Sociedad

Clavos en los tacones

Fotografía: Mstyslav Chernov (CC BY-SA 3.0)

Faldas negras con mucho vuelo, camisetas de lycra y zapatos de tacón. En un abrir y cerrar de ojos, y sin dejar de hablar de los planes para el fin de semana, las siete bailaoras ya se habrán cambiado de ropa. Estíbaliz Calabria, Estíbaliz Craf, Rocío Cortés, Joana Cabel, Marta Colomino, Haizea París y Garazi Ajuria llevan ocho años ejecutando la misma operación cada sábado, siempre a las tres de la tarde. Comparten el pequeño vestuario con una docena de coloridas sillas de enea, pero se apañan bien. Las mayores, que rondan los cuarenta, comenzaron a bailar flamenco durante los «años de plomo» en Llodio, un pueblo alavés gobernado a relevos por HB y el PNV. Cuando alcanzaron la adolescencia lo dejaron «por distintos motivos». El ambiente también pesaba.

Pasaron los años, volvieron a reunirse y formaron el grupo de baile Algarabía aquí, en el Centro Andaluz de Llodio. Hablamos de una localidad que pasó de ser un núcleo de cuatrocientos caseríos en 1930 a acoger a siete mil quinientas familias en la segunda mitad del siglo XX. Durante las décadas de los cincuenta y sesenta el tejido industrial estaba en plena expansión y se necesitaba mano de obra. Acudieron a la llamada miles de gallegos, andaluces, castellanos, extremeños y riojanos. El pueblo, que tradicionalmente había vivido de la ganadería y la agricultura, se transformó: un urbanismo rápido y desordenado engendró los denominados barrios «de aluvión», lo mismo que en Amurrio, Vitoria, Sestao, Santurce, Bilbao, Portugalete, Barakaldo, Mondragón, Rentería…  El dinamismo empresarial y social fue tan frenético que el valor del producto interior bruto del País Vasco se triplicó entre 1960 y 1973. Algunas empresas enviaban autobuses a los pueblos para atraer mano de obra, y en las estaciones de tren siempre había hombres que se acercaban a los recién llegados para ofrecerles trabajo. 

Y aquellos no eran los únicos cambios de calado. La literatura en euskera volvió a resurgir: Harri eta Herri, un extenso poema social de Gabriel Aresti, publicado en 1964, simbolizó la renovación. Surgió la nueva canción vasca, y los Oteiza, Chillida o Basterretxea irrumpieron en el arte mientras las ikastolas pasaban de la clandestinidad a una frágil legalidad. El pueblo vasco quería afirmar una identidad aplastada por el franquismo, justo cuando el contexto sociopolítico cambiaba de forma vertiginosa. Y todavía faltaba lo peor de ETA, décadas muy convulsas en las que miles de vascos, hijos de emigrantes, tuvieron que forjarse una identidad y reconocerse como vascos, como españoles, o como vascos y españoles.  

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