Egipto, donde incluso la dictadura pasada fue mejor

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El Cairo, 2013. Fotografía: Thomas Hartwell / Cordon Press.

El 14 de agosto de 2013 Mahmoud Abu Zeid fue uno de los pocos reporteros que no dudaron en jugarse el pellejo. En aquel lugar y en aquel momento, a diferencia de reportajes como este, no se escribía sentado desde casa, sino que la información exigía acudir a ella. Los partidarios de los Hermanos Musulmanes llevaban cerca de mes y medio acampados en la plaza de Rabaa al Adaweya de El Cairo, en protesta por el golpe de Estado del mariscal Abdulfatah al Sisi, que había desalojado del poder a Mohamed Morsi, el primer presidente egipcio elegido democráticamente en las urnas. Que el mismo ejército sublevado desalojara a los islamistas por la fuerza era cuestión de tiempo. Los periodistas esperábamos el susto, pero solo quien estuviera dentro —junto a los acampados— a la llegada de las fuerzas de seguridad, se llevaría la instantánea que después competiría por convertirse en la imagen del año. Mahmoud, también conocido como Shawkan, era parte de la tribu de fotógrafos que convivieron semanas con los manifestantes para ganarse su confianza. Hasta que al amanecer de ese 14 de agosto ocurrió lo que todo el mundo temía. Soldados y policías irrumpieron sin compasión. Y Shawkan estaba allí para fotografiarlo. Quienes acudimos un par de horas más tarde vimos cadáveres y cientos de heridos huyendo desconcertados ante la amenaza invisible de los francotiradores, pero el cerco militar impedía ya presenciar en primera persona las atrocidades del régimen. Cerca de 1000 personas murieron en apenas unas horas en los escasos metros que circundan la plaza de Rabaa. Ninguno de los responsables ha pagado por ello y, sin embargo, Shawkan fue juzgado por estar allí, acusado de delitos de asesinato, pertenencia a un grupo terrorista o incitación a infringir la ley. Fue condenado a cinco años de cárcel. La fiscalía había pedido pena de muerte. 

Antes de meterlo en prisión, la policía le propinó una buena paliza. El fotógrafo tiene ahora treinta y un años, de los que los últimos cinco se le han esfumado en prisión preventiva. Enfermo de hepatitis C, su caso se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad en Egipto. Pero las constantes peticiones de las organizaciones de derechos humanos tienen en este país un efecto absolutamente inocuo. La comunidad internacional tampoco ha elevado en exceso la presión, aunque durante su cautiverio fuera galardonado con premios como el Guillermo Cano por la Libertad de Prensa, que entrega la Unesco. Tras años de retrasos, finalmente la sentencia se conoció en septiembre del año pasado. El joven ya debería estar libre por haber descontado la pena, pero en el momento de escribir estas líneas las autoridades siguen alegando problemas burocráticos por los que no permiten su excarcelación. En el proceso se juzgaban junto a él a más de setecientas personas, incluida la cúpula mayor de los Hermanos Musulmanes. El juez repartió alegremente setenta y cinco penas de muerte, por ejemplo al expresidente Morsi, y otras tantas decenas de cadenas perpetuas. Según Reporteros Sin Fronteras (RSF), «para el gobierno de Egipto, como para otros de la región, la lucha contra el terrorismo se ha convertido en un as bajo la manga que le ha permitido reforzar el arsenal legislativo con el que reprime a los periodistas. Todos los medios de comunicación y periodistas independientes pueden ser acusados de terrorismo».

En la clasificación anual de libertad de prensa que elabora RSF, Egipto se encuentra en la posición ciento sesenta y uno de un total de ciento ochenta países. Un registro que ha ido empeorando progresivamente tras la llegada al poder del militar Al Sisi, quien ha transfigurado su país en una máquina de represión más poderosa incluso que la de su predecesor Hosni Mubarak, contra el que los egipcios se rebelaron en masa. Shawkan es uno más de la treintena de informadores que permanecen en las cárceles del país árabe. Algunos incluso fueron alojados en prisiones militares secretas, donde cualquier respeto a las mínimas garantías es una mera ilusión. Contando con que se tenga la suerte de salir con vida. Casos como el de Peter Greste, periodista australiano de Al Jazeera English, tuvieron un gran eco mediático, pero son los locales quienes más han sufrido esta oleada represora. Lo ocurrido con Greste es paradigmático. Fue detenido junto a su colega egipcio-canadiense Mohamed Fahmy y el productor egipcio Baher Mohamed, acusados de difundir noticias falsas tras reunirse con un líder de los Hermanos Musulmanes. Pero mientras a Greste lo dejaron marchar a su país en 2014, sus dos compañeros tuvieron que pasar otros cuatro años entre rejas, viendo cómo su juicio se posponía incomprensiblemente. El régimen cruzó una línea roja con los extranjeros con el asesinato del joven estudiante italiano Giulio Regeni, quien realizaba un trabajo de investigación sobre el poder de los sindicatos, que en el pasado tuvieron un peso importante en la revolución. Hay sobradas evidencias de que los servicios de inteligencia lo secuestraron, lo torturaron y de que fueron ellos quienes abandonaron su cuerpo en una cuneta. Tampoco nadie ha pagado por ello. Pero, por desgracia, por cada Regeni hay miles de egipcios que han corrido la misma suerte. 

Ningún periodista egipcio podía sorprenderse si la policía entraba en sus sedes y les requisaba el material. Ocurrió en muchas ocasiones. Tampoco si recibían amenazas o eran perseguidos por grupos de matones. En árabe se llaman baltagueya y son criminales de poca monta compinchados con las fuerzas de seguridad, a las que les hacen el trabajo sucio. Ocurrió también que más de un reportero se llevó una paliza de los baltagueya, verdugos en realidad de los contestatarios o de cualquiera en el punto de mira de un señor con uniforme. Pero tampoco fueron los egipcios las únicas víctimas de esta esquizofrenia de aire marcial. También le ocurrió a la prensa internacional, aunque me haya resistido hasta aquí a poner en primer plano lo que debería ser secundario. Hay quienes no tienen la suerte de salir del país y buscarse otro en el que trabajar, porque aquel es el suyo y porque ya quisieran tener la oportunidad de elegir. 

El Cairo, 2014. Fotografía: Cui Xinyu / Cordon Press.

Cuando los periodistas extranjeros llegamos fascinados por las revueltas populares que en aquella época transformaron por una vez Oriente Próximo en una región floreciente, siguiendo a otros que tuvieron la suerte de vivirlo desde la fase embrionaria, fuimos recibidos casi como héroes. Por fin alguien dispuesto a contar la verdad, a salirse de los esquemas de una órbita mediática puramente oficialista. No eran los sindicatos, las ONG, ni la incipiente clase política, sino la gente común la que te daba las gracias por la calle. Apenas dos años más tarde, cuando esa tentativa democrática viró en un régimen ávido de reivindicarse convirtiéndose en un engendro aún más duro que el anterior, esos individuos también cambiaron. Los periodistas foráneos, los únicos que aún mantenían en alerta el nivel crítico, fueron satanizados. Por hablar de lo más cercano, a un grupo de compañeros españoles les dieron una paliza en la plaza Tahrir, la misma de la famosa revolución, acusados de espías por el mero hecho de hablar una lengua que los demás no conocían; otro colega tuvo que abandonar el país a la carrera, tras una extraña advertencia a la Embajada de España (que manejó el asunto con escasa claridad) de que podía ser detenido; mientras que algunos otros hicieron —hicimos— un recorrido turístico de lo más completo por todas las comisarías de El Cairo. Si el trabajo de un plumilla ya era complicado, llevar una cámara por la calle te convertía en una especie de luz de neón que anunciaba: «periodista peligroso anda suelto». El colmo fue cuando las autoridades tuvieron que crear un documento ex profeso por la insistencia de los agentes de policía en pedir un permiso que no existía para tomar imágenes. Como ángel de la guardia contábamos con una consejera de Información en la misma embajada que antes de responder al teléfono «qué tal», preguntaba «dónde estás». Los hay que se mantienen allí y que siguen trabajando de modo excelente. Bravo. La mayoría nos fuimos. 

Quienes lo hicieron antes de 2015 se perdieron el paquete legislativo preparado por el régimen para apuntalar lo ya expuesto en ejemplos más o menos afortunados. Todo empezó aquel año con una ley contra el terrorismo que utilizaba la coartada de la seguridad nacional para obligar a ofrecer siempre la versión oficial en caso de atentados, bajo amenaza de cárcel. Tras el golpe de Estado al Gobierno de los Hermanos Musulmanes se multiplicaron esta serie de ataques, cometidos en su mayor parte por milicias islamistas que presumían de que ya decían ellos que aquello de mezclar islam y política no era la estrategia acertada. Tradicionalmente, la Hermandad había sido acusada por estos grupos de traidora por entregarse al juego político; mientras que para el régimen, que quería extirpar toda oposición organizada, los Hermanos Musulmanes se convirtieron en sinónimo de terrorismo. Y eso que un año antes habían convivido de modo fraterno, con Morsi como presidente y Al Sisi como ministro de Defensa. Se vetó además el acceso a la zona norte de la península del Sinaí, donde se perpetraban multitud de atentados yihadistas, ante la incapacidad de las autoridades para controlar el territorio. Lo ocurrido allí iba a parar directamente a un agujero negro. Había que limitarse a difundir las matanzas de los agentes egipcios, que siempre han ido acompañadas de contraofensivas con la mira puesta en supuestos líderes terroristas. Quién sabe cuántos chivos expiatorios elegidos al azar han muerto como venganza… En 2016 el Gobierno de Al Sisi aprobó una nueva ley de medios, que supuso la creación de un Consejo Supremo para poder mantenerlos a todos bajo control. Y en un último paso, quedó sancionada otra norma para combatir el cibercrimen, que en la práctica cercena también la capacidad para la crítica en internet, la única plataforma en la que aún era posible. 

Decenas de páginas webs fueron capadas, la mayoría extranjeras, aunque también alguna que otra nacional como Mada Masr. Este diario digital, con versión en árabe y en inglés, representa uno de los escasos reductos de libertad en Egipto, aunque desde allí no se puede acceder a él. La página se vio obligada a inscribirse en el registro que impone la citada ley de medios para seguir existiendo. Ellos mismos argumentaron en un artículo que era la única vía para mantener el objetivo de «producir un periodismo crítico en un momento en el que apenas se ve por ningún lado y en el que el Estado está tratando de imponer sobre los medios la censura y su adquisición». Y ni siquiera esto les ha librado del veto. En los años sucesivos al golpe militar se han producido numerosas compras de medios de comunicación por parte de empresarios cercanos al poder, parte de esa élite que compone el llamado «capitalismo de amigos», a quienes no les hacen falta las instrucciones editoriales porque ellos mismos conocen la pauta y la ejecutan a la perfección. Camuflados desde un falso velo de independencia han ido justificando una a una las medidas del Gobierno y han aparentado un pluralismo que en realidad no existe. La otra pata la compone una maquinaria estatal heredada del nacionalismo de los tiempos de Gamal Abdel Nasser, que aun apolillado, todavía se mantiene. En un país en el que cerca de un cuarto de la población no sabe leer ni escribir, obviamente la televisión es el medio más influyente. Y aquí compiten las cadenas públicas con otras privadas, sostenidas en muchos casos por dinero de Arabia Saudí, el financiador de Egipto en la región. En el caso de la prensa escrita ese antiguo control estatal aún es más fuerte. Mientras que en el panorama internacional, Al Jazeera, la cadena árabe por excelencia, se inscribe en el eje del mal, asociada a los Hermanos Musulmanes. Su toma de posición a favor de las primaveras árabes jugó un importante efecto movilizador, por lo que ahora había que sacarla del escenario. Además, la emisora con sede en Doha también es víctima de esa disputa política que enfrenta a Arabia Saudí con Catar, por lo que Egipto se apunta a eso de que el enemigo de mi amigo también es mi enemigo. También otros diarios como The Guardian fueron acusados por El Cairo de recibir dinero catarí. Aunque realmente tampoco hacían falta muchas justificaciones: todo elemento crítico no es permitido y punto. 

Fruto de esa herencia patriarcal del Estado, recuerdo con ternura las oficinas del Centro de Prensa, el ente del Ministerio de Información al que acudir para solicitar permisos o acreditaciones. Mal pagados, pero había muchos puestos de trabajo que repartir. Sobre sus mesas un buen número de funcionarios ociosos se pasaban el día dormitando. También había señoras rellenando crucigramas. Otros, que ni siquiera tenían un ordenador en su escritorio, guardaban en los cajones un ratón por si acaso. Y al único competente de todos ellos, un buen hombre que arrastraba una enfermedad que cada vez le limitaba más la movilidad, que debía haberse jubilado muchos años atrás y que finalmente terminó haciéndolo, tampoco le hacía falta informatizarse. Míster Fuad. Era capaz de conocer de memoria los nombres de los cientos de periodistas extranjeros que tenía acreditados, sus historias personales y cada uno de los medios con los que trabajaban. Años más tarde, son muchos menos los inscritos. Sin embargo, me pregunto qué será de él. A pesar de todo lo anterior, lo pasamos bien. La primavera árabe no solo dejó un sentimiento de decepción, lástima y oportunidades pérdidas. También un reguero de grandes crónicas y excelsos periodistas, a los que no citaré por no levantar envidias. Olviden lo dicho y búsquenlos. En aquel periodo de aire fresco que se abrió camino viendo caer a dictadores, el mayor obstáculo que había que superar en Egipto era un correveidile en ese centro de prensa que esperaba en la sala a que terminaras los recados para venir a pedirte propina.

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6 comentarios

  1. El presidente Sissi. Habría que matarlo de la manera más cruel que exista. Ne gustaría verle suplicando . Asesino cobarde …

  2. …y el mundo entero, incluidas Europa y España, callando ante el golpe de estado, porque seguro segurito que era mucho muchísimo mejor que no tener a unos islamistas radicales y altamente peligrosos en el Gobierno. ¿Los muertos, los encarcelados, los apaleados? Nada, fruslerías al lado del inmenso y violento peligro que suponían los islamistas.

  3. Aquiles

    Terrible lo de los periodistas y la represión en tarhir, pero
    ¿los hermanos musulmanes que murieron en esa plaza que «democracia» estaban defendiendo?
    , la de las mujeres, los gays , los ateos , los cristianos, los anarquistas, la libertad de culto , la libertad de prensa, la libertad de decir, pensar, politicas?
    Que estaban haciendo los HM cuando el pais se estaba cayendo a pedazos ?
    Estaban discutiendo en el parlamento, el bikini en las playas, el acceso a pornografia el ateismo, la opera de aida en que hay mujeres con poca ropa, cubrir las piramides de egipto con cera, la rinoplastia.
    Hay que poner en perspectiva, lo que nosotros conocemos como democracia es un insignificante barniz en egipto, lo demas comparar al sisi con mursi con mubarak es como comparar la gripe con la diarrea.
    El la misma base la que no tiene arreglo, en encuestas en paises arabes la mayoria dice que esta de acuerdo con la democracia, luego preguntas por la sharia y derechos civiles y da escalofríos ver el resultado.
    Lo de egipto nunca iba a salir bien, partiendo de una sociedad represiva esclava de una ideologia totalitaria, apoyada por la amplisima mayoria de población.

  4. Kilgore

    Es que es oír lo de la primavera árabe, la caída de los dictadores y lo que los sustituía y empezar a descojonarme.
    Estaban oprimidos por sátrapas sanguinarios. Pero no se preocupen que en su lugar vamos a poner una teocracia maravillosa. O un régimen tribal estupendo. Ya verán que bien.

  5. Este tio, sabe muchisimo mas que yo, pero decir que la primavera arabe hizo de oriente medio un lugar floreciente me parece una señora frivolidad. Hasta donde yo sé, y ruego que alguien me lo aclare si me equivoco, los hermanos musulmanes no estan muy a favor de los derechos de las mujeres, la libertad religiosa o la laicidad del estado. Hasta donde yo se, Morsi era un «moderado» que dependía de ellos y que estaba tramitando una ley para blindarse politicamente.
    No se, es que de verdad, o este tio sabe algo que los demas ignoramos, o ha cometido una acojonante frivolidad en un articulo supuestamente serio.
    Voy a leer ahora los comentarios, aunque por lo poco que he visto en el que tengo encima (kilgore) la opinión es generalizada.

    • Siso O

      Es lo que tiene la democracia, que a veces gana quien no te gusta, aquí en España tenemos habitualmente a esbirros de la banca o a sectarios del Opus Dei en el gobierno, y aunque sus métodos para llegar al poder estén parcialmente ligados a la corrupción y a la ignorancia, no se nos ocurre echarlos mediante un golpe y poner a unos militares a gobernar; tenemos la esperanza de que mediante elecciones vayamos mejorando. Al impedir gobernar a los HHMM, impedirles cometer errores, se anulan las alternativas, tan solo queda espacio para el radicalismo y la confrontación civil.

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