Sociedad

Master of None: lo cotidiano es político

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Imagen: Netflix.

Una de las primeras cosas que descubrimos en estos grupos es que los problemas personales son problemas políticos. No hay soluciones personales en este momento. Solo hay acción colectiva para una solución colectiva.

Lo escribió Carol Hanisch, feminista, activista y organizadora de grupos de agitación de la conciencia. A estos se refería con la frase, que formó parte de un ensayo publicado en 1970 y lo tituló, de que «lo personal es político». Ese fue uno de los estandartes del movimiento feminista de los sesenta y setenta, así como de otros que pretendían sacar a relucir cómo la desigualdad y el poder se expresaban en el ámbito privado tanto como en el público, a veces de manera brutal. El racismo, el machismo o el clasismo no solo eran cosa de leyes, contratos y debates. Desde ese momento, la izquierda se enfrentó a un dilema que nunca ha logrado resolver del todo: si la libertad individual, el derecho a decidir qué querer ser y cómo querer serlo, es una parte central de su programa político, ¿cómo se puede compatibilizar eso con una perspectiva analítica que observa a la sociedad desde un punto de vista estructural? ¿Hay un horizonte realista de emancipación, o la existencia de estructuras de poder es irremediable y solo podemos aspirar a sustituir unas por otras?

Es este un dilema acuciante, imperante, agobiante, importante. Es por eso que la mayoría de productos culturales que lo abordan suelen estar llenos (a veces empachados) de gravedad, profundidad y grandes aspiraciones en general. Pero de vez en cuando surge alguna que otra excepción. Normalmente lo hace dándole un giro particular a «lo personal es político» y convirtiéndolo en lo cotidiano como herramienta de reflexión política. En ese sentido, este tipo de narrativas encajan mucho mejor con el proceso mental al que nos sometemos todos aquellos que nos socializamos en una época de cambio: los cuestionamientos tienen lugar en nuestro día a día. Cuando discutimos con nuestra pareja, conversamos con nuestros padres y madres, debatimos al final del día con nuestros amigos, nos preguntamos por qué hacemos tal cosa o no tal otra. Nuestra acción política se configura en las decisiones que tomamos dentro de la rutina.

La tercera semana de mayo de este 2017 la nueva temporada de Master of None vio la luz. Lo hizo al más puro estilo Netflix: con diez capítulos de golpe. Era la segunda, sucesora de otra decena de episodios que exploraban la presencia de los dilemas políticos de manera liviana pero no exactamente ligera. En esta nueva entrega, la intención es muchísimo más clara. Sus creadores, Aziz Ansari y Alan Yang, toman lo que podríamos calificar como una actitud curiosa: se acercan a la cotidianidad de un puñado de personajes de treinta y pocos, clase media urbana neoyorquina étnicamente mixta. Hay algunas líneas argumentales que se mantienen a lo largo de la serie, otras que se recogen y se abandonan como pasa en la vida misma: que algunas historias siguen y otras acaban casi cuando empiezan. En esta serie, de hecho, la trama no importa tanto como la mirada. Observan (de hecho, Ansari se observa a sí mismo, pues el protagonista es un actor estadounidense de origen indio llamado Dev que disfruta de creciente éxito) cómo los personajes lidian con sus relaciones personales, con sus empleos, sus aficiones, sus familias y las distintas cargas culturales que trae cada una de ellas. Y exponen su perspectiva, siempre provisional, siempre abierta.

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9 comentarios

  1. …y esto es lo que pasa cuando uno escribe sin informarse en condiciones, quedandose solo con «la moda». Anzari peco de torpe, pero en ningun caso de acosador… La version de «Grace» esta mas que refutada a estas alturas

    Un ejemplo perfecto de como esta el patio en la profesion

  2. PaulvomBerg

    Hay que aprender a respetar y saber dónde están los límites personales. Todo este movimiento indudablemente será beneficioso a la larga para evitar que muchos casos de acoso surjan y se produzcan en el futuro. Eso es bueno. Será bueno también que cambien los estereotipos respecto al varón y lo que se espera de él, profesionalmente, sexualmente, monetariamente, psicológicamente. Las cosas tienen que cambiar, pero que no cambien solo por una parte. Esperamos una igualdad total a nivel de salarios, de tareas compartidas, de cupos profesionales. En todo. En cuanto al caso de Ansari, cualquiera que se haya informado un poco del tema se da cuenta que la difamadora cobarde (por anónima) es una ventajista desequilibrada de manual. Su comportamiento no se entiende de otra manera. Para poder ligar en el futuro habrá que darle a un check de confirmación en una app para permitir el consentimiento de toda acción que implique una invasión del espacio personal.
    No sé vosotros, pero yo creo que el gremio de los y las meretrices (por vocación y disfrute, por supuesto) se frotan las manos. País!!

  3. De acuerdo con DL. Jorge Galindo ha escrito dando veracidad a las declaraciones de la anónima «Grace» sin valorar la situación real. Cuando se lee TODA la historia con detenimiento ya no está tan claro si ha sido acoso o tan solo una mala cita. Sinceramente crucificar a Ansari de la manera que sugiere el articulista por este testimonio me parece injusto. Estamos volviendo al Macarthismo y la caza de brujas.
    https://www.nytimes.com/video/us/100000005680349/aziz-ansari-case-sparks-conversation-about-consent.html

  4. Fray Pelillos

    Lo que le han hecho al chaval es una jugarreta de manual, es un error dar veracidad a semejante relato que hace aguas por todos lados y ni aún escrito de la manera mas plañidera, monjil y demagógica posible consigue convencer… a los que no estaban convencidos a priori claro.

    Poco favor le hacen al movimiento estas pantomimas, condenar el acoso siempre, convertirse en la Santa Inquisición nunca.

    Estoy seguro que Aziz va a sacar un relato de todo esto.

  5. Un polémico

    La verdad es que no he visto Master of None (y después de este artículo dudo que la vea) y no voy a opinar de la serie, pero sus reflexiones sobre el binomio obra/autor me parecen solemnes soplapolleces. He leido la columna de Claire Dederer y aunque no le falta razon en varios aspectos, su intención de que no debemos desligar al autor de la obra es un absurdo alimentado desde el extremismo. Si no pudiera hacer esa abstracción no podría leer a Quevedo o a Hemingway, ver un cuadro de Picasso (los 3 manifiestos misóginos) o escuchar música de Wagner (por iracundo y moroso). Y eso sería una desgracia cultural de la misma forma que lo sería negar la maestría cinematográfica de Leni Riefenstahl en El Triunfo de la Voluntad. Es nuestra alma la que nos pide emocionarnos y valorar la obra per se, no por su autor.

  6. Sentimiento de culpabilidad colectiva masculina transmitido por el feminismo. Sin mirar el autor del artículo ya sabía que era obra de un hombre (feminista, pseudoprogresista, seguramente).

    Es interesante cómo invita a que reflexionemos sobre lo que hacemos nosotros y nuestras impresiones, pero aceptemos como dogma las impresiones subjetivas de la otra persona (sobre todo si es mujer). Así pues, si tengo una cita y creo que ha ido todo bien, pero mi pareja femenina dice que no, que ha sido «monstruoso», debo acatar su versión, responsabilizarme de mis acciones y de las suyas también (como si del siglo XVII se tratase, cuando las acciones de las mujeres eran responsabilidad de sus maridos o padres). Eternas niñas. Sigamos tratándolas como eternas niñas. No nos posicionemos, sigamos siendo caballerosos hasta convertirnos en felpudos que sólo saben balbucear disculpas ante el poder de la mirada femenina. A fin de cuentas, es en el poder de esta mirada donde siempre ha descansado la moral, y aún lo sigue haciendo.

    PD: Los neomonjes de nuestro siglo como sigan así van a inventar la Edad Media.

  7. miguel angel Albo

    Llama la atencion el elogio de tantas series. He visto varias y creo que pocas se salvan y suele ser la primera temporada, pero solo es mi opinion y los de Jot Down evidentemente me dan mil vueltas. Lo que si me parece es que la gente esta deseando engancharse para ahorrarse el esfuerzo de vivir.

  8. No preguntar, no cuestionar. Hay que creer.

  9. Alberto Villa

    No creo que el artículo de Claire Dederer plantee la cuestión de si es lícito disfrutar de lo que hace un “monstruo”. La primera parte sí, una parte completamente subjetiva y exagerada con palabras como “monstruo” (no sé cuántas veces, me cansé de contar), “repugnancia”, “horrible”, “atrocidades”, “maldad”, “depredador” o “náuseas” y en la que se centra (creo que con un desprecio y crueldad innecesarios) en la relación entre Woody Allen y Soon-Yi, en la que la propia Soon-Yi es también culpable (según Dederer). Pero me da la impresión de que esa primera parte sirve de introducción a la segunda (recordemos que Dederer es escritora y sabe cómo captar al lector; sospecho que esa exageración en los epítetos va por ahí), que para mí es el meollo del artículo y que plantea ya un dilema más general: ¿es ético sacrificar parte de tu entorno (familiar, social, etc) en aras de la excelencia artística? Lo primero que habría que decir es que ese dilema moral no sólo se circunscribe al ámbito artístico (pero ya sabemos que los artistas en general y los escritores en particular se miran mucho al ombligo y desprecian cualquier otra profesión; sí, he escrito desprecian, no hagáis caso a los que dicen que no porque mienten, excepto algún santo artista que no he tenido el gusto de conocer) y, lo segundo y último, que allá cada cual con su conciencia. A la pregunta final del artículo, “Y en voz muy baja: ¿soy un monstruo?”, yo contestaría: “Sinceramente, me importa un carajo, pregunta a la gente cercana a ti. Tú escribe y ya veré yo luego si lo leo, igual que leo la Biblia, escucho a Stan Getz o veo películas de Woody Allen.”

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