Miedo, represión y política

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Núremberg, 1935. Fotografía: Charles Russell / National Archives and Records Administration.

Camarada, el único plan de producción que se está cumpliendo es el plan de arrestos.

La utilización del terror y el miedo como instrumento político es algo que existe desde que existe la política en sí. En los años finales de la República Cicerón ya se preguntaba si para un gobernante era mejor ser temido o ser amado. Su respuesta era que el «oderint dum metant!», o «¡Que me odien, mientras me teman!» (una cita del poeta Accio que supuestamente gustaba a Calígula) no era una buena forma de hacer política. Por desgracia el Segundo Triunvirato no opinaba lo mismo, y el filósofo y orador fue ejecutado. Pero el debate jamás perdió su relevancia y quince siglos después, Maquiavelo sugería que, puestos a elegir, el terror era superior. La razón era que, mientras que la emoción y la afección por el gobernante eran mucho más susceptibles de cambios impredecibles, el miedo dependía únicamente del cálculo racional de la supervivencia, lo cual era mucho más poderoso y controlable.

Esta dicotomía entre ser amado y odiado está intrínsecamente ligada al nivel de represión y miedo que cualquier régimen está dispuesto a alcanzar, una decisión que varía dependiendo del contexto y de los objetivos de cada tirano. Una de las formas de analizar esta clase de situaciones es pensar en lo que el politólogo Lukes llama las tres facetas del poder. De manera resumida, cuando Lukes escribió su clásico Poder: una visión radical, existía un debate muy serio en la ciencia política sobre lo que significaba el poder y la medida en que se podía observar o medir. A pesar de que a toda persona le resultaría fácil pensar en situaciones que reflejan el uso del poder, resultaba difícil el definirlo con exactitud. En ese sentido el poder es como la pornografía, en palabras del juez estadounidense Potter Stewart: quizá no pueda definirlo con exactitud, «pero lo reconozco cuando lo veo». En general, el poder se definía como la medida en que alguien o algo podía influenciar la decisión de otra persona o entidad. En ese sentido, politólogos como Robert Dahl defendían que la mejor manera de analizarlo era a través de conflictos políticos reales. En principio, si uno analiza las diferentes posturas de los agentes involucrados, y el ganador final, es factible observar quién tiende a ganar y quién a perder, y por lo tanto quién tiene más poder. Esta es la que Lukes llamaba la primera faceta del poder, la capacidad para salir victorioso en conflictos observables y activos.

Sin embargo, otros autores discrepaban de esta postura, arguyendo que el poder que no se puede observar, valga lo místico del concepto, es en ocasiones igual o más importante que el visible. Esta clase de poder consiste en influenciar no los conflictos políticos, sino todo el entramado institucional, o las decisiones sobre lo que se puede poner sobre la mesa, o discutir. A modo de ejemplo, un sistema político donde un grupo étnico o de otro tipo no tiene representación, como el apartheid en Sudáfrica o la época previa al sufragio femenino, significa que existirán clivajes políticos que jamás saldrán a la palestra, porque carecen de canales de representación institucional. La tercera faceta del poder es la que consigue influir en las propias preferencias de los individuos o grupos. Por lo tanto, no es solo que algunos temas controvertidos no se discutan, sino que alguien tiene el poder de convencer a los actores de que no les conviene hacerlo. En definitiva, esta clase de poder modifica las preferencias de los agentes para que estén en contra de sus propios intereses. Evidentemente, esta faceta es la más complicada de estudiar, porque requiere el imputar preferencias a los individuos que están en contradicción con las que ellos mismos expresan.

El miedo y la represión juegan un papel importante en estas dos últimas caras del poder. Una de las mejores ilustraciones de estas diferencias es El caso del camarada Tulayev, la gran novela del escritor marxista (y acérrimo crítico del régimen estalinista) Victor Serge. La premisa de la historia es la misteriosa muerte a tiros de un jerarca del partido, pero el libro es realmente un análisis preciso y brillante de los engranajes de un sistema totalitario. El camarada Tulayev es asesinado una noche de febrero al bajar de un coche oficial para ir a ver a su amante. El dedo que aprieta el gatillo es el de un joven, Kostya, sin agenda política más allá que su desencanto con el sistema. Pero para el aparato gubernamental esta acción presenta una imposibilidad, porque en la narrativa de un régimen totalitario que se jacta de ser perfecto no hay espacio para la oposición de ciudadanos independientes. La única explicación que cabe en ese marco es que tiene que tratarse de una conspiración de traidores que intentan destruir el sistema desde dentro. La historia que sigue es la de una investigación kafkiana que identifica como culpables a varios personajes que comparten dos cosas: su compromiso ideológico con la revolución y su inocencia en relación con el crimen, y que precisamente por ello acaban siendo destruidos por el instrumento represor del sistema al que son fieles.

A un lado tenemos a los revolucionarios desencantados, los que construyeron el sistema pero que a la vez serán destruidos por él. Kondratiev, amigo del líder y veterano de cientos de batallas, intuye que su caída se acerca por haberse atrevido a interceder por un joven trotskista arrestado por el servicio secreto. Rublev, antaño brillante intelectual de referencia, hoy sabe que sus días están contados. Ambos son conscientes de que el sistema camina hacia su propia perdición, pero saben que no pueden hacer nada al respecto. Son víctimas de la segunda faceta del poder, la que persigue que debates políticos cruciales, como en este caso el preguntarse si la revolución ha fracasado, no salgan a la luz por la amenaza de represión del régimen. El sistema es tan perfecto que no solo suprime visiones alternativas de forma activa una vez aparecen, sino que induce a los propios individuos a no intentar exponerlas para empezar.

Al otro lado del banquillo nos encontramos con aquellos que aún creen que trabajan al servicio del partido y del país. Tenemos a la fiscal Zvyeryeva, que ayuda a preparar la acusación ficticia por el asesinato de Tulayev. Son personajes a menudo anodinos, a los que el sistema ha llevado a seguir un camino que va claramente en contra de sus intereses porque, aunque quizá no lo sepan aún, sus acciones acabarán convirtiéndolos en las víctimas de la próxima purga. Los ascensos y éxitos de hoy se convierten en futuras condenas, como en el caso del jefe de seguridad Erchov, que pasa de verdugo a acusado en cuestión de días.

Otra forma de ver la segunda y tercera faceta del poder en acción, como menciona Xavier Márquez, es a través de la censura. Un censor en un sistema autoritario tiene que elegir un punto medio entre dos extremos: o una oferta cultural completamente homogénea que repita sin pausa las consignas del régimen, pero a la vez insoportablemente tediosa para los ciudadanos (lo cual provoca descontento) o un panorama más independiente en el que se permite completa libertad y creatividad a los medios. El problema, claro está, es que a la par que se mantiene más contentos a los ciudadanos, también se arriesga uno a la publicación de contenidos contrarios a la ideología oficial. Una prensa absolutamente controlada aburre y por lo tanto solo es tomada en serio precisamente por los más fanáticos seguidores —los que menos la necesitan—, mientras que una prensa libre es más atractiva pero a la vez fracasa en el adoctrinamiento. El punto óptimo de censura y control, por lo tanto, no queda nada claro.

En consecuencia, a menudo la censura se llevaba a cabo de una manera bastante burda. Márquez nos da abundantes ejemplos de los primeros años del régimen de Franco, cuando los oficiales de la Vicesecretaría de Educación Popular intentaban controlar la opinión pública a través de consignas, muchas de ellas a menudo involuntariamente humorísticas. Así, se conservan mensajes que pedían a los periódicos que se esforzaran en contar las anécdotas «menos conocidas» de los líderes (dado que algunas ya estaban muy vistas), sin que estas dejen, por supuesto, de ser «ejemplarizantes». También se les rogaba que intentaran reducir a toda costa el «sabor oficial» de lo publicado, para darle un toque más fresco. Evidentemente el ser creativo bajo amenaza de castigo fulminante es complicado, por lo que los medios (naturalmente) optaban por ser lo más cautos posibles. El resultado es que la balanza se acabó inclinando hacia el lado del aburrimiento, hasta el punto de que el propio Franco no leía la prensa española por lo predecible que era. No así con el New York Times, que el dictador consideraba una fuente muy fiable sobre la masonería internacional. En la Alemania nazi pasaba tres cuartos de lo mismo, y Goebbels se desvivió durante los primeros años, sin mucho éxito, por limitar el número de eternos discursos de jerarcas nazis y darle algo de variedad a la música marcial. A pesar de ello, se cuenta que las celebraciones del primero de mayo de 1934 incluyeron unas diecisiete horas de programación. Como en el caso franquista, en el régimen nazi tanto el número como la variedad de la oferta cultural disminuyó rápidamente a medida que pasaban los años.

Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, y la nueva represión es más sofisticada, en parte gracias a las nuevas tecnologías. En un estudio reciente sobre las redes sociales en China, los politólogos King, Pan y Roberts llevan a cabo un esfuerzo descomunal para analizar el comportamiento de los censores gubernamentales. En China, al contrario que en Europa y el resto del mundo occidental, el mercado de las redes sociales está muy fraccionado y hay cientos de proveedores. El Gobierno actúa tanto de forma descentralizada (mediante censores que dependen de los propios proveedores) como a través de empleados públicos (la llamada policía de internet, miembros del partido y monitores, que en total podrían llegar a casi trescientos cincuenta mil en número) que supervisan de forma manual lo que se publica. Dado que el control no es automático, hay un tiempo que transcurre entre la primera publicación de un mensaje y su posterior edición o eliminación por parte del censor. Los investigadores guardaron todo lo publicado en un periodo de tiempo determinado y luego analizaron qué tipo de publicaciones se habían censurado.

Lo curioso es que, al contrario de lo que uno podría imaginar, el Gobierno no parece tener un interés especial en censurar las críticas hacia el régimen, el partido o autoridades concretas. Las críticas rutinarias a las promesas de democratización, como por ejemplo, el que «la democracia intrapartido es hoy en día una excusa para perpetuar un régimen de partido único», pasan el filtro. En cambio, los censores le dedican mucha atención a las publicaciones sobre acción colectiva. Por ejemplo, publicaciones sobre las protestas de Mongolia interior se censuran sin piedad, al igual que entradas relacionadas con los disturbios en el distrito de Zengcheng.

La idea que se intuye es que gracias a la información disponible el régimen chino ha conseguido encontrar el cierto equilibrio que buscaban sus antecesores autocráticos en el negocio de la represión: el permitir relativa libertad a los ciudadanos para que critiquen lo que deseen, de forma que la red siga teniendo interés tanto como plataforma de consumo de información como para el desahogo de frustraciones y enfado. Todo ello, claro está, siempre que no redunde en una mayor capacidad organizativa o de resistencia de la población.

Aunque la de la represión no es una historia alegre, siempre nos quedará el hecho de que, aun en el sistema más despótico, siguen existiendo formas de rebelión. La resistencia pasiva (o política subalterna, en las palabras del politólogo James Scott) es la forma de expresión o insurrección cuando no hay espacio para hacerlo a través de las instituciones tradicionales. La histeria represora que lleva a conclusiones tan trágicas como las del caso Tulayev también conduce a rebeliones a través de mecanismos como el humor.

Esta faceta de rebelión es retratada por el novelista egipcio Albert Cossery en La violencia y la burla. La premisa de la novela es muy actual: en una ciudad árabe cualquiera, gobierna un dirigente autoritario extremadamente egocéntrico y vanidoso. En vez de optar por la revolución armada, un grupo de jóvenes —más caraduras, machistas y bon vivants que disidentes, todo sea dicho— decide que la mejor forma de derrotar al líder es utilizar un arma que no puede combatir: su amor propio. Así pues, los jóvenes comienzan a publicar panfletos tan aduladores que rozan lo estrambótico. El problema para las autoridades es que no pueden hacer nada al respecto. En un preludio a lo que hoy se conoce como la Ley de Poe —que a menudo resulta imposible el diferenciar posturas extremistas pero sinceras de la parodia—, los gobernantes tienen que optar entre permitir la expresión de lo que todo el mundo sabe que es una sátira del dirigente, o retirar los panfletos y carteles, reconociendo que es imposible que alguien tenga tan buena opinión de un Gobierno represor.

Desde la tala de árboles de las tierras de la corona, como hacían campesinos ingleses en la Baja Edad Media, a desertar en tiempos de guerra, a cosas tan sencillas como retrasar la producción, arrastrar los pies o contar chistes, las formas de rebelión informal son innumerables. Todo ello son formas de protesta que cobran un papel vital cuando el resto de canales de resistencia deja de existir, y el miedo y la represión abundan. No en vano se dice que la guerra fría fue una de las edades de oro de los chistes en el este de Europa. Uno de ellos cuenta que para celebrar el aniversario del régimen comunista en Polonia, el Politburo le pidió a un artista que pintara un retrato de la visita de Lenin a Varsovia. Al desvelarse el cuadro frente a Brezhnev y el resto de jerarcas, los asistentes se miran entre sí confundidos, porque el cuadro muestra a la mujer de Lenin y a Trotski en la cama. Brezhnev, airado, le pregunta al artista: «¿Oiga, dónde está Lenin?»; «Lenin», responde el pintor, «está en Varsovia».

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6 comentarios

  1. Pasado el tiempo de las ideologías resta el poder místico del dinero en manos de pocos, poder sin censores, o juicios sumarios, con un ministerio de la propaganda invisible pero ágil y eficiente. Es un sistema totalitario anti represivo perfecto, sutil, escurridizo, difícil de individualizar. Ha encaramado al hombre ario del momento: los afortunados, los aventureros, los expeditivos, los sin escrúpulos, y a quien defender de contagios indeseables, bajo una sola bandera y una sola nación con promesas de confort y lujo para todos. El cuarto Reich milenario. Mientras las democracias liberales no tengan el coraje de regular esa oceánica masa de dinero producto no del trabajo, sino de la especulación, de intereses sobre intereses, de ganancias ficticias vendiendo y comprando productos que el único valor agregado que tienen es el tiempo que le lleva a un burócrata estipular las condiciones, la próxima burbuja financiaría no tardará tanto en explotar. Y los únicos que saldrán ilesos serán siempre los mismos.

    • asdfgh

      ¿Dónde hay democracias liberales? En la Europa continental, ninguna. El liberalismo exige representación política y prohibe el mandato imperativo del partido. Ni en España ocurre eso, ni en Alemania, Italia, Portugal, Polonia, Suecia, etc.
      En Europa sencillamente no hay democracia. Existen unos sistemas de partidos estatales oligárquicos que prohiben la libertad política.

      • Máximo

        Y llegó un trevijanista…

        • asdfgh

          Supongo que eso lo zanja todo.
          ¿Para qué pensar y argumentar cuando se tienen las falacias ad hominen tan a mano? Con cuatro palabras.

          Si no soporta una descripción honrada del mundo, plantéese dejarlo o haga un esfuerzo y acepte la realidad tal como es y no como nos dicen que es.

  2. The Lady of Shalott

    Qué buen artículo!. Es un placer leer este tipo de disertaciones tan bien documentadas y explicadas. Muy fuerte lo de China y sus 350 mil censores amanuenses, da mucho que pensar sobre cómo esta Era tecnológica está revelando a una humanidad que no ha cambiado lo más mínimo, ni tras la IIGM ni después de ningún otro conflicto. Es más, puede que incluso se esté simultaneando la mejor de las tecnologías con la peor de las humanidades…

  3. Ahora que tenemos al presidente chino Xi jinping en España, hay que hablar largo y tendido sobre las “Maravillas” del “capital-comunimo” chino

    Por lo visto la embajada china ha pedido a la Policía Nacional que el ‘Winnie the Pooh’ de la Puerta del Sol no se disfrace para no ofender a Xi Jinping durante su visita a España estos días…

    Hablamos mucho de Arabia Saudí o de Korea del Norte, pero China no se les queda a la zaga

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