Ángel Martín: «Los que se enfadan por bromas me parecen imbéciles»

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Fotografía: Begoña Rivas

Hay algo improbable en Ángel Martín (Barcelona, 1977) que te obliga a estar continuamente alerta, desconfiado… Un exceso de tranquilidad, quizá, como si no fuera posible que la persona y el personaje se parezcan tanto. Lo insólito de este cómico es que ha conseguido destacar y copar portadas sin ningún interés en destacar ni en copar portadas, solo trabajando y aplicando sentido común a sus decisiones. Fue uno de los pilares de la primera generación Paramount Comedy, triunfó en la televisión generalista con Sé lo que hicisteis…, se embarcó en el improbable proyecto de Órbita Laika para juntar comedia, ciencia y divulgación y vuelve ahora a Cero con WifiLeaks, donde analiza las nuevas tecnologías y sus derivaciones junto a Patricia Conde.

Por supuesto, Martín es tan conocido por sus éxitos como por sus polémicas. Polémicas que tienen que ver, tan solo, con no seguir la corriente. Con hacer lo que todos hemos soñado alguna vez: mandar a tomar viento lo que no nos gusta, por muchas presiones que recibamos y muchos problemas que nos puedan surgir en el futuro. Eso tiene que ver también con la tranquilidad, supongo, lo que no quita para que la precaución se mantenga, la sensación de que ese hombre sereno de voz baja y tono pausado puede explotar en cualquier momento.

¿En qué punto está tu relación amor/odio con la televisión como medio?

Está bien, está bien [risas]… Se ha arreglado, ha sido rápido. Creo que ha habido una mezcla de verdad y de malentendido en eso, que se relacionó el que me largara de la tele o los choques que he tenido después con que no me guste la tele, y lo que no me gusta es su gestión de la comedia. Te ven haciendo una cosa en los escenarios o les divierte lo que haces o lo que escribes, te contratan y te meten a hacer algo que no tiene nada que ver con una cosa ni con la otra. Es muy raro, porque el cómico acaba haciendo una mierda que no es la suya. Cuando yo me largué de la tele no fue en plan «la tele no me gusta», sino «lo que a mí me divierte hacer o lo que a mí me interesa o me parece que es divertido y me atraía de este proyecto ha desaparecido por completo». Nosotros llegamos a un punto en el que no podíamos decir «macarrones» por si se interpretaba que estábamos atacando a Telecinco. Para hacer comedia aquello era inviable.

El final de Órbita Laika, sobre todo después de los problemas públicos que tuviste con TVE, parecía la puntilla.

Es que fue un problema parecido. La sensación era de que, cada vez que tenías algo que por fin se consolidaba —con más audiencia o menos, que eso es distinto— y que estaba creciendo, a la tele le daba igual cuidar ese proyecto. La segunda temporada la grabamos entera diciendo que íbamos los domingos, despedíamos los programas diciendo: «Nos vemos el próximo domingo», y la emitieron los miércoles como si no importara nada. Aquello fue una estupidez y yo me fui con la sensación definitiva de que no había hueco para hacer televisión más o menos como a mí me interesa.

¿Qué circunstancias se han dado para que pudieras volver?

Pues tuvo mucho que ver que el proyecto viniera de esa productora (The Pool) y esa cadena (Cero). Cuando ves lo que están haciendo ahí con David Broncano, con Andreu Buenafuente, con Ricardo Castella, con Raúl Cimas… tienes la sensación de entrada de que a lo mejor la cosa va en serio, que es de verdad, que se puede hacer comedia respetando que cada uno la haga a su manera. Ahí decidí hacer un acto de fe pensando: «Si a estos señores les dejan, a nosotros también nos dejarán», y la verdad es que no solo nos dejan, sino que, en el momento en el que intuyen que nos estamos cortando un poco, recibimos una llamada recordándonos que tenemos que hacer lo que a nosotros nos divierta y nos apetezca.

No deja de ser una apuesta arriesgada para un grupo tan consolidado como PRISA, acuérdate de lo que pasó con Vigalondo.

Es que, si quieres tener comedia o si quieres tener cómicos hoy en día, tienes que renunciar a ciertas cosas. Si quieres tener a gente como Broncano, tienes que saber que va a decir verdaderas barbaridades. Ahora bien, también es cierto que los estás poniendo a la una de la noche, que me parece muy bien, pero no son las cinco de la tarde. Los ponen cuando los señores que mandan en todo esto están durmiendo. Supongo que Broncano hace bromas contando con el «nadie nos oye y nadie nos ve». Aun así, es verdad que resulta curioso, aunque también es una necesidad, porque no sé yo cuántos cómicos políticamente correctos quedan ahora mismo, no sé dónde puedes rascar. Si quieren hacer comedia, tienen que renunciar a ciertas cosas. Tienen que saber que les van a vacilar, que se van a meter con ellos, con la propia cadena… eso en el otro programa no se podía hacer, y era ridículo.

Una de las ventajas de Órbita Laika en un momento en el que cada grupo mediático cuida tanto de lo suyo era el poder ver a distintos cómicos, presentadores o colaboradores de todo tipo de cadenas…

Sí, y creo que aquí también va a poder pasar. En Órbita Laika teníamos la ventaja de que nosotros mismos decidíamos a quién queríamos invitar. Creo que hubo un par de veces que nos dijeron que no a unos invitados, pero no me acuerdo exactamente de quiénes eran ni por qué. Si no, te lo diría. En general, la idea era que, quien pudiera, que se viniera, porque, si haces lo contrario, acabas resultando demasiado endogámico y deja de ser sorprendente. El problema es que en España no hay cultura del cameo. A veces, llamas a quien sea para hacer una tontería y le cuesta mucho aceptar. A mí es algo que me vuelve loco, cuando veo un cameo de alguien importante en algo más o menos pequeño me encanta. Pensar que ese tío ha ido ahí a hacer de repartidor de periódicos durante treinta segundos… Eso cuesta muchísimo en España, que venga alguien si no es para promocionar algo o vender su libro o lo que sea.

Vuestra generación es distinta en ese sentido. Es habitual veros a unos en programas de otros…

Claro, es que hicimos mucha piña. Por ejemplo, Dani [Mateo] y yo somos muy amigos, es muy difícil pensar que si Dani me pide que vaya a su programa yo le diga que no, y que si yo le digo que venga al mío él se niegue. Otra cosa es que las empresas, como yo trabajo en Movistar y él en un programa patrocinado por Vodafone, no nos dejen ir. Algo así como: «Me encantaría ir, pero hay unos señores en Alemania que dicen que no puedo ir a tu cosa, aunque no sepan ni lo que es» [risas].

En Estados Unidos no tienen esos problemas. Aún se recuerda cuando Jay Leno y Oprah Winfrey hicieron un cameo con David Letterman para promocionar su programa con motivo de la emisión de la SuperBowl en la CBS.

Claro, es que ni a Oprah ni a Leno les iban a ver menos por salir o promocionar otro programa. Aquí tenemos este rollo de: «Sobre todo, no digamos que lo otro existe». Pero ¿tú te crees que porque yo no diga que a la misma hora están echando El hormiguero van a olvidarse de que existe El hormiguero? La gente ya ha decidido antes lo que quiere ver porque tiene todo el día para decidirlo. Hoy en día, la gente ya se hace las programaciones a medida. Sigue habiendo una gestión muy antigua del lenguaje: «No digas esto, no menciones lo otro…».

En la presentación del programa dijiste que le hacíamos demasiado caso a los ofendidos y muy poco caso a los que no se ofenden. El problema, quizá, es cuando los ofendidos te meten una querella y un juez les da la razón…

Claro, claro, porque si te toca un juez ofendido estás jodido… [risas]. El problema es que estamos perdiendo el sentido común, es ya puro azar. Hay veces que leo bromas que me parecen una estupidez y que se acaban convirtiendo en un debate público sobre si esa broma está bien o si está mal, se admite a juicio, hay querellas, hay denuncias… y luego veo otros comentarios que me parecen mucho más salvajes y no pasa nada. Claro, es que esta salvajada la han visto cien y esta otra, que ha generado una polémica aunque sea una estupidez, la han visto dos mil.

Pero es que eso también es azaroso, porque yo recuerdo la noche de los tuits de Vigalondo, recuerdo estar leyéndolos en directo, a las tantas de la madrugada, un día entre semana… ¿Cuántos podíamos estar en ese momento conectados a Twitter? Pero casi acaba costándole la carrera.

Es muy delicado, sí. La verdad es que yo he sido un tipo con suerte, pero es que es una cuestión de sentido común. A mí es que los que se enfadan por bromas me parecen imbéciles, me da igual lo que les esté pasando en ese momento. Ha habido veces que he salido aquí [señala al escenario de La chocita del loro, donde transcurre la entrevista] y he hecho bromas sobre el cáncer y hay gente que se indigna, se molesta… y entonces recurren a una cosa que es de ser más imbécil todavía: «Cómo se nota que tú no has pasado por nada parecido». ¡Y cómo se nota que tú eres gilipollas! ¡Tú qué sabes por lo que yo he pasado o no! O salir a hacer un chiste sobre un ictus o un derrame cerebral y que te vengan: «Claro, es que tu padre nunca…». Pues sí, mi padre tuvo un ictus, se operó en un hospital a vida o muerte. ¿Que tú no eres capaz de reírte con eso? Ese es tu puto problema, pero eso no quiere decir que yo no pueda hacer bromas al respecto… y tampoco quiere decir que no pueda hacer bromas sobre cosas que no he vivido.

No hay límites, entonces…

El problema es que hay gente que se hace llamar cómico y no lo es. Hay gente que va por ahí diciendo salvajadas y luego teniendo que explicar: «No, es que era una broma». Dan ganas de darle un puñetazo en la boca y decirle: «No, no era una broma». No hablo solo de youtubers tipo el de «Caranchoa», que se llevó la bofetada y ahora le piden quinientos mil euros, sino sobre todo de las bromas que quedan escritas, las de Twitter, que ya es una locura, aunque tampoco entiendo que la gente se ofenda, porque al final tienes un botón que pone «bloquear» y otro que pone «silenciar» y te puedes hacer tu mundo a tu medida.

«Hay gente que se hace llamar cómicos y no lo es…», ¿a qué te refieres exactamente?

A ver, es que es complicado. Yo creo que en esto del stand-up hay un momento de apogeo, que tiene que ver con Paramount Comedy (aunque no lo inventaron ellos, que llevaba décadas haciéndose) y mucha gente vio que ahí había dinero y que podías ir a un bar, coger un micrófono, decir cuatro cosas que parecían chistes y ya está. Eso provocó una crisis, una inflación y se cargó el mercado. Ahora con Twitter, lo que pasa es que hay gente con muchísimo talento que es capaz de ser más gracioso que tú con solo ciento cuarenta caracteres… pero también hay gente que cree que poner cualquier cosa es humor. Es la gente que de repente dice: «¿Te imaginas hacer confeti de niño muerto, que le metes un petardo, lo matas y te sale el niño en confeti?». Te estoy diciendo una barbaridad absoluta, pero para que se entienda. Es gente que confunde el humor negro con decir una barbaridad extrema. Hay veces que lo oyes y dices: «Hostia, eso no es una broma, colega, eso es una salvajada», y te dicen: «Es que no lo entiendes porque es humor negro». No, tío, eso no es humor negro, esa es la primera mierda que se te ha pasado por la cabeza y la has soltado en Twitter o en un micrófono. Es una línea delicada, porque luego hay gente que no sabe distinguir el humor negro de la barbaridad sin ton ni son, que realmente no lo saben o que prefieren jugar a la provocación, sin más. Ricardo Castella hace humor negro, muchas veces, y está muy bien, porque lo trabaja. Louis C. K. hace humor negro, pero aquí hay gente que no sabe lo que es eso.

¿No has sentido nunca la tentación de la autocensura?

No, nunca, la verdad es que no.

¿Tampoco en tu entorno, en la gente que te rodea, gente que te pueda decir: «Ángel, yo esto no lo veo claro…»?

Eso sí, sí que he visto el miedo en ese sentido. Ahora, por ejemplo, en mi monólogo, «Lo de hablar», hay una parte que es manifiestamente maleducada, grosera, en plan: «Este es mi espectáculo y digo lo que me da la gana, y tú puedes decidir si te quedas o te vas», y hay veces que ves que la propia gente del teatro se empieza a preocupar. En cualquier caso, a lo que iba al principio es a que el humor se acaba convirtiendo en un escaparate en el que solo se proyecta lo que a la gente no le gusta, pero no lo que le gusta… y si vamos a hacer un debate sobre qué puede considerarse humor y qué no y además lo va a decidir un juez, lo justo sería que se escuchara a ambas partes: a los que se han ofendido muchísimo y a los que les ha gustado, pero a los segundos no los escucha nadie.

Vayamos al principio, muy al principio… Naciste en Barcelona en 1977, ¿qué recuerdas de aquella Barcelona de los ochenta y primeros noventa, la que pasa del Torete al glamour olímpico casi sin solución de continuidad?

Nunca viví en Barcelona,  sino en las afueras y además, por edad, no recuerdo muchas cosas de aquella época. De lo que sí que me acuerdo es de que tenía familia en Badalona y aquello era el centro de la delincuencia, pero piensa que yo era un crío que estaba muy encerrado en casa, viví muy poca calle. Por ejemplo, mis primeros cinco años los pasé en Santa Coloma de Gramanet y sí recuerdo que era peligroso, que había mucha heroína, mucha mierda… no era el típico lugar de pasear con el niño. No tengo recuerdo de «vamos al parque», sino de «mejor en casa con los hijos de los amigos». Luego nos fuimos a Montgat y ahí recuerdo que sí era más tranquilo, pero es que siempre he sido muy casero… y cuando nos mudamos a San Andrés de Llavaneras, donde todavía viven mis padres, dejé el instituto a los dieciséis años porque no tenía ningún sentido, se me daba fatal, y me puse a estudiar piano, como mi padre, y a trabajar a la vez de camarero, así que no tenía vida.

¿Estudiaste en el conservatorio?

No, no, porque a mí lo estricto me vuelve loco y el conservatorio me desesperaba. Estudiaba ocho o nueve horas de piano pero haciendo jazz en casa de un tío que me daba clases. Eso lo combinaba con lo de camarero y a los dieciocho o diecinueve ya directamente me fui a la mili.

¿Hiciste la mili? Debiste de ser de las últimas promociones…

Creo que la última, de hecho. Me tocó en Zaragoza. Me lo pasé genial, te da disciplina. A ver, como yo no estaba estudiando no podía pedir prórroga, así que tenías dos opciones: o adelantar el servicio militar o hacerte objetor, pero entonces te llamaban ellos para el servicio social sustitutorio cuando les diera la gana, así que a lo mejor habías encontrado un trabajo y lo tenías que dejar para limpiar jardines. Yo preferí adelantarla porque además quería hacerla rollo Rambo; estaba pensando en meterme en la policía militar, todo muy chungo… Por suerte, eso había que elegirlo después del primer mes. No te asignaban un campo concreto y durante el primer mes, hasta que jurabas bandera, ibas viendo por dónde iban los tiros y me di cuenta de que la policía militar era en realidad: «O llevas los zapatos limpios o te arresto y te pasas el fin de semana guardando una garita en pose de firmes». Ahí empecé a reconfigurar lo que quería hacer aquellos nueve meses y al final me mandaron a enseñar a leer a gente que no sabía leer y a escribir a gente que no sabía escribir, así que tengo recuerdos guays; sobre todo, ya te digo, la parte de la disciplina sin violencia.

Siendo un niño más bien casero e introvertido, como decías antes, la experiencia de nueve meses lejos de tus padres tuvo que ser especialmente complicada.

Fue superraro, pero a la vez muy bonito, aunque también es verdad que en mi caso, al ser el último reemplazo, probablemente la experiencia no tuvo nada que ver con la de nuestros padres o nuestros abuelos. Todo el rollo violento desapareció. Lo bonito era que todo el mundo estaba muerto de miedo, todo el mundo había oído las mismas historias, todo el mundo estaba descolocado, fuera de lugar. Todo el mundo es todo el mundo: desde el más extrovertido al más introvertido… porque no sabes adónde cojones vas. Te bajan a gritos de un camión, te hacen formar y te lías a cometer todos los errores que has visto en las películas americanas.

Lo del «señor, sí, señor».

Exacto. Y a la cuarta vez que lo repetías, te decían: «Como me vuelvas a decir eso, te parto la cara, porque aquí se habla por el rango». Es superinteresante porque todos estáis desubicados y nadie va a joder a nadie porque nadie sabe quién es nadie. El tipo más callado puede que sea un loco que te va a intentar matar por la noche, así que mejor no meterte con él [risas]. No sé, yo me lo pasé muy bien. Es la típica mierda que recomendaría.

Tu padre era músico, pero ¿qué clase de músico era? ¿Tocaba por las noches en clubes?

A ver, él curraba en un banco y cuando le fueron a hacer director decidió dejarlo.

Lo tuyo viene de familia, entonces…

Sí, tendríamos que hablarlo los dos en profundidad algún día… Él decía que no podía negarle pasta a gente que claramente la necesitaba. No tenía ningún sentido porque iba a volver a casa hecho polvo todos los días y, como siempre había sido músico de vocación, se metió en el negocio de la BBC: bodas, bautizos y comuniones, más alguna sala de fiesta. De hecho, sigue currando de eso, haciendo bailes de salón en centros de la tercera edad, centros comerciales, alguna boda, fiestas de Nochevieja…

¿Llegaste a trabajar con él alguna vez?

Muchísimas veces. Yo me he hecho miles de salas de fiesta en Pineda del Mar y ni te imaginas la de gente que tiene que tener un vídeo de su boda en el que salgo yo tocando «El Venao» o «Baila, morena».

Sin embargo, no seguiste por ahí, sino por la comedia…

Fue porque me dio por estudiar interpretación mientras trabajaba con mi padre. En el segundo año, Paramount Comedy empezó a buscar monologuistas por Barcelona y necesitaban estudiantes de las escuelas de interpretación que supieran escribir guiones para las salas de comedia que estaban montando. Mi profesora de interpretación me obligó a escribir un monólogo de cinco minutos y ahí empezó todo. El que estaba al cargo era Ricardo Castella y en el grupo de guionistas estaba gente como Dani Mateo, Iñaki Urrutia, Toni Moog, Txabi Franquesa

¿Pero tú querías escribir o actuar?

Para mí era una excusa para actuar, para hacer stand-up aunque no tuviera ni idea de qué era el stand-up. Hice mi monólogo de cinco minutos, se lo enseñé a Ricardo Castella, me dijo: «Esto no es un monólogo», y me dio algunas claves para aprender a escribir. Me presenté cinco o seis veces a grabar en Paramount Comedy y no había manera, fracasaba todo el rato, pero Ricardo insistía en que volviera y volviera. Era la época de Nuevos cómicos y había que hacer veinticinco minutos a base de currar de cinco minutos en cinco minutos en locales de Paramount, irte a Madrid a grabarlo para ellos y, cuando consideraban que estaba para emitir, se lo pasaban al director de la cadena y él decidía si lo compraba o no. Bueno, pues yo tuve que subir esas escaleras cinco o seis veces hasta que me lo compró.

¿Qué es lo que te hizo perseverar de esa manera pese al rechazo constante? ¿Tenías algún referente en ese formato de actuación?

Qué va, qué va… si yo soy un paleto. En el stand-up yo soy un paleto, no sabía nada de nada ni tenía referencias españolas ni extranjeras. Así como Dani es un experto en cómicos y formatos, yo era un paleto. Si seguí intentándolo fue porque para mí era muy divertido, porque había algo especial en escribir algo que a mí me parecía divertido, subirme al escenario y ver que había gente que se reía con esas cosas que tú habías escrito… Hay algo adictivo ahí. Cuando te subes al escenario por primera vez con todo el miedo del mundo, con terror, tienes una sensación parecida a la de apostarlo todo al rojo en el casino, y cuando alguien se ríe es que has ganado. A mí me genera adicción y me encanta la sensación de estar saltando al vacío todo el tiempo: los señores que se estaban riendo ayer sin parar hoy no están, hay que empezar de cero.

¿Cómo era aquel primer Paramount Comedy con Goyo, Agustín Jiménez, Eva Hache, los Chanantes…?

Pues ahí había una mezcla de muchas emociones que desaparecieron muy rápido. Primero tienes la emoción de ganarte la vida con eso, que es superraro. Subes con un material tuyo, así que te vas a exponer con unas mierdas que a ti te hacen gracia, que has escrito tú… eso es lo más personal del mundo, es una exposición total. Además, al principio tienes un objetivo porque sabes que, si lo haces bien, hay una cadena de televisión que lo va a emitir y eso te puede llevar a bares, a teatros… y ya lo máximo podía ser, por ejemplo, actuar algún día con Agustín Jiménez. Cada cosa que haces genera una pasión nueva. Cada logro que consigues desbloquear es fascinante. Estás nervioso todo el tiempo y decepcionado todo el tiempo. Eso creo que ha desaparecido ya. Ahora mismo, cuando llegas a determinados sitios el único objetivo es mantenerte, no volver atrás, no caerte. La emoción es «no la jodamos demasiado».

¿Cómo ves a la nueva generación en ese sentido?

Pues yo creo que esa emoción no la tienen, porque no tienen ese objetivo. Yo hablo con muchos cómicos de «micro abierto» y ahora dedicarse a la comedia no es emocionante. Un cómico que pruebe ahora en un micro abierto y consiga juntar veinticinco minutos realmente buenos, ¿adónde va? Puede ser guionista. Si es bueno de verdad, le ofrecerán ser guionista en Buenafuente, pero cualquier cómico que diga que su sueño es ser guionista miente como un bellaco. Si Buenafuente fuera como Johnny Carson y tuviera a sus cazatalentos por todos lados para darte cinco minutos en su programa, tendrían un objetivo, pero no es así. Ese viaje del micro abierto a la televisión se lo han cargado.

Bueno, puedes acabar en Zapeando

No sé cómo se verá desde fuera, pero a mí no me parece lo más ilusionante del mundo, y mira que tengo muy buenos amigos ahí, pero en cualquier caso te van a coger para hacer algo que no es lo que tú estás haciendo. Te van a coger por tu simpatía, tu agilidad, tu ingenio, pero no es lo mismo.

Conforme avanza la década, todos empezáis a entrar en la TV en abierto: Eva Hache presenta un late night en Cuatro, Agustín Jiménez se va a Splunge con Miki Nadal, Florentino Fernández y Patricia Conde… y tú acabas con Manel Fuentes en La noche, de Telecinco. ¿Qué sentimientos guardas de aquella explosión?

Pues recuerdo que tuve dos años en los que no estuve haciendo mucha cosa. Después del primer monólogo, me llamaron de Siete vidas para hacer de guionista, estuve como un año y medio allí y me largué. Entonces me llamaron del Club de la comedia para concursar… pero yo no quería concursar, quería ir de invitado. Lo que pasa es que, claro, no tenía suficiente nombre como para ir de invitado, así que a través de dos guionistas que trabajaban en Globomedia conseguí que al final me llamaran aunque no fuera nadie y no tuviera mucho sentido. Esa actuación fue la que me consiguió el trabajo en el programa de Fuentes, que era una sección cortita, al final.

Y que recordaba ya un poco a tu papel de analista de medios en Sé lo que hicisteis.

Sí, revisábamos la prensa y la televisión con un punto cínico. La única condición que puse es que yo escribía lo mío. Si no, no me interesaba. Aceptaron eso y en cuanto acabé en el programa de Fuentes —no recuerdo bien las fechas, pero estuve muy poco tiempo— apareció la posibilidad de SLQH y puse la misma condición: que yo me escribía mis cosas.

En aquel Paramount había dos programas de late night maravillosos: Nada que perder, de Ricardo Castella, y sobre todo Noche sin tregua, de Dani Mateo. ¿Algún día conseguirá Dani hacer algo igual pero en una cadena nacional y en abierto, como es su sueño?

Por sentido común, debería existir algo así. Cada cadena debería tener su late night. La resistencia no deja de ser Noche sin tregua. Lo que era precioso y lo que funcionaba —aparte de Dani, que es impecable para un programa así— era que los guionistas éramos cómicos, que los colaboradores éramos cómicos… y el invitado era alguien que era fascinante e interesante. No había intereses por parte de la cadena, no podía pertenecer al canal porque no había nadie del canal, ya estábamos todos escribiendo. Estoy convencido de que Dani conseguirá algo así. Si no es ahora, pues será en diez años, cuando todos los que mandan en la televisión ahora estén muertos y seamos nosotros los que estemos ahí y le digamos: «Dani, que ya está Ricardo mandando y va a estar Broncano a las diez y media; móntate tú una cosa para las doce» [risas]. En el momento en el que empiece a haber cómicos en los lugares donde se deciden los contenidos, las cosas se empezarán a poner en su sitio.

¿Hubo alguien de esa «generación Paramount» que se quedara en el camino injustamente?

Pues ahora mismo no caigo. No se me ocurre nadie que diga: «Joder, es una pena que este tío no esté haciendo un millón de cosas». Quizá me extraña que Eva Hache no esté más activa, no sé si es una decisión suya o qué. Casi todos los que estábamos hemos acabado haciendo algo y muchos de los que no están es porque ni siquiera lo intentaron, porque una cosa era estar en Paramount y otra estar fuera de Paramount, donde hay que currar muchísimo, las cosas son muy complicadas y hay que encajar, no vale cualquier cosa. También tengo la sensación, y puede que esto quede mal, de que después de nuestra generación y quizá la de Dani Rovira, los que vinieron no se esforzaron igual; creían que con estar en Paramount ya venía todo solo y no trabajaron lo suficiente. Hubo mucha comodidad. Nosotros currábamos mucho y acabábamos muy cansados, pero veías a los siguientes y era en plan: «Qué guay es esto, que nos dejan actuar, nos pagan los hoteles…». Ya, ya, pero luego hay un curro que hacer y no todo el mundo lo hacía.

Háblame de los inicios de SLQH, un programa que, si no me equivoco, era semanal, duraba media hora sin más y dependía casi exclusivamente de la química entre Patricia Conde y tú.

Eso fue un acierto de la cadena y nosotros tuvimos suerte. La promoción que hacían del canal era básicamente El intermedio, Buenafuente y nosotros. Estaban por ahí Emilio Aragón, Andreu, Contreras… y apostaron fuerte por Patricia y por mí. El lenguaje era «haz lo que quieras». De lo que yo escribía a lo que luego se emitía había dos correcciones. Al principio tenía diez minutos y fue la cadena la que decidió ir alargando mi sección. Creo que fue un acierto de Globomedia. Ellos querían un programa que se centrara en el zapping del mundo del corazón pero dejando claro que eso era basura. Yo no hubiese entrado al trapo de no haber sido así. Si a mí me hubiesen dicho que íbamos a hacer un zapping de la prensa del corazón en este país diciendo: «Mira qué guay», yo no habría entrado nunca en eso. El planteamiento era: «Hay mucha gente a la que le gusta esto pero a mí no me mola, vamos a ver si hay más gente a la que esto le parezca una puta mierda del tamaño de un piano». Y toda esa gente a la que la prensa del corazón no le interesaba nada encontró un refugio ahí. De todos modos, tampoco tengo muchos recuerdos de SLQH porque la espiral de curro era muy, muy bestia.

De hecho, SLQH llegó a durar casi dos horas y media en su última temporada…

Sí, fíjate que mi sección duraba cincuenta y pico minutos. Me tenía que levantar a las seis de la mañana, ponerme a escribir, buscar contenidos externos, recurrir a gente que me ayudaba… sobre todo al final, porque ya no me interesaba mucho el programa. Hacíamos sketches que podían llegar a durar diez minutos con premisas completamente antitelevisivas: podíamos hacer una parodia de Me llamo Earl de casi un cuarto de hora y nos dejaban emitirlo. Eso lo podíamos escribir y rodar en cualquier momento y meterlo cuando lo necesitáramos. El resto había que guionizarlo día a día y era agotador.

La has explicado mil veces, pero la historia de tu marcha cuando estabas en lo más alto de la popularidad sigue resultando fascinante…

Pues el proceso es duro y largo. Es una jugada rara. Todo empieza en el momento en el que te das cuenta de que la gente no quiere al programa tanto como tú. A mí me daba muchas satisfacciones a nivel creativo y hay un momento en el que descubro que esas satisfacciones solo son para mí y que a la cadena le interesan otras cosas. Nadie se preocupa de que eso siga siendo algo bonito. Hay un momento en el que yo veo claro que hay que parar, que necesitamos parar. Es cuando Telecinco nos prohíbe emitir sus imágenes y eso nos obliga a cambiar por completo el programa, porque podíamos mantener la crítica, podíamos mantener la línea editorial, pero ya no teníamos el recurso de las imágenes y era muy importante. Había que pensar en cómo darle la vuelta a eso. Sin embargo, no paramos, seguimos adelante, conseguimos salvar el socavón sobre la marcha… pero inmediatamente es Antena 3 la que nos prohíbe las imágenes y ahí ya sabes lo que va a pasar. Sabes que al día siguiente TVE va a hacer lo mismo y luego todas las demás. Es imprescindible frenar para ver la estrategia que vas a seguir, pero la productora y la cadena no quieren parar el programa. Ahí te das cuenta de que no queréis lo mismo y a nivel creativo la cosa se viene abajo, porque no solo te quitan la herramienta de las imágenes, sino que te quitan otras como el lenguaje, determinados personajes… la caja de herramientas te la vacían por completo. Todo es un «no podemos» constante y empieza a dispararse el miedo y las prevenciones… y te preguntas: «¿Con qué hacemos comedia aquí?».

Y se tira por el camino de salir a la calle a buscar famosos.

Efectivamente, y eso es algo a lo que yo me opongo frontalmente porque estoy en total desacuerdo. A Berta Collado, por ejemplo, la hacían irse a la puerta de la casa de Belén Esteban para ver si salía y hacerle unas preguntas. Esa no era la idea del programa, desde luego; eso era hacer una mierda que no nos convenía. De pronto, nosotros nos convertíamos en un programa del corazón. Se generaba una imagen que no me interesaba y que no me hacía sentir cómodo. Ahí viene la segunda parte, que es: «De aquí tengo que salir». El último año empiezo a delegar más en el guion y dedico mi tiempo básicamente a pelearme por lo que no quiero que aparezca en mi sección, a decir: «Esto no, esto no, esto no…». Me empiezo a convertir en un monstruo, en alguien problemático, pero veo que al final ese contenido va repartido por otras secciones del programa. El mismo contenido por el que tú te has peleado para que no salga en tu sección, lo ves más adelante, así que no ha servido para nada. Ahí es cuando ya tengo claro que me quiero ir y donde empieza la parte personal de los miedos, de: «Pues si renuncias, no vuelves a trabajar».

Hubo muchas amenazas, ¿no?

Bueno, no son amenazas de «te voy a meter una cabeza de caballo en la cama», pero sí son miedos, porque al final cuando uno entra en la tele no sabe cómo es el medio. Yo por aquel entonces no tenía ni puta idea de cómo era la tele. Lo sé mucho mejor ahora que estoy en «WifiLeaks» que en aquel entonces. En el momento en el que tú te quieres ir de una cosa que funciona, la gente a la que le beneficia que tú sigas ahí tiene tendencia a dejar semillas de miedo, que básicamente son: «A ver, si te quieres ir, vete… pero que sepas que no vas a volver a trabajar nunca en televisión». No es una amenaza, pero lo que te están diciendo es: «Te vas a generar una fama en la que la gente no va a querer colaborar contigo, no van a querer contratarte». Eso hace que te pases muchas noches en la cama pensando: «Hostias, ¿realmente tiene sentido que me vaya, no tiene más sentido reconvertirme y ver cómo va?», y entonces llega un momento en el que tu cerebro dice: «Vamos a emborracharnos», y ya dices definitivamente: «A la mierda, yo lo que quiero es divertirme y hacer comedia y que se me relacione con cosas que sean limpias y bonitas», así que llegas y dices que te vas y te montas un muro de defensa de esa decisión, y te encuentras con que hay mucha gente que intenta derribar ese muro y hay gritos, hay discusiones, hay un jaleo de puta madre que no le recomiendo a nadie porque es muy jodido, pero al final te montas en el coche y te vas.

Y empieza el otro ruido, el mediático.

Sí, sigue el ruido y durante mucho tiempo tu imagen se asocia a alguien al que no le gusta la tele, y la gente te dice: «No te hemos llamado porque a ti no te gusta la tele», y eso es mentira, ese mensaje se ha desvirtuado, probablemente porque no ha habido tiempo para matizarlo. Lo complicado de la tele es que llega un momento en el que se te olvida qué es lo que querías hacer al principio y por qué estás ahí y hasta dónde tienes que aguantar.

Como en Órbita Laika

Claro, llega un momento en el que te planteas: «¿Qué es lo que está pasando? ¿Tiene sentido que me enfade? ¿Hago lo que me dicen, que no me preocupe, que no pasa nada porque te despidas cada programa diciendo hasta el próximo domingo y el programa se emita los miércoles?, ¿que no pasa nada porque lo echen a las doce y media en vez de a las nueve?». Tú estás en tu casa pensando si tiene sentido que todo eso a ti te dé igual o si tiene sentido que te toque los cojones. Y te toca los cojones. Porque ese programa lo habíamos hecho pensando que a las 21:30 ya teníamos un público, teníamos una gente, y los que habían colaborado lo habían hecho porque les venía bien ese horario, ese nicho… y te toca los cojones. Ahí llega el segundo debate, que es: ¿te callas o lo dices? Y un día estás en tu casa y decides que la gente tiene que saber que te toca los cojones, así que entras en tu red social y dices: «Oye, que sepáis que esto a mí me toca los cojones», y entonces te llama TVE y te dice que eso no se puede decir y les contestas: «Pues no lo dirás tú, porque yo sí».

 

Entre SLQH y Órbita Laika te desviviste por Solocomedia, un portal de vídeos y sketches que básicamente llevabais entre Rober Bodegas, Alberto Casado y tú. ¿Es el proyecto en el que más esfuerzo y más emociones has puesto?

Solocomedia nace antes incluso de que termine SLQH. Sigue siendo mi gran apuesta, pero el problema es que no sé cómo hacerlo. Es complicado saber en qué momento estamos, porque arranco y lo freno, arranco y lo freno. Cuando parece que ya estás con la gente que puede hacer que funcione, te decepcionas de nuevo y tienes que empezar de cero. Es una apuesta personal y no me rindo, pero sigo sin saber por dónde llevarlo, aunque tarde o temprano sabré cómo hacerlo… aunque me lleve a la ruina.

¿Cómo empezó todo?

Pues en el momento en el que veo Funny or Die y me quedo impresionado. Nace de ahí. Todavía no tenía el nombre claro pero quería tener un rincón en internet en el que hacer lo que me diera la gana con gente que normalmente no está en internet. Hice un intento con Dani Mateo que se llamaba Nuestras cosas, pero no funcionó porque estábamos hasta arriba de trabajo. Ya cuando dejo el programa, me voy al registro, compruebo que el nombre está libre y empiezo a grabar alguna pieza suelta con algún amigo como Julián Sastre, pero está todo muy deshilachado, muy de YouTube. Cuando Rober y Alberto dejan también SLQH hablo con ellos, les cuento la idea y les advierto que ahí no hay pasta, pero que si les apetece hacer algo divertido podemos intentarlo. Así que en ese primer viaje nos metemos los tres. Lo que pasaba era que el nivel de producción de Solocomedia era una ruina porque la inversión era descomunal: había sueldos de todo y la producción de una pieza diaria suponía un gasto demoledor. Yo estaba haciendo producción de televisión pero para emitirla en internet y eso era una locura porque monetizarlo era imposible, y cada uno te decía una manera de hacerlo: tienes que subirlo a YouTube, tienes que hacer tu propia plataforma… y yo no tenía ni puta idea de qué hacer. En ese momento, yo hablo con Rober y Alberto y les explico que eso no puede seguir así, que hay que bajar el nivel de producción a una pieza semanal como mucho y con un formato más de internet, algo más básico, incluso hecho por nosotros. A ellos no les parece bien y les digo que Solocomedia, entonces, no puede seguir.

Y acabasteis mal.

Sí, acabamos mal, la verdad. Sobre todo a partir de una publicación de Rober Bodegas en su Facebook muy brutal que yo intenté contestar con la mayor educación posible. También hay cosas detrás que no tiene sentido comentar. En cualquier caso, Solocomedia sigue con la idea de una pieza semanal, con unos vídeos grabados en el ordenador, para comprobar que aquello no estaba muerto, y al ver que aún había gente que nos seguía pues se me ocurre lo de hacer cameos, por ejemplo con Paula Vázquez o con cómicos, lo metemos en Flooxer… pero sigue siendo un nido de perder dinero y lo he tenido que volver a parar. Es una puta ruina. Lo tengo ahí pendiente hasta que sepa cómo demonios se hace un proyecto de internet.

Rober y Alberto montaron la obra Pantomima Full, que ahora se ha convertido en un auténtico fenómeno viral gracias a los vídeos. ¿Qué te parece su propuesta?

Me parece que han encontrado la fórmula de lo que ellos tenían que hacer: vídeos muy cortos con un personaje hablando a cámara y todo muy simple. Cuando encuentras una fórmula así que funciona, es lo ideal. Me parece que es un logro brutal, lo que todos estamos intentando hacer. No sé si lo están monetizando, pero a nivel producción el gasto es cero y, si al menos les sirve para que les llamen de sitios, ya merece la pena.

A la vez que Solocomedia, decides volver con Ricardo Castella al teatro con Nunca es tarde y luego Love Pain Love. El recuerdo que tengo de aquello es que se os veía felices a los dos después de tanta batalla televisiva.

Sí. Era muy divertido. Esos años me reí un montón. Nos sirvió para recuperar la música, además… Me acuerdo de que un día Ricardo vino y me dijo: «¿Hacemos un musical sobre un tipo que deja la tele para cumplir su sueño?», y me pareció una idea genial. Tenía momentos muy, muy divertidos y fue una manera de volver a la carretera, coger el coche, ir a un sitio o a otro.

¿Fue importante que fuera con Castella?

Sí, sí, porque Castella es un tipo que además de gracioso es generoso. Es un tipo que no te va a pisar o va a intentar sobresalir, sino que prioriza la broma, y así da gusto trabajar. Tiene un talento para escribir descomunal.

Y en ese momento, tres años después de dejar La Sexta, te llaman de TVE para Órbita Laika. ¿Cómo te llegó la idea y qué pensaste sobre un late night presentado por un cómico… sobre ciencia?

Lo primero que pensé es que no tenía sentido alguno [risas]. Lo que sí me planteé mucho fue si convenía que yo fuera el presentador de ese programa, no tanto por mí sino por el programa, que me parecía muy interesante. Me daba miedo que el hecho de que lo presentara un tipo que había estado en un programa de zapping de prensa del corazón desvirtuara eso. Que fuera un error meterme a mí y no meter a otra persona. Lo hablé con Jose Antonio Pérez, el director, y con Blanca Baena, la productora, y les dije que el programa me molaba pero que eso me daba miedo. Ellos me dijeron que les parecía un valor añadido, que no se iba a cargar la esencia del programa, que habían estado dándole muchas vueltas y que lo veían bien. Cuando me dijeron que eso iba a funcionar, me tiré de cabeza, porque yo lo que tenía claro era que necesitaba un programa que no tuviera nada que ver con SLQH. Me apetecía mucho pero tenía ese miedo.

Toda esa pose en las entrevistas sobre lo poco que te gustaba la ciencia y que no tenías ni idea… da la sensación de que es solo eso, pose.

No, no. Cero pose. Qué va. Yo creo que la gente se piensa que no soy un patán y soy un patán. Se piensan que soy un tipo que sabe de muchas cosas… y no. No sé por qué pasa eso, a lo mejor es por el rollo de que a veces toco el piano [risas]. Yo no entiendo de absolutamente nada de ciencia, y cuando digo «nada» es «nada». Le dije a Jose: «Es que me vais a sentar con gente que va a utilizar palabras que no sé qué significan», y él me dijo: «Pues se lo preguntas», y ya le advertí que igual nos pasábamos así todo el programa, pero me dijeron que igual eso era lo bueno. Luego, ya me senté con Pepe Cervera, con Antonio Martínez, con Clara Grima y con América Valenzuela y les puse en antecedentes, y me dijeron: «Vale, pues más divertido para todos». Así que yo me sentaba en esa mesa y no sabía lo que iba a pasar. De repente, venía un señor y me hablaba del grafeno y yo le decía: «De puta madre, pues háblame del grafeno».

El otro día compartiste en Twitter una teoría prodigiosa del mundo y la ciencia de Richard Feynman: el científico como un espectador de una partida de ajedrez de la que desconoce las reglas.

Es maravilloso. La ciencia tiene algo maravilloso si das con la gente que te lo sepa explicar. Si no, es un rollo. Lo que he aprendido con Órbita Laika es la importancia de los maestros, de los que bajan a la tierra, de los que saben explicar a la gente cosas que no entiende. Feynman, por ejemplo, te explica eso con la teoría del ajedrez y ya sabes que no lo vas a olvidar nunca, se te va a quedar siempre.

Llegasteis a tener medio millón de espectadores. ¿Tenías la sensación de estar haciendo algo insólito?

Sí, sí, sí. Cuando, por ejemplo, un programa como Órbita Laika conseguía ser trending topic en cada emisión de los domingos e incluso algún miércoles, cuando se emitía tarde y mal, me parecía muy interesante. Para lo que sí me sirvió el programa fue para ver la comunidad que se creaba en torno al mismo. Era algo parecido al teatro: programa que haces, respuesta más o menos inmediata del público en redes sociales. Era todo muy raro; insólito, sí.

¿Qué es lo más interesante que descubriste durante esas dos temporadas?

El exoesqueleto. Creo que lo contó Antonio, pero me lo había contado también Pepe Cervera. Te cuento la práctica: trajeron un exoesqueleto que se movía a base de impulsos cerebrales. Pepe se sentaba en una silla, pensaba en andar y el exoesqueleto andaba, así que la persona que estaba montada en el exoesqueleto andaba. Por ejemplo, los niños con problemas o gente que ha tenido un accidente pueden usar el exoesqueleto así: piensan en andar y el aparato ya anda… pero lo más interesante es cuando hablamos de gente que nace sin saber cómo cojones es andar. Si tú no sabes cómo es andar no puedes mandar esa señal de andar, así que, gracias a esto, alguien que sepa andar puede emitir la señal cerebral de cómo se anda, a partir de ahí tú empiezas a andar y tu cerebro va aprendiendo a mandar él mismo esa señal. Me pareció una cosa de ciencia ficción acojonante.

Cuando dejas el programa después de la segunda temporada y ponen a Goyo Jiménez para sustituirte, pones un tuit en el que dices que Goyo bien, pero que habría sido mejor coger a Miki Nadal porque es un superdotado. ¿Nos puedes hablar un poco de Miki, que quizá no está tan reconocido por no ajustarse a los parámetros del «humor inteligente» o el «poshumor» o como lo queramos llamar?

Es que los del poshumor son idiotas [risas]. Miki Nadal es un genio. Es un señor que es objetivamente superdotado. Más allá de eso, televisivamente, no he conocido a nadie que le llegue a la suela ni a nivel comedia, ni a nivel humano ni a nivel curro. No he conocido a nadie, a nadie. Es un ser humano fascinante: sabe reconocer dónde está la comedia incluso donde no la hay. Miki ha salvado cosas que eran insalvables, ha conseguido que un equipo que se podía ir a la mierda se uniera para hacer cosas muy interesantes y es un actor de la hostia. ¿Qué pasa? Pues lo que hablamos siempre de la tele en este país, que como empezó a hacer lo del «Ay, omá, qué rica» y gustó, pues ya no le dan la oportunidad de hacer otra cosa. Ni el público ni los guionistas ni las productoras. También es verdad que él es muy cómodo y que está bien así, pero es que yo le he visto cantar, bailar, actuar… y lo hace todo bien. A nivel cultural es un tío con el que puedes hablar durante horas y horas… y bebiendo aún más, tiene más aguante que nadie.

Siempre has hablado muy bien de El fin de la comedia, de Ignatius Farray.

Sí, aunque no me he visto la segunda temporada. Me pareció muy importante el hecho de poder hacerlo. Más allá del ejercicio de guion, me pareció muy importante que sucediera, que alguien cogiera a Ignatius Farray, a Miguel Esteban y a Raúl Navarro y con cuatro duros les dejaran hacer ese formato. Me da mucha pena que no haya vuelto a pasar, que esas cosas se conviertan en cosas puntuales.

Una serie que, por cierto, está llena de cameos…

Sí, por ejemplo, Cansado está fantástico. Molaría poder hacer muchos más proyectos de autor, pero es complicado, porque les dan cuatro duros y a tirar.

Siempre reivindicas los bares como escenario ideal del cómico. El stand-up en estado puro, lejos de la televisión. ¿Qué sitios nos recomiendas para ver buenos monólogos?

Estoy un poco despistado, porque ahora mismo están pasando cosas super raras. Sé los locales que hay, sé que en el Picnic están haciendo comedia, que en el Agrado Cabaret están haciendo comedia, que en La Chocita del Loro por supuesto hacen comedia, tanto en Carabanchel como en Gran Vía… pero estoy muy despistado sobre qué clase de comedia se está haciendo. Me falta un poco todavía el ambiente que yo viví en la comedia, eso no lo estoy viendo: la ilusión, el trabajo… Cuando voy a los sitios, me falta la sensación de que la gente está haciendo un material para probarlo. Lo que estoy viendo es a cómicos que van más a presumir que a probar. Van más al aplauso y al «mira lo que voy a hacer», y me da pena, porque me da la sensación de que lo bonito es descubrir si lo que estás haciendo vale y luego poder modificarlo y no dar por hecho que porque estás allí arriba ya todo lo que dices está bien.

Me dicen que te pregunte por las comidas que organizas en verano y que acaban con los invitados en la piscina, a menudo vestidos… ¿Cuál ha sido el momento más disparatado en esas reuniones?

Recuerdo a Pancho Varona tirándose a la piscina vestido. Correr vestido, saltar y tirarse a la piscina. Y después de Pancho Varona, ver a Ricky Falkner hacer lo mismo. Eso viene de mi etapa de bebedor, me parece interesante juntar gente que no se conoce, porque, al final, cuando juntas a gente del mismo medio es un poco aburrido, porque no hay intercambio de nada. Cuando juntas a gente de medios distintos, todo el mundo se escucha y es superbonito, porque hay un primer momento en el que la gente reconoce al artista, por ejemplo, yo creo que Pancho y Love of Lesbian se conocieron en una de estas comidas, y luego ya todo el mundo se quita el disfraz y hablamos de libros, de historias… y, si además hay alcohol de por medio, pues ya entra la filosofía: «¿Estamos solos en el universo o no estamos solos?», y están ahí todos en las hamacas, de noche, hablando del tema.

¿Hay algún momento del día en el que sientes que a los cuarenta años ya lo has hecho todo, que quizá no todo el mundo se haya enterado, pero que en el fondo ya has hecho todo lo que habías soñado?

No, hay un momento del día en el que a los cuarenta años te recuerdas cuáles son las cosas que tienen valor en la vida y cuáles son las cosas que no. No pierdes mucho el tiempo en bobadas ni les das valor a cosas sin importancia. Creo que hay un viaje, que en mi caso sí ha sido a los cuarenta, un momento en el que la cabeza te cambia el chip por completo, en el que te das cuenta de que te has ido despistando de las cosas que te molaban de verdad. De entrada, te ubicas en el lugar en el que estás y te das cuenta de las cosas que tienes y lo privilegiado que eres por poder dedicarte a lo que te gusta. De vez en cuando te pones a pensar: «Ya, pero querías ser actor»; entonces, te tomas un gin-tonic y te contestas: «Sí, querías ser actor, pero no eres Javier Bardem, lo tenías muy difícil». Te das cuenta de que estás muy cerca de hacer las cosas que a ti te gustan, como a ti te gustan, con la gente que a ti te gusta y reflexionas: «¿Por qué hemos dejado de disfrutar de estas cosas?». Hace veinte años soñabas con actuar con Agustín Jiménez en el Lope de Vega y has actuado con Agustín Jiménez en el Lope de Vega; soñabas con actuar en la sala Galileo Galilei y has actuado en la sala Galileo Galilei… A veces nos olvidamos de las cosas que realmente queríamos en medio de tanto ruido. Yo era un tío que generalmente estaba muy enrabietado con el mundo y ahora tiendo a echarle más sentido del humor a todas las cosas. A los cuarenta, no te tocan los cojones.

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1 comentario

  1. ¿Prisa? #0 y Movistar TV son de Telefónica. La unica televisión que hace ahora Prisa es en portugués.

    Escribir de tele y no saber esto es, cuando menos, inusual.

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