Hollywood hubiera sido muy diferente sin Roger Corman

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Creature from the Haunted Sea. (DP).

A finales de los años cincuenta el régimen de Batista está a punto de caer, así que un grupo de militares adeptos huye de Cuba con una reserva de lingotes de oro con el fin de preparar la contrarrevolución. Pero, ¡ay, incautos!, han confiado para el viaje en un capitán de barco particularmente corrupto y taimado, más interesado en la carga que en los pasajeros, para quienes ha tramado otro destino: irá matándolos uno a uno, fingiendo que en realidad son víctimas de un legendario monstruo marino que les está acechando. Como sabemos, en el cine los planes siempre terminan torciéndose y el giro imprevisto llegará cuando ese engendro imaginario… ¡se haga realidad! Y no solo eso, sino que al final será él quien se salga con la suya, culminando la historia con un memorable plano en el que lo vemos junto al tesoro ahora hundido mientras eructa satisfecho. El monstruo ha ganado.

Ese desenlace era sencillamente perfecto a los ojos de Roger Corman y junto a la diversión que supuso todo el rodaje hizo de esta película, Creature from the Haunted Sea, aquella de la que mejor recuerdo guarda de toda su carrera. Como repite enfáticamente en su autobiografía, siempre fue un maverick, un tipo algo bala perdida, espíritu libre, contrario al sistema… ¿Cómo no iba a sentirse entonces identificado con el monstruo? Esa actitud le impidió llegar a formar parte de los grandes estudios de Hollywood, pero es también la que mantuvo intacta su creatividad, su independencia artística, durante más de cuatrocientos filmes dirigidos, escritos y/o producidos a lo largo de más de cinco décadas. Una obra cinematográfica colosal, en la que hay que decir que abundan los bodrios infernales, abominaciones como Death Race 2000 o The Viking Women and the Sea Serpent, que son peores que ponerle la zancadilla a tu abuela. Pero también hay una apreciable cantidad de películas divertidas e incluso algunas que supieron crear escuela. Esto último no es ninguna frase hecha, realmente inspiró a muchos de los directores hoy en día más consagrados (algunos le homenajearon, otros le plagiaron vilmente) y abrió nuevos caminos en la forma de narrar historias. Si le añadimos aquellos cineastas que tuvieron con él su primera oportunidad, así como los actores a los que descubrió y que luego llegaron a ser grandes estrellas, podemos concluir sin temor a exagerar que sin Corman Hollywood y la historia del cine en su conjunto hubieran sido muy distintos. Veamos por qué.

Para poder situarnos, comencemos por las influencias que recibió el propio Corman. Nació en Detroit en 1926, en el seno de una familia de clase media que unos años después se trasladó a Beverly Hills. Allí, rodeado de compañeros de una clase social mucho más adinerada, comenzó a sentirse el bicho raro que ya nunca dejaría de ser. En su adolescencia se interesó por el modelismo, las revistas con historias de ciencia ficción y los cuentos de Poe, aficiones que fueron todas ellas la semilla de su obra artística en los años siguientes. Aunque por encima de todas ellas estuvo, por supuesto, el cine. Ford, Hitchcock y Hawks fueron referentes de importancia, sin llegar ninguno de ellos a la importancia que tuvo en Corman… el propio Corman. Ningún otro cineasta ha recurrido tanto como él al autoplagio, no tanto por lo fascinado que estuviera por su propia genialidad, sino por ahorrar costes en unas producciones siempre de bajo presupuesto que garantizaban su independencia. Precursor del sample, rodaba escenas de persecuciones, de edificios ardiendo o de lo que fuese, que reutilizaba una y otra vez en sus películas, convencido de que en una época en la que no existía el vídeo ningún espectador se daría cuenta. Como el cocido en la casa del pobre, su cine aprovechaba todo, pues a menudo también mandaba a sus cámaras a perseguir ambulancias y camiones de bomberos para que rodasen lo que pudieran y ver si luego podría usarse. Asimismo, cuando ya se había ganado cierta posición viajó a la URSS a comprar películas de ciencia ficción, que luego montaría de nuevo rodando algunas escenas nuevas para contar con ellas otra historia. Y si tenía un wéstern entre manos, como Five Gun West en 1955, ¿para qué emplear cientos de extras en una carga de indios si podía encontrarla en las secuencias descartadas que alguien rodó para otra cinta?

A la vista de lo anterior, ciertamente Corman no puede poner el grito en el cielo por cada vez que luego alguien haya hecho lo propio con sus películas. Aunque al menos los espectadores sí podemos, especialmente ante uno de los mayores farsantes de las últimas décadas: M. Night Shyamalan. Servidor ya empezó con mal pie con su cine, pues lo primero que recuerdo de él consistió en enterarme del desenlace de El sexto sentido escuchando una conversación ajena mientras esperaba una cola. Sin la sorpresa de aquel giro argumental la cosa deslucía bastante, aunque no tanto como las cintas que le siguieron… exceptuando El bosque. Esa era la película que a mi juicio le salvaba de la condena a los infiernos. Ahí cabía destacar no solo un desenlace sorprendente marca de la casa, sino una sugerente metáfora política en torno a los mitos que conforman cualquier comunidad humana. La idea era apreciablemente original, daba que pensar. Y, por supuesto, como descubrí posteriormente, no era de Shyamalan. El bosque, una producción que recaudó más de doscientos cincuenta millones de dólares, no pasa de ser más que una desvergonzada copia de Yo fui un cavernícola adolescente, rodada por Corman en 1958 y olvidada por casi todo el mundo desde entonces, salvo por el cineasta de origen indio, que se limitó a ambientar esa historia en la época de los primeros colonos americanos. Sirvan pues estas líneas para reivindicar al original y señalar al remedador… aunque, para terminar de decirlo todo, haya que añadir que las escenas de luchas entre dinosaurios que incluye fueron recortadas por Corman sin el menor recato, concretamente de la cinta Brute Force de D. W. Griffith.

Cartel de Yo fui un cavernícola adolescente.

El anterior no es ni mucho menos un caso aislado, cómo podría serlo con un productor y director tan prolífico y audaz a la hora de narrar historias que los grandes estudios hubieran desechado a menudo como disparatadas. The Trip, por ejemplo, fue la primera película en retratar un viaje inducido por LSD y, más allá de sus discretos logros artísticos, su relevancia reside en que fue la inspiración directa para que tres colaboradores habituales del director —Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson— se lanzaran a rodar lo que llegó a ser un formidable éxito de taquilla y acabó convertido en un icono (contra)cultural: Easy Rider. Sin Corman, no hubiera existido. Como el estiércol que abona las más bellas flores, otra cinta a la que aludíamos al comienzo, Death Race 2000, tuvo al menos el mérito de haber sido la principal inspiración, pues así lo reconocieron sus autores, de Mad Max. No es el único clásico de la ficción posapocalíptica que le debemos.

James Cameron fue descubierto por Corman, a cuyo servicio creció profesionalmente, primero como director artístico, luego como director de segunda unidad y finalmente como director, con Piraña 2. Pero las diferencias con nuestro protagonista durante ese rodaje le llevaron al despido. Así que Cameron se sentía ya maduro como director gracias a la experiencia adquirida, pero ese último contratiempo había afectado a su imagen en el mundillo del cine, por lo que tal vez nadie quisiera confiarle ninguna película como director. Así que decidió que tenía que dar ese paso con una historia propia, Terminator. Para ello fue fundamental la cinta de Corman Los siete magníficos del espacio, una mezcla cochambrosa entre Los siete magníficos y Star Wars en la que Cameron había participado y de la que se valió, en sus propias palabras: «Tomé todo lo que hicimos en ella y solo lo hice más grande».

En el caso de la saga The Fast and the Furious la coincidencia, más allá de abordar carreras de coches, se limita al título de la película que Corman dirigió en 1955, repetido en la saga a modo de homenaje. Más interesante resulta el fenómeno de La pequeña tienda de los horrores. Rodada en 1960 durante apenas un fin de semana, esta extraña historia de una planta carnívora que habla y se alimenta de personas se convirtió desde entonces en eso que llaman una «película de culto», con fans que llegan a aprenderse los diálogos de memoria. Posteriormente se convirtió en un celebrado musical de Broadway, en 1986 se hizo un remake de ella y ahora mismo hay otro en preparación. Su éxito radicó en el desparpajo con el que mezclaba terror y humor, algo por entonces poco explorado pero que encantaba al público. Algún crítico ha definido la filmografía de Corman, o al menos parte de ella, dada su amplitud y variedad, como cine para adolescentes rodado por adolescentes. No tiene intención de concienciar a los espectadores (una vez rodó un drama antirracista, fracasó en taquilla y ya no quiso saber más de las películas «con mensaje»), ni de hacer gran arte que tenga eco en la posteridad, no es un adulto que se dirija a los jóvenes con una valiosa lección moral, sino uno de ellos puesto al frente del equipo con solo dos ideas en mente: rodar con el mínimo coste y ser lo más divertido posible. Para ello vale todo. Sexo, drogas, acción, terror, humor, ciencia ficción, suspense… cualquier ingrediente que capte la atención sirve, y si se combinan varios a la vez, pues mejor. Un estilo desenfadado y ecléctico que fue configurando a lo largo de los años cincuenta y sesenta una forma de hacer cine que eclosionaría en los setenta de la mano de dos cineastas profundamente influidos por él. George Lucas con Star Wars y Steven Spielberg con Tiburón son claros deudores de Corman.

Pero hay, además de los ya citados, otras muchas grandes figuras de Hollywood no solo influidas por su estilo sino descubiertas por él. Actores como Robert de Niro y Charles Bronson, además de su predilecto, Jack Nicholson, tuvieron la ocasión de despegar en sus producciones. Respecto a la lista de directores, es sencillamente apabullante: Jonathan Demme, Ron Howard, Joe Dante, Curtis Hanson, Peter Bogdanovich, John Sayles, Francis Ford Coppola y Martin Scorsese. Todos ellos tuvieron con Corman su primera oportunidad, quién sabe si de otra forma se hubieran quedado para siempre ajenos a un mundo tan selecto. Coppola lo explicó bien: «Lo mejor de Roger era que explotaba al máximo a los jóvenes que trabajaban para él hasta la extenuación, pero, al mismo tiempo, la otra cara de la moneda es que él te daba responsabilidades y oportunidades, así que era un trato justo». Scorsese, por su parte, también indicaba esa habilidad suya para descubrir y hacer florecer el talento a su alrededor: «Roger es, a su pesar, el más sobresaliente tipo de artista porque, al no tomarse demasiado en serio a sí mismo, es capaz de inspirar y cultivar el talento ajeno con generosidad y sin la menor envidia». Además, a todos ellos les dio un valioso consejo: haz a tus villanos tan fascinantes como tus héroes. Basta recordar las cintas más populares de las últimas décadas y el mandato se cumple escrupulosamente. Corman siempre ha tenido una gran intuición acerca de la psicología de los espectadores y sabía que ese punto era crucial; además, él más que nadie quería, como recordarán, que ganase el monstruo.

Para concluir, señalaremos por último que dos grandes multinacionales del sector audiovisual, Shout! Factory y ACE Film HK, han comprado hace unos meses los derechos de doscientas setenta películas producidas o dirigidas por él. Así que podemos ir preparándonos porque en los próximos años van a llegar a las salas infinidad de remakes de ellas. La huella de Corman en el cine no ha hecho nada más que empezar…

Roger Corman y Vincent Price. Foto: Cordon Press.

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1 comentario

  1. Muchas gracias por la divulgación.

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