
William Castle era dios. (John Waters, cineasta)
William Schloss llegaba a este mundo durante el abril neoyorquino de 1914. Tímido, rarito e introvertido Schloss era a efectos prácticos una diana de neón para las burlas y capones de los abusones que se reían de su envidiable torpeza natural e incapacidad para practicar deportes sin trastabillarse consigo mismo. El pequeño Schloss además padecía de hiperlaxitud articular, un trastorno que le dotaba de una mayor elasticidad que la del niño estándar y le permitía hacer cosas tan llamativas como cruzar grácilmente ambas piernas por detrás del cuello, algo que en ciertos ámbitos es una virtud bastante celebrada. Gracias a ese inusual superpoder el chico no tardaría demasiado en descubrir que su auténtico fuerte era manejar a las masas creando entretenimiento con los recursos que tenía a mano: convirtió sus contorsionismos en un show donde se presentaba como «Spider Boy», descubriendo que resultaba muy fácil congregar al público si lo que se ofrecía era espectáculo y empezando a sospechar que a lo mejor tenía alma de empresario del entretenimiento. A los ocho años su padre lo llevó a ver una terrorífica obra teatral titulada The Monster, escrita por Crane Wilbur y protagonizada por Wilton Lackaye. Era la primera vez que Schloss se asomaba al horror en el escenario y lo pasó francamente mal: «Agarré la mano de mi padre presa de un terror abyecto, y después lo saqué totalmente de quicio al mearme encima de miedo». El pequeño aún no sabía que aquella experiencia marcaría y definiría el resto de su vida.
La madre de Schloss falleció cuando este contaba con nueve primaveras, y tan solo un año después sería su progenitor el que ahuecaría la almohada del nicho. Huérfano y viviendo con su hermana mayor, el chico descubrió con trece años una representación de Drácula protagonizada por Bela Lugosi que le embobaría y fascinaría hasta el punto de procurar asistir a tantas funciones de la obra como le permitieron las ocasiones y los ahorros. En aquel patio de butacas el chico decidió que su sitio no estaba entre el público, disfrutaba como espectador, pero lo que realmente necesitaba era disfrutar como creador de terrores y le fascinaba la idea de provocar en la audiencia la misma sensación que él experimentó a los ocho años, un pavor que aquellas funciones le ayudaban a revivir: quería que los espectadores se measen encima del miedo. Asistir a las representaciones de Drácula de manera incansable le facilitó conocer a Lugosi en persona, y el actor acabó fichándolo como asistente del director de escena y llevándoselo de gira por el país junto al espectáculo.
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