Deportes

Gli Ultrà

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Milán, 2008. Fotografía: Funky1opti (CC).

Marek Hamsik, capitán del SSC Nápoles, se acerca con su cresta mohicana a la curva norte del Olímpico de Roma. Pequeño ante la grada, Marek se perfila frente a la marabunta de hinchas napolitanos que rugen, protestan y lanzan botes de humo y bombas de palenque cuyos estruendos son como chutes para mantener la exaltación de los tifosi. En esa curva no hay mujeres, no hay niños, no hay mayores. Solo tipos de entre veinte y cuarenta años, con gorras, vaqueros y capuchas; cuerpo atlético y tatuajes en los brazos. En esa curva solo hay ultras. Y no quieren que empiece el partido.

Uno destaca sobre los demás porque está encaramado a la valla que delimita la grada. En los estadios italianos, a día de hoy, es impensable retirar las vallas que en España llevan abolidas más de una década. El sujeto es Gennaro de Tommaso, más conocido como Genny a Carogna (Genny «el Carroña»), capo de los ultras del Nápoles, hijo de Ciro de Tommaso, camorrista del clan de los Misso. Es el encargado de parlamentar con Marek, el capitán napolitano. «No se juega el partido», expone el Carroña. Marek trata de convencerle. A su lado, algunos miembros —en silencio— de la seguridad del estadio, algún periodista y un puñado de personas no identificadas ni identificables que no intervienen en la negociación. El jugador y el ultra discuten si va a tener lugar el encuentro, la final de la Copa de Italia del año 2014 que enfrenta al Nápoles y a la Fiorentina y que se disputa en Roma. El ministro del Interior observa la escena desde el palco, incapacitado para intervenir. Tampoco la policía se pronuncia. La última palabra sobre si la final se va a jugar o no la tiene el Carroña.

La escena descrita deriva del encontronazo que, horas antes, brindaron a la ciudad los ultras napolitanos y los de la Roma (cuyo equipo nada tenía que ver con el partido pero estaban en su territorio). Un par de autobuses de los angelitos napolitanos aparcaron donde no debían y se toparon con sus equivalentes romanistas, a los que profesan leal odio. El asunto empezó a golpes y acabó a disparos. Uno de ellos entró en el pecho de Ciro Esposito, un ultra napolitano del barrio de Scampia, cuartel general hasta hace nada, por cierto, del clan camorrista Di Lauro. El asesinato (que como veremos enseguida perpetra todos los códigos ultras) encolerizó a los napolitanos que, ya en el estadio, se niegan a que se juegue el partido. Finalmente se llega a un acuerdo: el encuentro se va a disputar pero tanto los ultras del Nápoles como los de la Fiorentina estarán en silencio los noventa minutos en señal de repulsa. La decisión la retransmite en directo la televisión italiana. De nuevo unos señores con traje se acercan a la curva —esta vez sin el jugador— y el Carroña les hace un gesto afirmativo con la cabeza: «Se juega». Los narradores de la tele italiana lo explican y festejan: «Se va a jugar, finalmente la curva del Nápoles acepta que se juegue el partido, así que habrá final». Otro periodista no tiene más que añadir: «Supongo que los jugadores tendrán que volver a hacer los ejercicios de calentamiento». El ministro del Interior se larga del palco.

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Un comentario

  1. Livorno ha tenido fama de ser roja, pero lo de que «siempre empatan dos partidos en las municipales: los comunistas» no se de donde ha salido.

    Según la Wikipedia, el actual alcalde es del Movimiento 5 Stelle y anteriormente solia ganar el de izquierdas, pero el segundo en los últimos años fue el candidato del centro-derecha.

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