¿Qué droide es el mejor de Star Wars (sin contar a R2 y 3PO)?

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Porque eso lo sé yo, lo sabe usted y lo saben los twi’lek del planeta Ryloth: si celebramos una encuesta sobre los mejores robots de Star Wars y ponemos a R2-D2 y C-3PO, gana R2-D2, segundo C-3PO y después de eso da todo igual. Pero en aquella galaxia muy lejana hubo muchos otros droides (recuerde: los de Star Wars son droides y no androides) y merecen también una oportunidad. Así que permítanos incurrir en pucherazo, dar por sentado que R2 y 3PO son los mejores droides de Star Wars y preguntarle, querida escoria rebelde, cuál de los demás es el mejor de todos. La selección de candidatos sigue un orden alfabético e incorpora a los droides que hayan aparecido al menos en una ocasión en pantalla (sea de cine o televisión).

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Los droides de combate B1

Eran unos robots estúpidos, en eso estaremos de acuerdo. Una cosa tontísima de droide, los gungan de los droides de Star Wars. ¿Por qué George Lucas les dio tanto protagonismo en sus precuelas? Sabe Dios. También se lo dio a los gungan propiamente dichos y también nos los tuvimos que comer, ñam ñam, con cucharita. Eso sí, estos soldados robóticos tenían una cualidad de la que gozan no tantos droides de la saga: eran como hormigas. Uno a uno eran débiles, pero los batallones de droides de combate B1 eran marabuntas imparables precisamente porque no se acababan nunca. Y los B1 eran prescindibles, que también es una cualidad valiosísima en el campo de batalla. Sus enemigos no podían optar por neutralizar a los ejemplares que, pongamos por ejemplo, dirigiesen batallones o trazasen estrategias, porque no los había (no operaban con independencia, recuerde, sino que eran controlados remotamente por naves nodriza como la que destruyó el niño Anakin Skywalker en La amenaza fantasma). No puede extrañar que, como vimos más tarde, en El ataque de los clones, una de las mayores factorías de droides de combate B1 estuviera en Geonosis: los B1 compartían con los geonosianos, aunque fuese vagamente, su naturaleza como de insectos de colmena.


BB-8

Baja, Modesto, que sube Neil deGrasse Tyson. Apenas se había estrenado El despertar de la Fuerza y ya estaba el astrofísico más dicharachero de Twitter raca raca con el villancico: que las bolas no ruedan sobre la arena, dijo. Mecánica de suelos, dijo. Limos, arcillas, tensión efectiva, todo eso. Y de cruzar un desierto entero es que ni hablamos. Emosido engañado, en resumidas cuentas. Y entonces los vídeos de BB-8s de juguete encallados trágicamente sobre la arena (y rodando mal sobre moquetas y en la hierba si está larga y en la tierra si está mojada y en todo lo que no sea un suelo de mentira porque es de una película, para que usted me entienda) se convirtieron en un subgénero de YouTube con millones de visitas. Usted me dirá: ciento noventa euros, ojo, en una esfera que no rueda. Aunque es de justicia reconocer que sobre superficies lisas y secas, no vea, corre que se las pela. ¿Por qué le estamos hablando de los juguetes, dirá usted, y no del legítimo personaje cinematográfico? Ay, mire; porque BB-8 primero es un juguete y luego un personaje, y esto segundo lo es solamente por los pelos. Cuco lo es mucho, no le diremos que no. Cuquísimo. Perdigón se llama, nada menos. Y hasta ronronea el muy jodido. Pero recuerde: a todo el mundo le gustan los bollicaos y eso no significa que la bollería industrial sea sana. BB-8 es una reducción de R2-D2 a sus mejores cualidades comerciales. ¿Puede gustarle a usted? Puede, pues solo faltaba. A nosotros también nos gusta. El problema es ese precisamente: que BB-8 no puede no gustar. Y no es la primera vez que pasa: también los ewoks iban a ser wookies pero acabaron siendo una nueva versión pequeña, entrañable y simpaticona de aquellos. A ver si se cree usted que los peluches se venden solos.


Chopper

C1-10P, más conocido como Chopper, era un droide astromecánico de la serie C1, más antigua que la R2 a la que pertenecía R2-D2. Aunque apareció por primera vez entre los personajes protagonistas de Star Wars Rebels, la serie de animación más reciente de la franquicia, y después lo ha hecho en una infinidad de cómics, novelas y videojuegos, Chopper es un rediseño de algunos de los primerísimos bocetos que hizo Ralph McQuarrie para R2-D2 en los años setenta. Como robot es un gran robot, qué duda cabe. No digamos ya como bombona de butano. Pero como criatura narrativa le ocurre igual que a BB-8, que peca de poca personalidad. Chopper es una reedición del propio R2, con quien comparte ese carisma gruñón y la personalidad arisca que parece caracterizar a los astromecánicos. En Rebels incluso se le vio compartiendo varios arcos narrativos con AP-5, un droide de protocolo de la serie RA-7 que ejercía, a efectos escénicos, como homólogo de C-3PO. Eso sí: Chopper es uno de los poquísimos personajes de Star Wars que ha pasado de la animación a las películas de acción en lugar de hacerlo al revés. En Rogue One se le pudo ver muy brevemente (insistimos: muy brevemente) en la base de la Alianza Rebelde en Yavin 4.


Los droidekas

He aquí la razón por la que los robots de Star Wars son droides y no androides. «Androide», que viene del griego «andrós» («hombre»), significa justo eso, robot con forma humana. Y sepa, sucio especista, que no todos los autómatas de Star Wars fueron fabricados por seres humanos. Los droidekas, sin ir más lejos, son robots concebidos a la imagen y semejanza de sus creadores, los colicoides del planeta Colla IV. Abundaron en las precuelas y en la serie de animación The Clone Wars y no por nada; la Federación de Comercio y la Confederación de Sistemas Independientes los adquirieron (además de otros modelos de manufactura colicoide, como los droides zumbadores) por tratarse de uno de los pocos robots destructores capaces de frenar el avance de un jedi. Y eso seguramente tiene que ver con la extraña combinación de rasgos (mucha velocidad, poca agilidad y una grandísima resistencia) que heredaron de la anatomía de los colicoides, una especie insecto. Ya lo ve: hasta para hacer robots la naturaleza es sabia.  


El general Grievous

Ya, ya: no es un robot. Después de robotizar su cuerpo al general Grievous le queda todavía algo de sustancia biológica, aunque solo sean trescientos gramos. Y, en puridad, debe considerarse un cíborg. Pero si a cíborgs como Luke Skywalker o Darth Vader los consideramos moralmente humanos porque la mayor parte de su cuerpo siguió siendo humano, entonces a él debemos considerarlo un droide; de su antiguo cuerpo kaleesh solo queda lo estrictamente imprescindible. Poco puede decirse acerca del origen del villano más alto y con la peor folla de las precuelas: Grievous es uno de los personajes que más ha sufrido con la escisión de Star Wars entre el canon vigente y el antiguo universo expandido, ahora llamado «leyendas», que perdió su estatus oficial después de que Disney adquiriese Lucasfilm. Antes de eso Grievous (cuyo nombre original, por cierto, era Qymaen jai Sheelal) había sido manufacturado en Geonosis por encargo de Sheev Palpatine, incluyendo una «reprogramación» cerebral que también infundió a su mente una cierta cualidad robótica, y había recibido la sangre del maestro jedi Syfo-Dias, algo que no le hizo sensible a la Fuerza pero que contribuyó decisivamente a mejorar su talento como asesino de jedis. Ahora solo podemos dar por seguro lo que él mismo dice en La venganza de los Sith: que había sido instruido en esgrima por el conde Dooku y que luego se convirtió en el comandante supremo del ejército droide separatista.


Huyang

Un droide arquitecto de la clase Mark IV, aunque tan desfasado ya en tiempos de las guerras clon que no conservaba siquiera su nombre técnico. El profesor Huyang, como era conocido, contaba más de mil años y se dedicaba a instruir a los iniciados (los niños sensibles a la fuerza antes de que accedieran al rango de padawan) durante su viaje ritual al planeta Ilum, donde aquellos tenían que recolectar los cristales de kyber que más tarde integrarían el corazón de sus sables láser. Huyang, que asistió en esa tarea al mismísimo Yoda, no ha aparecido en las películas de la saga (solamente en algunos cómics y en Las Guerras Clon) pero le valió a David Tennant su primer (y único) premio Emmy. Por algo será.


IG-88

No es el único droide homicida de la franquicia; estaban también 4-LOM, HK-47 y (nuestros preferidos) BT-1 y 0-0-0, los «gemelos diabólicos» de R2-D2 y C-3PO. Pero IG-88 era seguramente el más peligroso de todos los androides de clase 4, los robots armados que acometían tareas militares. Para empezar porque pertenecía a la serie IG, la misma en la que se integraban los magnaguardas IG-100 (una especie de guardia pretoriana antijedi que protegía a los mandos del ejército separatista; los recordará por sus varas eléctricas), los guardaespaldas IG-RM y los mortíferos centinelas IG-86. Y también porque IG-88 formaba parte de un escuadrón de cinco droides asesinos con un defecto de programación que les impedía seguir órdenes; mataron a sus creadores al poco de ser activados y se dieron a la fuga. IG-88 acabaría siendo uno de los cazarrecompensas más reputados de la galaxia, aunque sus verdaderos planes eran mucho más ambiciosos: su objetivo era emprender la revolución droide. Cosa curiosa: este robot, que empezó siendo un miembro de relleno entre los cazarrecompensas reclutados por Darth Vader en El Imperio contraataca, es uno de los pocos que no diseñó Ralph McQuarrie. Lo hicieron improvisadamente algunos miembros del equipo de producción reutilizando el atrezo de la única otra película de Star Wars que se había hecho hasta entonces, Una nueva esperanza. Por esa razón, si se fija bien, verá su cabeza como parte de la «cafetera» o destiladora de la célebre cantina de Mos Eisley donde Luke y Obi-Wan se reunieron con Han y Chewbacca.  


K-2SO

Atención, observación pedantita: K-2SO es una criatura narrativa muy singular, porque constituye a la vez una creación original y un producto, el resultado de algo. Un droide como K-2SO, familiar pese a su novedad, significativo para el espectador meramente por su aspecto, es algo que uno puede hacer solo cuando tiene una franquicia de películas y ha sido escrupuloso con la continuidad durante más de cuarenta años. Detallito: aunque apareció por primera vez recientemente, en Rogue One, la serie KX de robots de seguridad a la que pertenecía K-2SO era de Industrias Arakyd, la misma casa que fabricaba algunos de los droides más reconocibles de las fuerzas armadas imperiales. Por esa razón comparte rasgos con los droides sonda (como el de Hoth en El Imperio contraataca) y los droides de protocolo RA-7, también llamados «droides de la Estrella de la Muerte» por lo mucho que abundaban en ella. Y a esa riqueza debe sumarse la interpretación finísima del actor estadounidense Alan Tudyk, que movió elogios unánimes después del estreno de la película. Hasta clavó el acento británico, el que predomina en el bando imperial, que K-2SO conservaba pese a haber sido reprogramado para servir a los intereses de la Alianza Rebelde. Ah, y suya es la improvisación más célebre de la franquicia después del famoso «lo sé» de Harrison Ford. Si se fija bien en la escena en la que K-2SO propina una bofetada a Cassian Andor, verá que Diego Luna se está partiendo de risa. Eso es porque la bofetada no estaba en el guión de la película y fue una ocurrencia espontánea del propio Tudyk.


L3-37

Doctores tiene la Iglesia y Star Wars no digamos. Que L3-37 goce o no de libre albedrío constituye una discusión muy enconada entre los exégetas de la saga; aquí nos limitaremos a decir que si no es así, cerca le anda. En todo caso no fue lo único en lo que L3-37 fue pionera; también fue la primera droide femenina en adquirir protagonismo en una película de Star Wars y la primera en haberse reconstruido a sí misma partiendo de su forma original (que seguramente fue alguna clase de droide piloto). Lo malo: la mano derecha de Lando Calrissian hizo su aparición en la película monográfica de Han Solo, la última película de Star Wars hasta la fecha y una de las entregas peor recibidas de toda la franquicia. Y además ofendió a los custodios de las esencias, entre ellos una legión de señoros a los que enfadó sumamente que el software de L3-37 (un robot nuevo, un robot carismático, un robot femenino) acabase fundiéndose con el mismísimo Halcón Milenario (que es halcón y que es milenario, dese usted cuenta). Entre usted y yo: esto son películas, no la reforma educativa. Bienvenida sea la profanación y la blasfemia. Y qué prodigio Phoebe Waller-Bridge, madre mía de mi vida. Qué duende, qué tronío, qué cosa. Y le digo más. Si L3-37 es o no es el mejor droide de la franquicia eso usted dirá, a fin de cuentas esto es una encuesta; pero que tiene el mejor nombre de todos eso es así y punto, disculpe la falta de democracia. No solo ocurre que «L337» (léase «LEET») suena como «lit», una forma coloquial de referirse a lo bueno, lo excepcional y lo que es la hostia en patinete; es que además el «L337» (léase «LEET»), también llamado «L3375P34K» (léase «LEETSPEAK»), es el nombre de la jerga que consiste precisamente en eso, en cambiar letras por cifras sin alterar la inteligibilidad de las palabras. El L337 fue creado en los años ochenta con el objetivo de incorporar disimuladamente mensajes puramente verbales, solo comprensibles por los seres humanos, entre las líneas del código informático. Cuesta imaginar un nombre mejor precisamente para ella.


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1 comentario

  1. Dee Dee

    Como niño nacido a principios dels 70 al que llevaron al cine un día de navidad y alucinó con la guerra de las galaxias y las dos que vinieron después, os digo que todo este rollo de star wars es una de las mayores estafas de la historia de la humanidad, un rollo de proporciones siderales que se ha alargado hasta la náusea como los simpson, y que hace que incluso las primeras películas sean indistinguibles de lo que ha venido después.

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