Ni tontas ni locas: las mujeres del Lyceum Club Femenino

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Fotografía: Diario de Madrid (CC BY 4.0).

Cuando Carmen Baroja y María Teresa León escribieron sus memorias, ambas recordaron el mismo episodio relacionado con el Lyceum Club Femenino, del que habían sido socias. En una ocasión invitaron a Jacinto Benavente a dar una charla y el premio nobel declinó la petición diciendo que no tenía tiempo: «No puedo dar una conferencia a tontas y a locas», les dijo. Aquí ustedes pueden imaginarse al ilustre dramaturgo entrecerrando los ojillos de satisfacción por su fina ironía.

Las socias del Lyceum ni eran tontas ni estaban locas. Tampoco eran unas excéntricas, desequilibradas, criminales o madres desnaturalizadas que estaban para que las encerraran, como proclamaban sus detractores más furibundos. Eran mujeres que formaban parte de la élite intelectual del país y que sintieron la necesidad de fundar este club para tener un espacio donde poder reunirse para intercambiar ideas, desarrollar su vida cultural y tratar de mejorar la situación de las mujeres. María Teresa León lo recordaba de esta manera: «En los salones de la calle de las Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia mujeril fue atacada rabiosamente. El caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas (…) Pero otros apoyaron la experiencia, y el Lyceum Club se fue convirtiendo en el hueso difícil de roer de la independencia femenina».

El Lyceum Club Femenino, que se declaró laico y abierto a socias de cualquier ideología, se inauguró en noviembre de 1926 en la Casa de las Siete Chimeneas, en la calle de Las Infantas de Madrid. La idea de asociarse en un club femenino surgió entre el grupo de mujeres que gravitaban alrededor de la Residencia de Señoritas, el lugar que allanó el camino para que las chicas de cualquier rincón de este país pudieran ir a la universidad. En ese momento, María de Maeztu llevaba once años dirigiendo la Residencia y esa empresa había contribuido a que unas mil jóvenes se sentaran en las aulas de la universidad. Junto a María «la Brava» estaban otras mujeres que se negaban a dejar sus neuronas en barbecho y que preferían hacer oídos sordos a las ideas misóginas de intelectuales influyentes, como Gregorio Marañón, que dejó escritas estas palabras sobre las mujeres cultivadas: «Insistimos una vez más en el carácter sexualmente anormal de estas mujeres que saltan al campo de las actividades masculinas y en él logran conquistar un lugar preeminente. Agitadoras, pensadoras, artistas, inventoras: en todas las que han dejado un nombre ilustre en la historia se pueden descubrir los rasgos del sexo masculino, adormecido en las mujeres normales». Aunque esto era poco comparado con las teorías del influyente sociólogo y filósofo alemán Georg Simmel, quien afirmaba que «la existencia femenina tiene su sentido exclusivamente en aquello que el varón no quiere, o no puede, ser o hacer; el sentido de la vida de aquella no está referido a una relación de igualdad, sino de desigualdad, y en esta relación se consumen sin dejar resto».

En fin, no haremos comentarios al respecto.

Los ángeles del hogar vuelan

La apertura del Lyceum llegó precedida por las críticas. Meses antes de que se inaugurara, cuando corría el rumor de que se iba a fundar un club exclusivamente femenino, la prensa empezó a incluir el asunto en sus agendas. La Libertad contó con la indignada voz de Teresa de Escoriaza, dispuesta a convencer a las fundadoras de que su idea era una auténtica aberración: «Me propongo combatir un proyecto femenil con apariencias de feminista (…) alzo la voz y digo que se equivocan los que se proponen fundar un club de mujeres. Pero ¿saben las mujeres que a fundarlo aspiran lo que es un club? Humareda pestífera de tabaco, tazas de mal café y discusiones estúpidas. Esta es la parte positiva del club. Ni muy grande ni muy valiosa, ciertamente. Pero el club tiene, además, una parte negativa, y esa sí que es de importancia grande, de enorme trascendencia. En el club los lazos familiares se aflojan, se desanudan y el principio de solidaridad humana sucumbe».

Teresa de Escoriaza estaba tan enfurecida como equivocada cuando decía: «El club de las mujeres no puede existir, no debe existir, no existe en ninguna parte (…) El club de las mujeres no puede implantarse en España para risa del mundo entero». La periodista ignoraba que ya existían otros Lyceum Club en distintas ciudades de Europa como Berlín, Roma, París o Estocolmo, en Nueva York y en La Habana, y que desde 1908 se relacionaban a través de una federación internacional. El primero de ellos se había inaugurado en Londres en 1904 y se había presentado con estas palabras de las fundadoras: «Hemos creado esta casa de la que nos sentimos orgullosas porque es una casa hecha por mujeres, habitada por mujeres y dirigida por mujeres».  

Poco después de la inauguración del Lyceum en Madrid, el periodista Julio Romano lo visitó para iluminar a sus lectores de La Esfera y hacerles un auténtico mansplaining a las propias fundadoras. Por un lado, no podía más que alabar las instalaciones de ese club «claro, limpio, donde todo refulge que da gloria», como era de esperar de un lugar habitado por mujeres. Por otro lado, el periodista sintió la necesidad de advertir sobre las amenazas que podía encerrar ese lugar que alejaba a las mujeres de su papel de amas de casa: «El Lyceum debe ser el hogar posible de todas las mujeres españolas, y no una agrupación donde predomine la catedrática y marisabidilla, la doctora redicha y petulante. ¡No, por Dios! Ese tipo extranjero de señora de anteojos de concha, carpeta debajo del brazo, estirada y seca como un sarmiento que hace la exégesis de Kant o Hegel, mientras su marido empuja el carrito del bebé o limpia los cacharros de la cocina; esa mujer de caricatura humorística recuerda con su antipática presencia el axioma de que las demasiadas letras secan el corazón y el tesoro de la mujer española es su dulzura, su piedad, su comprensión humanitaria de todos los dolores, y cualquier cosa que pueda cegar estas fuentes lo creemos un sacrilegio».

Las socias del Lyceum estaban demasiado ocupadas intentando mejorar la precaria situación de las mujeres en este país como para hacer caso a las críticas. Había llegado el momento apropiado para que los «ángeles del hogar» usaran sus alas para volar muy lejos.

Las indómitas

María de Maeztu, 1919. Fotografía: DP.

En la junta directiva del Lyceum Club estaban la presidenta, María de Maeztu, y dos vicepresidentas: Isabel Oyarzábal, periodista que firmaba con el seudónimo de Beatriz Galindo, escritora y diplomática; y Victoria Kent, abogada, la primera del mundo que ejerció ante un tribunal militar. La secretaria fue Zenobia Camprubí, escritora, lingüista y traductora de Rabindranath Tagore (aparte del apoyo que supuso para Juan Ramón Jiménez durante cuarenta años). Junto a Zenobia, en la secretaría estaba Helen Phillips, directora del Instituto Internacional y profesora de la Universidad de Texas.

Otras socias del Lyceum fueron la abogada y diputada que consiguió el voto para las mujeres, Clara Campoamor; la doctora en medicina Trinidad Arroyo; la pintora surrealista Maruja Mallo; la autora de los libros de Celia, Elena Fortún; Pura Maortua, fundadora de la compañía de teatro Anfistora y amiga de García Lorca. También figuraban en el listado de socias la compositora y pianista María Rodrigo, la escritora María Teresa León, la ginecóloga Rosario Lacy, la periodista Magda Donato, la abogada Matilde Huici y muchas otras profesionales, artistas y mujeres muy cultas. Muchas estaban casadas con hombres influyentes, de modo que los detractores que querían menospreciar su propia valía se referían a ellas como «el club de las maridas».   

El Lyceum era mucho más que un lugar agradable donde estas mujeres podían desarrollar su vida social, tan limitada en el ámbito doméstico. Las socias querían seguir formándose y llevar a cabo iniciativas para mejorar la situación legal y social de las mujeres en España. Así que decidieron dividirse dentro del club en varios comités: social, musical, artes plásticas e industriales, literatura, ciencias e internacional. Las socias se involucraban en estas secciones de acuerdo con sus intereses y entre libros, tazas de te y vibrantes conversaciones, se organizaban para dar cursos, montar exposiciones o planear las próximas conferencias y conciertos. Para la inauguración contaron con las hermanas María y Elena Sorolla, que expusieron sus pinturas y esculturas. Más tarde, la jovencísima pintora Ángeles Santos mostró en el Lyceum su gran obra vanguardista Un mundo. Federico García Lorca hizo una lectura de Poeta en Nueva York y Unamuno leyó su obra Raquel encadenada. Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna, León Felipe, Pedro Salinas, Américo Castro y Manuel Azaña formaron parte de la lista de conferenciantes. Llegó un momento en el que «todos se pirraban por el Lyceum. No hubo intelectual, médico o artista que no diera una [conferencia]», según afirma en sus memorias Carmen Baroja.

Clara Campoamor, 1931. Fotografía: DP.

Las abogadas Clara Campoamor, Victoria Kent y Matilde Huici se ofrecieron para dar cursos a sus compañeras en los que analizaban la figura de la mujer en los códigos civil y penal. Este análisis de las leyes les ayudó a ser conscientes de su propia situación y crearon comisiones para redactar reformas de los artículos degradantes para las mujeres. Entre las peticiones que elevaron al Gobierno estaba la supresión del artículo 438 del Código Penal que decía: «El marido que sorprendiendo en adulterio a su mujer matase en el acto a esta o al adúltero, o les causara lesiones graves, será castigado con la pena de destierro». También pidieron que el artículo 57 del Código Civil que decía: «El marido debe proteger a la mujer y esta obedecer al marido», fuera sustituido por: «El marido y la mujer se deben protección y consideraciones mutuas».

Mientras, el comité social del Lyceum puso en marcha otras iniciativas, como la creación de una guardería infantil y una biblioteca para ciegos. Para aliviar la complicada situación de las mujeres obreras, fundaron en Cuatro Caminos la llamada Casa del Niño, una escuela infantil gratuita donde las niñas y los niños recibían educación, alimentación equilibrada y revisiones médicas. Entre las colaboradoras de esta iniciativa se encontraba Elena Fortún, que los domingos acudía como narradora de cuentos (por cierto, el Lyceum Club estaba tan presente en la vida de esta escritora que en los libros de Celia, la madre de la pequeña protagonista aparece como socia). Las integrantes de la sección social también colaboraron como voluntarias en el Comité Español del Libro para Ciegos, donde trabajaron como copistas de libros que luego abastecían bibliotecas como  la circulante del Patronato Nacional de Protección de Ciegos y la Biblioteca Nacional.

La Casa de las Siete Chimeneas

El rechazo que provocaba que un grupo de mujeres tuviera intereses más allá de sus hogares era especialmente intenso en el periodo político en el que se inauguró el Lyceum, en plena dictadura de Primo de Rivera, una época ultracatólica y encorsetada. En este contexto, si el concepto en sí del Lyceum asustaba, el hecho de que su sede estuviera en la Casa de las Siete Chimeneas daba aún mas miedo. Algunos verían en esto la confirmación de que era la «casa del mal». Porque durante siglos este edificio estuvo rodeado de una misteriosa leyenda que tuvo su origen en el siglo XVI, cuando fue el escenario de un extraño suceso. Elena, una joven viuda que vivía en la casa, apareció muerta en su cama. Cuando trataron de investigar el caso, el cuerpo de la joven había desaparecido y se sospechó que el entonces príncipe, más tarde rey Felipe II, había ordenado matarla para ocultar que había sido su amante y que habían tenido una hija juntos. Desde entonces, muchas personas aseguraron ver el espectro de una mujer paseando por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas. Los años pasaron pero a finales del siglo XIX la historia tomó más fuerza cuando, durante unas obras, apareció el esqueleto de una mujer junto a unas monedas del siglo XVI. Por mucho que la quisieran quitar de en medio, la joven se negaba a permanecer eternamente silenciada.  

Leyendas aparte, las socias del Lyceum transformaron la Casa de la Siete Chimeneas en un espacio acogedor y muy estimulante. Quienes lo visitaban alababan el buen gusto de su decoración, obra de Pura Maortua (cuya hija, Matilde Ucelay, sería la primera arquitecta licenciada en España). La periodista Magda Donato lo describió así en las páginas del Heraldo de Madrid: «El Lyceum Club ofrece a sus asociadas, amén del ambiente refinadamente cultural del que carecemos las españolas, infinidad de distracciones y comodidades. Allí encuentran una biblioteca abundantemente provista de libros y revistas del mundo entero; una sala de billar donde pueden recrearse…».

La escritora María Lejárraga recordaba el club como «un rincón con un poco de lumbre, silencio y muchos libros» donde las mujeres podían «aprender por su cuenta algo de lo mucho que ni la familia ni el Estado se han preocupado de enseñarles». Ella, que era conocida como María Martínez Sierra, los apellidos de su marido, fue un ejemplo vivo de todo lo que las mujeres del Lyceum querían cambiar. María Lejárrega era una mujer en la sombra. Ella escribía las obras que firmaba su marido y mientras él recibía los elogios, María le esperaba en casa. Y mientras ella creaba las obras de teatro que él dirigía, Gregorio Martínez Sierra se enamoraba de una famosa actriz y la abandonaba. Después de la guerra, la escritora y dramaturga, que llegó a ser diputada durante la República, inició un largo exilio que duró hasta su muerte. Por el camino, tuvo que batallar con la hija que había tenido su marido por los derechos de las obras que ella había escrito.

El desengaño

Como todas las obras iniciadas por las mujeres en las primeras décadas del siglo XX, la vida del Lyceum Club Femenino terminó cuando en España empezó la dictadura. Carmen Baroja recordaba el final de este proyecto que supuso tanto para aquel grupo de mujeres y que estaba trasformando la vida de muchas otras:  «Durante la guerra, en el Lyceum había quedado todo intacto, no faltaba ni una cucharilla. Vinieron los nacionales y el señor, creo que Serrano Suñer, obligó a entregar todo a una delegada de Falange». En 1939, la Sección Femenina lo transformó en el Club Medina y, como ya sabemos, su obsesión fue hacer entrar en vereda a aquellas liceómanas que se habían atrevido a desertar del hogar. Unas partieron al exilio, otras fueron depuradas y las demás renunciaron a sus sueños y se resignaron a vivir en la sombra. Y durante muchos años todas sus voces permanecieron silenciadas.

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