSS, con sus batallas de espía del KGB que hacía sombra a James Bond, metido en todo fregado internacional que se preciase. No era verdad, pero le vino bien para practicar, al objeto de fabricarse la figura de héroe soviético salvapatrias que predica.
La realidad es que no pasó de ser un agente de enlace de tercera destinado en Dresde. Era la tercera ciudad de la RDA, pero la ciudad tiene cierto ambiente provinciano —no digamos hace treinta y cinco años, sumida en la tristeza y lo sombrío del socialismo soviético aplicado en un país vencido y desmembrado—. Se hallaba lejos del movidón de Berlín, con su hervidero de espías y conspiraciones cuyas líneas eran parte de una madeja que discurría en gran medida por la ciudad dividida. En Dresde se vivía bien, pero posiblemente no era la acción que el impetuoso corazón de un treintañero con aspiraciones deseaba: labores de reclutamiento y gestión de informantes, recopilando (espiando) información política y tecnológica, siempre en coordinación con las inteligencias soviética y germanooriental (STASI). Le habían dado una pipa y nombre falso, lo que siempre tenía su aquel… Incluso pudo dar algunos tiros cuando unos alemanes enloquecidos quisieron entrar por la fuerza en las dependencias soviéticas al ritmo de los martillazos en el muro. Al aire, claro, el prooccidental Gorby era de los que no quería sangre. Tanta blandenguería acabó por destruir la URSS. Una buena hostia a tiempo…
Ya no había remedio. Tras dejar lo del Uber (precuela-versión Rusia años noventa), pasó a Moscú, a ser funcionario en la administración de Borís Yeltsin, el presidente que pilotó el paso de la miseria comunista rusa a la miseria capitalista rusa. De ahí fue ascendiendo en el escalafón, hasta que es nombrado director del KGB (que ahora se llamaba, como ahora, Servicio Federal de Seguridad, FSB). Que pasaran por sus manos los entresijos de la seguridad del Estado no era cosa menor (dicho en otras palabras: era cosa mayor). En 1998, Rusia estaba sumida en el caos, con una recesión económica brutal y las consecuencias de la impopular primera guerra de Chechenia. Es destituido el primer ministro y sustituido por Primakov. Hombre cabal y capaz, consiguió estabilizar un poco la situación. Motivo por el cual fue cesado por Yeltsin, que no quería que su popularidad le hiciera sombra. Sergei Stepashin le reemplaza, un político más tranquilo y menos popular. Ni a tres meses llega: y es ahí donde entra Putin. Era un tío trabajador, discreto y disciplinado. Y también un mindundi al que nadie conocía, lo que tenía sus ventajas.
—Gospodin Borís Nikoláyevich: que yo he sido espía, ¿eh? Internacional, destinado fuera. Que aquí donde me ve…
—Da, tovarishch Vladimir Vladimirovich… digo: gospodin: lo sé, lo sé. Por eso te hice jefe del KGB… ¡Ups! Quise decir… FSB —respondió sin mucho interés Yeltsin, mientras le daba un lingotazo a un beluga (cuando aún era ruso y no montenegrino)—. Mira, siéntate aquí, que te voy a comentar una cosilla.
Yeltsin preparaba su sucesión, acosado por la Duma, la corrupción, la crisis económica, la caída en picado de su popularidad, los problemas de salud y quizá su deseo de no provocar un sindiós con una muerte repentina (Yeltsin falleció en 2007; ¿cómo saberlo ocho años antes?).
Entre los presidenciables se contaban los mencionados Yevgeny Primakov (mítico ministro de Exteriores) y Sergei Stepashin, antiguo espía sin el carisma necesario para ganar unas elecciones. Putin era un tipo poco conocido pero eficiente, alguien que no molestaría ni a unos ni a otros y, probablemente, fácil de controlar. De ahí la idoneidad para suceder a Yeltsin como presidente interino, cargo que asumió en 1999. Tras las elecciones de 2004, que venció, surgió una pequeña inconveniencia: la Constitución disponía que nadie podía presentarse a dos mandatos consecutivos.
No pasa nada: está to pagao. Medvédev se presentaría como candidato con el respaldo de Putin. Arrasa en las elecciones de 2008 y Putin es designado, tal y como estaba acordado, primer ministro (que viene, que viene), inaugurando la llamada tandemokratiya; es decir, un tándem gubernamental en el que Medvédev era el presidente de iure y Putin lo era de facto. Putin manejaba, asimismo, los resortes del partido (no sé si les suena de algo). Ahora, con tiempo, se podían llevar a cabo una serie de «medidas»: en primer lugar, extender el mandato presidencial a seis años. En 2012, las maletas estaban listas en la puerta y Putin podía ya preparar el retorno al Kremlin, afán que llevó a cabo. Medvédev ocupó el cargo de primer ministro. Desde entonces ha endurecido su política y apuntalado su poder, que además fortifica con la reforma de 2020, que le faculta para ser presidente hasta 2036.
Las papeletas de Ana
Volvemos a Serbia y a la conversación que la presenta. Saša, incrédulo, se mostraba convencido de que lo que buscaba Vučić era ser kancler (en serbio se pronuncia «kantsler»), una forma coloquial para primer ministro, que viene de Kanzler en alemán, que significa canciller o primer ministro, un primer ministro que no es jefe de Estado pero donde el jefe de Estado no pinta nada. Ticho, por su parte, hablaba de premijer, del inglés premier.
Por tanto, no es solo cuestión de analistas: es de dominio público. Que Vučić renuncie a la presidencia del país porque, de repente, lo cegó una luz con una voz en off que le increpaba: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» es una historia que ningún serbio o serbia está hoy dispuesto a validar. Que el táctico presidente dimita es asociado por todos los serbios con lo que es: hacerse un Medvédev y saltar de la Predsedništvo (presidencia) de la república a la del Gobierno.
De este modo, Vučić lo que busca es calmar los caldeados ánimos de una población que, capitaneada por los estudiantes, ya no lo soporta, ganar tiempo y allanar el terreno a una presidencia del Gobierno que en Serbia tiene amplios poderes, apoyada desde arriba por una presidencia de la república bastante afín y leal. Ana Brnabić es una vieja compañera de fatigas del actual predsednik, moderada y elegida por Vučić directamente. Hoy es presidenta de la Asamblea Nacional. ¿Y si es el personaje de consenso que se está buscando? No viene del aparato del SNS, sino que fue llamada directamente por Vučić de fuera.
Ana lo tiene todo para ejercer de buen escaparate al exterior. Tanto, que no se sabe qué hace tan al ladito del predsednik. Mu prepará, ha estudiado en universidades extranjeras de prestigio (Reino Unido y Estados Unidos), trabajó en ONG tras la guerra para incentivar el cambio económico en la Yugoslavita de entonces, es ecologista, proeuropea. Como ministra, pilotó el intento de modernización y digitalización de la Administración y del funcionariado. En lo personal, es un bicho raro por ser abiertamente lesbiana en la muy homófoba Serbia de Vučić, que tiene leyes antidiscriminación para que la UE no regañe, pero que se niega a reconocer el matrimonio igualitario y a que las banderas arcoíris ondeen en edificios oficiales con motivo del Día del Orgullo LGTBI. Los desfiles del Orgullo no le entusiasman, aunque no tiene nada contra los gays, que incluso los tiene en su familia.
—A ver, que se me entienda… Que yo no digo que los gays sean mala gente, pero no me emocionan mucho los desfiles.
Tampoco las mamandurrias del tercer género, porque Serbia es una sociedad tradicional, eso del tercer género, qué me estás contando: eso de que «un día te sientes mujer, otro día hombre…» no son más que «locuras de los movimientos woke».
El estratégico Vučić tiene su clientela conservadora, es demasiado calculador para etiquetarse. Probablemente le dé bastante igual.
La vida, con todo, sigue
El dimisionario presidente, entre tanto, no parece estar preparando su retiro. Lejos de calzarse unas zapatillas a cuadros grises y azules y proveerse de periódicos y/o tabletas, lo cierto es que lleva una vida bastante activa: casi como si no fuera presidente. Como si no hubiera renunciado. De esta guisa, salió a informar a la población, tres días después de anunciar su dimisión, de un paquete de medidas que mejorarán el nivel de vida de la gente, regando a sus acongojados ciudadanos con unos cientos de millones de euros que beneficiarían a unos tres millones de personas (de un censo de seis y medio). Este montante, dice el dimitido mandatario, se destinaría a subida de pensiones, salarios, ayudas sociales, apuntalar el crecimiento económico y priorizar el sistema energético (quizá con más centrales nucleares) y la tecnología.
Vuelven a brotar las dudas: si un gobernante manifiesta su deseo de salir del poder, el momento que suele llevar aparejado es el de una transición política en la que dejará espacio al siguiente, quien será el encargado o encargada de regir los destinos del país. De acuerdo con esto, cabe mentar dos opciones: o quiere dejar una última acción para que recuerden su legado o, simplemente, va a seguir. Correcto: es lo que todos creen. La forma, las personas o las acciones entran en los predios de 2027. Por ellos se habrá de discurrir si queremos saber cómo acaba el asunto.






