Arte y Letras Historia

La censura a los bufones

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Titta Ruffo como Rigoletto, ca. 1912. Fotografía: Library of Congress (DP).

El bufón Triboulet trabajó para el rey Francisco I de Francia, quien le hizo rozar la muerte muchas veces. Y es que la costumbre de este monarca renacentista consistía en castigarle con la pena máxima cuando sus bromas, o chistes, habían ido demasiado lejos. Así ocurrió el día en que se atrevió a dar un fuerte cachete en las nalgas de su majestad. Una vez repuesto de su monumental cabreo, el rey ofreció a su bufón perdonarle la vida, a condición de que fuera capaz de causarle una ofensa mayor con su petición de disculpas. Hombre de agudo ingenio y extraordinaria rapidez mental, Triboulet no tardó en contestar: «Perdonadme, mi señor, es que confundí vuestro culo con el de la reina».

Aunque se fecha en torno a 1525, la anécdota es apócrifa, y posiblemente falsa. Pero refleja a la perfección tanto la imagen que ha llegado hasta nosotros de los bufones como la incertidumbre en que se encuentra el humor cuando no tiene leyes a que atenerse. O cuando están redactadas de tal forma que permiten emitir sentencias contradictorias para casos muy similares. Esto es lo que acabamos de ver en nuestro país, a través de una Audiencia Nacional que ha exonerado a César Strawberry —aunque después el Tribunal Supremo anuló la absolución— pero condenado a Cassandra Vera. En ambos casos se les juzgaba por enaltecimiento del terrorismo y vejación de sus víctimas, a partir de sus tuits. De Strawberry se admite el tono irónico, que además ha plasmado en las letras de sus canciones desde sus inicios. No así de Cassandra, porque evaluando tanto sus tuits sobre Carrero Blanco como otras manifestaciones hechas antes de ser mayor de edad, la conclusión del tribunal es que sus chistes no fueron hechos con ánimo de broma, sino de ofensa. En ninguna de las dos sentencias hay prevaricación, abuso de poder o exceso en los jueces, que aplicando las competencias que les otorga la Ley de Seguridad Ciudadana han dado a los acusados todas las garantías legales garantizadas por la Constitución. Pero lo cierto es que nuestros bufones del siglo XXI han vuelto a ser Triboulets expuestos al castigo por parte de dos de los poderes de nuestro Estado, el legislativo y el judicial. Heredan una larga tradición, propia de las épocas de cambio, que ya padecieron el escritor Víctor Hugo y el compositor Giuseppe Verdi.

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6 comentarios

  1. Fantástico articulo, de los mejores últimamente

  2. De pie y aplaudiendo.

  3. Hay una errata: el texto corretto del aria de Verdi es:

    La donna è mobile
    Qual piuma al vento,
    Muta d’accento – e di pensiero.

  4. La errata sigue allí, destrozando la métrica verdiana…

  5. Es necesario poner en cuarentena la acción censora de los poderosos. La caspa política (la caspa política he escrito) a través de sus tentáculos sociales (o más bien viceversa) comienza prohibiendo una canción en festejos populares (donde las subvenciones públicas mantienen a raya las voluntades festivas) y puede acabar diciéndonos qué no podemos comer los viernes, qué no podemos leer y qué no podemos escuchar.

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