Los visitadores nocturnos

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Fotografía de Paula Guillot.

Siempre aparecen de noche, cuando ya estoy acostada, dispuesta a conciliar el sueño. Debe de gustarles molestarme a esas horas, justo cuando estoy quedándome dormida. Es ese momento en el que por la punta de los dedos de los pies entra un cosquilleo y uno sabe que va a quedarse dormido. Notar como a uno le llega el sueño es una sensación maravillosa. El cuerpo deja de pesar y flota sobre la cama. Todo está bien y de repente ya no recuerdas nada más. Todo está bien hasta que llegan ellos. Son negros, no muy grandes, delgados y tienen cuernos. Negros de color negrísimo, más negros que una sombra y más negros que la oscuridad.  Normalmente viene uno cada vez aunque hay noches que aparecen varios, como una pandilla que hubiera quedado para salir y tomar algo en mi dormitorio. Al principio se sientan en el borde de la cama y se quedan quietos con los brazos en el regazo, tranquilos. Ni siquiera me miran pero yo sé que por dentro ya se burlan de mí porque sé que ellos saben que ya tengo miedo. De repente empiezan a moverse de forma extraña por la habitación y por la cama como si llevaran incorporada una luz estroboscópica. A partir de ese momento todo se precipita: saltan frenéticamente, me agarran de los tobillos y tiran de mí hacia ellos intentando sacarme de la cama. Me cogen de los brazos tan fuerte que noto sus huesudos dedos clavados en mi carne. Tan fuerte que me duele. Se suben sobre mi pecho mientras se burlan de mí porque saben que me están ahogando. A veces escucho sus carcajadas, otras resuenan sonidos guturales por la habitación. No sé quiénes son, ni por qué vienen a verme, no sé por qué disfrutan asustándome. Lo único que sé es que son más oscuros que la misma noche y que casi nunca puedo ver expresiones en sus rostros. Son siluetas, siluetas negras, sin ojos ni nariz ni boca. También sé de ellos que me dan mucho miedo, que cuando vienen a verme entro en un estado de pánico en el que no puedo moverme ni gritar y que cuando desaparecen de mi dormitorio puedo pasar horas con los ojos abiertos y tapada hasta la cabeza por la sábana porque me da miedo intentar dormir. La sábana, esa protección todopoderosa frente al mal.

Esto de mis visitadores negros no lo suelo contar a la primera de cambio. Imaginen, «Hola, soy Silvia y en ocasiones veo humanoides negros como el tizón en mi habitación, tanto gusto». Como siempre aparecen de noche tampoco me generan excesivos problemas en el día a día, más allá de la sensación de estar a punto de morir de un infarto producido por el terror durante su presencia y las ojeras y el sueño a la mañana siguiente. Minucias. Llevan conmigo desde mis once o doce años, que yo recuerde, pero al menos tienen la decencia de aparecer solamente en mi habitación. Es curioso porque se han trasladado a todas las habitaciones que he tenido desde entonces y un par de veces han conseguido encontrarme en habitaciones de hotel. Así les he visto siempre, de dormitorio en dormitorio, como si fueran el perfecto amante. Hasta que hace unos años me los encontré en un pequeño pueblo de Palencia. Íbamos de pueblo en pueblo, de iglesia románica en iglesia románica, de capitel en capitel y de friso en friso y llegamos a Barrio de Santa María.

Barrio de Santa María es una aldea de unos cuarenta vecinos cercana al pantano de Aguilar de Campoo y pedanía de este último municipio. Un buen puñado de casas blasonadas y su iglesia de la Asunción, románica y reformada en el siglo XVI, dan cuenta de que Barrio de Santa María vivió tiempos mejores. Pero la auténtica joya del pueblo es su ermita de Santa Eulalia. Esta se encuentra alejada del caserío, encaramada en un altozano y mirando al valle. Es un pequeño templo de una sola nave cerrado en su cabecera por un bello ábside cilíndrico y por una espadaña en su lado occidental. En el muro norte, bajo un tejaroz con nueve canecillos, se abre una portada con cinco arquivoltas que descansan en capiteles con decoración geométrica y vegetal. Una iglesia pequeña pero maravillosamente proporcionada y con una decoración escultórica exquisita que se data entre los siglos XII y XIII y que sirvió de parroquia a un pueblo desaparecido que se encontraba a sus pies. Y en Santa Eulalia me topé con ellos. Entrar en la ermita es relativamente fácil. En verano hay un horario de visitas pero una de las vecinas del pueblo tiene la llave y les abrirá encantada. Dentro quedan los restos de las pinturas de finales del siglo XIII que decoraron todo el templo. Todavía se distingue un Pantócrator en la bóveda del ábside rodeado por el tetramorfos. En el muro norte quedan restos de una última cena y en el muro sur están ellos. Recuerdo la primera vez que los vi allí: son ellos, son iguales, pensé. En el lado sur las pinturas representan los sufrimientos de los condenados en el infierno. Unos demonios oscuros echan a los pecadores a una olla que pende de una cadena sobre el fuego. Otros diablillos se afanan en avivar el fuego con el fuelle. Debajo de esta escena un demonio disfruta flagelando con un látigo con bolas a otros dos condenados que cuelgan boca abajo mientras otro acompaña a dos reos al interior de la boca abierta de un monstruo. Ahí están mis visitadores nocturnos. Con su color plano y sus cuernos. Cuando vienen a verme son más negros, eso sí, pero son esas siluetas. Paradójicamente, en las pinturas no parecen nada aterradores, son hasta graciosos. Unos demonios un poco naífs, sinceramente. ¡Con lo que me hacen sufrir en mi habitación!

A estas alturas ustedes pensarán que estoy loca de atar y la verdad es que no estoy en condiciones de negarlo rotundamente, para qué engañarnos. Sin embargo, siempre he sabido que mis enemigos negros estaban pero no estaban. Que todo debía de ser producto de algún cortocircuito en mi cabeza. Me di cuenta desde el principio porque cuando aparecían yo me quedaba inmóvil y para salir de ese estado necesitaba hacer un esfuerzo titánico en mi cabeza: «Silvia, tienes que despertarte, Silvia, para». Tras varios minutos de lucha y de pánico conseguía abrir los ojos y los diablos desaparecían, no estaban. El esfuerzo que he de hacer para volver a la realidad es digno de un trabajo de Hércules porque en esos momentos yo creo que ya estoy despierta. Yo creo que tengo los ojos abiertos, yo veo mi habitación con el claro de la luna, yo escucho mi podcast preferido de fondo… y zas, una figura negra y con cuernos se sienta en mi cama. Y no puedo gritar, porque no me sale la voz, y no puedo levantarme y salir corriendo.

Visitadores de dormitorio los llaman, o shadow people, porque son más negros que lo negro. Alucinaciones hipnogógicas las llaman. Son las que se dan entre la vigilia y el sueño. ¿Nunca han tenido la sensación de caer de la cama justo cuando estaban quedándose dormidos? Pues ahí tienen, otra alucinación. Esto me lo explicó un médico no hace muchos años cuando le conté mis peripecias nocturnas no sé a cuento de qué. De niña yo no sabía nada de trastornos del sueño pero, afortunadamente, siempre supe que mis demonios no vivían en el armario sino en mí. Hoy, siguen viniendo a verme de vez en cuando, sobre todo cuando estoy muy cansada,y aun sabiendo todo lo que sé sobre ellos siguen dándome el mismo miedo o más que a los once años. Es como vivir un capítulo del Malleus maleficarum en vivo y en directo y sé que, por mucho que lo intente explicar, si no se vive es difícil de entender. Pero si tienen curiosidad por conocer a mis visitadores solamente tienen que acercarse a Barrio de Santa María, entrar en la ermita de santa Eulalia y mirar al muro sur, en el presbiterio. Y lo que es más importante, conocerán una de las joyas del románico norte palentino. A veces me pregunto si al pintor del siglo XIII también iban a verle por las noches mis demonios negros e imaginó que el infierno debía de estar lleno de ellos. Yo, de pensar que existe el infierno, también lo creería.

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6 comentarios

  1. Mis visitadores no son demonios, sino un temblor y estruendo tan terribles que también amenazan con provocar daños graves y permanentes. Tardé tiempo en convencerme de que únicamente eran ilusiones y, por fortuna, tener a mi pareja acostada al otro lado de la cama los ha reducido casi por completo.

    Gracias por el artículo, que además incluye recomendación artístico-viajera.

    Un abrazo.

  2. Terrorífido

    Yo oía unos goteos que aceleraban su frecuencia cada vez más rápidamente. Al principio sólo en mi dormitorio pero luego en la casa de mis padres también. Y siempre en invierno. Le pregunté a mi padre y me dijo que él no los oía. Pensé que estaban solo en mi imaginación y que estaba perdiendo la chaveta.

    Resultaron ser cavitaciones de la calefacción y que mi padre está teniente.

  3. Para quienes las experimentan deben ser traumáticas estas consecuencias de ánimos sensibles. No quisiera estar en sus paños. Recuerdo aún el terror que me causó la certeza de saber que esa mano que aferraba la mia debajo de las sábanas, no era la de un ser viviente, pues nada tibio recubría sus carpos, metacarpos y falanges. Me desperté sofocado y sudando. Todo debido a que la noche anterior habia visto ese film de Freddy con sus manos demoníacas. Fue el último de ese género que vi. Muy buena lectura y gracias por los consejos culturales.

  4. yo viví una sensación muy parecida, en muchas ocasiones, pero no lo veía, solo sentía ese ahogo, esa imposibilidad de gritar o levantarse porque algo te oprime el pecho, ese ser que se sienta en el extremo de la cama a observar o se para junto a la cabecera, nunca los vi; sentía a veces otras cosas: mordiscos, haladas de dedos de las manos o pies, todo un catálogo de sensaciones, terrible, pobre de ti. Yo al menos ya no los siento hace muchos años y esas sensaciones las tuve por poco tiempo, gracias a los consejos de una bruja o quizás a mi predisposición de creer que ella me resolvería la situación, en mi país somos superticiosos en general, así que hay unos cuantos brujos y brujas que te ayudan con estas cosas

  5. La fotografia que acompaña el articulo pertenece a la ermita referenciada, en ella se puede ver varios demonios que llevan a cuestas a los pecadores hacia un caldero cuyas llamas avivan otros demonios mas. Debajo hay mas figuras fustigando y conduciendo a otros desdichados hacia las fauces de un monstruo demoniaco.

    En el exterior se puede ver tambien un capitel romanico con Adan y Eva siendo tentados por la serpiente, capiteles de monstruos con cabeza de hombre barbado y gorro frigio y un angel de alas desplegadas.

    Un fin de semana por Palencia viendo algo del romanico de la provincia depara resultados sorprendentes

  6. Mariamparo

    Me ha encantado que le pongas nombre a lo que me pasa a mi desde chica, y ahora también a mi hija.
    A veces me he planteado ¿y si no hago por despertarme?¿ y si aguanto hasta ver que pasa? Pero es imposible, que angustia, es como si la cabeza me fuera a estallar, me da miedo a que me de un ataque

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