Arte y Letras Literatura

Para Carmiña, que nos enseñó a contar

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Carmen Martín Gaite, 1984. Fotografía: Quim Llenas / Getty.

Era la hija del notario de la plaza de los Bandos de Salamanca. Una cría morena y flacucha a la que en casa llamaban cariñosamente Carmiña. Su hermana mayor, Ana María, era la compañera infatigable de todos sus juegos y aventuras. De la mano atravesaron la adolescencia, vivida en la asfixiante España de la posguerra. Y juntas cumplieron el trámite que toda hija de familia bien debía pasar: el de la puesta de largo. Una accidentada puesta de largo. Ese momento entre cómico y tierno en el que a su hermana se le rompió el tacón y besó el suelo lo rescató la ya escritora Carmen Martín Gaite en la dedicatoria de su primera novela larga, Entre visillos:

Para mi hermana Anita, que rodó las escaleras con su primer vestido de noche, y se reía, sentada en el rellano.

La mujer que acuñó la frase «mientras dure la vida, sigamos con el cuento» construyó el cuento de su propia biografía a través de las dedicatorias de sus libros. Sus poemas, novelas o ensayos constituyen una de las obras cumbres de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, pero fue en esas pequeñas píldoras al inicio de cada volumen donde enhebró los claroscuros de su existencia.

Carmiña escribió Entre visillos a escondidas de su marido para presentarlo al mismo premio que él había ganado dos años antes. Y aquella historia, en la que narra cómo es la vida de las chicas de provincias, se alzó con el Nadal en 1957. Su marido era Rafael Sánchez Ferlosio y lo había conocido una década atrás, cuando llegó a la capital con una licenciatura en Filosofía y Letras bajo el brazo dispuesta a hacer el doctorado. El reencuentro con un viejo amigo de sus tiempos en la Universidad de Salamanca, Ignacio Aldecoa, cambió su destino. Aldecoa introdujo a Carmiña en los círculos literarios de aquel Madrid gris. Le presentó a Medardo Fraile, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre… y Sánchez Ferlosio. Un grupo de enfermos de la literatura más interesados por los cafés y las tertulias que por las aulas. Envenenaron a Martín Gaite, que abandonó todos sus planes académicos para volcar sus esfuerzos en la escritura: «Lo único que sé hacer en la vida», diría muchos años después en una entrevista.

Su obra literaria creció al compás de su propia familia. Se casó con Ferlosio el 14 de octubre de 1953 y un año después nació su primer hijo, Miguel. Un bebé que no llegó a cumplir los siete meses. La meningitis se lo arrebató de los brazos y fue la primera vez que Carmiña comprendió que en la vida la felicidad era algo efímero. Dos años después apareció otro relámpago de dicha con la llegada de su hija Marta, a la que bautizaron con el apelativo de la Torci. Convivían entonces la madre y esposa con la escritora. Había ganado el Nadal, el Premio Café Gijón, fue finalista del Biblioteca Breve, pero en las solapas de los libros seguía siendo la mujer de Rafael Sánchez Ferlosio. Ella, que escribía a mano y a la que le gustaba frecuentar bibliotecas, trabajaba en los ratos libres que le dejaban sus obligaciones familiares. «Cuando Marta se duerme a las ocho estoy tan agotada que no puedo leer ni escribir», anotó en uno de sus cuadernos.

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8 comentarios

  1. J.F. Alzate-Aguilera

    Una escritora maravillosa. Y además una traductora genial. La traducción que hizo de ‘Al faro’, de Virginia Woolf, es admirable, porque es capaz de recrear el ambiente, de mantener ese cruce de emociones, de conservar la pulcritud de los diálogos. Estar a la altura de esas descripciones no es nada fácil. No sabía lo de su hija y lamento que haya sufrido lo que sufrió.

  2. Elie Wiesel

    Lara, es uno de los artículos más bonitos y estremecedores que he leído en JotDown. Me ha emocionado de verdad.
    Es una escritora maravillosa que tuvo una vida un poco más triste que la de la mayoría.

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  4. Pingback: CARMEN MARTÍN GAITE – El Camarote de Fernando

  5. Pingback: Diario de la Graciosa 2023: Cruzamos una laguna Estigia – La vida mateixa, fotografia, literatura i política

  6. Mi escritora favorita, que siempre dijo que la culpa es de los trocitos, porque cuando algo se rompe, ya no se puede recomponer, si acaso, de otra manera, pero siempre quedan grietas y muescas que nos recuerdan que lo anterior, no vuelve, no regresa igual; si mantenemos el recuerdo, es porque nos importa realmente, y valoramos lo que significó.

    Ana, La torci, La casa de El Boalo, la piscina que tanto bien le hacía a Calila, para dejar la mente en blanco, los árboles, el torreón donde escribía, los recortes, y las fotografías, los libros, los collage, que siempre la han acompañado, para seguir contando historias corrientes, historias de verdad!

    Tuve la gran fortuna de visitar aquella casa, y llenarme de esos recuerdos.

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