
¿Cuántos días permanece un título recién salido de las prensas en la mesa de novedades de las librerías? Dependiendo del género, la editorial y la trayectoria del autor o autora, como mucho quizá llegue a la semana. Por esa razón intuyo que el primer libro de relatos de una escritora novel tiene todas las papeletas para disfrutar del breve recorrido de una estrella fugaz. Un fogonazo, un chisporroteo y puede que una salva en el mejor de los casos. Por eso me haría ilusión dedicarle unas líneas a Casi tan salvaje de Isabel González, publicado por Páginas de Espuma en 2012.
A diferencia de América Latina, en España los libros de cuentos no forman parte de los mecanismos de consagración. La argentina Samanta Schweblin (1978), por ejemplo, se convirtió en una autora consagrada con apenas tres libros de relatos, dos de los cuales ya son considerados genuinas obras maestras. A saber, Pájaros en la boca (2009) y Siete casas vacías (2015). ¿Quiénes son las contemporáneas de Samanta Schweblin en España? Sara Mesa (1976) y Marina Perezagua (1978), dos estupendas narradoras que ya cuentan con una extensa bibliografía, pero que le deben a sus novelas el mayor porcentaje de su bien ganado prestigio. Isabel González (1972) rompió como escritora diez y hasta quince años más tarde que otras autoras españolas contemporáneas suyas como Patricia Esteban Erlés (1972) y Espido Freire (1974), lo que significa que además perdió el plus de la precocidad, factor que por desgracia cotiza mucho en el mercado editorial español, como si la juventud fuera un valor literario en sí mismo. No obstante, de haber sido argentina o mexicana, Casi tan salvaje sería ahora mismo un libro de culto para la narrativa breve en español.
Sin embargo, Casi tan salvaje dialoga de maravilla con las óperas primas de las más brillantes autoras latinoamericanas nacidas en la década de los ochenta, como la boliviana Liliana Colanzi (1981), la chilena Paulina Flores (1988), la ecuatoriana Mónica Ojeda (1988) y las mexicanas Fernanda Melchor (1982) y Valeria Luiselli (1983), con la diferencia de que los relatos de Isabel González tienen un poso de melancolía, memoria y resentimiento. Digamos que todas tienen en común la verosimilitud de sus ficciones, pero que solo Isabel González transmite una cierta veracidad. Y como lo verosímil no es lo mismo que lo veraz (que tampoco es lo verdadero), Isabel González no habla de heridas porque prefiere contar la historia de las cicatrices.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






