Sociedad

Vidas en conflicto

1 PERU Arevalo
Al final de este pasillo de la mayor prisión de América Latina, el penal de Lurigancho en Lima (Perú), un preso sin nombre echa su mano a la cabeza, donde otros muros y prisiones atrapan su desesperación. Fotografía: © Juan José Arévalo Varela.

Una nicaragüense a bordo de «la Bestia» —el tren que arrastra migrantes en pena hacia los Estados Unidos— regala su cuerpo para evitar que la maten. «Sexo a cambio de protección». Unos padres somalíes rumbo a Yemen a bordo de una barca ven como su bebé se hunde para siempre en el fondo del mar. En esas pérfidas aguas, es el castigo que imponen los traficantes por llorar a destiempo. Cuando el padre intenta zambullirse en mitad de la nada para rescatarlo, recibe una puñalada en el abdomen. En un rincón del Congo, los humanitarios más valientes del mundo se juegan el pellejo en una «lucha frenética, al milímetro, contra vómitos, sudores, orines [y] sangrías». Se desviven por poner coto al virus del ébola. Mientras, en Oriente Próximo, un larguísimo muro de hormigón, tan sólido como vergonzoso, «el Segavidas», separa a miles de palestinos de sus familias y les impide el acceso a sus medios de subsistencia. En Mogadiscio, un hombre juega con sus dos hijos en el salón, bendita inocencia, hasta que un mortero irrumpe en la habitación y convierte sus cuerpos en carne picada. La sangre y los vestigios viscerales se esparcen por uno de los pocos muros que ha quedado en pie tras la explosión. Una madre iraquí refugiada en Siria se prostituye para alimentar a sus cuatro hijos, que Alá la perdone. Un guatemalteco muere de sida e indiferencia estatal. Y podríamos seguir, ay, porque esto no es más que una muestra de la miríada de historias que componen Vidas en conflicto, el jarro de agua fría con el que Alfonso Verdú (Ibi, 1975) espolea la conciencia de sus lectores.

Se trata de uno de esos libros que hacen que tu propia existencia parezca aburrida y nimia, aun cuando hayas viajado algo más que la media o trabajado en algún que otro país en guerra. No en vano, su autor acumula quince años de labor humanitaria en una veintena de países, y ha sido coordinador de Médicos Sin Fronteras, quizás la organización no gubernamental más noble y encomiable sobre la faz de esta triste Tierra nuestra. Son galones de los que no todo el mundo puede jactarse. Galones que, dicho sea de paso, Verdú luce no solo en el hombro, sino también en las mismísimas entrañas. Por las atribuladas páginas de su recién publicado ensayo pulula un narrador que se aflige junto a las víctimas, que sufre «cuchilladas» en su propio estómago al presenciar injusticias y que a menudo se siente «sacudido» por las limitaciones de su quehacer humanitario. Un narrador que blasfema a causa de la frustración. Un narrador que llora. Esta empatía constituye, sin lugar a dudas, una de las grandísimas virtudes del libro. Agudeza y pasión se dan la mano a lo largo de los quince capítulos que lo componen (uno por cada año que Verdú ha pasado dando tumbos por países que se desangran), tornando sus páginas en crónicas lacerantes, necesarias y estremecedoras.

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