
«Memento mori», es decir, «recuerda que morirás». Aunque desde hace siglos esta expresión latina se utiliza a modo de tópico en el arte y la literatura que abordan la temática de la fugacidad de la existencia, tiene su origen en la antigua Roma. En los desfiles victoriosos, los generales se hacían acompañar de un esclavo que les repetía una y otra vez «memento mori», para que no se dejaran engañar por su ego y recordaran que el triunfo es tan efímero como la derrota, y que tarde o temprano serían pasto de los gusanos. Tener presente la propia mortalidad debería ser imperativo para todos los poderosos, pero también para todo bicho viviente.
Y ese es el objeto de las siguientes líneas: recordar al lector que algún día morirá y, si no opta por la cremación, será enterrado en una tumba, en un nicho o en un mausoleo. La tumba es símbolo de lo maternal, de lo femenino, del inconsciente: si en el útero empezamos a existir materialmente, en la tumba nos descomponemos, nos desintegramos lentamente, volvemos al origen. Como dijo Ernst Jünger, «la cultura se mide sobre todo por las tumbas. Y la profundidad de la cultura, por nuestros cementerios, nuestros lugares de paz».
A continuación, construiremos un pequeño catálogo con algunos de los más fascinantes y escalofriantes tipos de enterramiento que se realizan en la actualidad, para que tengan ustedes donde elegir. Pasen, vean, escojan y recuerden que, por muy longevos que lleguen a ser, dentro de cien años, todos calvos.
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La tradición islámica reprueba el embalsamamiento, la cremación y hasta los monumentos funerarios. Estipula que el cadáver del fiel sea purificado por un musulmán de su mismo sexo, aunque del enterramiento propiamente dicho se ocupan los varones. Esta purificación consiste en limpiar bien el cuerpo, perfumarlo según la costumbre de la zona, y realizar después una ablución funeral o al-Ghusul. Acto seguido, el cadáver se envuelve en un sudario igual al que se utiliza en las peregrinaciones. El musulmán se entierra a pelo, sin ataúd, sobre su costado derecho y con la cabeza orientada hacia la Meca, y debe ser sepultado en las primeras veinticuatro horas después de su deceso. La familia y los amigos del difunto no deben dar excesivas muestras de dolor, aunque sí rezar y suplicar por el fallecido y dedicarle unas lecturas del Corán.
A la postre, resulta paradójico que los musulmanes se tomen tantas molestias purificando el cuerpo para entregarlo poco después a los gusanos, esas figuras libidinales, reptantes y anudadas que devoran en vez de vivificar.
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Esta excelente divulgación me desmoraliza. Llego a la conclusión que es tan inoportuno vivir como morir, ya que siempre hay alguien que no te deja en paz, sean estos políticos, religiosos, el otro género, buitres o gusanos. Muchas gracias por la lectura.
Vamos, edu, anímate. Cantemos juntos:
«Escuchad lo que voy a contar
Y reíd hasta quedaros sin aliento
Y es que a todos divierte!
Más trabajo para el enterrador,
El marmolista tiene otro encargo.
Y en el cementerio de al lado
Una losa de lo más flamante pone
» Este ya no pasará frío en invierno»
XD.
Cuanto menos interesante…
Interesantísimo artículo. Lo de convertirse en abono para árboles no parece un mal final en absoluto.