
El día que los teléfonos se popularizaron, y en cada casa y puesto de trabajo empezó a haber una línea, muchas cosas cambiaron. Poco a poco dejaron de concertarse algunas citas y se produjeron menos encuentros cara a cara. El teléfono perfeccionaba una de las grandes obsesiones de la humanidad: el ahorro de tiempo. Hubo hermosos actos de resistencia, casi románticos, como el del padre de Ricardo Piglia, que el día que instalaron la línea reunió a la familia y avisó: «A los amigos se les visita en su casa, no se les llama». Pero el teléfono poseía una extraordinaria fuerza de atracción, que conspiraba a favor de otro sueño humano: hablar por hablar. Empezó a usarse más, y más y más. Todos conocemos a alguien que, a partir de un día, no supo vivir sin él. Simplemente, resultaba demasiado práctico como para castigarlo con la indiferencia. Fue el caso de Stanley Kubrick.
Reparé en su afición al teléfono leyendo Kubrick, de Michael Herr, con quien conversó durante años sin descanso. La búsqueda de bibliografía no hizo sino descubrirme que el número de Herr era uno más, aunque especial, en la agenda del cineasta. John Baxter cuenta en Stanley Kubrick. Una biografía que en una ocasión el director tuvo al escritor Gustav Hasford siete horas seguidas colgado al teléfono. Siete. ¡Seguidas! Hasford había participado en la guerra de Vietman, en la que sirvió como corresponsal de Leatherneck, la revista del cuerpo de marines, entre 1966 y 1968. En 1979 publicó La chaqueta metálica a partir de sus experiencias en la contienda. Tardó siete años en escribir la novela y tres en encontrar editor. Kubrick la leyó en 1982 y lo llamó para adaptarla, y ese día empezaron las largas conversaciones telefónicas. A medida que el guion avanzaba, Hasford pasaba cada vez más tiempo al aparato. «Desmenuzábamos cada línea de esa película. No hay palabra o frase que no se haya discutido en algún momento», se quejaba. Por esas fechas, durante los tres meses que Kubrick se encerró a estudiar el contrato de la película con la Warner, telefoneó cada hora a su abogado Louis Blau, en California, para asegurarse de que no habría sorpresas después de firmarlo.
John Calley, que llegó a ser jefe de producción de la Warner a principios de los setenta, admitía que Kubrick estuvo llamándolo por teléfono durante casi un año cada dos semanas para que leyera La rama dorada, de Frazer. Al final, ya cansado, Calley le dijo que tenía que dirigir un estudio y no disponía de tiempo para leer mitología. «No es mitología, John. Es tu vida», le contestó al otro lado de la línea Kubrick. Nadie estaba libre de sus llamadas. En los años noventa, cuando aún se proponía escribir el guion de Artificial Intelligence, una versión de la era cibernética del mito de Pinocho, vio Jurassic Park y comenzó a telefonear a Steven Spielberg «cada veinte minutos para hablar de la tecnología que había utilizado», según Herr.
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Figura -y genio- inagotable, Kubrick.
Tal vez me equivoque, pero no me viene a la mente ningún otro director tan ecléctico. Generalmente cada director se centra en un motivo, pero este grande abarcó todos nuestros miedos, esperanzas, fantasías con respecto a los viajes espaciales, la sociedad del futuro, la guerra, el sexo, la locura, la amistad, la pederastia. Gracias por la lectura.
Creo que él y yo fuimos los que más dinero hicimos ganar a las compañías telefónicas. ¡Vaya tío!
El que fuera su chofer y asistente contó que Kubrick, ante el enojo de la esposa de este por las constantes llamadas a toda hora, que le impedía a la familia utilizar el aparato para sus necesidades diarias, optó por instalarle un aparato exclusivo para comunicarse entre ellos.