Todos los escritores son plagiaristas

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Ilustración de la cubierta de Los escritores plagiaristas, de Bandaàparte Editores.

Hoy, día de afelio, paradójicamente el día de mayor alejamiento entre el Sol y la Tierra, nace el Movimiento Plagiarista en la sobremesa de El Greco. Borges es el Padre, Bolaño es el Hijo, y César Vidal es el Espíritu Santo. Más allá de eso, padrastros ni en los dedos.

Así comienza el Manifiesto plagiarista que firmaron hace casi diez años los escritores Leandro Romaña y César Ruiz-Tagle, dando lugar al Movimiento Plagiarista, que «nació» en el punto más alejado posible del Sol, de la órbita literaria, con el objetivo de ir acercándose progresivamente a él. Desde las primeras charlas etílico-creativas subidas de tono que mantenían esos dos jóvenes escritores en un bar de Madrid (El Greco), hasta la reciente publicación de su segunda obra, Los escritores plagiaristas (Bandaàparte, 2017), la distancia entre tierra firme y el astro rey, entre el extrarradio de la literatura y el establishment, ha disminuido tanto que resultaría cómico si no fuera algo necesariamente trágico. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia, como misterio, o como monólogo cómico, pero ya no nos reímos. Bolaño dixit.

¿Quiénes son Leandro Romaña y César Ruiz-Tagle? Durante años solo fueron dos escritores anónimos que, escondidos bajo estos dos seudónimos, escribían cuentos, debatían sobre literatura y bebían mezcal. Romaña cuenta qué pasó el día de la fundación del Movimiento. «Cuando terminamos de escribir el Manifiesto nos reímos como dos niños que acaban de hacer una gamberrada, hicimos fotocopias, las repartimos por las calles de Malasaña el Día del Libro, y cuando nos cansamos de hacer el ridículo quemamos las hojas que nos quedaban en una esquina que olía a meado».

El Manifiesto plagiarista es el meollo de todo este asunto, el big bang, el aleph escondido en un sótano entre dos escaleras. Contiene diez puntos, diez epígrafes, diez sentencias que condensan y explican las motivaciones, las deudas y los compromisos de los escritores plagiaristas. «El Manifiesto —dice Ruiz-Tagle— es probablemente la pieza más lograda que hemos creado. Es la puerta de entrada al Movimiento. Si te gusta el Manifiesto, te encantarán nuestros libros. Pero si no es así, bueno, no es necesario que te molestes…».

1. El plagiarismo y el humor son cosas muy serias.

Desde su fundación, el Movimiento Plagiarista ha seguido ciertos patrones prototípicos de las vanguardias europeas de principios del siglo XX. La clandestinidad, la subversión, el ensalzamiento de la literatura y la parodia, la necesidad de regeneración y el hastío generalizado. Hasta que apareció su primera publicación, Romaña y Ruiz-Tagle llevaron a cabo varios actos plagiaristas, acciones pseudovandálicas que poco o nada repercutían en la vida literaria, pero que conmovían a sus participantes. Según cuentan ellos mismos, publicaron entrevistas falsas con autores reputados; se hicieron pasar por un escritor de autoayuda en la Feria del Libro de Madrid y firmaron docenas de ejemplares; sustituyeron, en las placas conmemorativas que hay en algunas calles de la capital, los nombres de los escritores homenajeados por los nombres de escritores birmanos que nunca existieron; reventaron recitales de poesía entrando a gritos con el rostro tapado por un pasamontañas.

En medio de esos avatares apareció su primer libro, Doce cuentos del sur de Asia, una antología de textos de autores desconocidos en Occidente, quizá, más que nada, porque nunca llegaron a existir. Sin embargo, el libro era perfectamente posible. La página de créditos aludía a una antigua edición en francés, que ahora se presentaba ampliada y mejorada, y en las solapas se hablaba de dos editores renombrados, Virginie Ooy y Alexi La-Bàs, quienes eran los encargados de presentar al lector los autores seleccionados. Entre ellos estaban los birmanos Dee Jo Pai y Saw Htoo, la poeta tailandesa Renata Tarsio, el laureado escritor vietnamita Kokoro Pattani y el incivil filipino Queveco Chao. El artefacto era tan plausible que desde su aparición hubo periodistas, escritores y lectores que pensaron que ese libro, en efecto, era real (que lo era) y que estaba rescatando del olvido una literatura hasta entonces desconocida (que lo hacía).  

Esa primera edición ilustrada cuya portada reproducía un viejo mapa del sur de Asia se agotó en poco tiempo. La broma parecía a punto de agotarse, pero entonces surgió de la nada una pequeña editorial, El Hombre Bombilla, que ahora sí rescató a los plagiaristas e imprimió una nueva edición de los cuentos, esta vez advirtiendo al lector de las posibles grietas en la propuesta, pero de nuevo sin desvelar la verdadera identidad de los autores de los textos, y atribuyendo la responsabilidad de su aparición a la infatigable Virginie Ooy, verdadera heroína de la obra.

2. Una obra plagiarista es como un juego de niños. Antes de empezar el juego, un primer niño pregunta cómo se juega. Durante el juego, un segundo niño invierte las normas. El juego termina cuando un tercer niño empieza a llorar.

Romaña y Ruiz-Tagle rehusaron firmar ese primer libro, jugando con la idea de la autoría dispersa y el anonimato subversivo que está detrás de otros colectivos literarios, cuyo grupo más emblemático quizá sean los italianos Wu Ming. Sin embargo, cuando llegó la hora de publicar su segundo libro, ellos mismos invirtieron las normas y fue entonces que decidieron dar la cara. En esta segunda obra descubrimos que Leandro Romaña era Félix Blanco, filólogo e investigador, y que César Ruiz-Tagle era Daniel Jiménez, autor de la obra Cocaína (Galaxia Gutenberg, 2016), galardonada con el II Premio Dos Passos a la primera novela. Además, para este segundo proyecto, Los escritores plagiaristas (Bandaàparte, 2017), Blanco y Jiménez cooptaron, como se hace en el OULIPO, a Daniel Remón, guionista y director, y a Minke Wang, poeta y dramaturgo. Entre los cuatro escribieron una nueva antología de cuentos, una colección de relatos originales que juegan a reinventar, versionar, homenajear o parodiar el estilo, la estructura o los temas que suelen emplear otros escritores. Entre ellos están, cómo no, Borges y Bolaño, padre e hijo del Movimiento, pero también podemos encontrar a Enrique Vila-Matas, a Ray Loriga, a Georges Perec, a Bryce Echenique y a Cortázar, autores reconocidos por su tendencia a componer sus obras evidenciando la fuerte influencia de los textos de otros.

En este segundo libro se materializa aún más claramente su propuesta literaria, un posicionamiento a favor de la metaliteratura, la autorreferencialidad, la intertextualidad y la transgenericidad, palabras quizá poco afortunadas, que arrastran una fama dudosa o controvertida, pero indispensables porque aluden a los recursos, técnicas y artificios que despliegan los escritores plagiaristas para crear una obra original y honesta a partir de lo viejo y lo ajeno.    

  1. El movimiento plagiarista hunde sus raíces en la obra de autores como Homero, Cervantes y Joyce, quienes son, sin ellos saberlo, autores plagiaristas; de hecho, en una carta escrita por el irlandés dirigida a su fiel amigo de la infancia, John O’Connor, podemos leer: «(…) sí, lo admito, pues, mi obra se [el siguiente párrafo es ininteligible] poder tachar sin escrúpulos de un monumental ejercicio plagiario. El plagiarismo se extiende por el tiempo y en la historia. Hubo muchos de entre los [la palabra siguiente es ininteligible] del XVI que lo practicaron. Otros, ya entonces, lo denostaban». En el siglo XXI hay escritores plagiaristas en Birmania y en Guayaquil, en Tlön y en Tordesillas. El plagiarismo no tiene fronteras ni lenguas. Es una tradición oculta y universal.

Tras la publicación de Doce cuentos del sur de Asia, el escritor Patricio Pron celebró en un artículo en el número 32 de la revista Dossier la llegada del Movimiento con el lema: «Aquí comienza la Internacional Plagiarista». Recogía así la idea que postulan los fundadores de esta broma literaria muy seria: que antes de que existiera el término plagiarista propiamente dicho, tanto Borges como Bolaño, Joyce, Cervantes y Shakespeare, e incluso Homero, fuera uno o trino, fueron «plagiaristas por anticipación». Jiménez hace una genealogía temeraria pero posible: «Si asumimos que Patricio Pron no habría escrito como escribe si no hubiera leído a Bolaño, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Cortázar, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Bioy Casares, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Borges, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a todos y cada uno de los miles de autores que leyó, y que de algún modo plagió, entre ellos a Cervantes, que creó la primera novela moderna fusionando los estilos, los temas y los géneros que se practicaban en la época, llegaremos a la conclusión de que estamos salvados, de que no estamos solos en esto, y de que todos somos, lo sepamos o no, escritores plagiaristas».

Por si no bastara con la auctoritas inherente a estos escritores, los plagiaristas mencionan otros referentes contemporáneos. Juan Rodolfo Wilcock y La sinagoga de los iconoclastas, Stanislaw Lem y Vacío perfecto, Monterroso y Lo demás es silencio. Se ven reflejados en el periodista Clifford Irving, autor de una falsa biografía de Howard Hughes, y de Fraude, la biografía del falsificador Elmyr de Hory en la que se basó Orson Welles para su película documental F for Fake. Y aluden a Tommaso Debenedetti, el periodista italiano que se hizo célebre porque inventó entrevistas con escritores contemporáneos en revistas italianas para denunciar la falta de contraste de la información en los medios, la pérdida de la relevancia de la literatura y la impostura inherente a la sociedad actual.

  1. La escritura plagiarista se asemeja al principio de incertidumbre enunciado por Werner Karl Heisenberg. El plagiarista lee, y si le queda tiempo escribe sobre lo que ha leído. Vuelve a leer lo leído y a escribir lo escrito y es incapaz de distinguir cuál de las sombras que le rodean le pertenece (al igual que valores como la posición y velocidad de los átomos cambiaban al ser observados a través del microscopio del físico alemán haciendo imposible medirlos con exactitud). Así, los plagiaristas conocemos la naturaleza de nuestra literatura, pero esta naturaleza varía durante el acto de la escritura, y se vuelve incognoscible.

Es tan manido el ejemplo que se vuelve contraproducente, pero no está mal recordar que se atribuye a Picasso la frase: «Los artistas copian; los genios roban». No obstante, como no está documentado que fuera Picasso quien dijera esto, estamos ante un acto plagiarista generalizado en toda regla. Quien sí dijo algo semejante fue Aristóteles, pues en su Poética dejó escrito que «el origen de la poesía es la imitación». Blanco amplía esta idea: «Hasta el Romanticismo, el poeta quería imitar a la naturaleza. A partir de ahí nace, como si dijéramos, el concepto de autor, y el poeta se diviniza y pasa a querer imitar a Dios y crear un nuevo lenguaje, cuando lo que está haciendo es transformar y reformular lo aprendido de otros autores, puesto que nadie escribe sin haber leído antes».

Está disponible en internet un breve informe sobre el plagiarismo escrito por el profesor de la Universidad de la Sorbona Kevin Perromat Augustin con el nombre Plagiarismo: ¿Estética o movimiento contemporáneo?. En apenas cinco páginas el autor hace un repaso sumarial al estado de la cuestión, en el que no faltan las menciones a Borges, las vanguardias, Lautréamont, los situacionistas, el OULIPO, Wu Ming y la pospoesía de Fernández Mallo, de quien luego hablaremos. Perromat pasea su genealogía por la Edad Moderna, la Edad Media y llega hasta la Antigüedad, porque el plagiarismo estaría en el origen mismo de la concepción de la escritura occidental. En medio de su discurso lanza la siguiente pregunta: «¿Debemos considerar el plagiarismo como un rasgo inherente, es decir necesario, de la posmodernidad, o, por el contrario, deberíamos escribirlo siempre con mayúscula, como denominación de un movimiento con vida autónoma, con múltiples adherentes en las literaturas nacionales contemporáneas más allá de denominaciones colectivas, con genealogías, escuelas y subgrupos propios?».

  1.  El plagiarismo es una brecha en mitad del territorio por el que deben transitar todos los escritores del siglo XXI. ¿Y cuál es ese territorio? El mismo de siempre, pero distinto, que es una forma de decir que no lo sabemos.
Minke Wang, Daniel Remón, Daniel Jiménez y Félix Blanco.

El propio Patricio Pron documentó muchos de estos casos de supercherías literarias en su obra El libro tachado (Turner, 2014). El escritor norteamericano Jonathan Lethem escribió una obra profundamente plagiarista, Contra la originalidad (Tumbona ediciones, 2008) escrita a base de fragmentos de otras obras en una especie de éxtasis de la influencia. Algo similar hizo David Shields en el libro Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), un manifiesto a favor del arte, el plagiarismo y la transgenericidad de la literatura contemporánea, un ensayo a caballo entre la mitomanía del autor enunciada por Foucault y la desaparición del mismo postulada por Roland Barthes, en el que se encuentran fragmentos dispersos que contienen datos como este: «En el 450 a. C., Baquílides escribió: Un autor roba lo mejor de otro y llama a eso tradición».

«En el trasfondo del Movimiento Plagiarista —señala Jiménez— está el inconformismo, las ganas de sacralizar un tipo de literatura y desacralizar otra. Nosotros, como decía Borges de Kafka, queremos crear a nuestros precursores, insertarnos dentro de una genealogía enmarcada en una tradición de filias y fobias para construir finalmente nuestro propio canon literario, que seguramente no será el de nadie más».

  1. Un plagiarista en ninguna ocasión olvida el célebre dictum: En literatura no hay nada escrito; es decir, que todo está escrito; es decir, que todo está por escribir. Si un alpinista sabe que al llegar a cualquier cumbre del planeta encontrará centenares de pisadas de todos aquellos que la hollaron antes que él, y no por ello deja de escalar; los plagiaristas escribiremos libros a pesar de saber que todos ellos están ya en las infinitas salas hexagonales de la biblioteca de Babel.

No hay nada nuevo bajo el sol. En el libro de Shields también se apunta que, en el siglo II antes de Cristo, Terencio dijo: «Ya no hay nada que decir que no haya sido dicho». Blanco explica así la voluntad de seguir escribiendo a pesar de saber que la originalidad se ha convertido en un mito inalcanzable, o al menos de difícil verificación: «Los escritores plagiaristas, y cualquier escritor honesto, en verdad, sabemos que todo está escrito, sí, pero el espíritu de Pierre Menard nos impulsa a escribir el Quijote de nuevo, porque está claro que si lo escribimos nosotros será forzosamente distinto».

Escritores tan originales como Kurt Vonnegut se atrevieron a afirmar que «la ignorancia absoluta es la madre de la originalidad», mientras que Julia Kristeva, una eminencia en cuestiones plagiarias, no se cansó de exponer que «todo texto es absorción y transformación de otro texto». Estas dos premisas son aceptadas por la mayoría de los escritores contemporáneos, sean o no sean plagiaristas, lo admitan o no. Jiménez cuenta que le entregó el libro Los escritores plagiaristas a Ray Loriga cuando este estaba firmando ejemplares de su obra Rendición, puesto que él es uno de los autores homenajeados, versionados o parodiados en dicha antología. Loriga se sorprendió al tenerlo en sus manos. Ya lo conocía, le dijo, y se rio. Jiménez le entregó su ejemplar de Rendición a Loriga para que se lo firmara. Se despidieron afectuosamente y se separaron. Cuando leyó la dedicatoria de Loriga fue Jiménez quien se sorprendió, primero, y se rio, después. Ray Loriga había escrito en la página de cortesía: «Para Daniel, de un plagiarista a otro».

  1. El escritor plagiarista se comporta como un farmacéutico sin titulación que no investiga ni prescribe, pero es quien otorga el acceso a la medicación conveniente. Nosotros le entregamos una receta, y él nos da la espalda y abre un cajón al azar. De ahí saca una caja. Antes de entregárnosla advierte: Lea detenidamente el Manifiesto plagiarista. Como todos los movimientos, el plagiarismo puede tener efectos secundarios, y estos son competencia exclusiva del lector. En caso de duda, dude.

El escritor español Agustín Fernández Mallo y el escritor argentino Pablo Katchadjian saben de qué efectos se habla en este punto. La alargada sombra de María Kodama, la viuda (y heredera de los derechos de las obras) de Borges, llevó a que los libros El hacedor (de Borges), Remake, del español, y El aleph engordado, del argentino, fueran retirados del mercado, el primero «voluntariamente» por Alfaguara, pero el segundo tras un litigio que podría haber acabado de forma menos amistosa. Ambos libros —sus títulos se explican por sí solos— son dos reescrituras de la obra de Borges, dos formas de expandir los límites del universo borgiano. Dos ejemplos audaces y ya canónicos de lo que se puede hacer con la literatura si se juega al plagiarismo, y de lo que ello puede suponer en la vida real.

En España, Mallo recibió el apoyo de escritores como Marta Sanz, Manuel Vilas y Jorge Carrión, y de editores como Constantino Bértolo, quienes firmaron una carta contra la retirada del libro, que a día de hoy sigue sin estar «legalmente» disponible. En Argentina, César Aira dirigió la defensa intelectual de Katchadjian, quien tuvo embargados sus bienes y temió por su libertad. En una entrevista, el escritor argentino defendió así su postura creativa cuando le preguntaron si no había pensado antes en las consecuencias que podía traerle su artefacto creativo si caía en manos de María Kodama: «Yo no pienso en Kodama. Nadie piensa en Kodama. Yo no sentí que estuviera haciendo nada malo, ni que estuviera molestando a nadie. Nadie me lo preguntó tampoco. Si me lo hubiesen preguntado, en ese momento hubiera pensado que quizá no le gustaba, pero ¿cuánto puede hacer una lectora que se enoja? Yo no publiqué el cuento de Borges. Publiqué una novela mía. Es distinto. El plagio no es un concepto literario. Es un concepto jurídico, legal, lo que sea, pero no es un concepto literario. Yo estaba pensando en literatura».

  1. Los escritores plagiaristas, huelga decirlo, no sirven para nada. La literatura entera no sirve para nada. La literatura solo sirve para la literatura, y para el plagiarista eso es más que suficiente.

Una de las posibles razones por las que el plagiarismo se ha apoderado de tantos creadores es la subversión, el rechazo a los modelos establecidos, y la crítica al capitalismo que mercantiliza y uniformiza los productos culturales. La tendencia puede haberse trocado, y lo que antes era lo raro o minoritario, como defender públicamente el carácter polimorfo de tus textos y las deudas de tu obra, poco a poco se está convirtiendo en una postura mainstream, lo que no es necesariamente mejor. Así, lo que empezó siendo una broma, como el propio Movimiento Plagiarista, puede acabar convirtiéndose en una tragedia. Puestos a exagerar, la asimilación masiva de la doctrina plagiarista podría estrechar el obligatorio debate interno sobre qué es y qué no es literatura, sobre qué es original y qué es copia, sobre la dicotomía entre tradición y vanguardia, sobre la necesidad y los límites de la creación, y sobre el origen de la cultura y su transmisión a las generaciones futuras. Si todos somos plagiaristas, es factible pensar que en algún momento del futuro nadie cuestionará la naturaleza de ese nuevo sistema de pensamiento único.  

Porque, como señala Blanco, «el Movimiento Plagiarista es inútil, sí, pero irrevocable. Cualquier contrariedad o negación del Movimiento será incorporada a él al instante, ya que el plagiarismo a gran escala ha aprendido del capitalismo a integrar las dudas, las críticas y las discrepancias. Cuando no nos valen los grandes relatos, cuando todo es falso o fácilmente manipulable, es cuando hay que volver a los orígenes. Pero ¿cuál es el camino para llegar hasta ese paraíso terrenal? Nosotros no tenemos ni idea. Lo único que hacemos es dar machetazos a las ramas que nos vamos encontrando para buscar una nueva senda, que será válida o no, eso no depende de nosotros, en medio de la selva de la literatura».

  1. El plagiarismo y el humor son cosas muy serias, es cierto. Son tan serias que, si alguien se las toma a broma, se convierten en una tragedia. Son cosas tan serias que, en lo más profundo de sus motivaciones, esconden el deseo enorme de ponerse a llorar.

En 1988, María Kodama intentó reclamar derechos de autor por la reedición de un libro de conversaciones publicado por Osvaldo Ferrari con el título Diálogos con Borges. Inició un litigio que llegó a dirimirse en la Corte Suprema de Justicia argentina. En esa ocasión, los jueces dictaminaron que «el universo de los derechos de Kodama tiene sus límites y no está en perpetua expansión». Un universo que tiene límites pero está en perpetua expansión es una imagen claramente borgiana para explicar las enormes paradojas que conlleva hacer una lectura legal y jurídica de un proceso libre, abierto y multidireccional, incontrolado e incontrolable, como es el plagiarismo en todas sus versiones.

Uno de los últimos relatos del libro Los escritores plagiaristas es una reescritura del cuento de Julio Cortázar Instrucciones para dar cuerda a un reloj. En él, los plagiaristas han mantenido la estructura y la sintaxis del relato, pero han cambiado por otros todos los sustantivos del texto, dando lugar al relato Instrucciones para dar cuerda a Cortázar. En YouTube puede verse un vídeo casero en el que dos personas con caretas leen ambos relatos enfrentándolos frase por frase. ¿Qué habría hecho Aurora Bernárdez, la albacea de los derechos de la obra del argentino, si hubiera leído este ejercicio plagiarista, que no plagiario? ¿Quién está ahora a cargo de esos derechos? ¿Cabe la posibilidad de que los plagiaristas sean llevados a los tribunales? ¿Hasta qué punto están admitidas por la legislación actual estas prácticas? ¿Qué puede y qué no ser considerado como un plagio?

  1. Todo lo demás se deduce de lo anterior.

Merecería la pena detenerse a responder esa última pregunta, pero como dice este último punto del Manifiesto plagiarista, todo lo demás, lo que sea que esté por venir, se deducirá imperiosamente de lo anteriormente expuesto. Es decir, que la pregunta lleva implícita su propia respuesta, y no nos compete a nosotros descifrarla. Al fin y al cabo, estamos hablando de literatura, no de jurisprudencia. Para elevar el desconcierto, Jiménez recomienda leer las críticas de los lectores de varios diarios que comentaron en las respectivas webs los artículos dedicados al libro Los escritores plagiaristas para entender la dimensión del rechazo que genera la mala comprensión de este fenómeno literario y creativo, y la confusión que implican conceptos tan difusos como los que estamos hablando. «Hasta el momento —apunta Jiménez— nosotros no tenemos constancia de haber hecho nada ilegal, Dios nos libre, o inmoral, aunque en cierto sentido lo sea. Pero está claro que esos lectores opinaban todo lo contrario»  

En la carta abierta que firmaron los escritores, críticos, profesores y editores defendiendo a Fernández Mallo se podía leer lo siguiente: «¿Cuántas obras artísticas y webs hoy en día se valen de textos, vídeos, imágenes o sonidos de procedencias diversas? El hacedor (de Borges), Remake, más que como singularidad, podría tomarse como ejemplo de un procedimiento que se aplica de forma masiva en la actividad creativa de nuestros días, a través de formas que no son más que la versión actualizada de un principio rector de la cultura y el conocimiento: lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Seguir ese principio, que se halla muy por encima de legislaciones e intereses particulares, no solo es legítimo; es fundamental».

Ahí está la clave de todo este asunto. Que todos somos plagiaristas de nacimiento es algo innegociable y evidente, puesto que nacemos con un ADN que nos condiciona y aprendemos a movernos en el mundo a partir de la imitación de gestos, palabras, conductas y pensamientos. El plagiarismo va a llegar, diría Fernando Arrabal si ahora le llevaran a un plató de televisión y le pusieran el mismo jersey y la misma copa al lado de la mesa que se va a vencer si no la sujeta Campillo. «Pero el plagiarismo ya está aquí, siempre ha estado aquí, en realidad, mirándonos dormir, como el dinosaurio de Monterroso. Por eso —dice finalmente Blanco— todos los escritores son plagiaristas, porque llevan décadas, siglos, construyendo a partir de lo viejo y de lo ajeno sin haberle puesto nombre a su proceso creativo. Y ahora, por fin, lo tiene. Ya era hora».

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2 comentarios

  1. Habría mucho que matizar. Qué es plagio, qué es intertextualidad, qué inspiración, qué derechos de autor (esto último es la causa de la retirada de El hacedor).

  2. Pingback: La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta (#Frankenbiblioteca)El blog de Infobibliotecas

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