
Era febrero de 2012 y hacía ya años que Bagdad había dejado de existir. Daba igual que ese último coche bomba en Karrada Inn —una de las calles más comerciales de la ciudad— se hubiera llevado a otro puñado de desgraciados por delante aquella misma mañana. Ocurría demasiado a menudo, tanto que uno no sabía si se trataba de la misma noticia repetida. Aunque en «breves», la prensa reaccionó levemente con aquellos veinte coches bomba en un mismo día de febrero: se podían ver las columnas de humo elevándose hacia el cielo aquí y allá entre el escombro de la capital, aunque la mayoría de las veces fueran chavales quemando neumáticos, o gente del barrio gestionando su basura. En plena faena incendiaria, un hombre empapado en sudor decía que lo hacía para evitar que los pastores de Bagdad —han leído bien— llevaran sus rebaños al barrio; las cabras rompían las bolsas buscando comida y esparcían aún más la mierda.
Kilómetros de muros de hormigón que convertían distritos enteros en prisiones a cielo abierto no evitaban las ejecuciones de chiitas en barrios sunitas, y viceversa. Tampoco las bombas en las iglesias, o los asesinatos de los seguidores de san Juan Bautista —los mandeos—. Y ya hemos comentado que los coches bomba seguían campando a sus anchas. El imaginario del horror en Bagdad parecía completo, por lo que la noticia pilló al mundo por sorpresa: había una campaña para matar a homosexuales y, decían, emos. Pronto descubriríamos que una camiseta ajustada o una discreta cresta de gomina podían firmar sendas sentencias de muerte.
Alguien acuñó el genérico «inconformistas» para referirse a las víctimas; a los que estaban a punto de serlo se les encontraba a través de amigos de amigos. Había que insistir en que ni tenían que dar su nombre real ni dejarse fotografiar para poder conocerlos en persona. Ruby, un homosexual de veintiséis años que maldecía el día en el que se hizo agujerear la oreja, contaba que a Saif Asmar, un amigo suyo, le habían reventado la cabeza con un bloque de cemento. «Te ponen de rodillas y te hacen morder el borde de un banco para que no te muevas antes del impacto», soltó, mientras buscaba fotos de Saif antes y después de aquello. En la de su cadáver, sacada en la trasera de la camioneta que lo retiró, resultaba irreconocible.
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Cada vez que leo las locuras y brutalidades del mundo árabe se me disparan los niveles de cortisol. Mi islamofobia es absoluta. Gracias por este artículo.