El desafío de Jonás

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Fotografía: Andoni Lubaki

De las construcciones, ¡qué pocas tienen cúpulas como las de San Pedro! De las criaturas, ¡qué pocas son tan vastas como la ballena!

Herman Melville, Moby Dick

Dice que le llamaban la atención las barcas, barcos y botes desde crío; los de madera, eso sí. Los de verdad. Imaginen a un chaval zampándose un cucurucho de karrakelas (‘bígaros’) con la mirada perdida en el casco rojo del Ozentziyo. Se llama Xabier Agote, y contempla desde el muelle de San Sebastián el último atunero de verdad que faenó en estas aguas. Adelantamos ya que esta es una historia que empieza y acaba en el mismo rincón del Cantábrico, pero que atraviesa el Atlántico varias veces. Durante ese periplo, Xabier ha cumplido cincuenta y tres años y, en su santuario de la bahía de Pasajes, hoy son los barcos los que parecen mirarle como si de un padre se tratara. Podría ser porque o los ha construido él, o ha enseñado a otros a hacerlo. Su hijo pródigo es la réplica aún en construcción del San Juan, un pecio vasco del siglo XVI encontrado en Terranova en 1978. Tiene una altura de cuatro pisos, pero no lo veremos hasta el final porque antes hay mucho que contar.

Sin despegar sus intensos ojos azules del Maribeltz, un pequeño batel vasco aún en construcción, Agote recuerda que son las olas y las corrientes las que moldean los barcos, que por eso son tan distintos un pesquero gallego y una faluca egipcia. Dice haber sido testigo de cómo una maestría dictada por los elementos y recogida por los hombres durante siglos sucumbía bajo un poliéster ramplón ajeno a todo legado histórico-antropológico. Quiso aprender; se llama «carpintería de ribera», o «construcción naval de madera». Pero el oficio estaba en las últimas, así que se plantó en Maine con veintipocos. Fue en el museo marítimo del extremo nororiental de Estados Unidos donde Agote se convirtió en constructor.

Selma

Antes de todo aquello, probablemente mientras Agote ensartaba karrakelas con un alfiler frente al atunero, Selma Huxley, historiadora marítima canadiense —e hija de un primo de Aldous Huxley, por si se lo han preguntado— rebuscaba entre los fondos de Oñate (Gipuzkoa) información sobre la presencia vasca en Terranova. Había miles de documentos sobre la pesca del bacalao y la ballena, los puertos y asentamientos en la costa del Labrador y Quebec y, por supuesto, la presencia de galeones vascos hundidos en aquellas gélidas aguas. «Creo que aquí hay algo», exclamó el buzo que inspeccionaba el fondo marino de Red Bay (Terranova). En el verano de 1978, las coordenadas que Selma había rescatado de entre el polvo y las termitas de aquellos archivos dieron con el pecio del San Juan, un ballenero vasco hundido en el invierno de 1565.

Siete veranos de trabajo incesante, catorce mil horas de inmersión, veintidós mil fotografías y mil doscientos dibujos y mapas reconstruyeron la embarcación del siglo XVI más completa hasta la fecha. Hay muchas otras naves hundidas en el Caribe y otras aguas más calientes, pero ninguna tan bien conservada como la protegida por el hiperbóreo mar de Terranova. El resultado de aquel trabajo de arqueología subacuática se publicó en 1985 en National Geographic. Ahora es cuando nos imaginamos a un Agote ojiplático ante la portada que muestra a un buceador sobre la cubierta sumergida del San Juan. Coincidió, además, con su partida a Maine.

También se excavó en tierra, o al menos en la parte que permitía el permafrost de Red Bay. Resulta que la ensenada debe su nombre al color de las tejas que habían traído los balleneros desde el otro lado del Atlántico. Dicen que servían de lastre para estabilizar el barco en su travesía hacia el oeste, y que luego se usaban en la construcción de casas y estructuras portuarias. Permanecerían en pie hasta que una nueva tormenta las reventara contra la bahía, allí donde decenas de miles de cantos rodados de teja se fundían con la sangre de las ballenas que troceaban en tierra. En aquellas excavaciones de finales de los setenta también descubrieron los hornos donde se derretía la grasa de los cetáceos. Luego se almacenaría en barriles que ocupaban el lugar de las tejas, y vuelta al Cantábrico. Hasta ocho mil litros de aceite se podían obtener de una ballena franca, un total de cuarenta barricas cuyo precio equivalente actual sería de unos tres mil euros por unidad. La ballena daba dinero, y este era el acicate para aguantar campañas de entre tres y cuatro meses en continua lucha contra los elementos. Con el aceite se hacía jabón, lubricantes y, sobre todo, se iluminaban las casas. Lo que tocó de muerte al sector fue el uso de keroseno en los candiles en el transcurso del siglo XIX. Caladeros como el de Red Bay desaparecerían entonces del mapa para dejar sitio a lugares en aquel tiempo tan ignotos como Texas o Bakú.

Los indios

Siglos de explotación ballenera al otro lado del Atlántico habrían sido impensables de no haber contado los vascos con la colaboración de los locales. De que la relación entre europeos e indios algonquinos fue fluida dan fe no solo la cantidad de topónimos vascos en la zona, sino también el número de vocablos que la población amerindia incorporó a su lengua: arria, txikota, txalupa, balea, anaia, satan beltza… En 1625, Lope Martínez de Isasti aporta este sorprendente testimonio:

… en región tan remota como Terranova han aprendido los salvajes montañeses con la comunicación que tienen con los marineros, que van cada año por el pescado bacalao, que entre otras cosas preguntándoles en vascuence: nola zaude, como [sic] estás, responden graciosamente Apaizac obeto, los clérigos mejor, sin saber ellos qué cosa es clérigo, sino por haberlo oído.

Los nativos ofrecen pieles de castor a cambio de codiciados calderos de cobre, o incluso hachas conocidas como «vizcaínas», valoradas por los locales hasta el punto de que muchos se hacen enterrar con ellas. Para comunicarse recurrían a un pidgin, una lengua franca en la que se mezclaban su variante del algonquino y el vasco, y que facilitaba intercambios comerciales. También se podía echar mano de un traductor, generalmente un crío que los balleneros dejaban al cuidado de los indios hasta su vuelta. Aunque esto no siempre funcionaba:

«El invierno ha sido tan duro que los nativos de la zona de Gaspe se han comido al muchacho que habían dejado los vascos», dejaba escrito en su bitácora de 1651 el misionero jesuita francés Paul Le Jeune. Los vascos que perdían la vida en aquellas aguas heladas, o en un accidente laboral mientras procesaban las capturas en tierra, eran enterrados en la pequeña y vecina isla de Saddle, donde se han encontrado tumbas con grupos de siete. A las tripulaciones de aquellas chalupas desde las que se arponeaba al cetáceo se las enterraba en la misma fosa.

De la presencia ballenera vasca por el Atlántico norte hablan también dos glosarios del siglo XVII que se conservan en un instituto de Reikiavik. Son setecientas cuarenta y cinco palabras del primer diccionario en otra lengua, después del latín, en la historia de Islandia. En cualquier caso, las relaciones con los nórdicos insulares no eran, ni de lejos, tan fluidas como las que habían entablado con los indios. Hubo que esperar hasta abril de 2015 para que Islandia derogara una ley de 1615 que permitía el asesinato de vascos en el distrito de los Fiordos Occidentales; cuatrocientos años de un edicto emitido cuando un caudillo local, un tal Magnusson, conminó a sus súbditos a matar a una treintena de balleneros vascos que acababan de sufrir un naufragio. Hasta la fecha, aquella sigue siendo la mayor masacre en la historia de Islandia.

Hemos mencionado antes que la irrupción del keroseno en el mercado desbancó al aceite de ballena, pero lo cierto es que, para entonces, la población de cetáceos había sido diezmada. Al principio, ese descenso solo se notaba en Terranova, pero en el siglo XVII ingleses, holandeses, portugueses y daneses se sumaron al grupo de depredadores marinos, rompiendo así el monopolio de los vascos. En 1610, el ballenero inglés Jonas Poole lamenta haber avistado un gran banco de ballenas en Spitsbergen —un archipiélago inhóspito a mil kilómetros del polo norte— y no haber podido cazar ninguna. «Solo los vascos conocen las artes de la pesca de la ballena», recoge el británico en su libro de navegación. En el que es hoy el asentamiento humano permanente habitado más septentrional del globo existe una ‘península de los vizcaínos’, Biscayarhalvøya, y también un glaciar al que llamaron Biscayarfonna.

No obstante, navegar cada vez más hacia el Ártico era más difícil, más caro y, por supuesto, menos rentable, por lo que muchos de aquellos buques que habían sobrevivido a los embates más brutales del Atlántico norte acabarían pudriéndose en puerto. Los más afortunados pasaron de explorar el indómito Ártico a languidecer en la ruta Burdeos-Londres. Las antiguas barricas de aceite de ballena irían ahora rellenas de vino francés.

El bosque

Antes de que los vascos llegaran al Nuevo Mundo, la pesca de cetáceos era común a toda la costa cantábrica. El paso invernal de la ballena franca mantenía a toda la cornisa vigilante desde atalayas sobre el mar. Desde Coruña hasta Gipuzkoa, un avistamiento se podía anunciar con un fuego, tañendo una campana o, simplemente, voceando montaña abajo y las chalupas saldrían inmediatamente después en busca de su presa. Ya habrán adivinado que este es el origen de las traineras. No se sabe si fue la ausencia de presas o una codicia insaciable lo que llevó a los vascos a liderar una aventura de esa envergadura. Sea como fuere, Agote habla de una cultura marítima vasca que quedó a la sombra, dice, «de esa imagen pastoril que este pueblo heredó del romanticismo del siglo XIX».

Sabemos que los vascos se echaron al océano, pero también que este rompió tierra adentro. La chalupa ballenera y el propio leviatán se reproducen en sellos medievales y dinteles de caseríos, pero el mar llega mucho más allá de los pueblos cercanos a la costa. Paseando por bosques como los de la Sakana (Navarra) no hace falta ser un gran observador para fijarse en que muchos de los árboles presentan formas extrañas a primera vista. Vistos a contraluz hasta nos parece que veamos a alguien pidiendo ayuda, levantado los brazos entre la espesura. Se les llama ipinabarro y son árboles manipulados en busca de la forma de la parte del barco en la que se convertirían. Piensen en los años que necesitan robles y hayas para hacerse mayores y les dará una idea de las raíces que tenía una industria cuya materia prima era cortada y moldeada por los nietos, o los nietos de los nietos. En muchos de esos bosques repiqueteaba el sonido del martinete; el de las ferrerías que producían clavos, cadenas, pernos y anclas para los buques, así como todo tipo de armas. En el siglo XVI se calcula que el 10 % del hierro que se producía en Europa procedía del País Vasco. Solo en Bizkaia y Gipuzkoa se contaban alrededor de trescientas ferrerías.

Probablemente desconfíen al leer que las sidrerías eran igualmente importantes, pero tengan paciencia. Sigan leyendo. Dado que el agua no resiste tantos meses en una barrica, la sidra, de baja graduación alcohólica, era una buena alternativa. Además de hidratar aportaba una inestimable cantidad de vitamina C que, entre otras cosas, impedía que los marineros sufrieran de escorbuto. Al igual que ocurría con la madera o el hierro, la producción era industrial. No es casualidad que la mayoría de las sidrerías vascas se concentren en el rincón oriental del Cantábrico.

La factoría

Necesitábamos dar este rodeo transoceánico para entender algo mejor el lugar en el que nos cita el constructor. Mencionábamos cierto «santuario» al comienzo de este viaje. Se llama Albaola. Vivimos tiempos extraños, en los que se reconstruye un galeón vasco del siglo XVI justo al lado de un barco de vapor de los años treinta abandonado. Si buscan el lugar en Google Earth verán la preciosa draga Jaizkibel languidecer a las puertas de la factoría, como si se tratara de un perro viejo al que han dejado en la calle. Los barcos una vez fuera del agua son objetos inútiles que, además, ocupan demasiado espacio. El galeón, sin embargo, resulta útil ya antes de ser botado.

Albaola cuenta con una exposición: maquetas, infografías, diaporamas y, sobre todo, esas figuras de marineros vascos del siglo XVI a tamaño real sobre una chalupa que uno no puede dejar de mirar. Todo el conjunto contribuye a ilustrar la aventura oceánica cuyas líneas generales ya hemos trazado. Es aquí donde nos enteramos también de que el legado arqueológico de Red Bay fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2013, y que también cuenta con un museo. Con sus más de cien habitantes, es uno de los pocos pueblos que ha sobrevivido al éxodo de los terranovenses. Soportaron las tormentas y ventiscas con las que les castigaba el Atlántico norte durante siglos, pero el saqueo del bacalao a manos de arrastreros extranjeros, a finales del siglo XX, acabó por despoblar una isla ya de por si inhóspita.

Dejando atrás la exposición accedemos al taller. Agote explica que ha intentado trasladar el modelo de Maine, sin clases teóricas que mantengan a los aprendices lejos de sus herramientas. Maza de haya en mano, Javier Bizkaia asegura que estudiar un oficio que ya no existe no le genera incertidumbre alguna.

«El jefe de taller lleva dieciocho años en esto. Además, lo que conseguiré es una maestría en carpintería que me puede abrir otras puertas», dice este bilbaíno de treinta y ocho años.

Bizkaia lleva un año en el taller, pero es este mes de septiembre cuando arranca el primer curso de los tres que habilitarán a nueve futuros carpinteros de ribera. Entre los matriculados hay griegos, un belga, un francés, un feroés, e incluso un madrileño. Además de los futuros constructores, Agote habla de cuatrocientos voluntarios que participan activamente en la construcción del San Juan. Jackie Tostivint, bretona de treinta, admite que desconocía por completo este mundo. Oyó hablar de este sitio por pura casualidad mientras atravesaba Francia en autostop. Dice que se quedará al menos dos semanas. A su lado, Antoine Duquoi, historiador hendayés de veintitrés años, lleva ya dos meses trabajando la madera pero también se atreve con las visitas guiadas. Conoció el proyecto a través de Thalassa, un programa de la televisión pública francesa dedicado al mar que lleva más de cuarenta años en antena.

La nave

Se ha hecho esperar, pero ya casi estamos. Agote habla de «algo sin precedentes en la recuperación de embarcaciones». Por supuesto, no hay más planos que los dibujados sobre esas veintidós mil fotografías obtenidas bajo el agua —el pecio sigue allí—. También se han usado los materiales originales: robles de la Sakana, abetos de Zaraitzu, cáñamo del valle del Ebro y la pez de Quintanar de la Sierra (Burgos). Enara Novillos, responsable de comunicación de Albaola, ya nos había dicho que fue una de las que se apuntó a aquella caminata de dieciocho días acompañando al carro de bueyes que traía el alquitrán. El obsesivo escrúpulo histórico con el que se reconstruye el San Juan tiene su explicación:

«El objetivo no es el barco en sí mismo, sino aprender los secretos tecnológicos de nuestros antepasados», subraya Agote, justo antes de hacernos una demostración práctica del método para convertir hilos de cáñamo en cabos. La máquina, un entramado de poleas y engranajes de madera que acciona una única manivela, también la han construido aquí. Un minuto más tarde, y ya desde el reservado más exclusivo de la factoría, el San Juan se muestra finalmente ante nuestros ojos. Recuerda al esqueleto intacto de una enorme ballena a la que, poco a poco, le devuelven su piel. ¿Sabían que la de un bicho de estos es más fina que la de un bebé?

Accedemos al barco por la cubierta superior y observamos a Peter Dayton mientras lucha por incorporar una pieza en el castillo de popa con la ayuda de una sierra japonesa. Dice que era trabajador de la construcción en su Florida natal. Un día se cansó, y decidió viajar sin rumbo. Recaló aquí, visitó la factoría y se quedó. Y ya han pasado cuatro años.

Agote nos invita a bajar a las entrañas del leviatán donde se apilaban las barricas de aceite y las de sidra, justo encima de esas tejas que darían nombre y color a una bahía gris de Terranova. Le pedimos que pose para la foto. Podría ser el mismísimo Jonás en el vientre de la ballena de no ser porque sigue dispuesto a desafiar a Dios.

«Calculamos que lo botaremos en dos años», espeta.

¿Y luego?

«Luego a América, aunque todavía no sabemos cómo. Hace mucho que nadie cruza el Atlántico en un barco del siglo XVI».

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3 comentarios

  1. Alejandro

    Gran artículo. Me dan ganas de coger las herramientas e irme a echar una mano. ¡Enhorabuena por la manera de transmitir esta recuperación de un oficio olvidado!

  2. Te recibirán con gusto, en serio.

  3. Felicidades al autor, y a todos estos locos que construyen el nuevo San Juan. A mi también me han entrado de ganas de coger las herramientas.Debe ser algo contagioso.

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