
Hace más de setenta años, Alfred Hitchcock logró que la audiencia perdiera los nervios de la manera más reposada y silenciosa posible. Lo hizo con una única escena en esa voltereta maravillosa que fue La soga (1948), con el plano de una mesa improvisada siendo adecentada por una sirvienta, algo que en cualquier otro contexto hubiera resultado completamente trivial. En esta casa le dedicamos unos párrafos a aquella secuencia por lo poderosa que resultaba a la hora de amasar y colocar en su lugar una serie de elementos mínimos para lograr que todo el patio de butacas se mantuviera en tensión absoluta, al borde del asiento. Hitchcock siempre ha sido un maestro avanzado a la hora de jugar con la angustia más primigenia del ser humano, y el cine lleva desde sus propios orígenes demostrando que es capaz de comportarse como una extraordinaria batidora de emociones. La tensión, la angustia y el suspense son algunas de las reacciones más poderosas que puede provocar una obra. Provocar que el público se quede sin uñas es una meta a la que se puede llegar tomando diferentes caminos, pero que no está al alcance de todos.
El chute de adrenalina de Pulp Fiction (1994)

Uma Thurman agonizando por una sobredosis de heroína en la casa de un camello y John Travolta empuñando una jeringuilla de adrenalina, de aguja considerable, instantes antes de clavársela a ella en el corazón. Si diez años antes alguien se hubiese atrevido a insinuar que la Venus de Las aventuras del barón Munchausen y el Tony Manero de Fiebre del sábado noche iban a acabar así, probablemente el resto del universo se hubiera reído en su cara. Pero Quentin Tarantino no solo construyó con Pulp Fiction su mejor película, sino que también colocó en ella una de las mejores escenas que ha rodado: la del chute de adrenalina.
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Benicio del Toro nació en Puerto Rico y está nacionalizado español. No es ni ha sido nunca mejicano.
La escalera y el carricoche en Los intocables de Brian De Palma.
Pero Sr. Cuevas, ¿de verdad no pudo pensar en Clarice Starling registrando a ciegas el cubil de Jame «Buffalo Bill» Gumb? ¿El bueno, el feo y el malo? ¿En serio…?
Como dicen arriba Los intocables. O también toda la secuencia del bar parisino en Malditos Bastardos. Toda la secuencia. Desde que llegan al bar los falsos nazis hasta que estalla todo.
Muy bueno, señor Cuevas!, con una revelación que no se me había ocurrido en la escena de la jeringaza de Pulp F. Me preguntaba cómo habrían hecho, y suponía que con un maniquí, y no registrándola al revés. Lo más simple. Lo tendré en cuenta para las próximas escenas terrificantes. Con respecto a No es un país para viejos, lo que aumentaba mi presión arterial y los latidos, era esa endemoniada envoltura del caramelo que, con su obstinada decisión de volver a su forma original, lentamente, sin prisa pero sin pausa, daba el ritmo de la tragedia venidera que después no se verifica. El celofán de las envolturas son siempre una pequeña tragedia al momento de tirarlas a la basura. Jamás toman la forma deseada. Genial, y gracias por la lectura.
Totalmente de acuerdo con la escena del Bar de Malditos Bastardos.
Le agrego la secuencia de Seven, desde que Jon Doe solicita ser escoltado por los dos policías que lo seguían, hasta la intriga segundos antes de saber el contenido de la caja.
Jamás habría podido estar en la misma patrulla con el asesino y peor conversando con él.
La primera escena de «malditos bastardos», con el general Landa bebiendo leche en casa del campesino que esconde judíos en el sótano. Me pareció mucho más tensa que la escena posterior del bar.
La escena de Las Diabólicas, cuando cargan el arcón a la furgoneta y La n oche del cazador, cuando los niños rellenan el peluche con Mitchum aproximándose.
Hello mi name Is ashley díganme si lo pronuncie bien quiero aprender inglés para poder actuar sin preocupaciones