
En el origen de los tiempos todo el mundo hablaba el mismo idioma y vivía en torno a un gran árbol. En una de sus ramas se pasaba el día sentado un hombre, debido a que sus testículos estaban hinchados por una infección parasitaria; de este modo podía tenerlos colgados y reposando dulcemente en el suelo. Los animales se acercaban a olfatearlos con curiosidad, siendo así fácilmente cazados de tal manera que nunca faltaba sustento a la tribu. Cierto día un hombre malvado mató a otro para quedarse con su mujer, pero los familiares del difunto no perdonaron la afrenta y persiguieron a ese envidioso y a todo su linaje, quienes tuvieron que trepar a lo alto de aquel árbol para ponerse a salvo. Los familiares, ávidos de venganza, tiraron entonces de las lianas para inclinar el tronco lo suficiente como para tener al alcance a sus enemigos y darles su merecido. Mala idea. Las lianas se rompieron por la tensión y el árbol volvió a su posición original con ímpetu, catapultando lejísimos y en diferentes direcciones al criminal, a su familia y a nuestro protagonista de los huevos colganderos. Cada uno fundó una nueva sociedad allá donde aterrizó, cuyas costumbres e idioma fueron así divergiendo con el paso del tiempo. Según afirma el antropólogo Jared Diamond esta es la explicación que la tribu Sikari de Nueva Guinea encuentra para la existencia de tantas y tan diversas tribus en torno a ellos, y también para que la caza sea hoy en día tan difícil de obtener: ya no es como en los viejos y buenos tiempos, ahora hay que ganarse la presa con el sudor de la frente.
No es difícil encontrar en este mito ecos de la expulsión del Edén, de un crimen cainita originario y de la torre de Babel. Al fin y al cabo cada sociedad se explica a sí misma mediante relatos; en ellos encuentra cohesión y sentido. Hace poco leíamos que en otra tribu de unas islas relativamente próximas a las anteriores, en Filipinas, el talento para contar historias se valora más que cualquier otra cosa, incluida la habilidad para conseguir alimentos, de manera que los mejores narradores son también considerados como mejores parejas y tienen más hijos. Es un dato curioso, pero en realidad no nos sorprende demasiado. Entre nosotros, novelistas y cineastas juegan un papel parecido: aquellos que saben conectar con el público gozan de enorme popularidad, acumulan grandes fortunas e incluso los tomamos como referentes éticos y políticos buscando su opinión sobre cualquier asunto, asumiendo con naturalidad que si saben entretenernos con historias entonces es que saben acerca de todo lo que hay bajo el cielo. Pasamos la vida contándonos cuentos unos a otros, montándonos películas. De un tiempo a esta parte el periodismo y la política repiten obsesivamente los términos «relato» y «narrativa» como claves de la comunicación. No basta con gestionar bien o tomar tal o cual medida, hay que describirlo dentro de un arco argumental, porque si no al parecer no te votan. Tenemos narraciones para el origen del mundo o de cada nación, para dar cuenta de cada fenómeno meteorológico o accidente geográfico, de cada costumbre autóctona y, sobre todo, para distinguir el bien del mal.
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Gracias por la divulgación.
Una lectura muy recomendada para todos, no se la pierdan.
Javier Bilbao for President. ¡ Felicidades por poner siempre el dedo en la llaga !
Si tú objetivo era venderlo,me voy a comprar diez. Me resulta muy interesante el juego entre el bien y el mal y las consecuencias y razones de uno y otro.
Pues sí. Buen libro para disfrutar a lo Emilio Salgari, pero con la realidad.
Estoy leyendo el libro y más allá de una bonita edición y un precio caro para lo que ofrece de contenido, no encuentro palabras de alabanza para esta obra. Nada que no se pueda encontrar por Internet, son retazos biográficos que no llevan a ninguna parte. Supongo que no a todos nos va a gustar.