Jesús de Nazaret (IV): Sangre y resurrección

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La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio, 1602.

(Viene de la tercera parte)

Aruru, la diosa de la creación, contemplaba con supremo disgusto la insolencia de Gilgamesh, el poderoso rey de la ciudad sumeria de Uruk. La diosa sabía que Gilgamesh se había demostrado invencible en combate y por ello decidió juntar arcilla con agua para moldear un hombre cuyas cualidades únicas pudiesen convertirlo en un rival digno del rey sumerio. El nuevo hombre se llamó Enkidu, que significaba «hijo de Enki, dios de las aguas». Mucho tiempo atrás, había sido Enki quien, mediante la unión de la arcilla con la esencia misma de la vida, la sangre, había creado la raza humana para convertirla en servidora de los dioses.

Cuando Enkidu cobró vida, sin embargo, no adquirió consciencia de sí mismo. Era tal su inocencia que correteaba desnudo junto a los animales. Desconocía las costumbres de los humanos; no cazaba, no cultivaba, no se vestía, no se cortaba el cabello. Vivía en completa armonía con la naturaleza y era incapaz de actuar con violencia. En semejante estado silvestre, Enkidu se demostraba inútil para los propósitos de la diosa Aruru. Pero ella no se rindió. Había que despertar a Enkidu.

La diosa recurrió a una mujer que estaba su servicio, ejerciendo como prostituta sagrada. Todos la llamaban Shamhat, «la magnífica», debido a lo excepcional de su belleza. La diosa le dio a Shamhat el encargo de buscar Enkidu para convertirlo en hombre. Shamhat lo encontró, lo sedujo y mantuvo relaciones sexuales con él durante seis días y siete noches. Enkidu, por fin, despertó y obtuvo el conocimiento del bien y del mal, que es propio tanto de los seres humanos como de los dioses. En aquel mismo instante, Enkidu comprobó que sus antiguos amigos, los animales, rehuían aterrados al verlo. Entendió que la naturaleza salvaje ya no le daba la bienvenida. Así pues, Enkidu fue por fin consciente de su verdadero lugar en el mundo y siguió a Shamhat hacia la civilización para cumplir su propósito de enfrentarse a Gilgamesh.

La epopeya de Gilgamesh es la narración escrita más antigua que se conoce, compuesta más de un milenio antes de que se empezasen a redactar los primeros textos del Antiguo Testamento. La mitología sumeria influyó en el desarrollo de varias religiones posteriores, incluida la israelita. La Biblia hebrea contiene conceptos que proceden, por vía directa o indirecta, de la vieja religión sumeria. Entre La epopeya de Gilgamesh y el Génesis, por ejemplo, existen varios paralelismos. En ambas mitologías el final de la inocencia de la raza humana la convirtió en centro de la creación, pero también la despojó de la felicidad al conocer el concepto de la muerte. Era una analogía entre la infancia, cuando los niños se creen inmortales, y la edad adulta. Pero también una distinción entre la especie humana y el resto de los seres vivientes.

Los antiguos pensaban que la especie humana desempeñaba un papel único en la creación. Los animales carecían de consciencia de sí mismos y actuaban según leyes naturales preestablecidas. Los humanos, en cambio, no solo eran capaces de contravenir esas leyes naturales, sino que podían elaborar leyes nuevas, y también eran capaces de transgredir estas que acababa de inventar. No había regla que el ser humano no pudiese incumplir porque disponía de libre albedrío, que era la diferencia fundamental (y quizá la única relevante) entre el ser humano y los demás habitantes del mundo. Los mitos religiosos explicaban de diversas formas la adquisición del libre albedrío, pero casi siempre con algunas ideas comunes. La primera idea común era que la libertad humana implicaba vivir fuera de la armonía de las leyes naturales, a las que ya nunca se podría regresar. La segunda era que el abandono de la inocencia estaba acompañado por la pérdida de la inmortalidad o, dicho de otro modo, por el repentino descubrimiento de la propia mortalidad. La tercera, que la libertad de acción otorgaba al ser humano la capacidad para pecar o contravenir las leyes divinas.

El conocimiento del bien y del mal

Adán y Eva, de Alberto Durero, 1527.

El mito de Adán y Eva, pese a las reinterpretaciones que los cristianos elaboraron a partir del siglo II d.C., no habla de un «pecado original» que va pasando de padres a hijos. Ese concepto no hubiese tenido sentido para los antiguos israelitas, quienes pensaban que el pecado era siempre cometido, nunca heredado. Es verdad que en la Biblia hebrea abundan los ejemplos de castigo divino colectivo, pero en tales casos no todos los castigados merecían su destino y, como dice la frase inspirada por la propia Biblia, pagaban justos por pecadores. La reelaboración cristiana del mito israelita de la creación produjo resultados que, cabe pensar, hubiesen sorprendido a quienes los escribieron. La serpiente parlante del Génesis, por ejemplo, no era una representación satánica; Satán no tenía un papel importante en el Antiguo Testamento y la serpiente, de hecho, era un recurso narrativo habitual en las mitologías antiguas. Podía simbolizar muchas cosas, desde el engaño y la tentación hasta la eterna juventud y la fertilidad, pero no algo como el concepto cristiano de Satán. De manera análoga, cuando Dios prohíbe a Adán y Eva que coman el fruto prohibido del «árbol del conocimiento del bien y el mal» tampoco les está tendiendo una trampa para que pequen y poder así condenarlos a la expulsión del paraíso (una de las extrañas paradojas que produciría la posterior visión cristiana de este mito: el que Dios crease a la humanidad para convertirla en pecadora y poder castigarla por ello). El fruto prohibido era más bien una fórmula para enseñar de manera sencilla el concepto de libre albedrío.

Adán y Eva muerden el fruto prohibido porque están predestinados a hacerlo. Cuando Dios sitúa el árbol del conocimiento en el Edén y les prohíbe que coman de él, lo único que está haciendo es concederles la libertad para elegir. Pueden escoger entre obedecer la ley natural como los animales o bien salirse de ella, convirtiéndose en una excepción dentro de la creación. Dios les prohíbe comer el fruto, sí, pero no hace nada más por impedirlo. El árbol del conocimiento no está protegido por espinas ni por una muralla de fuego. El fruto está ahí, al alcance de la mano. Lo único que Adán y Eva necesitan hacer para incumplir la prohibición es dar un paso; la serpiente, cierto, representa la tentación, pero solo les corresponde a ellos decidir si sucumben o no a esa tentación. Por supuesto, desobedecen a Dios porque están creados a imagen y semejanza de ese mismo Dios. Ellos pueden distinguir el bien del mal, como Dios, lo cual implica que pueden tomar sus propias decisiones, como Dios. Cuando muerden el fruto del conocimiento adquieren consciencia de sí mismos, como Dios, y son forzados a abandonar la vida pacífica de los animales. Porque no son animales y Dios nunca quiso que lo fuesen. La expulsión del paraíso, pues, no es un momento en el tiempo, no es un episodio; es una descripción de la condición humana.

Enkidu, el buen salvaje del mito sumerio, despertó después de mantener relaciones sexuales, lo cual está relacionado con la naturaleza sexual del acto creador en las cosmogonías politeístas. Enkidu es hijo de la conjunción entre el elemento femenino, la tierra, y el elemento masculino, el agua. El agua fecunda la tierra y de esa unión sexual nace Enkidu, del mismo modo que la raza humana había nacido de la unión entre el elemento fecundador, la sangre, y el elemento fecundado, la tierra. En el mito del Edén, sin embargo, Adán y Eva nacen del barro, pero su creación ya no es sexual. Yahvé sopla para insuflar vida a Adán, en representación del mismo verbo con el que ha creado todo lo demás en el universo. Tampoco es sexual la expulsión del Edén, el despertar de Adán y Eva. Son expulsados por haber accedido al ámbito del conocimiento, incompartible con la vida natural; la serpiente los ha seducido, como una nueva encarnación de la irresistible Shamhat, pero no los ha despertado mediante la sexualidad y ellos se han dejado seducir, mientras que Enkidu no tuvo opción. Todo esto, insisto, respondía al plan de Yahvé. Al igual que un Enkidu feliz e ignorante le era inútil a Aruru para vencer a Gilgamesh, unos Adán y Eva felices e ignorantes le eran inútiles a Yahvé para cumplir su propósito de culminar la creación con unos habitantes dignos de reinar en ella.

El ser humano, eso sí, habrá de pagar un alto precio por la libertad y la capacidad para distinguir el bien del mal. Como es típico de muchos pasajes mitológicos, esta idea es explicada mediante dos niveles de lectura. Un nivel más sencillo y pedagógico, y otro nivel más profundo. En el nivel más básico, el precio de la libertad será, como hemos visto, la expulsión del paraíso. Esto es, vivir fuera de la armonía natural, perdiendo la feliz inconsciencia sobre la propia mortalidad: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta ser devuelto a la tierra de la que saliste, pues polvo eras y en polvo te convertirás». Los animales no saben que van a morir, por eso son felices. El ser humano no puede ser feliz del todo, no después de abandonar la infancia, porque sabe que va a morir.

En la segunda lectura, más elaborada, hay otro precio a pagar por la libertad: el ser humano será sometido a la pugna constante entre sus deseos y sus obligaciones, cosa que lo convierte en el único culpable de los pecados que pueda cometer. En las religiones paganas que precedieron al judaísmo la guerra entre el bien y el mal era una guerra externa al ser humano, librada por fuerzas superiores en la esfera celeste, aunque con influencia sobre lo que sucedía en el ámbito terrenal. El ser humano no era el responsable último del mal, sino más bien su víctima. Para los israelitas, en cambio, la guerra entre bien y mal se volvió interior, convirtiendo al individuo humano en el culpable único de sus propios actos. Elegir el bien no siempre es fácil; el mal es tentador con demasiada frecuencia. La libertad implica desobedecer a Dios y provocar su enfado, porque Dios, pese a haber concedido esa libertad, ansía que el ser humano la use para el bien y tome siempre la decisión correcta, al igual que un padre lo espera siempre de sus hijos.

Cuando Adán y Eva abandonaron el Edén, pues, la felicidad los abandonó y el pesar ante la mortalidad se apoderó de sus almas. Pero se produjo un castigo todavía peor: la violencia estalló entre sus propios hijos, Caín y Abel.

El tabú de la sangre

La violencia se convertiría en una de las principales ofensas a Dios, si acaso la más grave. Aunque, cabe aclarar, la delimitación del alcance de los preceptos morales extraídos de los textos religiosos israelitas es difícil, si no imposible, en la práctica. El Antiguo Testamento, al igual que el Nuevo, es una compilación heterodoxa de textos escritos por diversos autores en diferentes épocas y contiene contradicciones flagrantes. La violencia es condenada en algunos pasajes, pero alentada, incluso conminada, en otros. Además, los libros de la Biblia hebrea no solo son de autoría diversa, sino que varios de ellos fueron creados como compilaciones de fuentes diferentes. Algunos libros contienen relatos paralelos sobre un mismo hecho que pueden llegar a contradecirse, de lo que se deduce que esos dos relatos no proceden de una única fuente y que ese libro fue dos, o más, en el pasado. Por ejemplo, existen dos mitos de la creación en el Génesis. Y no son idénticos.

El Génesis, no obstante y como ya hemos dicho, nunca pretendió ser una crónica histórica, sino la traducción de ideas complejas al lenguaje sencillo de narraciones metafóricas que cualquiera pudiera entender. De manera idéntica a los Evangelios cristianos, los textos bíblicos judíos estaban pensados para ser leídos, ya que en las congregaciones abundaban los analfabetos. Ese es el espíritu de los mitos: explicar de manera sencilla por qué la realidad es como es. Los creyentes más ingenuos podían interpretar los mitos de manera literal (algunos aún lo hacen hoy en sus respectivas religiones), pero eso no significa que esos mitos fuesen concebidos como otra cosa que elaboraciones simbólicas.

Aun así no siempre es fácil reconstruir la interpretación original de quienes plasmaron aquellos mitos en pergamino. En la religión israelita, como después en la cristiana, no basta con el análisis de los propios textos tal y como han llegado hasta nosotros. También hay que intentar reconstruir las ideas que estaban detrás de esos textos. Un ejemplo: la Biblia, en determinados pasajes, aboga por el asesinato, la esclavitud, la violación y el expolio. Impone penas de muerte por transgresiones morales que para nosotros son triviales. Sugiere la mayor fiereza contra los enemigos. Sin embargo, estas reglas eran difíciles de aplicar a rajatabla incluso en el mundo de los antiguos israelitas. En la práctica, un seguimiento estricto de la normativa bíblica tal como estaba escrita podía atentar contra la estabilidad social. En ocasiones se producían ejecuciones brutales por motivos religiosos, ya fuese buscando la ejemplaridad o como efecto de la crueldad de algún dirigente concreto, pero también había una clara tendencia a soslayar los aspectos más severos de la ley.

La tradición cristiana se empeñaría después en retratar la justicia religiosa judía como despiadada, pero incluso el alto tribunal del Sanedrín solía aplicar medidas garantistas en los procesos religiosos y no era fácil que unos acusadores pudiesen obtener una condena a muerte. Entre los judíos, como después entre los propios cristianos, la ley solía ser más extrema cuando leída en los textos sagrados que cuando aplicada en la vida cotidiana. Si los israelitas hubiesen aplicado las leyes bíblicas al pie de la letra se hubiesen extinguido en unas pocas generaciones. Como en todas las religiones, el día a día forzaba la adaptación de las normas al sentido común y los judíos se limitaban a hacer caso omiso de aquellos mandamientos que chocaban con la convivencia básica. Entre ellos, como en cualquier otro pueblo, la violencia estaba mucho peor vista en la vida real que lo sugerido por los más brutales pasajes de sus textos religiosos. De hecho, como ya vimos en capítulos anteriores, en el judaísmo abundaban los movimientos pacifistas. El fariseísmo, escuela de la que casi con toda probabilidad bebió el propio Jesús, obviaba los llamamientos bíblicos a la violencia y el castigo físico, abogando por una visión mucho más humanista y racional de la ley religiosa.

Caín matando a Abel, de Frans Francken II, siglos XVI – XVII

Siguiendo con las contradicciones en los textos judíos, la misma Biblia que recomendaba la violencia en unas páginas caracterizaba el asesinato como el peor de los pecados en otras. Esto hacía que la Biblia y la propia ley religiosa judía careciesen de consistencia interna, por supuesto, pero la consistencia o la lógica no eran los criterios bajo los que fueron escritos aquellos textos. Según la mitología de los antiguos israelitas, de hecho, los seres humanos son hermanos entre sí. Todos son hijos de Dios. La historia bíblica de Caín y Abel ilustra la idea de que todo asesinato es un fratricidio y esa idea fue tanto o más importante en la tradición israelita que las exhortaciones a la masacre de enemigos o la aplicación de la pena de muerte por infracciones menores. Según una visión pragmática de la vida no solo la paz era preferible a la violencia, sino que el propio fundamento teológico del pacifismo era más sólido que el de la belicosidad. Todo esto nos lleva a recordar que la sangre humana, que contiene la esencia de la vida, era sagrada para los israelitas. Derramarla constituía la peor ofensa contra Dios porque suponía despreciar y desperdiciar el más sagrado de los dones que Dios ha concedido a sus hijos. Recordemos que cuando los humanos se enfrentaron entre sí, Dios los castigó con dureza mediante el diluvio universal (la idea de una inundación como castigo provenía también de otras mitologías anteriores).

Uno de los puntos críticos que la mitología israelita se vio obligada a resolver sobre la marcha era justo eso, el castigo universal. Dado que el ser humano nunca deja de pecar y su carácter violento nunca lo abandona, siguiendo la lógica impuesta por el Génesis cada generación merecería ser castigada con su propio diluvio. Y, claro, la idea un diluvio universal cada treinta o cuarenta años no tenía sentido, entre otras cosas porque resultaba evidente que no se producían tales diluvios generacionales. Así que apareció una idea novedosa en la mitología de la todavía incipiente Biblia hebrea. Yahvé terminó entendiendo que la agresividad formaba parte de la naturaleza del hombre y que castigar a toda la humanidad de manera cíclica suponía entrar en un círculo vicioso que podría ser interpretado, además, como un fracaso de su creación. ¿Qué hacer, pues, para canalizar la agresividad de sus hijos? La respuesta era permitir cierto grado de violencia. Contra los animales.

En la vida edénica de Adán y Eva, como en la de Enkidu, el ser humano era imaginado como vegetariano. No porque el vegetarianismo fuese visto como una opción moral superior, sino porque en el estado salvaje, tal como lo veían los israelitas y otros pueblos antiguos, el ser vegetariano no era una opción, sino el símbolo de que el humano edénico era alimentado por Dios. No cazaba a otros animales para comérselos ni sentía el impulso de matar porque Dios ya le proporcionaba alimento. Así pues, en el Edén, los seres humanos no derraman la esencia sagrada de la vida, la sangre. Cuando el ser humano obtiene la consciencia y la libertad, sin embargo, se despierta su faceta violenta. Yahvé la castigó una vez con el diluvio, pero en lo sucesivo tuvo que hacer concesiones. ¿Los seres humanos son violentos? Pues se les autoriza a que maten animales con el fin de alimentarse y vestirse; de ese modo pueden desahogar su lado agresivo sin recurrir al asesinato de sus congéneres. Así pues, cazar (o su equivalente, matar ganado) es una violencia que, si no del todo deseable, es inevitable. Así nació la idea del sacrificio animal como sublimación de la violencia entre humanos, una idea que entraría a formar parte de los ritos y textos de la antigua religión israelita. El sacrificio, por descontado, no era algo nuevo. Era un elemento común de todas las religiones antiguas. En las religiones paganas el sacrificio era un soborno que se ofrecía a los dioses para tenerlos contentos y obtener su favor. No tenía por qué consistir siempre en la muerte de un animal; a los dioses se les entregaba también oro, incienso, flores, frutos, grano, etc. El sacrificio pagano era como una transacción comercial: bienes materiales a cambio de favores divinos. En cierto modo, incluso en el cristianismo actual pervive esa idea primitiva (y pagana) del sacrificio como transacción, por ejemplo cuando se ofrendan bienes a algunos santos o vírgenes. Es una costumbre popular que funciona bajo una lógica pagana, pero que, dentro de ciertos límites, fue tolerada y sancionada por la Iglesia católica de origen grecorromano.

En la religión israelita, sin embargo, el sacrificio no era solo una transacción, sino también, y sobre todo, una devolución. Era una transacción que, a la manera de los modernos pagos a plazos, servía como recordatorio de la alianza entre Yahvé y su pueblo. Pero también era una devolución porque cuando Dios autoriza a los humanos a comer carne animal, lo hace con una condición: la esencia de la vida, la sangre, no puede ser consumida y ha de serle devuelta. Por ello, desde tiempos muy antiguos, los israelitas llevaban animales a los santuarios para que los sacerdotes los matasen. El animal no era un regalo para Dios (solo algunas partes grasas eran entregadas a los sacerdotes como pago por su intervención); lo más importante del sacrificio era la devolución de aquello que solo a Dios pertenecía: la sangre, esencia de la vida, que debía quedarse en el altar. Derramando la sangre del animal bajo supervisión de los sacerdotes, los israelitas asumían el recordatorio de que eran ellos, y no Dios, quienes estaban recibiendo un regalo: la posibilidad de matar animales para poder comer. Por supuesto esta era solo una de las varias ideas subyacentes que conformaban la relación de los israelitas con Dios, no tan basada en los sobornos paganos como en el nuevo concepto de alianza. Pero sí fue la idea que le dio forma al rito del sacrificio pascual, sin el que es imposible entender la concepción de Jesús como resucitado.

Antes del siglo VII a. C. los sacrificios tenían lugar en pequeños templos diseminados por la región o incluso a manos de sacerdotes itinerantes. Sin embargo las reformas religiosas del rey Josías condujeron a la prohibición del sacrificio en los templos locales, que fueron desmantelados. La matanza ritual pasó a ser un rito que ya solo podía realizarse en el Templo de Jerusalén. El judaísmo pronto adoptaría como suyo el nuevo dogma de que solo había un templo. La memoria colectiva recordaría, aunque de manera errónea, que ese centralismo religioso se remontaba al añorado Reino Unido de Israel del rey David (en época de David, el Templo de Salomón había sido el núcleo indiscutible de la fe israelita, pero no el único escenario de sacrificios. Pese a ello, la tradición se empeñaría en recordar aquello de «un solo Dios, un solo reino, un solo templo»). La reforma de Josías institucionalizó las peregrinaciones hacia Jerusalén.

Siglos después de Josías, en tiempos de Jesús, cada Pascua los creyentes llevaban un animal (por lo general, un cordero) al templo de Jerusalén para matarlo y devolver a Dios la esencia vital, la sangre. Tampoco entonces el animal muerto se quedaba en el templo. Cada creyente se llevaba su cordero para cocinarlo en una cena conmemorativa de la alianza con Dios. Una cena pascual no era parecida a nuestras cenas navideñas, pues tenía un carácter mucho más solemne y se celebraba atendiendo ciertas normas de obligado cumplimiento. Por ejemplo, no se debía quebrar ningún hueso del animal sacrificado durante su preparación. Antes de cenar los comensales debían saciar su apetito con otros alimentos, pues el cordero no debía ser consumido para saciar el hambre. La carne no debía ser desperdiciada y ningún resto de ella debía quedar al día siguiente, por lo que se podía invitar a la cena a cuantas personas fuesen necesarias para dar cuenta del animal. Cada comensal debía consumir una cantidad mínima de carne, aunque en la práctica, como atención a personas débiles o enfermas, esa cantidad mínima era simbólica: apenas un bocadito del tamaño de un dado bastaba para cumplir con el rito.

Detrás de todas estas normas estaba la necesidad de recordar, entre otras cosas, que el cordero que comían los judíos era la víctima inocente de un sacrificio realizado para expiar las culpas de los humanos. En otras palabras, matar al cordero estaba mal, pero era un mal menor.

Puesto que el tabú del consumo de la sangre no había existido en las religiones que influyeron en el desarrollo de la fe israelita y en las que también se habían realizado sacrificios animales, se deduce que dicho tabú no fue una idea derivada del propio acto ancestral del sacrificio animal, sino una abstracción elaborada que los israelitas incorporaron a ese ritual. ¿En qué momento histórico concreto reinterpretaron los israelitas el sacrificio? Es difícil decirlo, pero tuvo que ser antes de que el cuerpo textual del Antiguo Testamento tomase su forma definitiva.

La resurrección como recuperación de la sangre

Tríptico con la Visitación de la Virgen, El descendimiento de la cruz y la Presentación de Jesús en el templo; de Pedro Pablo Rubens, 1612-1614

El Evangelio de Marcos es el más antiguo, el más cercano a la época de Jesús (aunque por pocos años) y, se deduce de su contenido, el más apegado a la tradición oral que circulaba sobre el difunto Mesías de Nazaret por pequeñas comunidades grecorromanas. De entre los cuatro evangelios canónicos es el que contiene mitologías menos elaboradas y la narración más sencilla y directa de la vida de Jesús. Si solo se hubiese escrito el Evangelio de Marcos muchas de las ideas que hoy asociamos a Jesús no existirían. En Marcos no se sugiere un nacimiento milagroso de Jesús en Belén ni la virginidad de su madre, María. No se insinúa que José no fuese su padre biológico. Se menciona con naturalidad a sus hermanos y hermanas sin pretender que no fuesen sus hermanos por parte de ambos padres. De hecho, no se dice nada, ni ordinario ni extraordinario, sobre la infancia de Jesús. El relato comienza con un Jesús ya adulto que recibe el bautismo de manos del profeta Juan. Aunque Juan lo reconoce como Mesías y una voz celeste así lo confirma, el relato se muestra ambiguo en los siguientes capítulos. Ni los propios discípulos de Jesús saben que están acompañando al Mesías, al menos durante la primera parte de libro. Cuando por fin lo descubren el propio Jesús se empeña en que guarden silencio (el famoso «secreto mesiánico»). En otras palabras, el Jesús de Marcos es un Mesías humano, no una encarnación divina.

Uno de los detalles más llamativos en relación con la humanidad del Mesías de Marcos es el súbito cambio de tono que adquiere la narración desde el momento en que Jesús es detenido en Jerusalén. El cambio es llamativo porque en Marcos el personaje de Jesús emerge con mucha viveza de entre las páginas. Quien lo escribió tuvo la enorme habilidad de evitar que el personaje pareciese un estereotipo, aunque muchas escenas relatadas sí sean estereotipadas (como parece propio en un texto con marcada vocación doctrinal y pedagógica). Jesús, según el momento, se muestra cercano y manso, o bien impaciente, o incluso enfadado. A veces se relaciona con la multitud y otras veces se esconde, cansado y agobiado ante la constante demanda de atención. Puede mostrar una honda e inmediata compasión ante alguien que simplemente toca sus ropajes y, en otro momento, negarse con frialdad a recibir a su propia madre y a sus propios hermanos. Más allá de la significación o enseñanza concreta que el evangelista quiso otorgar a estos momentos, lo cierto es que el Jesús de Marcos es tan tridimensional que por momentos parece que lo estemos viendo en una pantalla de cine. Es locuaz, activo, literariamente complejo y creíble, dotado de una personalidad carismática.

Este Jesús vivaz, sin embargo, se torna silencioso y sombrío desde el momento en que los guardias lo apresan. Apenas pronuncia palabra hasta que muere en la cruz, mientras que en posteriores Evangelios hablará más durante esos episodios. Es razonable interpretar que, puesto que el Evangelio de Marcos es el que de manera más temprana e inmediata recogió la tradición oral, ese tono podría estar reflejando el recuerdo del estado de shock que la crucifixión de Jesús debió de producir entre sus primeros seguidores. En posteriores Evangelios, que parecen corregir a Marcos, se muestra a un Jesús que domina la situación incluso después de ser detenido y juzgado, un Jesús que se enfrenta a la muerte con serenidad. En Marcos, pese a haber anunciado él mismo su propia muerte, Jesús se viene abajo cuando esa profecía se hace realidad. Lo cual, por cierto, convierte su sacrificio en un suceso mucho más conmovedor. No muere diciendo «Padre, a tus manos encomiendo tu espíritu» ni «Perdónalos porque no saben lo que hacen», como en posteriores versiones de su biografía. Tampoco le promete el paraíso a un ladrón crucificado junto a él. Eso fue añadido en textos posteriores. En Marcos Jesús se limita a lamentarse pronunciando una frase que el texto original griego, como queriendo recoger la emoción del momento, reproduce en arameo, la lengua nativa de Jesús: ¡Eloi, Eloi! ¿Lema sebactani?, «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

El contraste entre la muerte de Jesús descrita por Marcos y la descrita por los posteriores evangelistas es tan pronunciado que llega a ser chocante, pero el tono de Marcos encaja mejor con el posible recuerdo emocional del relato oral heredado de los primeros cristianos judíos. El Mesías judío no debía morir de esa manera porque el Mesías era una figura cuyo propósito era vencer a los enemigos de Israel (Roma, en esa época) y reinstaurar el trono davídico. Es más, la crucifixión era tan incompatible con el mito mesiánico que pudo haber provocado que la figura de Jesús se perdiese en el olvido para siempre, como el Mesías fracasado que fue desde la perspectiva judía. Lo que evitó ese olvido fue una noticia extraordinaria. La buena noticia, el evangelio: Jesús había vuelto de entre los muertos.

El supuesto retorno de Jesús dio nuevas esperanzas a sus seguidores y fue, sin lugar a dudas, lo que impidió que su figura cayese en la irrelevancia histórica, como la de otros aspirantes a Mesías. Según la tradición oral recogida por los evangelistas, fueron unas mujeres —entre ellas la madre de Jesús y su seguidora María Magdalena— las que difundieron la noticia, así que pudo darse el caso de que el culto a Jesús resucitado (esto es, el cristianismo) fuese fundado por mujeres. Pero, más allá de quién propagase la noticia en primer lugar, la resurrección podía ayudar a resolver el enorme problema de fe que suponía la crucifixión. Insisto que en la redacción del propio Evangelio de Marcos, escrito ya cuando la idea de la resurrección estaba ya muy asentada, la detención de Jesús tiene un efecto devastador entre sus discípulos, quienes huyen y llegan a negar que lo conocen, dándole la espalda.

Que la resurrección salvó el culto a Jesús es un hecho, pero esto no significa, o no necesariamente, que la noticia fuese una táctica pensada con frialdad para mantener vivo aquel culto. Pensemos que sus primeros seguidores, los primeros en hacer circular esa noticia, no eran más que unas decenas —como mucho, unos pocos cientos— y no podían tener la menor sospecha del futuro que le aguardaba al cristianismo. Quizá cuando hablaban de resurrección lo hacían con sinceridad, quizá Jesús se le había «aparecido» a su madre, a María Magdalena o a otras personas. En la Antigüedad era moneda corriente el interpretar determinados sueños o visiones como verdades reveladas y no cabe desdeñar la posibilidad de que el iniciador o iniciadora de los rumores creyese de verdad que Jesús se le había aparecido. Pensemos que el más importante transmisor del evangelio cristiano, Pablo de Tarso, nunca conoció a Jesús en persona, pero aseguraba haberlo visto. Había experimentado una aparición y los acólitos de Pablo, que entonces eran casi todos los cristianos del ámbito grecolatino, nunca pusieron en duda la veracidad de esa aparición. Del mismo modo, si algunos años antes María Magdalena o algún otro seguidor de Jesús afirmó que lo había visto resucitado, los demás bien pudieron creer que estaba diciendo la verdad. En términos de la evolución histórica del culto a Jesús, lo importante no es que la resurrección fuese indemostrable, ni tampoco quién la propagó primero, sino que los seguidores de Jesús la consideraron cierta.

La resurrección demostraba que el Mesías no había sido vencido por los enemigos de Israel, los romanos. Si había resucitado aún podía volver para, como se esperaba de él, triunfar y establecer una nueva dinastía. La esperanza en esa «segunda venida», la parusía, se convirtió en uno de los motores fundamentales de la fe cristiana, aunque el significado de la misma fue variando de una generación a la siguiente.

Aún hubo otro problema que los primerísimos cristianos, que eran todos judíos, necesitaban resolver. Incluso conociendo la noticia de la resurrección, que el Mesías hubiese sido crucificado necesitaba una explicación. ¿Por qué morir para después volver? Aquí es donde se introdujo la segunda idea que separó el culto a Jesús de otros cultos similares: combinar la figura del Mesías triunfante —el único Mesías admitido por los judíos— con otras figuras de las que hablaba su tradición religiosa, como aquel enviado de Dios que expiaría los pecados de la humanidad y que, en principio, no estaba identificado con el Mesías (aunque había maneras de identificar ambas figuras a posteriori). Recordemos que, según las viejas profecías, la llegada del nuevo reino de Israel de manos del Mesías vendría precedida por un periodo de purificación en forma de desastres varios, los últimos castigos divinos antes de la salvación de los piadosos. Los primeros seguidores de Jesús propagaron la idea de que Jesús, con la preminencia que le confería ser el Mesías (esto es, un enviado de Dios), había intercedido ante el propio Yahvé para evitar que la dolorosa purificación involucrase al resto de sus congéneres. Para evitar ese último periodo de desastres y sufrimiento, Jesús se había entregado de manera voluntaria al sacrificio, permitiendo que todos los pecados fuesen expiados en su propia persona. Jesús, de esta manera, se había convertido en el Cordero de Dios.

La novedad de esta visión no consistía en la novedad de sus partes, todas ellas extraídas de la tradición judía, sino en la unión de todas ellas. La conversión del Mesías triunfante en un Mesías sufriente que moriría y resucitaría antes de regresar para triunfar. Esta idea fue sin duda una elaboración posterior a la crucifixión, pero queda claro que apareció muy pronto porque las cartas de Pablo de Tarso, escritas unos veinte años después de la muerte de Jesús (y anteriores por décadas a cualquier Evangelio), ya contienen una visión muy elaborada de este concepto.

La hipótesis del Jesús mítico

La ruptura entre el Mesías tradicional y un Mesías crucificado es tan sorprendente en el contexto del judaísmo de entonces que ha llevado a algunos a formular la hipótesis de que Jesús fue una invención grecorromana sobre la que fundar una nueva religión. Los historiadores desdeñan esta idea por muchos motivos. Primero, la figura del Cordero de Dios, como hemos visto, tiene hondas raíces en la mitología israelita. El entregarse al sacrificio propio para expiar pecados ajenos, demostración definitiva de mansedumbre, era una idea querida de la religión israelita. Nunca había sido asociada al Mesías triunfante y en eso consistía la única ruptura, pero, una vez extendida la noticia de la resurrección, podía encajar en la mentalidad de una minoría de judíos de la corriente farisea, en especial los que, como Jesús, valoraban esa mansedumbre como un valor moral capital.

Por otra parte, los primeros textos cristianos conocidos, las epístolas paulinas (las auténticas, que son siete), tampoco describen una «nueva» religión, sino el intento de extender la salvación prometida a los judíos para que se aplicase también a los gentiles. Y si la admisión de los gentiles en la salvación era una de las principales obsesiones de Pablo, eso demuestra que el culto al Jesús resucitado se originó como un culto exclusivamente judío y no como una invención grecorromana.

El Jesús de los Evangelios, sobre todo el de Marcos, también es demasiado judío como para pensar que fue una creación grecorromana y menos todavía fundamentada en elementos paganos. Marcos describe a un Jesús que sigue las tradiciones judías: respeta el Antiguo Testamento, habla en las sinagogas, peregrina a Jerusalén. Incluso muestra serias dudas sobre que los gentiles merezcan la salvación, aunque al final es convencido por una mujer pagana (el pasaje de la mujer sirofenicia que contradice a Jesús sobre los gentiles, haciéndole cambiar de opinión por única vez en todo el relato). Esta información básica acerca del indiscutible judaísmo de Jesús estaba tan imbuida en la tradición temprana que el cristianismo posterior, incluso en sus periodos de mayor antisemitismo, jamás pudo modificarla. De haber sido Jesús una creación pagana, no hubiese sido modelado con tanta precisión sobre la típica plantilla de un profeta apocalíptico judío de Palestina.

Los elementos paganos que sí aparecieron después en el cristianismo fueron adaptaciones a la mentalidad romana o reinterpretaciones de elementos que la tradición judía había tenido en común con otras religiones antiguas. Por ejemplo, el que la fiesta de la Navidad tenga raíces paganas y no celebrase en origen el nacimiento de Jesús es algo que nada tiene que ver con la tradición cristiana temprana. Muchos elementos navideños como el portal, la estrella de Belén o los Reyes Magos están en los Evangelios y tienen claro simbolismo judío (en especial la asimilación de Jesús al linaje real de David), pero el celebrarlos en determinadas fechas o asociarlos a otros elementos que no son judíos se explica mejor por conveniencia cultural posterior que por la idea de que la figura de Jesús en su forma original fue modelada en torno a mitos paganos, porque no lo fue. Lo mismo sucede con elementos procedentes de los dioses solares, etc. Leyendo el Evangelio de Marcos es imposible pensar que el autor de la narración se basó en elementos paganos para retratar la figura de Jesús. Lo que el texto describe, insisto, son las andanzas de un característico profeta apocalíptico judío del siglo I.

Eso sí, el que la idea judía del Cordero de Dios fuese a obtener tanto éxito en el mundo pagano grecorromano es algo que requiere explicación. La veremos con detalle más adelante, pero, por anticipar, se puede decir que no fue un fenómeno tan sorprendente. Lejos de considerar la extensión del cristianismo como un «milagro» —como decían los apologistas cristianos en tiempos pasados—, cabe pensar que estuvo propiciada por dos características básicas del propio culto a Jesús. El cristianismo grecorromano ofrecía cosas que ninguna otra religión de la época podía ofrecer, exceptuando al judaísmo, del que las había tomado. Pero además ofrecía algo que ni siquiera el judaísmo estaba dispuesto a conceder: la salvación universal. Al contrario que el judaísmo tradicional, el cristianismo no requería de costosos requisitos de entrada ni de pesadas cargas en forma de normativas estrictas. El Mesías tradicional de los judíos había pedido grandes cosas para considerar a alguien digno de salvación, pero —gracias a la insistencia e influencia de Pablo de Tarso— el nuevo Mesías, Jesús, no pedía casi nada. Todos los sacrificios necesarios los había asumido sobre su propia persona, en la cruz. Satisfecho Yahvé con el derramamiento de la sangre del Mesías, el Cordero de Dios, el cristianismo podía prometer la salvación a un precio asequible: bastaba con la fe.

(Continuará)

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38 comentarios

  1. Oppiano Licario

    Te quedas con los fragmentos que te convienen de las Escrituras y los mezclas con opiniones personales y afirmaciones gratuitas y el resultado es este McArticulo destinado a un consumidor muy concreto: aquel que sabes que no se va a molestar en contrastar nada.
    Ninguna referencia para apuntalar sus opiniones, como de costumbre en el autor.

    • A su juicio, ¿qué otros fragmentos de las Escrituras el autor convenientemente decidió soslayar?

      Coincido con que debería señalar sus referencias. Aspiro a que lo haga con la última entrega de esta serie de artículos.

      • Oppiano Licario

        Habla del sincretismo como quien acaba de descubrir la rueda (“Los relatos míticos de religiones anteriores influyen en los de las posteriores, Wow! ¡qué descubrimiento!”)

        Y ya solo el hecho de que no nombre la Fuente Q en ninguno de sus artículos demuestra que, o es un aficionado, u oculta información relevante adrede para quedase solo con (aquellos fragmentos de) el Evangelio de Marcos que apoyen su visión de un Jesús sombrío y cortito. Si nombrase la Fuente Q sabe que entonces tendría que dar cabida al resto de Sinópticos, y eso iría contra el retrato deformado que quiere dibujar.

        Hay muchas maneras de mentir, pero el mezclar ciertas verdades parciales con meras opiniones personales es de tener ya mala leche. La misma táctica del comercial puerta por puerta que quiere colocarte algo.

  2. Javier

    El autor es tendencioso e interpreta la Biblia a su antojo y para que diga en cada momento lo que le interesa. Por ejemplo, con el Árbol del conocimiento del bien y del mal, Dios no “está tendiendo una trampa para que pequen y poder así condenarlos a la expulsión del paraíso”. Esa interpretación es absurda, ese no es el Dios cristiano. Dios crea al hombre libre y la única forma de hacerlo libre es dándole la posibilidad de pecar. El Árbol del conocimiento representa la posibilidad de que el hombre se revele frente a Dios y pretenda reemplazarlo. Eso es justamente lo que está ocurriendo. El hombre hoy ha dado la espalda a Dios y ha puesto su fe en dioses falsos como la ciencia o la naturaleza. La gran paradoja del ateísmo es que dejar de creer en Dios requiere un acto de fe tremendo ya que hay renunciar a la inteligibilidad del universo, aceptar que la moral sería algo subjetivo e ilusorio y finalmente que la vida no tendría ningún propósito. Terrible y aterrador. Ningún hombre puede vivir así y por eso la necesidad de buscar otros dioses sustitutorios. Esa es la disyuntiva que se plantea con el jardín del Edén.

    • Estelios

      Su interpretación entonces es la única correcta y no basada en lo que se le antoje entonces.

    • Tergiversador de Enredos

      “El hombre de hoy ha dado la espalda a Dios y ha puesto su fe en dioses falsos como la ciencia y la naturaleza”.

      Sr. Javier, le propongo verlo de otra manera: El hombre de hoy le ha dado la espalda a algo que no puede ver ni tocar ni demostrar, sospechosamente parecido a un autoengaño que lo fía todo a tirarse de cabeza a un abismo sin red, y ha puesto su fe en aquello que puede ver, tocar y demostrar, y en lugar de conformarse con un salto a ciegas, tratar de saber al menos qué puede haber tras el salto.
      Si me va a decir que la ciencia es un dios falso, por favor, no lo haga a través de un ordenador o un teléfono móvil, que representan el triunfo de la ciencia.

      • Javier

        Yo no planteo un falso dilema entre fe y ciencia. Por supuesto la fe y la ciencia no son incompatibles. Es más, la fe es necesaria en la ciencia. Todo científico es un hombre de fe ya que cree que la naturaleza se rige por leyes. Mi opinión es que todos los hombres tienen fe crean o no en Dios.

        Los primeros grandes científicos, Galileo, Kepler o Newton, fueron todos creyentes. Esto no es casualidad. Al creer que Dios creó el universo y el hombre estar hecho a imagen y semejanza de Dios, comprendieron que el universo debía ser inteligible y buscaron las leyes que lo regían. El problema es que hoy muchos piensan que la ciencia es la única forma de conocimiento válido. Pero eso tiene unas consecuencias que no se deben soslayar. Ya he enumerado algunas pero lo vuelvo a hacer ampliando un poco:

        1.- El universo no se puede explicar por sí mismo. En realidad nada se puede explicar por sí mismo excepto Dios. Si la explicación del universo es el propio universo caemos en una contradicción y renunciamos a su inteligibilidad. El universo y las leyes que lo rigen requieren de una inteligencia creadora.
        2.- Este universo es moral. El hombre se pregunta por el bien y por el mal, tiene libre albedrío del que se deriva la moral y busca la justicia. El problema es similar al del universo, si el bien y el mal dependen únicamente del hombre entonces son subjetivos y cualquier moral es ilusoria. No tenemos criterios para determinar cuándo un acto es bueno o malo y no tenemos autoridad para hacer justicia. Aquí alguno podrá aducir el contrato social rousseauniano, pero yo cómo ser individual siempre podré decir que no acepto ese contrato y que no me considero obligado por él.
        3.- Supongamos que la única explicación válida para la vida fuera lo que hoy dice la ciencia: nuestra vida no tiene otro propósito que la preservación y reproducción de nuestros genes. Ya esto requeriría explicar por qué es así. Pero es que además, de forma subjetiva, ninguno aceptamos eso o, por lo menos, nos engañamos actuando cómo si no fuera así. Si estuviéramos absolutamente seguros de que la vida no tiene ningún propósito, de que nuestra conciencia es una mera ilusión generada por reacciones químicas en nuestras neuronas, de que las emociones cómo el amor son meros placebos, de que al morir desaparecemos; ¿para qué amar?, ¿para qué sufrir?, ¿para qué vivir?. Me anticipo a una posible respuesta: Si me decís que no podemos escapar de nuestros genes y que precisamente la religión es una forma de respuesta creada por ellos, os preguntaría: ¿cómo lo sabéis?, ¿os la han dicho vuestros genes?, ¿y vosotros os fiáis de vuestros genes si decís que los genes nos engañan?

        En resumen, la ciencia no ha respondido a ninguna de las cuestiones fundamentales y probablemente nunca lo hará. Las demostraciones científicas son siempre provisionales e incompletas y no han podido descartar la hipótesis de Dios que sigue siendo la más razonable. Yo diría que es justo lo contrario, los descubrimientos científicos no hacen sino confirmar que Dios es una condición necesaria y suficiente.

        • perzolaga

          «… no han podido descartar la hipótesis de Dios que sigue siendo la más razonable»

          Qué cosas tiene el lenguaje, la fe es lo más razonable. Deliciosa ironía

        • Tergiversador de Enredos

          «… no han podido descartar la hipótesis de Dios que sigue siendo la más razonable»
          Existe una enorme distancia entre “no descartar” y “demostrar”. Puestos a “no descartar”, tampoco ha quedado descartado que seamos el resultado del experimento de una raza alienígena. En la maravillosa novela “Las sirenas de Titán”, Kurt Vonnegut, en el tono jocoso que le caracterizaba, aventura la posibilidad de que la razón de ser de la humanidad sea desarrollar la tecnología que necesita una nave alienígena varada desde hace cientos de miles de años en el satélite saturniano, para poder continuar su viaje diplomático. Esta posibilidad no está descartada, por cierto.
          En la conclusión del interesante “El gran diseño”, escrito a dos manos y un sintetizador de voz por Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, se llegaba a la conclusión de que más allá del Big Bang no sabíamos qué había, y por lo tanto ahí cabía perfectamente la posibilidad de existencia de un creador, de un “diseñador”.
          Pues claro que cabe dicha posibilidad; ¡como que no ha sido descartada!
          Que es lo mismo que decir que oye, que ni idea, que igual lo que hay “al otro lado”, como decía un compañero que tuve en la EGB, son hormigas gigantes de Andrómeda. Nadie lo ha descartado.

          En cuanto a la hipótesis más razonable, ni mucho menos me parece que sea la del creador. El principio antrópico, por ejemplo, parece “infinitamente” más razonable (nótese el irónico uso de las comillas). Las matemáticas respaldan la existencia de una casi infinitud de universos posibles (diez elevado a quinientos). Entiendo la dificultad de aceptar un universo que se justifica a sí mismo, que existe por sí mismo, pero ¿acaso no es lo mismo que habríamos de aceptar en el caso de dios?
          Sinceramente, la creencia en la existencia de dios nos exige una suspensión de la incredulidad considerablemente mayor.

        • Desmontando por párrafos sus absurdos argumentos. Si resulto paternalista o irónico es porque ya me resulta tedioso rebajarme a explicar a un adulto hecho y derecho que 2+2=4.

          -(Párrafo 1 donde afirma que fe y ciencia no son incompatibles): Típico mecanismo de defensa del creyente que, acorralado por las apabullantes evidencias de que los dioses son un constructo humano, claudica pero solo a medias equiparando nada menos que la fe a la ciencia, subordinando esta a mero apéndice de aquella porque para que el hombre crea en la ciencia necesita fe, arramblando no solo con el sentido común sino con el empirismo (¿le suena de algo el binomio ensayo-error?) que constituye un pilar insoslayable de la ciencia y metodología científica.

          (Párrafo 2, sobre la religiosidad de los científicos de la antigüedad): Si no usase argumentos tan pedestres no le tendría que recordar el poder que la Iglesia ha detentado desde que se inventó, dictando condenas a la hoguera a quien osase cuestionar sus ridículos planteamientos. Eso inevitablemente infundía un pavor colosal incluso a quienes en su fuero interno sabían que la doctrina religiosa era pura patraña. No niego que hubiera científicos creyentes en la antigüedad, pero aquí entra otro factor a considerar, y es que a día de hoy cualquier alumno de la ESO sabe más que cualquier eminencia surgida desde que el homo sapiens se irguió hasta nuestros días, fruto del conocimiento acumulado durante siglos disponible a cualquiera que quiera saber algo. En la actualidad cada vez son menos los científicos que creen en un Dios omnipotente, y aquellos que se consideran religiosos lo son por haber sido criados como tales o vivir en países donde la religión ejerce una presión brutal. En puridad, nadie que se dedique a la ciencia puede sostener la existencia de un dios sin que en su fuero interno no se generen dudas y contradicciones.

          -(Párrafos subsiguientes donde se evidencia la mezcla de medicamentos junto a la enajenación mental): ¿Qué por qué amar, vivir o sufrir? Porque somos seres racionales sometidos a emociones, que son desencadenadas por reacciones químicas a su vez integradas por multitud de elementos, átomos y moléculas de que estamos compuestos. Dicho de forma más prosaica, porque toda esa sopa química provoca que lloremos ante una pérdida, nos enamoremos y desenamoremos, riamos, suframos, angustiemos etc. y contribuyen a desarrollarnos como especie gracias a la invención del lenguaje articulado, las bellas artes, la tecnología que nos permite viajar o interactuar con gente en cualquier lugar del mundo etc.

          Claro que las demostraciones científicas son provisionales e incompletas (NO TODAS), pero es que la ciencia admite y reconoce tal extremo, al contrario que la religión que dice que “por mis santos cojones hay que creer en esto y no en aquello” sin aportar ninguna prueba concluyente. Insisto, NINGUNA PRUEBA CONCLUYENTE. De hecho, muchos postulados científicos como la teoría de la evolución son imposibles de demostrar porque no se puede retroceder en el tiempo para ir catalogando y anotando los cambios fisonómicos de las millones de especies conocidas. Otros, como la existencia de los agujeros negros esbozados por Einstein o el Big Bang de Hawking, ya están siendo corroborados gracias a la acción coordinada de los radiotelescopios sincronizados de reciente conocimiento, o la detección de las ondas gravitacionales del LIGO de hace un par de años respectivamente. Por no hablar del CERN y el bosón de Higgs. Todas estas teorías fueron formuladas sin disponer de la tecnología necesaria para demostrarlas, pero se basaban en el método científico, la observación, rigurosidad y ensayo error. La ciencia avanza lenta pero segura. La religión sigue oprimiendo a los ignorantes y matando millones de personas, bien por guerras, bien por proscribir métodos anticonceptivos en los países más subdesarrollados del planeta.

          Tu corolario de que la ciencia no ha podido descartar la existencia de Dios es tan sonrojante que por la misma regla de tres se podría afirmar lo mismo respecto a los elfos, hadas, duendes, Santa Claus, Los Reyes Magos o Los Pitufos.

          Si vas a argumentar honra ese verbo, de lo contrario, y so pena de caer en el más absoluto de los ridículos, simplemente di que tienes fe en la existencia de Dios y punto, pero no intentes meter las cochambrosas zarpas de la religión en el terreno de la ciencia, esa que ha permitido que el hombre aumente en 50 años su esperanza de vida en los últimos 500 años, o esa que permite que pierda el tiempo explicando lo evidente a alguien adulto como si tuviera 4 años a través del protocolo http y el lenguaje html (entre otras capas de programación), esto último otro hallazgo de la ciencia.

          De nada.

          • Javier

            ¡Genial Dani!

            Es usted un ateo prototípico. ¡Enhorabuena! Ha resumido todos los tópicos que los ateos tienen sobre los teístas. Incluso hasta en su tono despreciativo resulta vulgar. Debe ser usted un alumno aventajado de Richard Dawkins.

            Las descalificaciones que utiliza sólo demuestran la debilidad de su posición. Me reitero en que ciencia y fe no son incompatibles. Esto no es un mecanismo de defensa como usted afirma sino que es demostrable históricamente. Es verdad que algunos descubrimientos como el teocentrismo o la teoría de la evolución han planteado dificultades de asimilación pero no contradicen en nada la doctrina cristiana.

            La Iglesia católica ha cometido algunos errores en sus 2.000 años de historia. Pero esos errores no dicen nada sobre la veracidad o falsedad de su doctrina. Sería absurdo descalificar a la ciencia por los cientos de millones de víctimas que la ciencia ha posibilitado pero a usted la parece legítimo hacerlo con la religión. Comparar a Dios con los reyes magos, elfos,… demuestra que usted no sabe de lo que está hablando. Millones de personas intelectualmente brillantes son teístas y ninguna de ellas cree en la “Tetera de Russell”. No se rebaje y póngase al nivel de su oponente. Interesante que haya omitido la respuesta al punto 2 en el que hablo del bien y del mal, ¿es intencionado? Los ejemplos de científicos que le he propuesto no son casuales. Se trata de tres personas de cuya religiosidad no hay duda y cuya fe no fue incompatible con que fueran grandes científicos. Hay muchos más ejemplos pasados y presentes. Por cierto, la teoría del Big Bang no es de Hawking. El primero que la postuló fue George Lamaître, un sacerdote católico (¡vaya!). No sé si sabe que los científicos fueron inicialmente muy reacios a admitir que el universo tuvo un origen, por un lado el universo eterno de aristotélico gozaba de gran prestigio y por otro admitir eso sonaba demasiado parecido a Génesis I.

            En fin, observo que los ateos se ponen nerviosos cuando alguien intenta rebatir su cosmovisión utilizando la razón. La fe teísta no es ciega y tampoco es demostrable científicamente pero está basada en evidencias.

            • Mi tono vulgar no es nada comparado al tratamiento que la religión ha dispensado (y sigue haciéndolo en determinados países) a quienes no tragaban con la sarta de patrañas e idioteces en que está basada. Como dijo el genial Hitchens (y su comentario ninguneando a otro divulgador genial como Dawkins le delata como ignorante, dicho sea de paso), “resulta que ahora, tras más de 2000 años de sangre, pedofilia encubierta y tolerada, guerras, opresión, destrucción y torturas, quienes somos irrespetuosos somos los ateos por denunciar y desenmascarar la morralla y filfa que supone la religión”. Aparte de su simplona y ridícula frase “La ciencia no es incompatible con la religión”, esta perla es para enmarcar : “La fe teísta no es ciega y tampoco es demostrable científicamente pero está basada en evidencias”, equivalente a “La homeopatía no es inconsistente ni demostrable científicamente pero está basada en evidencias”. Y es que, eso es queridos niños, en el fondo y en el mejor de los casos lo que se le puede conceder a la religión: el equivalente a una homeopatía de tipo mental, eso sí, para mentes débiles.

              • Javier

                ¡Qué barbaridades hay que leer! El que las religiones hayan causado males no le da derecho a menospreciar a todos los creyentes. Sus razonamientos son pueriles (dime de qué presumes…). ¿Tengo derecho a descalificarle a usted por los horrores incomparables que han causado los regímenes ateos? No me voy a rebajar a su altura por decencia intelectual.

                • No menosprecio a los creyentes que solamente basan su creencia en la fe, sino a aquellos falaces que intentan equiparar fe y ciencia o subordinar esta a aquella. Esos sí me parecen imbéciles, si usted se da por aludido, ya le dije que en ese caso está de atar. Quien crea simplemente por fe tiene todo mi respeto, porque mucha gente necesita la fe por diversos motivos, quizá episodios traumáticos en su vida etc.

        • turpin

          Encantado de debatir sobre estos asuntos. Sobre el conocimiento o desconocimiento, u ocultaciones del autor sobre teología y Evangelios no puedo opinar, pero sobre los argumentos generales acerca de la existencia de Dios que usted presenta, sí.

          1) “El universo no se puede explicar por sí mismo. En realidad nada se puede explicar por sí mismo excepto Dios. Si la explicación del universo es el propio universo caemos en una contradicción […]”. Pues estamos en las mismas, al final hay algo que se explica por si mismo. Usted lo llama Dios, yo prefiero llamarlo universo. Pero no es equivalente, la cuestión semántica no es trivial. Llamarlo “Dios” implica venir acompañado de una mochila (los mitos religiosos), llamarlo “universo” implica otra (la ciencia, el conocimiento por ensayo-error). Yo me quedo con la segunda, que me parece obvia, pero lo que quiero señalar aquí es que este argumento que usted propone, no demuestra nada, no decanta ninguna balanza.

          2) “Este universo es moral. El hombre se pregunta por el bien y por el mal […]” Inadvertida, pero significativamente, se contradice: no es el universo el que es moral, es el hombre. Aquí yo no voy a invocar a Rosseau, aquí invoco a la Evolución. Lo que entendemos por moral son aquellos comportamientos que producen una optimización de la supervivencia, pero es que la supervivencia (y multiplicación, por tanto), no es un imperativo moral, es algo mecánico (y soy consciente de que esta palabra tiene muy mala prensa, pero en realidad es algo muy lógico y bonito; y también el concepto de “bonito” es una adaptación de lo que funciona, puesto que no puede funcionar de otra manera, y por eso lo consideramos “bonito” o “bueno”). Por ejemplo ¿cuál es la forma más aerodinámica, que ofrece la menor resistencia para, digamos, un coche? Instintivamente pensamos que es la de flecha, como en los típicos deportivos tipo Ferrari. Pero no, es la forma que toman las gotas de lluvia al caer, redondeada. ¿Por qué toman las gotas de lluvia esa forma? No es porque “sepan” que esa es la forma más óptima, es porque no puede ser de otra manera, dado el cómo funciona el mundo físico y las leyes que lo gobiernan. Lo mismo ocurre con la Evolución, es un mecanismo autoexplicativo. Lo que resulta más óptimo lógicamente termina, a lo largo de escalas de tiempo e iteraciones incontables, convirtiéndose en lo predominante. Con la moral (que no viene a ser más que las leyes de comportamiento generales, promediando los individuales que obviamente varían de una persona a otra) pasa lo mismo. Es solamente otra capa evolutiva más, el porqué consideramos buenas ciertas actitudes (cooperación, cierto nivel de altruismo, no matar o robar, pero ojo, solo a los que son de nuestro grupo…) es solo el mecanismo que optimiza la máxima eficiencia, no hay un diseño detrás, no es porque Dios así diferenció “bueno” y “malo”… a no ser que lo traslademos a esas leyes fundamentales, de por qué el universo es así: que Dios sea el creador, el orfebre que diseñó el perfecto mecanismo de la Evolución y de las fuerzas físicas que moldean la gota de lluvia, como paso intermedio o generador de la moral. Ahora pasaré a eso, pero mi objetivo aquí es poner de manifiesto que ese argumento sobre “la moral”, es en modo alguno definitivo: la moral se puede incorporar perfectamente a la visión científica y atea de la existencia (que no es ni triste ni vacía ni nada de eso que suelen echar en cara, despectivamente, los teístas).

          3) “[…] ¿para qué amar?, ¿para qué sufrir?, ¿para qué vivir? […] ¿os la han dicho vuestros genes?, ¿y vosotros os fiáis de vuestros genes si decís que los genes nos engañan?” En fin, aquí no hay mucho que decir puesto que este punto no presenta ningún argumento, sino que es totalmente personal y subjetivo. Para mí, el amor y el sufrimiento derivan de lo que expliqué en el punto anterior, son consecuencias lógicas de las leyes físicas que solo han podido ser descubiertas (work in progress) con una visión científica (otra palabra que tiene mala prensa y a la que se le ha asignado popularmente con una connotación negativa en ciertos sectores, pero que en realidad es maravillosa; la gota de agua que busca el camino más eficiente, porque no puede ser de otra manera), no con la visión religiosa desde luego. Y que sea así, para mí como ateo ni me sume en la banalidad ni en el caos informe de la existencia y el horror vacui: me parece alucinante, y que ese alucine sea el resultado de reacciones químicas en mi cerebro, increíblemente complejas y refinadas a lo largo de millones de años, me genera más alucine, no menos. Esa visión del ateo como alguien cínico, triste y desencantado, incapaz de amar o experimentar la maravilla de la existencia o la belleza… “ateo prototípico”… por favor…

          4) Añado un cuarto punto a los tres que usted ha puesto, para tratar la cuestión del desplazamiento de la mano de Dios como creadora de la moral, a la de creadora del mecanismo de la Evolución que desemboca en la existencia de la moral. Y aquí volvemos al primer punto: ¿qué es lo que explica el principio de todo? Pues yo no tengo la respuesta, pero sé cómo no voy a llamar a esa respuesta: no la voy a llamar Dios. Porque la palabra “Dios” viene acompañada de esa mochila de credos absurdos, que son mitos y leyendas que toman mil y una formas (animismo, espiritualidad, new age, religiones) y que está más que claro que son los primeros intentos de tratar de explicarnos cómo coño funcionan las cosas que no entendemos. Pero claro, cuando empezamos a tomarnos en serio la tarea de buscar, sistemáticamente, esa explicación, hemos visto una y otra vez en la Historia que dejando de lado las explicaciones rápidas y fáciles (los mitos), lo que queda es: ensayo, error, comprobación, método científico. Y siempre, siempre, por mucho que se avance por ese camino, va a haber una elusiva Causa Primera, donde los teístas van a buscar su último, menguante refugio donde comprimir cada vez más forzadamente los Evangelios, el Cristo, el Corán o lo que sea. Mi elección personal es que yo no lo voy a buscar en esos libros, porque son a la vez un atajo y un callejón sin salida. Y es lo que han demostrado históricamente (y no compro lo de que la ciencia existe gracias a la cultura religiosa occidental, por si acaso), cada vez que las explicaciones tradicionales del mundo y su funcionamiento se han visto derrocadas, una y otra vez, por la ciencia. Si usted, o los teístas, a esa Causa Última la quieren llamar Dios, por mí está perfecto siempre que le quiten todo lo que a esta palabra acompaña: mitos, ritos, morales, pecados, infiernos, paraísos, mandamientos, mesías varios… pues entonces bien, aunque claro, entonces todo eso en lo que creen deja de tener mayor sentido. Y eso, no es malo: es más óptimo en el sentido más amplio y también bello de la palabra.

          Y para terminar con un punto de humor: descúbrase usted antes de hablar de Richard Dawkins, pues es el Mesías del Dios de la Biomecánica en la Tierra. Advertido queda :P

          • Javier

            Bien argumentado Turpin. Bastante mejor que otros. La verdad es que sería prolijo contestarle y empezaremos a caer un en circunloquio. Sólo hago un par de aclaraciones: El Dios en el que yo creo no es una inteligencia ciega, sino un Dios personal y lo es precisamente porque el universo es moral (aquí me refiero al universo como moral y no al hombre porque le pongo en el centro de la creación). Pasar del darwinismo biológico al darwinismo social para explicar la moral me parece poco científico. Resulta que el mono evolucionado que es el hombre tiene una cosa que llamamos conciencia y esa conciencia hace que podamos reflexionar sobre el bien y el mal y por eso digo que el concepto de bien y mal si proviniera del hombre sería subjetivo y arbitrario. La naturaleza es cruel y si nos escandalizamos de asesinatos, violaciones,…, tiene que haber algo superior a nuestra naturaleza o nuestra cultura.

            Está bien que reconozca que no sabe de dónde procede el universo y que le daría igual llamar al universo Dios. Pero si usted ve un sistema perfectamente diseñado y ajustado para albergar vida lo lógico sería pensar que hay un Diseñador. Sí, ya sé eso del principio antrópico y del “Dios de las brechas”. Yo creo al revés que usted, no es la religión la que está acorralada, es más bien el cientismo que todo lo reduce a la materia la que no consigue dar respuesta a los verdaderos interrogantes. Por ejemplo, para sacar a Dios del ajuste fino del universo, los científicos se inventan fantasías cómo el multiverso.

            Termino con una pequeña broma. Me parece perfecto que a usted le parezca alucinante un universo sin Dios. Me recuerda usted al personaje de Cifra en Matrix. Pero para la mayoría de las personas creer que esta vida injusta y de sufrimiento no es todo es, una esperanza a la que necesitan aferrarse. Resulta que en términos medios los creyentes son más felices y optimistas que los ateos y por lo tanto son más fecundos. Mientras los hijos se eduquen en familia habrá mas creyentes que ateos. Así que resulta que al final el teísmo es una ventaja evolutiva.

            Por cierto, siempre se critica los horrores que ha causado y causa la religión pero hago una pregunta muy sencilla: ¿Hay algún régimen, nación, civilización,…, manifiestamente ateo que haya traído prosperidad, paz o justicia?, ¿Cuál es el modelo?, ¿la Alemania Nazi, la Rusia de Stalin, la China de Mao? No parece ¿Y la Francia ilustrada, me temo que tampoco?

            • Otra vez mientes y soslayas a propósito: el estalinismo fue un régimen abyecto que mató y purgó por causas totalmente diferentes al ateísmo. Respecto a los nazis, 3/4 parte de las SS eran protestantes. En cuanto a la Francia ilustrada coges el período que te interesa para corroborar tus peregrinos argumentos, y no tienes en cuenta el contexto revolucionario de hace 2 siglos y pico, obviando que desde hace más de 100 años Francia es uno de los países más avanzados (sino el que más) a nivel de garantías y derechos. Comparas 2000 y pico años de opresión, muertes y guerras con puntuales regímenes abyectos, que por supuesto son condenables pero que no han durado más de 80 años en el peor de los casos. Una vez más la estrategia del calamar para defender lo indefendible.
              Dices que los creyentes son más felices que los ateos, de nuevo sin aportar ninguna prueba seria, salvo “porque soy creyente y por mis santos cojones soy más feliz que un ateo”. Luego la guinda de que mientras haya familias habrá creyentes porque los hijos son educados así, como si no hubiera (cada vez más) menos bautizos, bodas y comuniones. Anteriormente has comentado que si piensas como un ateo caes en contradicciones. Supongo que siendo religioso todo es lógico y coherente. Respóndeme:

              1).¿Crees que el universo tiene 6000 años aproximadamente (tomando lo que cuenta el Antiguo Testamento)? En caso afirmativo, ¿te suenan Altamira, Atapuerca, los dinosaurios, las dinastías orientales etc.?

              2). ¿Crees que está bien enseñar a un niño que irá al infierno si se porta mal?

              3). ¿Crees que es bueno mutilar (circuncisión, ablación) a un niño en nombre de un Dios estúpido?

              4). ¿Por qué tu Dios es el bueno y no Yahvé, Alá?

              5).¿Sabías que la Biblia es un cutre refrito y copia y pega de textos persas, hindúes, abráhmicos, zoroastristas etc.?

              Si has respondido afirmativamente a alguna de las 3 primeras preguntas estás de atar.

              Si has respondido negativamente a la quinta pregunta te sugiero que te documentes más antes de soltar discursos de “wishful thinking”.

              En cuanto a la cuarta, tú mismo.

              • Donde dije que 3/4 partes de las SS eran protestantes faltó añadir “y católicas”.

                • Cassian

                  El señor Javier también ha preferido obviar el régimen fascista de Mussolini y su connivencia con la Iglesia, amén de, sin irse muy lejos, a la dictadura genocida nacionalCATÓLICA de Francisco Franco. Por no hablar ya de los regímenes teocráticos del radicalismo islámico. Hace unos excelentes ejercicios de cherry picking.

                  Porque mira, si uno tiene fe pues la tiene y ya está, qué le vamos a hacer, puede que incluso sea una suerte para enfrentarse a las mierdas de la vida. Pero no nos vengan con racionalizaciones hipócritas, por favor.

                  • Javier

                    Lo que intento explicar es que no se puede criticar una cosmovisión porque otros la hayan utilizado para matar. Y resulta que mucha gente no se da cuenta de que si critica la religión por el daño que ha causado, el argumento también puede funcionar al revés y volverse en su contra.

              • Javier

                Mi argumentación es justo la contraria de la que plantea. No voy a criticar sus creencias porque se haya matado apoyándose en ellas. Intelectualmente eso es absurdo. Pero si Stalin pudo matar sin tasa es precisamente por haber comprendido que como decía el Iván Karamazov de Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Esta es mi tesis central, la moral sin Dios es subjetiva. Por cierto, Dostoievski en Los Demonios ya anticipó en décadas el desastre que se avecinaba sobre Rusia por haberse hecho atea.

                ¿Qué en nombre de Dios también se ha matado? Por supuesto y esto es igualmente condenable. Pero todo hay que analizarlo en su debido contexto. Por ejemplo, la Inquisición española ajustició entre 2.000 y 15.000 personas en casi 400 años. Sólo en el gobierno del Terror de Robespierre que duró menos de dos años rodaron entre 16.000 y 35.000 cabezas. Pero insisto esa no es mi línea argumental.

                Tengo claro que el ser humano sin Dios está perdido. Pero no voy a caer en el error de pensar que creer es suficiente. Efectivamente en nombre de Dios se hacen auténticas burradas. La mayor fue matar a su Hijo.

                Voy a responder a las cinco preguntas que me hace, supongo que no le decepcionará la respuesta:

                1) Creo que la interpretación del Antiguo Testamento no se debe hacer literalmente y que no contiene ciencia.
                2) Creo que Dios es justo y que la justicia requiere que haya premio y castigo aunque sinceramente no entiendo la condenación eterna.
                3) Creo que Dios no puede querer eso.
                4) Se trata del mismo Dios. He estudiado varias religiones y creo que la cristiana es superior. Creo que todos los hombres, al estar hechos a imagen y semejanza de Dios, pueden llegar a Él por distintos caminos. Es más, tengo la intuición de que un día un camino será la ciencia.
                5) Hay muchos temas que se repiten en todas las religiones y el Antiguo Testamento no es una excepción. Ver punto 4. Creo que el Nuevo Testamento es histórico en su mayor parte y que Cristo murió por nuestros pecados y que resucitó.

                Nadie que se comporte como un teísta convencido puede causar daño a otros seres humanos. Pero los hombres no somos perfectos y cometemos errores. Creo que la religión y las iglesias son guías que facilitan el camino aunque en ocasiones también pueden ser un obstáculo.

                • Otro ejemplo de cinismo y cherry-picking. Usted coge el ejemplo de Robespierre pero obvia la pederastia encubierta en el seno de la Iglesia, que ha traumatizado ha centenares de miles de personas a lo largo y ancho de la historia. Eso no es cuantificable por cuanto no han podido denunciar hasta muy recientemente, y aun así, la resistencia y trabas que se encuentran por parte de su Iglesia son absolutamente repugnantes.

                  “Tengo claro que el ser humano sin Dios está perdido”. Aquí te faltan nociones de ética, moral o filosofía. La moral no deriva de la religión, sino que la precede. Cuando en los albores de los tiempos los neandertales y demás tribus pre humanas iban en manada, ya existía una noción básica de moralidad derivada del instinto de protección hacia los suyos. Yo, y millones como yo, no tenemos ningún Dios y le aseguro que tengo mucha más moral y ética que los hipócritas religiosos que se comportan como hijos de puta durante la semana y el domingo resetean el contador gracias al hipócrita sacramento de la confesión.

                  Sobre sus respuestas:
                  1). ¿Entonces a qué se atiene usted? ¿Me puede decir o aclarar que si Dios creó el mundo en 6 días y todas esas putas mierdas bíblicas lo de los millones de años de evolución es una patraña?

                  4). Otro ejemplo de voluntarismo, en este caso salpicado con una asquerosa superioridad moral: “Mi religión es la mejor porque lo digo yo”. De que se trata el mismo Dios ya había llegado yo a esa evidente conclusión, gracias por el espoiler, igual que la mitogía de su Dios que cataloga de superior proviene de tradiciones abrámicas, zoroastristas, que además en su concepción es el dios de los judíos, no de los cristianos. Luego la patente de originalidad, en el mejor de los casos es judía y no cristiana.

                  5). Nuevo ejemplo de voluntarismo y “creo esto porque lo digo yo” etc. Si usted cree que Cristo murió y resucitó sin aportar ninguna prueba (nada nuevo bajo el sol, como toda su argumentación), respeto que usted crea eso, pero en cambio seré beligerante con usted y con quienes creyendo ESO ensucien la ciencia con la religión.

            • turpin

              Efectivamente podríamos entrar en un debate interminable, así que dejo yo también algunas aclaraciones a su comentario.

              “Por ejemplo, para sacar a Dios del ajuste fino del universo, los científicos se inventan fantasías cómo el multiverso.” La ciencia no se inventa fantasías, eso es el terreno de juego de la religión. El principal problema (aparte de que puede haber científicos deshonestos o farsantes, como en cualquier grupo humano) es cómo le llega a la gente lo dice la ciencia y, sobre todo, como funciona. Su frase es una muestra de ello. Las noticias científicas suelen llegar en forma de titulares y redacciones que eliminan los imprescindibles matices y se centran en lo espectacular. La ciencia no dice que existan multiversos, son simplemente propuestas de modelos que indagan en posibilidades matemáticas desarrolladas en base a lo conocido y probado, y tratan de investigar vías que quizá en un futuro puedan ser más sólidamente establecidas, sabiendo que la mayoría de ellas serán vías muertas. Nadie en la ciencia afirma que los modelos cosmológicos más en el límite, como los multiversos, son hechos probados, pero a veces sale en un periódico una reseña de un trabajo al respecto, y mucha gente se queda con esa idea y, en ocasiones como ha hecho usted, la usan como arma arrojadiza. En cualquier caso, ¿qué otra manera hay de trabajar en ampliar el conocimiento de lo que nos rodea y de las grandes preguntas que investigar, probar, proponer, validar o refutar en base a las herramientas (física, matemáticas…) que se han probado que funcionan? Y de todas formas, prefiero la “fantasía” de los multiversos, que alguien se ha currado tomando como base lo que sabemos que funciona e intenta llevarlo de manera tentativa un poco más allá; a las fantasías del nazareno que resucita y que fue concebido mágicamente (o cualquier otra de otras religiones). De fantasías, no pueden precisamente acusar al resto.

              “Está bien que reconozca que no sabe de dónde procede el universo y que le daría igual llamar al universo Dios”. No me da igual en absoluto, y creo que lo dejé claro en mi comentario anterior. La palara Dios tiene una carga histórica y cultural de la que no se puede desprender, a pesar de que en los últimos dos siglos los teístas han tenido que ir soltando lastre, a regañadientes. Lo que venía a decir es que por llegar a un compromiso, si alguien que viene de posturas teístas, a la Causa Última la prefiere llamar Dios (por su herencia cultural y personal), lo acepto siempre que la despoje de toda la mitología religiosa y moral ad-hoc que la acompaña, porque no es más que eso, otra mitología más como puede ser la vikinga o la de las islas Fidji. Y, añadía, entonces la palabra “Dios” pierde su sentido, porque no puede existir sin todo ese acompañamiento.

              Y, por no alargarme más (replicaría más cosas, pero bueno), retuerzo una vuelta más su broma final: el gran problema de la Humanidad es el consumo exponencial de unos recursos finitos, derivados del aumento de la población. Es un caso bien estudiado en la ciencia evolutiva, cuando una especie no tiene competencia acaba devorando todos los recursos disponibles hasta que termina con ellos y acaba extinguiéndose. Así que el teísmo ese que se reproduce alegremente y sin control, a día de hoy (en su momento no niego que tuvo su sentido, ya superado) es contrario a la supervivencia del hombre, y por tanto es el ateísmo el que nos salvará, resultando ser una mejora evolutiva que acabará imponiéndose por lógica :P

    • Rafael Arenas

      Rebele…

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  4. Javier

    Mi interpretación no es la correcta, es simplemente la que yo creo que es correcta. Argumente, por favor.

    El autor pretende explicarnos cómo era el Jesús real frente al que describen los evangelios. Me parece interesante lo que tenga que decir sobre el tema. El problema está cuando afirma cosas que están en contradicción con los textos bíblicos y con el magisterio de la Iglesia cayendo en la falacia del hombre de paja.

    • No entiendo por qué argumentar sobre la mayor mentira de la historia de la humanidad. Debatir sobre un personaje inventado cuyo rigor histórico es el mismo que el de Los Reyes Magos o los elfos.

      • Javier

        Me temo que en esto también yerra. Hoy casi ningún historiador, ateos incluidos, duda de que Jesús sea un personaje histórico.

        • Mientes a sabiendas, te vas a condenar si incumples el octavo mandamiento de tu ridícula religión. Menciona algún historiador que no sea de parte o pertenezca a la historiografía cristiana. No hay ninguna prueba de la existencia de Jesucristo como personaje histórico. Los escritos más antiguos que hablan de Jesucristo como tal datan de casi un siglo después de su muerte, por Flavio Josepho. Con ningún personaje histórico sucede eso, blanco y en botella. Créete lo que quieras, yo te ofrezco datos contrastados, tú afirmas sin aportar más que creencia y voluntarismo.

          • Javier

            Pues te pongo tres ejemplos de estudiosos no creyentes que sin embargo no tienen dudas de la existencia histórica de Jesús que cita en su libro “Disparando contra Dios” el profesor John Lennox:

            Gerd Lüdemann, John Dominic Crossan, Ed Parish Sanders

            Aunque si simplemente leyeras los evangelios con una mente libre de prejuicios comprobarás que es imposible que se trate de una falsificación. No te voy a hacer “spoiler” para que lo descubras por ti mismo.

            PD: Por cierto, es una delicia ver cómo Lennox destroza en cada debate en los que ha participado a tus admirados Dawkins y Hitchens. Te recomiendo que busques los vídeos aunque debes tomarte un protector gástrico antes.

            • Otro ejemplo de “patada hacia delante” y nulo razonamiento. He visto todos los debates del gran Hitchens, he leído su excelente e imprescindible e irrefutable “Dios no es bueno”, y lo que usted cataloga como “destrozo” no es más que una variante de lo anteriormente dicho en previos mensajes como que “mi religión es superior porque sí”. Lennox se limita, igual que el norteamericano William Lane Craig ha presentar argumentos voluntaristas sin evidencia que los respalde.

              A no ser que creas que “destrozar” es “humillarse”, tu fanatismo con Lennox (voluntarista sin prueba alguna, como todos los que defienden la religión) sería entrañable si tus argumentos y los suyos no fueran tan patéticos e inconsistentes.

  5. esta es la parte final?

  6. eduardo roberto

    Una gran desazón me invade cuando leo los comentarios de quienes saben a ciencia cierta qué quiere dios, o cómo piensa, o cómo actuará, o cómo es su esencia divina. Reconozco que no somos todos iguales y cada uno puede pensar lo que quiera (Por suerte vivimos, por ahora, en un estado de derecho), pero llegar a esos extremos que los coloca muy por encimas de nosotros, simples mortales, me resulta incomprensible además de injusto. Más cuando acuden a la fe para demostrar sus infalibilidades, sin reflexionar que la fe, siempre monolitica, se manifesta inexorablemente después de las intuiciones que pueden ser falsas. Muchas gracias por la lectura del artículo y sus resultados.

  7. Javier

    Eduardo Roberto,

    Nadie le dice en qué debe creer. Crea en lo que le dé la gana. Si usted se siente inferior es también su problema, además soy tan mortal como usted. Yo más que respuestas tengo preguntas para aquellos que no son creyentes. Siempre que he intentado pensar cómo un ateo caigo en contradicciones que no sé como resolver. Por eso siempre pregunto, a ver si algún día tengo suerte y alguien me convence. Mi crítica hacia el autor del artículo es que o no conoce la teología cristiana o la malinterpreta adrede.

    • Yo soy un orgulloso ateo (que tiene mucho más sentido que sentirse orgulloso de una mentira como la religión en cualquiera de sus manifestaciones). Pregúnteme lo que quiera y (nunca mejor dicho) le iluminaré. Eso sí, espere únicamente sentido común y respuestas racionales.

  8. “Il tempo è galant’uomo” dicen los italianos para resumir eventos históricos. Vivimos dentro de él sin darnos cuenta, obedeciendo a las duras leyes de la naturaleza, pero es el tiempo que se encarga de recomponer las cosas que sus habitantes, nosotros, se dedicaron con ahínco a mal presentar e imponer siempre con la fuerza, fantasías incluidas. Ha sido el tiempo, sin prisa y sin pausa, pero con mucho dolor para nuestros antepasados que ha casi borrado la aristocracia, la realeza, llevándola a ocupar el lugar que la democracia le ha señalado (Todavía tenemos algunos representantes, restos fósiles que nadie ha elegido, pero sobre los cuales también el tiempo y la memoria han hecho su trabajo). También el tiempo (con sus consecuencias) ha borrado casi por completo del imaginario colectivo el marxismo. Todavía hay jóvenes ardientes (los más proclives a caer y creer en sus estructuras casi demiúrgicas) que se aferran a tal teoría. Será el tiempo que les cambiará los ojos, la mente y el corazón. Ha sido el tiempo que de a poco, como es en su naturaleza, ha llevado a las mujeres a reclamar el lugar que les corresponde, que no es la cocina y los hijos exclusivamente. Ha sido el tiempo que esta mostrando lo pérfido de la excedencia de dinero que no esté respaldado con el honesto trabajo: las burbujas financieras. Y será el tiempo que se encargará de mandar al olvido las religiones estructuradas, dogmáticas, amenazadoras, discriminadoras y exclusivamente masculinas. Vaya a saber dónde andarán nuestras descendencias en tiempos lejanos, talvez en otra realidad o en otro planeta, pero estoy seguro de que para nada necesitarán de esos tipos de religiones. La moral y lo ético no provienen de ninguna entidad celestial: nuestras madres son las primeras maestras, la educación posterior nuestras mesas examinadoras y la dura vida la puesta en práctica. Y no hay un principio, ni siquiera el big bang lo es, hay una eternidad de universos que cuando mueren es necesario que nazca otro. El dios más oportuno -decía el poeta- es la plenitud de sentirse vivos, y enfermos de alegría contagiar a los otros, es por eso que hoy voy a visitar a mi vecino que hace tiempo no frecuento. Ah! También a mi hermano para ver si me perdona. Entre dos, quién sabe y con esos frágiles y ambiguos lazos familiares se recomponga la cosa. Cocinaré por primera vez para mi amada, aunque el resultado sea un desastre, en definitiva, trataré que la vida no me sea indiferente.

  9. J. I. Cervera

    Jesús de Nazaret

    Hay amistades que duran toda la vida.
    Al principio, en la niñez, creí cada palabra
    que me dijeron sobre él.
    Después, picado por el aguijón del escepticismo,
    no creí nada, ni siquiera que hubiera existido.
    Más tarde, oí a un bardo inglés que dijo:
    “toda creencia es una imagen de la verdad”,
    y contemplé en silencio el misterio que de Jesús brotaba.
    Me acerqué de nuevo a él, escuchando cómo me hablaba,
    con palabras sencillas de sabio,
    de amigo que siempre estuvo ahí, pese a todo.
    Respetaré a quienes creen en él, y a quienes no,
    pero solo al Galileo seré fiel,
    yo, que sin creer ni dejar de creer, solo escucho.

  10. Javier

    Hoy no tengo ganas de discutir. Hoy es un día de silencio y reflexión para los cristianos y para todos los hombres de buena voluntad.

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