Fotografía: Santi Palacios

Los pájaros anuncian que estamos cerca. Son cientos, miles, volando en un cielo opaco. Debajo, entre la neblina, los atrae como un imán la montaña. Es una gigantesca elevación marrón sin árboles, sin hierba, sin flores: repleta de plásticos desgarrados, pedazos de metal, cristales, desechos orgánicos y un hedor que lo invade todo. Este es uno de los mayores vertederos de la India, y no para de crecer.
En la subida, el polvo se mastica. Aquí es difícil respirar: ni las mascarillas ni los pañuelos sobre nariz y boca consiguen frenar el olor intenso de la materia en descomposición. A un lado del camino se ven hilos de líquido negro que caen, serpentean entre los residuos —restos de plástico, bolsas, una zapatilla de niño— y desaparecen de la vista para acabar en aguas subterráneas, envenenándolas con cada gota un poco más.
El vertedero de Ghazipur está situado en el este de Delhi, casi en la frontera con la vecina región de Uttar Pradesh. Es el mayor y más antiguo de esta urbe de más de veinte millones de habitantes. Su parte más alta es una explanada enorme que parece el escenario de un mundo distópico. Hay basura: toneladas de basura producidas por millones de personas que probablemente se olvidaron de ella en cuanto la depositaron en una papelera, en contenedores de fábricas, en depósitos de hospitales, en patios traseros, en el suelo público de la capital india.
Varios perros se mueven a cámara lenta entre los residuos, con la piel carcomida por la sarna. Más allá está el cadáver de uno de los suyos, un ejemplar color canela arrojado en el centro de la carretera, y algunas vacas comiendo despojos. Y, de fondo, la imagen irreal de los pájaros: un ejército de aves sobrevolando en círculos el lomo del basural. Hay cuervos y palomas, pero sobre todo hay milanos negros, dueños absolutos del cielo y de la carroña de este lugar. Desde lo alto de esta montaña, una capa espesa de polución cubre Nueva Delhi, capital de un país llamado a ser —o al menos eso dicen cada cierto tiempo informes y expertos— una de las grandes potencias del siglo XXI.
—Estamos destruyendo el planeta.
Lo dice como quien explica un hecho evidente a alumnos distraídos, mientras mira el paisaje de humo y basura. Sant Ram ronda los cincuenta años y habla con firmeza: tiene alma de político y el tono de quien está acostumbrado a mandar. Viste camisa rosa, pantalones oscuros, unas chanclas rojas y lleva un móvil en el bolsillo que suena cada dos por tres. Es presidente de una de las asociaciones de vecinos de Ghazipur y lidera la agrupación de ganaderos de la zona. También es miembro del ala sindical del Partido del Congreso (centroizquierda), una fuerza política histórica ahora en la oposición. Y lleva media vida luchando contra el vertedero, desde que comenzó a invadir las tierras fértiles frente a su casa. Era 1984 y él tenía poco más de veinte años.
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