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De Andratx a Deià, cuarenta kilómetros de literatura

En la carretera cerca Fornalutx Mallorca panoramio
En la carretera cerca Fornalutx_ Mallorca

Se puede recorrer en menos de una hora y media, y sin embargo pocos tramos de asfalto europeo concentran tanta literatura por kilómetro como la carretera Ma-10 entre Andratx y Deià. Cuarenta kilómetros de curvas colgadas sobre el Mediterráneo, con la Serra de Tramuntana a la derecha y el abismo azul a la izquierda, que unen el pueblo donde nació Baltasar Porcel con la aldea donde Robert Graves decidió que el paraíso era habitable si uno llegaba con una máquina de escribir.

El viaje empieza en Andratx, en el extremo suroccidental de la isla, lejos todavía de la postal, y podemos hacerlo con cualquier rent a car Mallorca. Porcel nació aquí en 1937, entre almendros y familias de contrabandistas, y de este puñado de casas hizo un territorio mítico comparable al Macondo de García Márquez o a la Región de Benet. Su Andratx literario, el de Solnegro, el de Difunts sota els ametllers en flor, el de Cavalls cap a la fosca, es un mundo de marineros violentos, curas atormentados y viudas que guardan secretos durante medio siglo. Quien pasee hoy por la plaza del pueblo o baje hasta el puerto encontrará terrazas y veleros donde Porcel veía tragedias griegas con acento mallorquín. Merece la pena empezar aquí precisamente por eso, porque Andratx enseña que la literatura de esta isla no nació del turismo sino contra él, de una Mallorca dura, campesina y marinera que los escritores extranjeros nunca llegaron a ver del todo.

Desde Andratx, la Ma-10 asciende hacia el mirador de Ricardo Roca y se convierte en uno de esos trayectos que obligan a parar cada diez minutos. Estellencs y Banyalbufar aparecen encaramados a sus bancales de piedra seca, las marjades que los árabes construyeron para cultivar la malvasía y que hoy son patrimonio de la humanidad. Santiago Rusiñol atravesó estos pueblos a principios del siglo XX para escribir La isla de la calma, ese título que los mallorquines llevan un siglo maldiciendo porque fabricó el mito publicitario que acabaría devorando la calma misma.

En Valldemossa el coche se detiene solo, por costumbre histórica. Aquí pasaron el invierno de 1838 Frédéric Chopin y George Sand, alojados en las celdas de la Cartuja recién desamortizada, y de aquella estancia desdichada salieron algunos de los Preludios y ese ajuste de cuentas titulado Un invierno en Mallorca, donde Sand retrató a los lugareños como monos ladrones y los lugareños respondieron llamándola escandalosa por fumar y llevar pantalones. La ironía es deliciosa. El pueblo vive hoy de vender la memoria de una escritora que lo detestó y de un músico que tosió sangre entre sus muros. Setenta y cinco años después, Rubén Darío se instaló en la misma Cartuja buscando desintoxicarse y escribió allí La cartuja, uno de sus poemas finales, mientras planeaba una novela mallorquina que nunca terminó. Un joven Borges, de paso con su familia entre 1919 y 1921, también anduvo por estas calles empedradas y publicó sus primeros versos en revistas de Palma. La coca de patata del pueblo, dicho sea de paso, justifica por sí sola la parada.

Pocos kilómetros después, la carretera atraviesa Miramar, donde la densidad literaria se remonta al siglo XIII. Ramon Llull fundó aquí en 1276 su colegio de lenguas orientales para formar misioneros en árabe, un experimento intelectual asombroso para su época, y en estas laderas concibió parte de una obra monumental escrita en catalán, latín y árabe que lo convierte en el primer gran prosista de una lengua románica peninsular. Seiscientos años más tarde compró la finca el archiduque Luis Salvador de Austria, aquel Habsburgo errante que dedicó su vida y su fortuna a documentar las Baleares en los nueve tomos de Die Balearen, y que desde su casa de Son Marroig contemplaba la península de Sa Foradada, la roca agujereada que hoy fotografían los mismos viajeros que él teorizó antes de que existieran.

El final del trayecto es Deià, y en Deià todo conduce a Robert Graves. Llegó en 1929 con la poeta Laura Riding, siguiendo el consejo de Gertrude Stein, que le había descrito Mallorca como un paraíso soportable, y salvo el paréntesis de la guerra civil ya no se marchó. En Ca n’Alluny, la casa que se construyó a las afueras y que hoy funciona como museo, escribió Yo, Claudio y La Diosa Blanca, tradujo a los clásicos y sostuvo con sus novelas históricas la poesía que consideraba su única vocación verdadera. A su alrededor creció una colonia de escritores y artistas que convirtió la aldea en un cruce improbable entre la Fundación Faulkner y una comuna, por donde pasaron Anaïs Nin, que ambientó en Deià uno de sus relatos eróticos, y más tarde músicos, actores y millonarios con inquietudes. Graves está enterrado en el minúsculo cementerio junto a la iglesia, en lo alto del pueblo, bajo una losa de cemento donde alguien escribió a mano, antes de que fraguara, «Robert Graves, Poeta». La vista desde allí abarca el valle, los olivos y el mar, y explica mejor que cualquier biografía por qué un hombre que sobrevivió al Somme decidió que este era el único lugar del mundo donde valía la pena envejecer.

Quedan los ecos. Camilo José Cela dirigía desde Palma sus Papeles de Son Armadans, la Tramuntana entera figura en más memorias de viaje de las que nadie ha contado, y cada curva de esta carretera guarda alguna página. Cuarenta kilómetros, siete siglos, y la sospecha de que la isla escribió siempre mejor de lo que se dejó escribir.

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