
… sino para ilustrarles. Esa era una de las frases con las que el propietario del espectáculo del Hombre Elefante presentaba a los curiosos a su asombrosa criatura, Joseph Merrick. «El espécimen más desagradable de la humanidad entera», según lo describió el cirujano Frederick Treves en un primer encuentro con él, que terminaría marcando la vida de ambos y proyectándolos en la posteridad. Porque el paso del tiempo no solo no los hizo caer en el olvido sino que amplió su eco: primero el éxito editorial de la autobiografía de Treves en los años veinte, más adelante un musical de Broadway y finalmente, en 1980, la vibrante historia dirigida por David Lynch. Logró en su momento ocho nominaciones a los Óscar sin obtener ninguno —proeza que solo cinco películas han conseguido superar— pero cuando una de ellas está destinada a convertirse en un clásico poco importan los premios. Esta lo es con todo merecimiento. Supo retratar con sensibilidad a sus protagonistas, siendo fiel a su personalidad y circunstancias, aunque por motivos dramáticos alteró el orden de los acontecimientos narrados y dejó fuera otros que hubiera merecido la pena incluir.
Ese será nuestro propósito a continuación, añadir algunas puntualizaciones que nos permitan comprender mejor a este médico brillante y compasivo y a su desdichado paciente, un hombre con quien la vida fue extraordinariamente cruel condenándolo a ser un monstruo de feria. Alguien que se echó a llorar la primera vez que una mujer se le acercó a darle la mano sonriendo, de tan acostumbrado que estaba a provocar repugnancia y burla. Tal reacción ante un gesto que por fin reconocía su íntima humanidad se debe a que, a pesar de todo, en el fondo nunca perdió la esperanza de ser querido, de encontrar su lugar en el mundo.
Joseph Carey Merrick nació sin ninguna anomalía visible en la localidad industrial de Leicester el año 1862. Parece ser que fue en torno a los veintiún meses de edad cuando empezó a padecer deformidades que irían agravándose con los años. Con cuatro años sufrió además una caída que le dañó la cadera izquierda, dejándolo cojo para el resto de su vida. Tuvo también un hermano menor de aspecto saludable, aunque fue contagiado de escarlatina y murió en 1870, así como una hermana que era igualmente tullida. Joseph creció siendo un niño solitario, al que los demás veían con creciente aversión y que en el seno familiar solo encontró afecto en su madre. Pero en un giro del destino que el mismo Dickens hubiera encontrado inaceptable para alguno de sus personajes, murió de una afección respiratoria cuando él apenas tenía diez años de edad. Siempre conservaría por su madre una profunda devoción, el ejemplo a sus ojos de que alguien en este mundo podía quererlo a pesar de su aspecto. Su padre ahora era un obrero viudo y al cargo de dos hijos deformes que tuvo que trasladarse con ellos a otra vivienda de alquiler. Allí encontraría consuelo en la casera, viuda y con hijos al igual que él, que se convertiría en la peor madrastra imaginable para Joseph. Como escribió él mismo en una breve autobiografía:
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El artículo es una maravilla. Qué más se puede decir.
La escena de la película en la que Merrick recita el salmo 23, pone los pelos de punta….
Felicidades Javier,que gran articulo.Yo conoci a Merrick por la pelicula de David Lynch ,una obra maestra.Es la unica pelicula que cada vez que la veo lloro y me quedo fatal.Hace tiempo que evito volver a verla. La escena cuando le rodea la gente en el metro de liverpool y el empieza a gritar desconsolado que es humano,es desgarradora y de una triteza que te rompe el alma.Ademas te sientes como un miserable porque sabes,que si no conocieses la historia de Merrick y estuviese en esa estacion,tu estarias en el lado de los curiosos poniendo sus mismas caras de asco.
Muy bien escrito. Felicidades,
Gran artículo, siempre se aprende leyéndote
Emocionante, sin duda.
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