¿Dios tiene tetas?

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Cultiva tus curvas, pueden ser peligrosas, pero no las evitarán.

Mae West.

1977, Sidney Lumet filma una obra de teatro de Peter Shaffer, Equus, que sirve para exculpar fenómenos como el de las believers, el papa de Roma o el forofismo balompédico en su vertiente de cantar los goles en el salón de casa que parece que va a salir el padre Karras con una cruz de detrás de una cortina. Las pasiones humanas. La salsilla de la vida.

La película consiste en el tratamiento psiquiátrico de un chaval que ha desarrollado unas creencias muy particulares. Su madre es una cristiana fanática que le hace rezar todas las noches ante un retrato de Nuestro Señor Jesucristo que tiene colgado en su habitación. El marido, harto de tanta devoción —y de no follar, básicamente—, se cabrea un día y tira el cuadro a la basura. La madre se lleva un disgusto, pero lo del niño es peor, no para de llorar porque el Cristo de la pared era también su mejor amigo.

Solo consiguen que se le pase el berrinche colocando otro cuadro frente a su cama. Un muy británico ordinario cuadro de caza con un caballo en primer plano, pero, conforme lo cuelgan, deja de llorar. El crío asimila las melenas y la mueca agonizante de Jesús en el calvario a ese caballo, con sus crines al viento, que le mira fijamente. Sustituye uno por otro. Y en el trance, crea una nueva religión. Dios es un caballo. Hasta inventa una saga equina equiparable a los descendientes de Isaac, más conocidos como el pueblo judío.

Claro que el tiempo pasa y la naturaleza obra sus cambios. El chico se hace mayor, le salen pelillos en los huevos y su equina pasión infantil termina con encuentros nocturnos con un caballo que trascienden el afecto y las caricias. Zoofilia.

Sin embargo, el psiquiatra que se encarga de él, Richard Burton, también está atravesando una crisis, le pasa lo mismo que al padre del niño y, en un momento dado, estalla: «¡Llevo seis años sin besar a mi esposa y este chico todas las noches lame el sudor de su dios! ¿Y el loco es él?». Curar, devolver a la cordura, a un tío que folla con su dios, le da pena. Más que sanarlo, entiende que le hace una putada.

Pues bien, yo atravesé en mi adolescencia un fenómeno similar al del niño de Equus. En aquella época uno no tenía a su disposición un directorio de escorts como la ErosGuia y se tenía que conformar con masturbarse con el espíritu de Alekséi Stajánov, cuando valía todo, desde el Telecupón a un semanario o incluso el Hola, encontré una especie de diosa. En verano, enfrente de mi casa, se sentaba junto a sus amigas a comer pipas una chica mayor que yo. Me sacaría unos diez años y destacaba, digámoslo sin rodeos, por sus enormes pechos. Eran gigantes. De verdad, yo nunca había visto nada semejante. En consecuencia, cada vez que la veía por la calle, atravesaba raudo el umbral de la puerta de mi casa directo a mi habitación y… paja. Sesiones masturbatorias con presentación, nudo y desenlace.

Este patrón se repitió durante años, sin que mediara palabra entre nosotros. Como de los trece a los dieciocho. Calculen, todos esos veranos a paja diaria pensando en esas tremendas tetas. Y en invierno, otras tantas, en plan revival. Fácilmente eran más de cien al año pensando en lo mismo. En fin, que sentí por esas tetas algo más que afecto. Era veneración. Y entonces, un día, el primero del año uno en mi calendario personal, tuvo lugar el hecho religioso. Estaba yo en un bar, coincidimos con un grupo, estaba ella. Yo ya era mayor, no se notaba tanto la diferencia de edad. Hablamos, hubo química, me cogió de la mano y me sacó fuera, nos besamos y, escondidos de las miradas indiscretas en un rincón, nos metimos mano. Ahí las tuve ante mí. Más de mil pajas las contemplaban. Repito, llevaba la mitad de mi vida consciente pensando en ellas cada noche.

Levanté su camiseta despacio. Sin prisa. Cuidadosamente retiré el sujetador y, con ambas manos abiertas, en movimiento ascendente en perpendicular a la línea de tierra, estrujé la carne con un grito sordo brotando de mis entrañas ¿Han visto a Freddy Mercury cantar «Barcelona»? Pues así estaba yo, en un punto entre el clímax de esa canción y la muerte por electrocución. Le estaba tocando las tetas a Dios. Tenía a Dios entre mis manos. Llevaba años, casi la mitad de mi vida hasta entonces, recreando ese momento. Recorrí la infinitud del cosmos sin moverme del lugar. Me hice uno con la eternidad.

Pero, y aquí viene la reflexión, en realidad todo era debido a cierta masa de carne. Nada más. No pasaba nada. Al tocarlas, no se abría una puerta y te ibas a otra dimensión. Era inevitable reflexionar. La pregunta era por qué; por qué solo esas dos bolas de músculo pectoral y tejido adiposo podían empujarte a cruzar océanos a nado, coger un Kaláshnikov y tomar la meseta o llevar los pantalones pesqueros. ¿Por qué? ¡Por qué! Creo que ahora, en el otoño de mis días, es un buen momento para buscar una explicación racional. Desde un enfoque masculino y hetero, se lo relato.

Comencé mi investigación empleando el método científico más antiguo conocido, esto es «preguntarle a mi papá», quien me dijo que la pasión por las tetas grandes fue una moda que inventaron los estadounidenses y extendieron por todo el mundo con aquellas revistas y aquellas modelos que dejaron boquiabiertos a los hombres libres. ¿Una necesidad artificial inducida por el capitalismo? Podría ser. En los mapas de tamaño del pecho por países que rulan por internet se ve claramente que la mujer rusa es la que las tiene más grandes. Podría ser una consecuencia de la guerra fría, de un contraataque yanqui a la URSS en un frente inédito. Quién sabe.

A continuación, pasé a la fase técnica de la investigación: «preguntarle a Google». Ahí hay información interesante. Primero, que el tamaño de los pechos en el mundo está creciendo. O por la píldora anticonceptiva, por una dieta más rica en grasas o por las hormonas que les inyectan a los animales. Del mismo modo, actualmente nos hallamos inmersos en la era del «look desafiante», pechos imposibles y posición inverosímil gracias al relleno del sujetador y/o la cirugía. «¿Quién querría parecer natural? Eso era muy del siglo XX», reflexiona Georgia Witkin, profesora de psiquiatría del hospital neoyorquino Monte Sinaí, entrevistada por el Washingon Post.

Bien. Parece que los loqueros tienen respuestas. Pues llamo a mi favorita, la psicóloga Karme Freixa, y le pregunto, sencillamente, por qué nos gustan las tetas. Me explica: «Hay muchas investigaciones sobre ello, algunas un poco dispares. Las más fiables desde el punto de vista fisiológico dicen que está ligado a los instintos reproductores. Con unas gafas que registraban hacia dónde dirigían los ojos los hombres y las mujeres, vieron que los hombres van al culo, pecho y luego cara, y las mujeres a genitales, culo y cara. No dejamos de ser mamíferos, o primates».

En este aspecto, hay un estudio de Roy Levin y Cindy Meston, de la Universidad de Sheffield, en el que se sugiere que, desde que empezamos a ser bípedos, a erguirnos, comenzamos también a tener sexo cara a cara. De modo que las nalgas, lo que mejor ves de quien se desplaza a cuatro patas cuando te desplazas a cuatro patas, dejaron de tomarse en consideración a diferencia de los pechos, que ahora eran lo que tenías enfrente. Es decir, las tetas son el nuevo culo. Evolutivamente hablando, entiéndase.

Así que durante miles de años aumentaron su tamaño para suplir las funciones de reclamo sexual de las nalgas de forma inédita en el reino animal —en esto coinciden estudios y literatura antropológica—, dado que su volumen dificulta la lactancia. No en vano, leo en The Naked Woman: A Study of the Female Body, del zoólogo y etólogo Desmond Morris, que en la naturaleza muy habitual no es eso que hacen a veces las madres humanas de meter el dedo entre su seno y el bebé cuando mama para que el animalico pueda respirar y no se asfixie.

«No obstante —sigue Karme—, también es cierto que hay investigadores como Hans Jürgen Eysenck, que cuando investigó sobre sexo y personalidad relacionó tamaño de pechos con el grado de introversión o extroversión de los hombres. Los hombres extrovertidos preferían los pechos grandes y los introvertidos pechos pequeños. También decía que las mujeres con pechos pequeños eran más introvertidas. Aunque también hay que tener en cuenta que hay un culto social alrededor del pecho, que se convierte en presión social hacia las mujeres. Las religiones son muy misóginas y siempre han tratado de que no se vean los atributos femeninos».

En este punto recurrimos a la historia y damos con un artículo del escritor Carlos Suasnavas, «Cuando el tamaño de los pechos no importaba». Los romanos, dice, ya fijaron un tamaño idóneo para los pechos. El poeta Marcial escribió que «no debían desbordar el tamaño de la mano». Y a continuación cita a un médico e historiador francés, Augustin Cabanès, que daba cuenta de un corpiño en Roma, la fascia pectoralis, que oprimía los senos. Algo que ya venía de Grecia, donde, según este historiador, detestaban los pechos voluminosos. Incluso recomendaban a las prostitutas que los escondieran. Concluye: «Los pechos femeninos pasaban tan desapercibidos como las orejas».

Así se llegó hasta los corsés, para realzar los senos. Pero en el siglo XIX y bien entrado el XX siguieron ocultos. Tendríamos que viajar hasta los años sesenta, con la apertura de los clubes de striptease y los inicios del topless en las playas francesas, perseguido por agentes uniformados, cuando el culto a la teta se hace público y, sobre todo, popular.

Ahora se dan casos, como en África, donde se oculta la telarquia —desarrollo de las mamas en la adolescencia— con un planchado de senos, para protegerlas de los violadores. O en Australia, donde se han dado casos de censura en revistas de modelos adultas con pechos pequeños por considerar que incitan a la pederastia. En un sentido o en otro, nunca hay indiferencia hacia ellas.

Porque, volvamos al estudio científico de Levin y Meston, la obsesión la tenemos profundamente arraigada en el cerebro. Y es cosa de ambos géneros. Estos dos investigadores reunieron en un experimento a ciento cincuenta y tres mujeres y ciento cuarenta y ocho hombres. Les rogaron a los caballeros que tuvieran la amabilidad de acariciar los pechos de las señoritas, con su autorización, por supuesto. Un 82 % de ellas dijo excitarse. Es más, un 60 % preguntó en el curso del experimento si, por favor, también podían masajearles los pezones. El propio Morris explica en el aludido libro que durante la excitación femenina el pecho puede aumentar su tamaño hasta un 25 %, volviéndose mucho más sensible.

Estos datos contradecían las teorías de que los varones asociaban las tetas grandes de la hembra a una buena alimentación, es decir, a riquezas colindantes, grandes cosechas. Ver en un par de tetas generosos campos de trigo igual, tal vez, puede suceder en la Castilla profunda de los minifundios, de los campesinos que dedican su vida a mirar en silencio arrugando el rostro un cielo azul, completamente despejado, con la esperanza de que llueva. Pero en otras latitudes más agradecidas, difícil.

Lo que el estudio admitía era la necesidad de recompensa. Para demostrarlo, pusieron vídeos a un grupo de señores. A unos, imágenes de la naturaleza, animalitos y riachuelos. A otros, mujeres de grandes tetas saltando a cámara lenta. Luego, a los primeros, les dijeron que si querían cinco euros ahora o el doble la semana siguiente. Los tíos razonaban y contestaban que mejor después de unos días. Los del segundo grupo, no. Tras ver los tetámenes en slow motion decían que querían los cinco euros ya. Ahí mismo. No nos extenderemos, en resumen: los que estaban bajo el influjo de las tetas se volvían más gilipollas. Si cabe.

Todo esto le llevaba a Larry Young, de la Universidad Emory, a concluir que, cuando los bebés maman de la madre, en el hipotálamo de esta se libera oxitocina, la llamada hormona del amor; una hormona que sirve para que la madre se centre en el crío y que ayuda a establecer un vínculo amoroso —que no excluye otros que puedan darse de otra manera— que dura toda la vida, o hasta que el niño venga a casa con tres piercings. Según esta línea de investigación, el ser humano lo que busca en unas tetas, instintivamente, es el amor. Quiere que le amen. Por eso, cuando ve dos tetas sueña con meter la cabeza en el canalillo en actitud pantagruélica, suponiendo inconscientemente que eso despierta el amor de la fémina. Suena romántico.

Pero Karme en este punto advierte que hay que tener en cuenta datos un tanto más prosaicos: «Ahí están mezclando teorías psicoanalíticas con cuestiones psicofísicas. El hecho de chupar, para los humanos, sea un pecho, sea el pie, sea el dedo gordo de una mano, es placentero y, sobre todo, relajante. Por eso lamemos helados y chupamos trozos de chocolate. Nos gusta chupar porque libera endorfinas. La boca, los labios y la lengua tienen determinado tipo de terminaciones por las que chupar nos genera tranquilidad. Son actos que luego sustituimos con el tabaco, con tomarnos un té, etcétera».

Y me remite a un fenómeno contemporáneo, la hipersexualización del cuerpo de la mujer: «Se le exigen unos pechos grandes como único recuerdo de sus atributos femeninos, mientras el cuerpo se quiere que sea delgado, es decir, andrógino. Es la feminidad al servicio del imaginario masculino, no del hombre, sino de su imaginario. Puesto que también determinado tipo de hombre aumenta su musculatura pectoral, incluso recurriendo también a la cirugía, para sexualizar sus pechos transmitiendo fuerza, protección, atributos del macho en su más pura esencia. En este sentido, la mujer, cuanto más pecho, mayor trofeo, más puedo presumir de la hembra que tengo al lado».

Dicho lo cual, para concluir, recurriré al método científico más efectivo conocido: la observación de gatetes. Cuando acaricio a los míos y se mueren de placer, estrujan el cojín, la manta o mi barriga con las patitas como si aplastasen una teta. Entiendo pues que hay un hilo conductor entre el amor, el placer, las tetas y el sentido de la vida que trasciende a la raza humana. Si les mola a los gatos, no puede ser mentira. Las tetas son un estado de ánimo. Universal. Lo que me lleva, volviendo al origen de este texto, a depositar mi fe en una hipótesis, religión inventada si quieren, en la que ya se lo digo: Dios tiene tetas.

3 comentarios

  1. Asín...nos va

    Ayyyy, el Álvaro de MTC y RBBE. Valen más las mil pajas que te hiciste que buscar su explicación.

  2. Señor, que entre sesudos estudios y experiencias onanistas (compartidas) me duele la panza de tanto reírme. Genial. Tal vez un joven muy similar a usted, desorientado, curioso y lleno de preguntas metafísicas, milenios atrás, esculpió la Venus del paleolítico, esa que es puras tetas. Y si hay un Dios, estoy de acuerdo con usted: tiene que ser femenino, puesto que decidió (por simpatía de género) crear la vida a través de Evas obligadas a desdoblarse eternamente, con unos atributos que no pasaran desapercibidos a sus compañeros de ocasión. Gracias por la divertida lectura.

  3. La primera vez en mi vida que voy a opinar en el Jot Down para decir exáctamente lo mismo que el señor Asín…MTC en estado puro!!! Cómo me ha ido viniendo a la mente el viejo Álvaro, cuántas veces he pensado mientras leo los artículos de ahora «joder, ya no le dejan ser tan cafre», hasta el día de hoy…

    Recuerdo en sus tiempos que alguien sacó todos los post de esa página y preparó un pdf. Lo metí en my ebook pero se me jodió y nunca más pude leerlos. Cuántas risas me eché en su momento (recuerdo la historia del portero y su familia con gran cariño)

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