Muertos y enterrados

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Catacumbas de París. Fotografía: Joey Gannon (CC).

«Memento mori», es decir, «recuerda que morirás». Aunque desde hace siglos esta expresión latina se utiliza a modo de tópico en el arte y la literatura que abordan la temática de la fugacidad de la existencia, tiene su origen en la antigua Roma. En los desfiles victoriosos, los generales se hacían acompañar de un esclavo que les repetía una y otra vez «memento mori», para que no se dejaran engañar por su ego y recordaran que el triunfo es tan efímero como la derrota, y que tarde o temprano serían pasto de los gusanos. Tener presente la propia mortalidad debería ser imperativo para todos los poderosos, pero también para todo bicho viviente.

Y ese es el objeto de las siguientes líneas: recordar al lector que algún día morirá y, si no opta por la cremación, será enterrado en una tumba, en un nicho o en un mausoleo. La tumba es símbolo de lo maternal, de lo femenino, del inconsciente: si en el útero empezamos a existir materialmente, en la tumba nos descomponemos, nos desintegramos lentamente, volvemos al origen. Como dijo Ernst Jünger, «la cultura se mide sobre todo por las tumbas. Y la profundidad de la cultura, por nuestros cementerios, nuestros lugares de paz».

A continuación, construiremos un pequeño catálogo con algunos de los más fascinantes y escalofriantes tipos de enterramiento que se realizan en la actualidad, para que tengan ustedes donde elegir. Pasen, vean, escojan y recuerden que, por muy longevos que lleguen a ser, dentro de cien años, todos calvos.

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La tradición islámica reprueba el embalsamamiento, la cremación y hasta los monumentos funerarios. Estipula que el cadáver del fiel sea purificado por un musulmán de su mismo sexo, aunque del enterramiento propiamente dicho se ocupan los varones. Esta purificación consiste en limpiar bien el cuerpo, perfumarlo según la costumbre de la zona, y realizar después una ablución funeral o al-Ghusul. Acto seguido, el cadáver se envuelve en un sudario igual al que se utiliza en las peregrinaciones. El musulmán se entierra a pelo, sin ataúd, sobre su costado derecho y con la cabeza orientada hacia la Meca, y debe ser sepultado en las primeras veinticuatro horas después de su deceso. La familia y los amigos del difunto no deben dar excesivas muestras de dolor, aunque sí rezar y suplicar por el fallecido y dedicarle unas lecturas del Corán.

A la postre, resulta paradójico que los musulmanes se tomen tantas molestias purificando el cuerpo para entregarlo poco después a los gusanos, esas figuras libidinales, reptantes y anudadas que devoran en vez de vivificar.

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Existen numerosas tribus amazónicas de Brasil y Venezuela que practican el endocanibalismo. Es el caso del pueblo Yanomani, que, aunque no tiene la carne humana en su dieta habitual ni caza personas para comerlas, practica un ritual en el que se devoran los cuerpos de los muertos de la propia tribu para absorber su fuerza y su esencia vital. Es una forma de mantener a la tribu unida, de interiorizar la esencia de los fallecidos y de comulgar con la muerte.

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Tal y como se indica en el documento Instrucción ad resurgendum cum Christo, redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe,  la Iglesia católica recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios y demás lugares sagrados, para confirmar «su fe en la resurrección de la carne, y poner de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia».

Sin embargo, la Iglesia contemporánea también acepta la cremación, si bien se prohíbe esparcir las cenizas, dividirlas entre familiares o conservarlas en casa. La incineración debe tener lugar tras la celebración de las exequias, y las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado o, si es el caso, en una iglesia o en área dedicada especialmente a tal fin por la autoridad eclesiástica competente. Sea como sea, lo más importante para el católico es morir en Gracia de Dios, esto es, libre de pecado, y cerrar el círculo espiritual: abandonar la esfera humana para entrar en la esfera de la Santísima Trinidad.

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La orden de los cartujos, una mezcla de cenobitas y ermitaños, es sin duda la más sencilla, austera y limpia de elementos decorativos de la Iglesia católica. De todas las órdenes medievales es la única que nunca ha sufrido reformas, y esto lo demuestran en su liturgia y en su estilo de vida, pero también en sus enterramientos. El cartujo siempre tiene presente la muerte; no en vano, los monjes se saludan entre ellos de esta manera:

—Hermano, morir habemos.

—Ya lo sabemos.

El cartujo es ascético porque considera el cuerpo como la sede de un apetito insaciable, de enfermedad y de muerte. Y la mayoría se alegran cuando llega la hora de abandonar el cuerpo y sentarse en alma ante el Tribunal de Dios, sea cual sea el veredicto. Sencillo hasta la muerte, el cartujo es enterrado sin más ataúd que sus propios hábitos; solo una cruz de madera, sin nombre, se coloca sobre la sepultura.

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Seamos creyentes o escépticos, merece la pena visitar las reliquias de los santos y los beatos, cuyos cuerpos incorruptos reposan en las catacumbas de Occidente.

En Santa María Nuova, una de las pocas basílicas románicas que existen en la ciudad de Roma, se encuentra la cripta de Francesca Romana, que reposa en un ataúd de cristal desde el siglo XV, bellamente ataviada y con zapatillas de seda negra. Del hábito asoma la calavera; pese a que le falta un diente en la parte derecha posee un desarmante carisma, y justifica el hecho de que, de un tiempo a esta parte, la iglesia donde descansan sus restos se haya rebautizado como Basílica de Santa Francesca Romana.

Mucho más lejos fue san Antonio Abad (251 – 356), el monje egipcio que fundó el movimiento eremítico. Tras llevar una vida ascética en una remota cueva sepulcral, se internó cada vez más en el desierto, huyendo de la fama y del honor. Murió a los ciento cienco años, y mandó que lo enterrasen en un lugar secreto para evitar peregrinajes. Aun así, hacia el año 561 sus reliquias fueron localizadas y trasladadas a Alejandría, donde se veneraron durante milenios.

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En el valle de Baliem, provincia de Papúa, Nueva Guinea, existe un arcaico y sangriento rito de enterramiento que, aunque ya ha sido prohibido por las autoridades, todavía es celebrado por los nativos más tradicionales: la amputación de las falanges. El rito consiste en que, tras la muerte de un familiar, especialmente si es una mujer o una niña, sus parientes más cercanos se amputan uno o varios dedos de la mano como muestra de dolor. Es el sacerdote que oficia el ritual quien, durante el sepelio, corta los dedos, que media hora antes habrá insensibilizado atándolos fuertemente con una cuerda de cáñamo. Después, el sacerdote cauteriza la herida para que cicatrice en un muñón, que con el tiempo será redondo como un dedo. Para rematar la ceremonia, el sacerdote hace un collar con los dedos de todos los familiares y se lo pone en el cuello al difunto, que se entierra sin más dilación.

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Con unos trescientos millones de fieles en todo el mundo, la Iglesia ortodoxa es la segunda comunidad cristiana más numerosa, y posee unos potentes ritos de enterramiento, fruto de una vida religiosa siempre orientada hacia la tumba. Como dijo el hieromonje san Ambrosio de Optina, «no deberías preocuparte por nada, a excepción de lo esencial: prepararte para la muerte».

El rito funerario ortodoxo se inicia lavando al muerto con agua bendita, mientras se recitan salmos. Acto seguido, se viste al difunto de blanco con ropa a medio coser, pues se supone que será rematada en el otro mundo. Sobre el centro del pecho del muerto la familia coloca un icono de Cristo, tras lo cual se cubre el cadáver con un manto blanco. Para ayudar a pasar al muerto al otro lado, se realiza un responso en el lugar donde murió. En la ceremonia se utiliza gran cantidad de incienso, para favorecer la conexión del difunto con Dios. Después, se recitan poemas, salmos y oraciones acompañadas de un coro y, finalmente, el sacerdote suplica perdón por los pecados del fallecido.

El féretro se traslada al cementerio a hombros de los parientes o en una carroza. Preside el cortejo fúnebre el sacerdote. Ya en el camposanto, el cura bendice la sepultura y el féretro y oficia una corta ceremonia. Es entonces cuando se sepulta el ataúd.

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También conocido como «el Tíbet cristiano» o «la montaña sagrada», el monte Athos es una península montañosa a la que únicamente se puede acceder en barco. En sus monasterios solo viven monjes y, para prevenir tentaciones, no se aceptan mujeres ni en pintura.

De acuerdo con la tradición, todos los monasterios del monte Athos disponen de osarios, puesto que el territorio montañoso no permite la creación de grandes cementerios: estos suelen ser muy pequeños y solo albergan unas cuantas tumbas reutilizables. En ellas se entierra a los monjes ataviados con sus hábitos y sin ataúd, para que el cuerpo se descomponga cuanto antes. Transcurridos tres años, los restos se desentierran, se limpian a fondo y los monjes pintan las calaveras según la tradición de cada monasterio. En la mayoría, únicamente escriben el nombre y las fechas de nacimiento y deceso en la frente de la calavera. En otros, añaden una cruz. Para terminar, las calaveras se guardan en el osario.

El historiador del arte Paul Koudounaris ha calificado a los monjes del monasterio ruso de San Panteleimon como «los Rembrandts de la pintura craneal». Indiferentes al elogio, ellos no le permitieron fotografiar las calaveras de su osario para el libro Empire de la mort: todo aquel que quiera contemplar esas joyas mortuorias, debe peregrinar al monasterio y mirar, cara a cara, los cráneos, que, pese a su rara belleza, siguen siendo emblemas de la caducidad de la existencia: como la concha del caracol, la calavera es lo que queda de nosotros después de que nuestra carne haya desaparecido.

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Tom Sullivan, operador de barcos turísticos del Hawaii Yatch Club, ofrece un tipo de enterramiento muy singular para todos aquellos que prefieren el agua a la tierra o al fuego. En este caso, se trata de mezclar las cenizas del difunto con cemento y hacer una bola al estilo del arrecife de coral, que será depositada en el fondo de un lecho marino por experimentados hombres rana. De esta manera, los restos de la persona darán lugar un pequeño ecosistema submarino. Como explica Sullivan, «uno se convierte en los cimientos de algo del futuro, algo que estará allí millones de años, esperemos».

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La mayor parte del pueblo malgache, de Madagascar, sigue religiones tradicionales africanas. En ellas, existen vínculos poderosos entre vida y muerte, y se otorga rango divino a los antepasados. Los malgaches creen que el espíritu del fallecido solo se libera con la descomposición total y natural del cadáver. Por eso celebran la famadihana o procesión de los huesos, ritual religioso que los parientes del difunto ofician cada siete años y que consiste en desenterrar los restos del muerto, limpiarlos, perfumarlos, envolverlos en sábanas blancas y sacarlos en procesión. Durante la misma, los familiares cantan, bailan y agasajan a los huesos con fotos, manjares, bebidas alcohólicas y otros regalos. Junto a estos objetos vuelven a sepultar los huesos, símbolos de la vida reducida al estado de germen, que permanecerán enterrados hasta la siguiente famadihana, que se oficiará una y otra vez hasta que no haya más que polvo y se de por completada la liberación. Como en la tradición israelita, en la famadihana los huesos son símbolo de luz y de resurrección, y por lo tanto comparables a la crisálida de la que surge la mariposa.

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Tras cantar unos sutras, que varían en función de cada rama o escuela, los budistas cubren el rostro del difunto con un sudario y no tocan el cuerpo durante tres días, para no interferir con el tránsito hacia la otra vida del fallecido. El budista intenta morir de forma consciente, plena, sin temores ni lamentos, puesto que considera la muerte como una antesala de la reencarnación, y al cuerpo como un tronco de árbol seco y hueco, que diría un maestro zen. Por eso, las pompas fúnebres son más frías y sencillas que las de los monoteísmos. La técnica de tratamiento del cadáver más usada es la  incineración, especialmente en Japón, donde hay zonas en las que las autoridades locales prohíben los entierros.

Asimismo, existen budistas que prefieren que, después de muertos, dejen sus cuerpos en plena naturaleza, para que sean los animales, los insectos y las aves carroñeras quienes se ocupen de devorar y descomponer el cuerpo, que volverá así a la naturaleza. En el budismo tibetano, en concreto, se llama a los buitres «daikinis» y se les considera ángeles que bailan entre las nubes y bajan a la tierra para comer nuestra carne y permitirnos continuar el ciclo de la existencia. Por ello, los cadáveres se colocan en la cumbre de las montañas y se oficia un ritual en el que se corta el cuerpo muerto para facilitar el banquete a los buitres. Cuando los carroñeros ya han hecho su trabajo, se recogen los huesos y la calavera del difunto, se machacan a golpe de hacha y martillo, se mezclan con harina y se entregan de nuevo a los buitres, que los engullirán con gula y volarán hacia el cielo infinito.

También los parsis, comunidad religiosa que habita en el oeste de la India, exponen a sus muertos en altas torres para que los buitres los devoren, a fin de facilitar su renacimiento. Quizá por eso en la India el buitre aparece a menudo como símbolo de las fuerzas espirituales paternales, emblema de abnegación, protección y consejo espiritual.

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Ajenos a sutras, ritos y liturgias, proyectos como Capsula Mundi ofrecen una nueva y moderna forma de enterrarse que nos recuerda vagamente a películas de ciencia ficción como La invasión de los ultracuerpos. Se trata de cápsulas de entierro orgánicas y biodegradables que transmutan el cuerpo del finado en nutrientes para un árbol, que crecerá y se hará fuerte gracias a los restos humanos. El cadáver se coloca en la cápsula en posición fetal, esta se entierra y sobre ella se depositan semillas de un árbol o planta que el finado habrá escogido antes de morir. Impulsado por los diseñadores italianos Anna Citelli y Raoul Bretzel, el proyecto está aún por aprobarse, y tiene su versión española en Funeco (Funerarias Ecológicas Españolas), empresa de Félix García Pedroche que se ocupa de deshidratar el cadáver en una máquina especial, y envolverlo en material biodegradable para enterrarlo bajo un árbol. Por su parte, la artista coreana Jae Rhim Lee, ha desarrollado unos sudarios a base de hongos carnívoros que descomponen rápidamente los cadáveres, los limpian de toxinas y proporcionan nutrientes puros a la tierra.

Estas iniciativas nos pueden parecer más o menos afortunadas, pero responden a un objetivo muy loable: sustituir los cementerios por bosques y exaltar el lado luminoso de la muerte en una época que sobrevalora la vida. Pero, en el fondo, en estos modernos y sofisticados enterramientos late la misma base que en los más arcaicos ritos fúnebres: la putrefacción, cuya alquimia ya integra el principio de la nueva vida, el renacimiento de la materia después de la muerte y la disgregación de la escoria.

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4 comentarios

  1. Esta excelente divulgación me desmoraliza. Llego a la conclusión que es tan inoportuno vivir como morir, ya que siempre hay alguien que no te deja en paz, sean estos políticos, religiosos, el otro género, buitres o gusanos. Muchas gracias por la lectura.

  2. Fco_mig

    Vamos, edu, anímate. Cantemos juntos:
    «Escuchad lo que voy a contar
    Y reíd hasta quedaros sin aliento
    Y es que a todos divierte!
    Más trabajo para el enterrador,
    El marmolista tiene otro encargo.
    Y en el cementerio de al lado
    Una losa de lo más flamante pone
    » Este ya no pasará frío en invierno»
    XD.

  3. Cuanto menos interesante…

  4. Santana

    Interesantísimo artículo. Lo de convertirse en abono para árboles no parece un mal final en absoluto.

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