Historia tierna de Kim Jong Il

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Kim Jong-iI y Kim Jong-un durante la celebración del 65 aniversario del Partido del Trabajo de Corea, 2010. Fotografía: Cordon.

No recuerdo el año, pero debió ser poco antes de que la vida adulta me pasara por encima como una estampida de bisontes. Por entonces me pagaban más de lo que necesitaba por hacer lo que me diese la gana, siempre que me mantuviera dentro de un área de unos cuarenta y cinco millones de kilómetros cuadrados. En concreto, lo que me apetecía aquella semana era embarcarme en un safari fluvial por la frontera entre China y Corea del Norte.

«Embarcar» es un verbo pretencioso para lo que allí hicimos. Se trataba de darse crema protectora, entallarse en un chaleco salvavidas con pegatinas de Hello Kitty y buscar hueco en la lona de una lancha, comprimido entre turistas chinos y con un guía que llevaba un altavoz de plástico al cuello, como si fuese la reserva de brandy de un san bernardo. Después, durante tres o cuatro horas, la zódiac se deslizó por el río Yalu, entrando y saliendo en aguas norcoreanas para poder robar fotos «prohibidas» del Reino Ermitaño.

Aunque después cada uno lo vende ante su audiencia como prefiere, el asunto no entraña ningún peligro. La agencia que organiza los tours tiene sobornados a los oficiales de los puestos fronterizos, que juegan a apuntarte a la cabeza con unos fusiles oxidados para darle más emoción a la atracción. Aquel día ni eso: el sol abrasaba los yermos y en los nidos de artillería dormitaban, o se entretenían jugando a las cartas, unos chavales vestidos con unos uniformes deslustrados que les estaban invariablemente grandes o pequeños.

Como en cualquier safari, en el embarcadero había carteles que prohibían tirarles comida, tabaco o alcohol a los norcoreanos, una norma que no todos los chinos cumplieron. Si teníamos suerte, nos habían dicho, la lancha se acercaría lo suficiente como para desembarcar en la playa y mirarles a los ojos, quizá tocarlos o comerciar (peces del Yalu a cambio de chocolatinas, por ejemplo). No me terminó de quedar claro el motivo, pero no tuvimos suerte y al final solo paramos unos minutos en la orilla china porque una niña se había vomitado encima.

Recuerdo ir sentado sobre las botas de alguien y pasar calor. Y recuerdo que a uno de los soldados lo pillamos meando en un árbol al doblar un recodo y que casi se hunde la barca por las risotadas y palmadas en la espalda de los turistas chinos. El muchacho se dio la vuelta muy molesto y nos hizo un par de gestos despectivos. Después terminó de mear, elevando la presión del chorro para acabar cuanto antes. Una imagen nítida del poder militar norcoreano. Pasamos una tarde bastante incómoda y nos hinchamos a hacer fotos.

Fue ya en el hotel, al revisarlas, cuando me fijé en una señora que se parecía remotamente a mi madre. No le dediqué más de veinte segundos porque el parecido tampoco era tan evidente y porque me esperaban para cenar. Me dio tiempo a pensar que aquella señora podía tener su edad y podría haber vivido como ella: una existencia tranquila, un pequeño negocio en una ciudad de provincias y dos hijos más o menos sanos a quienes no les había pasado todavía por encima ninguna estampida de bisontes.

En lugar de eso, andaba como puta por rastrojo con un uniforme que le estaba grande y que solo dejaba entrever dos pechos como dos pellejos secos, una cara huesuda y unas manos sucias. Como la mayoría de los norcoreanos, es más que posible que pasase hambre y calamidades serias en algún momento de la década de los noventa, durante la gran carestía. Quizá, son todo especulaciones, ahora se sentiría afortunada: de uniforme, cerca de la frontera china por la que pasa todo el contrabando y en una zona por la que en verano aparecen turistas.

La reflexión no es muy original, soy consciente, pero cuando pienso en Corea del Norte siempre me acuerdo de esa señora y del principal responsable de sus problemas aquellos días: el fallecido Kim Jong Il, con quien seguramente habría tenido más cosas en común e infinitos temas de conversación, y cuya biografía podría repasar de memoria en el Palacio de Kumusan sin miedo a las críticas. El productor y escritor Paul Fischer sostiene que Kim Jong Il ideó el adoctrinamiento y la propaganda norcoreana (una de las mayores idas de olla de un siglo especialmente nutrido) gracias a su obsesión por el cine y con el objetivo de agradar a su severo padre, Kim Il Sung

El dictador, que solía desconcertar a sus invitados extranjeros presentándose con fórmulas como «Soy Kim Jong Il, un hombre más bajito que el zurullo de un enano», cultivó un alma de artista en medio del lujo desenfrenado y desarrolló una serie de aficiones que dejan corta cualquier caricatura. En sus fiestas, obligatorias para sus invitados, hacía cosas como colgar bolas de dos metros de diámetro llenas de regalos y dispararles desde la distancia para disfrutar, con perspectiva, de la imagen de sus invitados arrastrándose por el suelo. En una ocasión ordenó que todas las bailarinas se desnudasen y puso a los miembros del Politburó a desfilar a su alrededor, amenazándolos con matarlos si llegaban a rozarlas. En algunas cenas, los invitados encontraban uniformes debajo de las sillas y tenían que cambiarse de ropa allí mismo cada vez que él gritaba el cuerpo en cuestión: «Ejército de Tierra»; «Marina»…

Siendo todavía muy joven, aún estudiante, diseñó una red ilegal para conseguir poder ver películas extranjeras, algo totalmente prohibido por su padre. Envió a todas las embajadas equipos profesionales de grabación. Los diplomáticos, temerosos de contrariarlo, tenían que copiar todo lo que se estrenaba en su destino y mandar las bobinas por valija diplomática. En Pyongyang, lo doblaba un grupo de traductores, entre ellos varios desertores estadounidenses. Siempre entre varios, y en pedazos muy pequeños, para evitar que adivinasen lo que tenían entre manos.

En un país totalmente aislado del exterior, Kim Jong Il era la única persona que veía cine extranjero. Por temporadas, hasta cuatro o cinco películas al día. Se convirtió en el hombre más occidentalizado de Corea del Norte. Fumaba cigarrillos importados, se gastaba cantidades exorbitantes de dinero en licores europeos, decoraba sus casas con muebles suizos y fue, por ejemplo, uno de los pocos que no tuvo que hacer el servicio militar obligatorio de diez años. Según la «mitología Kim» a la que él mismo daba forma, «le bastaron ocho semanas para dominar todas las tácticas militares y ser él quien enseñase a los oficiales».

Convirtió su pasión en su mejor arma para satisfacer la megalomanía de su padre, que lo puso al frente de la propaganda y la estratégica industria audiovisual (acudir al cine a ver las producciones nacionales no solo era barato, sino obligatorio). Fue Kim Jong Il quien inventó los famosos Juegos de Masas Arirang, esa coreografía surrealista en la que participan miles de personas perfectamente sincronizadas. Entre sus numerosas obras destaca Del arte del cine, un manual que se convirtió en libro sagrado. En términos artísticos, fue un pionero en la oscuridad. Innovó y acabó con muchos tabúes. Bajo su batuta se permitió por primera vez que apareciesen actores occidentales (hasta entonces eran coreanos con maquillaje blanco y peluca).

En realidad, si la tiranía de Corea del Norte responde a todos los clichés occidentales es porque se retroalimenta de ellos. Le debemos a Kim Jong Il el haber convertido las desgracias de un pueblo en un género humorístico, en una parodia viviente de algo que hemos visto mil veces en el cine.

Entre sus películas preferidas se encontraba la saga de James Bond y cuando su padre le dejó las riendas de los servicios de inteligencia se dedicó a aplicar lo que había aprendido. Durante los años setenta secuestró a cientos de personas en todo el mundo. A muchas de ellas, por el mero placer de hacerlo y sin una utilidad determinada, hasta el punto de que muchos acabaron en campos de concentración o murieron en prisiones. También se aficionó a los atentados espectaculares (cometió varios por toda Asia) y a los envenenamientos y asesinatos más elaborados del momento. «Le encantaban las misiones secretas, disfrutaba como un niño pequeño», comentaba uno de los cocineros japoneses que logró escapar.

Desde los años noventa, sus ciento veinte guardaespaldas personales estaban obligados a memorizar En la línea de fuego, de Clint Eastwood, una película que habla de los sentimientos de culpa de un escolta que no pudo evitar el asesinato de JFK. Entendido como el cuerpo de élite más importante del régimen, funcionaba (y quizá aún funciona) bajo protocolos delirantes, ideados por el propio Kim Jong Il y basados casi siempre en películas. La mayoría eran huérfanos y tenían prohibido hablar fuera del trabajo. Si querían casarse, se les ponían delante veinte fotografías boca abajo, pertenecientes a veinte chicas preseleccionadas. Elegían una a ciegas y, si no les gustaba el resultado, tenían que esperar otros dos años para elevar la solicitud de nuevo. Cuando se decidían por una, las muchachas entraban a formar parte del séquito.

Kim Jong Il también aprendió a financiarse con lo que veía en las películas. Montó una de las mayores redes criminales del mundo, la División 39, dedicada al comercio de estupefacientes por valija diplomática. Incluso durante los años de las hambrunas, un tercio de las tierras de cultivo del país estuvo dedicado a la plantación de amapolas. En 1977, Venezuela expulsó a todos los miembros de la embajada norcoreana por tráfico de drogas. Y hubo escándalos parecidos en Rusia, Alemania, Austria, Taiwán, China, Japón, Egipto…

Las embajadas norcoreanas distribuyeron por medio mundo heroína, cocaína, metanfetaminas y pastillas de Rohypnol, la «droga de la violación». También se organizaron actividades como la estafa de seguros, la falsificación de medicamentos y tabaco, el robo organizado a gran escala o la trata de personas. Fueron especialmente brillantes falsificando billetes de cien dólares, llegando a generar un problema a la Reserva Federal, que tuvo que cambiar dos veces las planchas impresoras para atajar el problema.

Quizá la historia más redonda en la biografía de Kim Jong Il es el secuestro del director surcoreano Shin Sang-Ok y su musa Choi Eun-Hee, a quienes raptó en Hong Kong por separado, sacándolos en barco, después de urdir un cinematográfico engaño. Su idea era impulsar el cine norcoreano y para ello los retuvo durante ocho años. Logró convencerlos utilizando una mezcla de tortura física y agasajo constante. Y acabaron dirigiendo algunas de las películas más famosas del país, renovando sus géneros e introduciendo muchas de las novedades técnicas del cine occidental y japonés.

A finales de los años ochenta se estrenó Pulgasari (una suerte de Godzilla con conciencia social para la que raptó a varios expertos en efectos especiales japoneses) y en las colas murieron varias personas por la expectación generada. Al final, Shin y Choi consiguieron engañarlo y escaparse durante un rodaje en Viena. Buscaron refugio en la embajada estadounidense y su testimonio, aunque haya sido embellecido por la CIA, es uno de los documentos más importantes para entender lo que realmente ha ocurrido y ocurre en Corea del Norte.

Kim Jong Il murió el 17 de diciembre de 2011 y arruinó mis vacaciones de Navidad. Estuve tres semanas haciendo guardia cada mañana frente a la verja de la embajada de Corea del Norte en Pekín, a diez grados bajo cero, intentando conseguir un visado. En dos ocasiones conseguí acceder al interior y entregar cartas en español, inglés, chino y coreano, presentándome ante unos funcionarios asustados. Las noches las pasé escribiendo hasta las tantas sobre lo que ocurría en un país en el que es casi imposible confirmar nada.

En los costados de la embajada hay varias tiendas especializadas en el consumidor norcoreano, donde hacen compras de urgencia quienes no tienen tiempo o permiso para pasear por Pekín. Entre ellas, una especializada en gafas ya graduadas y donde también se venden implantes dentales a granel. Da la medida de cuáles son allí las prioridades. Nunca conseguí el visado y seguí por televisión los fastos de despedida del tirano, la obra culmen de un productor de cine que puso a veinticinco millones de personas a trabajar en la mayor producción de terror del siglo XX. Solo cuatro países se volcaron con el luto: Azerbayán, Cuba, Bangladesh y Siria. Así le salieron las cuentas.

Hace un tiempo estuve con el embajador de Corea del Norte en España, con Kim Hyok-Chol, quien me confesó algunos secretos sin saber que yo era periodista. Me explicó su interés por la industria española de la horchata, ya que Pyongyang está buscando potenciar la producción y procesado de la chufa, con la que se elabora un aceite gourmet delicioso que al parecer le gusta mucho a Kim Jong Un y a la gente que hoy le rodea. Las prioridades del régimen parecen seguir estando en algún sitio entre la guerra total de aniquilación y el aceite gourmet de chufa.

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Bibliografía

Producciones Kim Jong Il presenta… (Paul Fischer). 

North Korea (Bruce Cumings). 

The Dawn of Modern Korea (Andrei Lankov).

Kim Jong Il: North Korea’s Dear Leader (Michael Breen).

North Korea: State of Paranoia (Paul French). 

Nothing to Envy (Barbara Demick).

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4 comentarios

  1. Este hombre es un peligro para la sociedad. Muy entretenido el articulo

    • Antonio

      El artículo habla de Kim Jong Il, padre ya fallecido del actual dirigente Kim Jong Un.

  2. Que sí hombre

    El país más hermético del mundo pero sabéis hasta el color de los calzoncillos de quien pensáis que es su líder, aunque en realidad es una simple figura decorativa que pinta cero en las decisiones políticas. Periodismo del güeno.

  3. Este hombre es un peligro público.

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