Lasker, el ajedrez venido del espacio

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Emanuel Lasker y José Raúl Capablanca, 1923. Fotografía: Autor desconocido (DP).

Emanuel Lasker fue sin duda una de las personas más interesantes que he podido conocer. (Albert Einstein)

Al alemán Emanuel Lasker, segundo campeón mundial de ajedrez y empedernido fumador, le complacía encender un buen habano cada vez que se sentaba ante el tablero. Era una costumbre inmutable que practicaba también en los torneos y partidas reglamentadas. Las normas de su época permitían fumar, así que cuando Lasker se envolvía en una olorosa humareda, la mayoría de los rivales ignoraban el hecho o se resignaban a lo inevitable. Aunque había excepciones. En una ocasión se enfrentaba a Aron Nimzowitsch, un gran maestro a quien por cuestiones de salud afectaba de manera especial el humo. Ambos acordaron de antemano que Lasker no tendría permitido fumar durante la partida. Una vez en el fragor de la batalla —porque una partida de ajedrez es una batalla— Lasker estaba tan concentrado que extrajo un puro del bolsillo, le cortó la punta y se lo puso en la boca. No lo encendió, pero aun así, el alarmado Nimzowitsch reclamó al árbitro: «¡Mire! ¡Está fumando!». El árbitro se acercó y al comprobar que el cigarro de Lasker estaba apagado, replicó: «Pero no está fumando, ni siquiera lo ha encendido». La respuesta de Nimzowitsch se haría célebre: «No lo ha encendido, pero amenaza con hacerlo, ¡y cuando Lasker amenaza con hacer algo, siempre es peor que cuando de verdad lo hace!».

Esta anécdota ilustra como ninguna otra cosa el efecto que Emanuel Lasker causaba en sus contrarios. Incluso antes de jugar se metía en la cabeza de sus competidores, impidiéndoles conciliar el sueño cada vez que debían enfrentarse a él. Su estilo de juego, incomprendido por sus contemporáneos, provocaba perplejidad y frustración. Su superioridad conllevó sonadas enemistades. Muchos ajedrecistas se marcaron la meta de arrebatarle el trono, pero durante casi tres décadas permaneció en él, incólume ante todos los asaltos. Fue campeón mundial entre 1894 y 1921, esto es, ¡durante veintisiete años! Una hazaña enorme; hoy sigue siendo el reinado más longevo de la historia del ajedrez, ni siquiera Gari Kaspárov se acercó a esa cifra. Pero lo más notable es que Lasker lo consiguió sin tener la corona del ajedrez como primera motivación de su existencia. Para Lasker, el ajedrez era una profesión que le garantizaba ciertos ingresos, aunque a menudo pasaba mucho tiempo escribiendo tratados matemáticos, muy apreciables según los expertos en la materia, y también libros de filosofía o narraciones. Llegó a escribir un análisis crítico de la teoría de la relatividad de su amigo Einstein, en el que se preguntaba si había forma de probar que la velocidad de la luz no podría llegar a ser infinita en el vacío absoluto.

El famoso físico replicó para sacar a Lasker de su error, pero con un enorme respeto intelectual, impresionado por que un profano entendiese. Y mientras Lasker aspiraba a convertirse en un hombre renacentista, los mejores ajedrecistas del mundo se estampaban una y otra vez contra el muro de su genialidad. Ni siquiera llegaban a entender por qué eran vencidos. Los rivales de Bobby Fischer, por ejemplo, entendían su estilo, que tenían por previsible, pero estaba tan bien ejecutado que no podían frenarle aun sabiendo de antemano en qué consistían sus planes. A Lasker, en cambio, no se lo podía incluir en ningún estilo. Los ajedrecistas de su época no podían entender en qué demonios estaba pensando cuando jugaba. El ajedrez, como la ciencia, la música o el cine, ha evolucionado según ciertos patrones que nos permiten clasificar a los campeones de diferentes épocas, pero Lasker fue un campeón extemporáneo y su aproximación al ajedrez era tan extraña para su tiempo que no tuvo discípulos ni continuadores. Fue un campeón marciano, ampliamente incomprendido hasta la llegada de los ordenadores.

A mediados del siglo XIX primaba el así llamado ajedrez «romántico», que consistía en buscar un jaque mate fulminante de la manera más artística y arriesgada que fuese posible concebir. En aquellas partidas, tan bellas y apasionantes como anárquicas, casi nadie tenía en cuenta la corrección matemática de los movimientos. Lo importante era sorprender al rival con un ataque tan enrevesado e inconcebible que no encontrase respuesta en el momento, no componer una partida que se sostuviese en pie bajo un análisis posterior. Pues bien, aquel estilo romántico fue pulverizado por un solo hombre, Wilhem Steinitz, que, siendo campeón mundial y casi de la noche a la mañana, abandonó los ataques románticos y sorprendió a todos con un nuevo enfoque. De repente trataba de evitar cometer errores, dejando que los cometiese el contrario. Steinitz pensaba que la mejor manera de ganar ya no era buscar un ataque decisivo, sino acumular pequeñas ventajas poco espectaculares en apariencia pero que sumadas al final de la partida otorgaban una victoria producto de la sensatez. En otras palabras: Steinitz demostró que era más fácil ganar usando la lógica que la imaginación pura. Así se convirtió en el arquitecto del ajedrez posicional moderno, que se podía resumir en una serie de principios estratégicos. Con esos principios barrió a los competidores, así que la siguiente generación de ajedrecistas los adoptó con el entusiasmo de los creyentes hacia la Biblia. Se los consideraba indiscutibles, con buen motivo, y el propio Lasker modeló su estilo en torno a ellos… a su manera. Venció al propio Steinitz para convertirse en campeón, y ya nadie le tosería en casi treinta años. Siendo el nuevo campeón, su ajedrez se volvió incomprensible.

En sus partidas, con frecuencia, abandonaba el ámbito de lo que sus colegas consideraban lógico y sensato. Cuando un ajedrecista se sale de la lógica aparente, suele ser indicio de que está cometiendo un error. El problema es que los demás no encontraban la manera de explotar aquella supuesta falta de lógica, no conseguían localizar los errores de Lasker. Usaba estrategias distintas según el rival que tuviese enfrente, casi siempre provocando pasmo e incomprensión tanto durante la propia partida como en el análisis posterior. Muchos le acusaban de recurrir al «juego psicológico», esto es, realizar a propósito jugadas que no son buenas con el fin de empantanar la partida mediante complicaciones artificiales y confundir así a los contrincantes. Aunque esta manera de jugar era legal, los ajedrecistas de élite la consideraban inelegante, poco deportiva, irrespetuosa y en ocasiones incluso ofensiva. Algunos notables rivales se sentían insultados porque no conseguían adivinar los planes, casi siempre victoriosos, de Lasker.

Uno de sus más furibundos detractores fue su compatriota Siegbert Tarrasch. La relación entre ambos era tan mala que, cuando se iban a enfrentar por el título, el organizador del encuentro convocó una reunión esperando que ambos jugadores hablasen para suavizar las cosas. Lasker acudió y se sentó para enterrar el hacha de guerra. Tarrasch no tomó asiento; se limitó a asomarse por la puerta para dejar claro que no tenía ganas de hacer las paces ni conversar: «Solo tengo dos palabras para usted, señor Lasker: ¡Jaque mate!». Y se marchó como había venido. Tarrasch, sin embargo, no tendría mucha ocasión de decir «jaque mate». En el match por el título, Lasker le pulverizó sin piedad. La autoestima de Tarrasch no se recuperó del golpe.

La mala fama de jugador psicológico no solamente le persiguió durante toda su carrera, sino que permaneció muchos años después de su muerte. No todos los estudiosos del ajedrez conseguían valorar su larguísimo reinado, como si hubiese sido contaminado por una especie de actitud deshonesta ante la noble batalla intelectual del tablero. Como si hubiese sido una especie de Houdini que se imponía no por lo sólido de su juego, sino por tácticas hipnóticas que buscaban aturullar a los aspirantes. El joven Bobby Fischer, por ejemplo, menospreció de manera abierta el legado de Lasker (aunque es verdad que años más tarde cambió de opinión).

No obstante, el advenimiento de las computadoras, que hacían mucho más fácil y precisa la tarea del análisis de antiguas partidas, empezó a demostrar la verdadera magnitud del talento de Lasker. El hombre que escogía sus tácticas para demoler psicológicamente a sus contrarios se aparecía bajo una nueva luz, la del genio táctico que, más allá de las reglas de Steinitz, era capaz de improvisar soluciones originales en cada partida. Muchas de sus jugadas eran el producto no tanto del intento de confundir a los rivales, como muchos habían pensado, sino de adaptar su juego a las circunstancias del momento, pero con una capacidad de cálculo y una intuición tan profundas que ninguno de sus contemporáneos podía aspirar a entenderlas. Aunque hubiese un cierto componente psicológico en su juego, la principal explicación de su largo reinado era otra: sus ideas eran demasiado modernas para su tiempo. Veía el tablero de otra manera, y nadie podía seguirle el ritmo.

Emanuel Lasker, 1933. Fotografía: German Federal Archives (CC-BY-SA 3.0)

Lasker cedió la corona solamente cuando un nuevo fenómeno, el cubano José Raúl Capablanca, tomó el ajedrez por asalto. Capablanca tenia una capacidad innata para entender la posición, como si hubiese nacido con las leyes de Steinitz impresas en algún rincón de su cerebro. También era mucho más joven. Lasker sabía que iba a perder ante Capablanca y evitó jugarse el título ante él durante un tiempo, pero sus perennes apreturas económicas le hicieron aceptar y, como esperaba, perdió. No era, ni mucho menos, una derrota deshonrosa para un campeón de mediana edad que se enfrentaba al que fue uno de los mayores talentos naturales en la historia de los tableros. Pero incluso habiendo dejado de ser el campeón, el nivel de Lasker no decreció todo lo que cabía esperar por su edad. Algo más de una década después, cuando Hitler llegó al poder, Lasker tuvo que huir de Alemania —era judío— y sus bienes fueron confiscados por el III Reich. Tenía sesenta y seis años y su situación económica era muy mala. Reapareció en algunos torneos por cuestiones monetarias pero lejos de parecer una vieja gloria gastada, obtuvo clasificaciones sorprendentes y jugó tan bien algunas partidas que los asistentes llegaron a ovacionarle en pie. Ya no era el mejor del mundo, pero continuaba siendo un genio en una inesperada buena forma. Su longevidad intelectual fue considerada poco menos que milagrosa. Emanuel Lasker murió en 1941, sin ver a Hitler derrotado, lo cual debió de producirle un considerable pesar.

Albert Einstein hablaba de Lasker en términos admirables, pero un tanto incómodos para el aficionado al ajedrez.

Lasker padeció por culpa de la barbarie nazi, pero no se volvió loco como Steinitz —quien al final de su vida perdió la razón y quería jugar contra Dios, ¡dándole ventaja! ¡Para ganarle!— ni se convirtió en alcohólico como Alekhine. Mantuvo una claridad mental superior hasta la ancianidad. Aun así, Einstein señalaba su lado trágico. Pensaba que la inteligencia de Lasker era comparable a la suya propia; durante largos paseos en los que conversaban de muchos temas escuchaba con atención las opiniones de un hombre a quien describió como una de las mentes más originales e independientes con las que se había topado. Sin embargo, deploraba que hubiese hecho del ajedrez su profesión. Aunque el propio Einstein había coqueteado superficialmente con el ajedrez, lo consideraba una pérdida de tiempo, y lamentó en público que su amigo dedicase tanto tiempo a un juego que absorbía tanta energía intelectual, detrayéndola de actividades para él más importantes. Hubiese preferido que Lasker se hubiese volcado más en su trabajo matemático, ámbito en el que podía haber destacado mucho más, o en cualquier otra profesión donde su inmenso talento sin duda le hubiese permitido prosperar.

Porque, a pesar de su largo reinado, Lasker nunca tuvo mucho dinero ni prestigio. Fue un campeón sin lustre social; nunca tuvo el savoir faire aristocrático de Paul Morphy o Capablanca, ni el carisma arrollador de Fischer o Kasparov; no tuvo detrás el soporte de todo un régimen como Botvinnik y los ajedrecistas soviéticos. Lasker estaba solo y su talento nunca se tradujo en el reconocimiento del gran público, ni en bienestar económico, pese a que peleó por obtener dignas remuneraciones medio siglo antes de que Fischer lo hiciera. Lasker era un rey de estandarte desvaído, cuyo legado era motivo de confusión para los estudiosos y motivo de debate entre los grandes maestros de generaciones posteriores. Afortunadamente, las máquinas, esos seres sin corazón que dictan las frías verdades del ajedrez sin tener en cuenta los viejos relatos cargados de juicios humanos, han revelado una maravillosa certeza: no era Lasker quien jugaba un ajedrez raro, era el ajedrez el que iba por detrás de él. Supo adaptarse a diversas posiciones y estilos, buscando una respuesta pragmática que podía quebrantar ciertos principios teóricos en apariencia pero que era, no obstante, la requerida por la situación. De manera no muy distinta a como hubiese hecho una máquina, no estaba limitado por los prejuicios teóricos de sus colegas, perseguía una verdad superior: verdad que gana las partidas.

Lo que se nos antojaba inconsistencia de sus ideas era su respuesta a la inconsistente variedad de contrincantes. Lástima que estos solamente fuesen consistentes en una cosa: no conseguían captar que, pese a lo que sus respectivos egos se empeñasen en dictaminar, Lasker era, sencillamente, superior. Ya saben, no hay más grande genio que aquel que es entendido cien años tarde.

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9 comentarios

  1. Excelente divulgación. En especial modo de la vida de este campeón. He practicado ajedrez por algunos años como simple aficionado, atraído por su lógica posicional geométrica plana basada en segmentos variables, por eso no logro entender por qué continúan a considerar que en él hay una componente matemática. Ni siquiera hay una suma prácticamente infinita de singulares posiciones que resuelva alguna incógnita, ya que los resultados podrían ser paradojales: indefinido, cero o uno, tablas, derrota o victoria. Y después, siempre estamos hablando de posiciones geométricas. Tal vez se refieran a las matemáticas que exploran la física quántica en la cual esto es permitido, pero me parece demasiado improbable. La lógica de este juego me recuerda a las interminables -y complicadas- reflexiones de Euclíde sobre el circulo y sus propiedades con el agregado direccional de los ejes cartesianos. Muchísimas gracias por la lectura.

    • Menuda verborrea ridícula, queriendo aparentar… qué: cultura, inteligencia, dominio del ajedrez o las matemáticas?

      Doblemente ridículo pretender que los trillones de posiciones posibles son pocas, que no hace falta un súper ordenador brutal para poder plantar cara a un gran maestro moderno, o que no hay lógica y cálculo en un juego sin igual como éste.

      Aprenda a jugar y disfrutar el ajedrez, y déjese de comentarios pomposos!!

      • Querido Pau, creo que el mensaje de Eduardo indica, precisamente, lo contrario: que la complejidad del ajedrez es tan elevada que resulta imposible de parametrizar.

    • sentido como un

      El exhibicionismo se agota en sí mismo. El apreciado Eduardo no ha conseguido entablar diálogo con nadie.

  2. Agustín Serrano Serrano

    Quién sabe de qué sería capaz contra los campeones de hoy…

    Gran artículo.

    Emotivo y bien escrito, como suele ser habitual en su autor.

    Felicidades.

  3. Lo mío es solo curiosidad, estimado Pau. No soy dotado ni para el ajedrez ni para las matemáticas, pero el mundo es demasiado maravilloso como para no hacerse preguntas. Y este medio, JD, me permite hacerlo. Además, exponer conocimientos básicos de matemáticas como lo es una suma y sus posibles resultados, o recordar las aburridas horas estudiando geometría plana no es prueba de que sea un conocedor de ambas materias. Todo lo contrario. Fueron estudios de los cuales tengo malos recuerdos. Solo esperaba que alguien con más conocimientos de los míos me dijera dónde está el error de mis consideraciones sobre este entretenimiento único. Simplemente eso. Pero no ha sido así. Y lamento que mi curiosidad le pareciera una vanidad. Le agradezco su comentario que, lo confeso, me ha dejado desubicado, y otra vez gracias a JD que me permite conocer si moverme de casa una parte ínfima de los ánimos de mis congéneres a través de la escritura. Viva la cultura, aun aquella que nos enfrenta.

  4. Consciente de la insignificancia de mi curiosidad anterior, agrego la siguiente, pero antes pido disculpas al autor del excelente articulo sobre este campeón por desviarnos del mismo. ¿Por qué a ese contrato financiero en desigualdad de condiciones lo llaman “Seguro de Vida”? Es evidente que moriremos o sufriremos, con o sin Seguro de Vida. ¿Por qué no simplemente capital disponible para casos imprevistos? Y para colmo denominar “premio” las cuotas que debemos pagar. Para el que paga no es ningún premio, y para el que lo recibe no hace otra cosa que confirmar la perversidad de los ánimos financieros, ya que ese importe, que proviene de un honrado trabajo, va a alimentar el calderón de donde salen todas las crisis financieras. Pareciera que estos señores magos de las finanzas se regodeasen con nuestro innato temor a la muerte dando a sus “productos” nombres altisonantes. Gracias otra vez

  5. Steinitz estableció los fundamentos del juego posicional, pero realmente la modernidad en ajedrez empezó con Lasker, un campeón grandioso al que sólo se le puede reprochar que evitara a los aspirantes que podían arrebatarle la corona (fue flagrante lo que hizo con Rubinstein, y a Capablanca no le dio chance para un match hasta 1921, cuando ambos ya podían haberse enfrentado al menos ocho años antes). En una entrevista de 1996, Kaspárov, que ya estaba bosquejando su serie «Mis geniales predecesores», dijo que había un montón de partidas muy buenas de Lasker, a diferencia de muchas supuestamente modélicas de Capablanca en las que, por el contrario, había errores importantes. Y, ciertamente, son muchas las que el Doctor jugó a un nivel extraordinario, incluso ya con 67 años tuvo una lucha tremenda contra Botvínnik en el torneo de Nottingham de 1936. ¿Qué se pude decir de un campeón, que mediada la cincuentena, ganó con autoridad los fortísimos torneos de Nueva York’1924 y de Moscú’1925? Ya entonces Capa y Alekhine dominaban la escena, pero Lasker seguía obteniendo unos resultados impresionantes. Y no han sido muchos los campeones mundiales que brillaron a la vez como grandes jugadores de torneo y de matches individuales. Lasker fue fabuloso en ambas facetas.

  6. Un articulo estupendo sobre uno de los mas desconocidos campeones. Gracias!

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