
Dado que se trata de escribir de amor y superhéroes, conviene comenzar por el principio. La mera existencia de esos semidioses posmodernos que pueblan desde hace casi un siglo las páginas de los cómics ―y desde hace unos años las pantallas de los cines, tamaña es la crisis de imaginación en los estudios― no tiene otra razón de ser que el amor. Un amor entendido en su vertiente más pura, espiritual y humanista, esto es, la más aburrida. Así hemos de ver su incomprensible querencia por una humanidad en su conjunto a quien se empeñan en proteger, y a toda costa, en una constante que se repite desde los albores del género.
Siendo cursis podemos asumir lo siguiente: explosiones radioactivas o picaduras arácnidas aparte, la fuente del poder del superhéroe nace del amor hacia sus (no) semejantes.
Pongamos el origen ―en algún lugar hay que ponerlo― de los modernos superhéroes en aquella tarde de 1933 en la que dos jóvenes judíos con más necesidad de ganarse el pan que de pasar a la posteridad, Jerry Siegel y Joe Shuster, reescribieron su personaje original (un villano calvo que había aparecido en un cuento publicado en un fanzine de ciencia ficción), para transformarlo en un héroe al que dieron el físico de dos de los actores del momento. Nacía así quien estaba llamado a convertirse en el icono pop más importante de la cultura occidental. Sin embargo, Superman tendría que esperar todavía casi seis años hasta aparecer, en abril de 1938, en la archiconocida portada del n.º 1 de Action Comics por la que todo coleccionista de tebeos daría su reino.
Hay en la concepción de Superman todo tipo de influencias, desde la mitología clásica a la propia historia personal de sus creadores, inmigrantes intentando hacerse un hueco en la nueva sociedad de acogida, incluyendo también las circunstancias que rodearon al propio asesinato del padre de Siegel. Sin embargo, no hay que ser muy avispado para encontrar en su figura la encarnación de la deidad judeocristiana, sea este el salvador o el mismo mesías llegado a nosotros para, mediante su amor, sacrificarse por el bien de la humanidad. Veamos: un crío cae del cielo y es adoptado por una pareja de granjeros en mitad de Kansas que, por supuesto, no son los verdaderos padres de un niño que, al contacto con la atmósfera terrestre, se convierte simple y llanamente en un dios entre los mortales. Este debe camuflar su verdadera identidad bajo la apariencia de Clark Kent, que no es otra cosa que un trasunto de John the Plumber, esto es, el llamado americano medio y anónimo que, además de velar por los suyos, no solo sostiene con su esfuerzo diario a la sociedad americana en general, sino que es la misma representación de sus valores.
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Fantástico
Prefiero seguir viendo las películas de superheroes mexicanos como Santo el enmascarado de plata Blue Demon y Mil Mascaras.