Ciencias

Mantis: vida, muerte y sexo caníbal del alien de los arbustos

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Fotografía: Josef Wells (CC BY 2.0)

El poeta confuciano Cai Yong, alto funcionario en la China del siglo II, se dirigía a una fiesta palaciega repleta de personajes importantes. Estando ya cerca de la puerta, escuchó el sonido de un laúd; un músico interpretaba una canción cuya letra hablaba del ímpetu guerrero y de la venganza.

Temiendo que la fiesta fuese una emboscada de sus enemigos políticos y que la canción fuese una señal convenida para atacarlo a su llegada, Cai Yong se dio la vuelta, dispuesto a huir. Algunos de los presentes lo vieron y salieron en su busca, explicándole que la fiesta no era una trampa y que la canción sonaba en honor de una mantis que, en un árbol del jardín interior, había fracasado tres veces en el intento de atrapar a una cigarra. La cacería había despertado tal interés entre los invitados que la fiesta había quedado interrumpida y todos se habían congregado en torno al árbol, lamentando al unísono cada uno de los fallidos asaltos de la mantis. Tales eran la simpatía y el respeto que el «caballo divino» despertaba en ellos.

En otra ocasión, el filósofo taoísta Chuang Tzu vio también a una mantis pretendía atrapar una cigarra. Inmóvil, concentrada en su presa e indiferente a otros peligros, la cazadora descuidó sus espaldas y terminó siendo cazada a su vez por una gran ave rapaz. Chuang Tzu se lamentó, pero no solo por el fracaso de la mantis, sino el efecto paradójico de su ansia predadora: «¡Pobres de nosotros! ¡Cómo las criaturas se hacen daño la una a la otra! La pérdida sigue a la persecución de la ganancia». En la antigua cultura china, la mantis era un animal reverenciado cuyo carácter guerrero la convertía en una metáfora de virtudes tanto como de males. Inspiró movimientos en diversas escuelas de artes marciales, cuyos practicantes admiraban su rapidez y precisión. Encarnaba los atributos mejores de un guerrero, pero también la insensatez de una belicosidad excesiva.

En Japón, de manera análoga, la mantis podía simbolizar el valor y la nobleza tanto como la crueldad y la venganza. En algunos cuentos folclóricos, la mantis era capaz de generar tornados que podían defender a pueblos de un ataque exterior, pero también, si se descontrolaba, destruirlos. Su aparición repentina podía ser un muy mal augurio, indicando la cercana presencia de la muerte. En la ciudad de Ojiya hay una colina donde, según la tradición, una mantis gigante fue sorprendida por una repentina ventisca invernal; la nieve se acumuló sobre ella hasta aplastarla. Tras morir la mantis, su espíritu, ansioso de revancha, quedó atrapado en la colina. Quien tuviese la mala suerte de tropezar y caer en aquella colina sufriría heridas de las cuales brotaría sangre negra y por las cuales, pareciesen heridas grandes o pequeñas, terminaría muriendo. O eso decía la leyenda.

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7 comentarios

  1. Pingback: La era de los Newsletters – Texto Digital

  2. Agustín Serrano Serrano

    Este artículo sería galardonado con el premio Nobel de la Paz en un hipotético mundo de mantis.

    Me ha gustado mucho.

    Felicidades.

  3. Muchas gracias al autor. Me ha encantado.

  4. Pingback: La era de los Newsletters - Doble Plana

  5. Desopilante es el consejo a las humanas que, por supuesto, no nos comerán la cabeza pero sí la cuenta bancaria. Lo que me deja afligido es ese mecanismo de la naturaleza que nos transforma, a nosotros, los machos en un organismo de «usa y tira». Con respecto al consejo de no tomar estos simpáticos bichitos como mascotas, recuerdo a una amiga que mantuvo un grillo en su casa. Deambulaba entre sus flores y plantas, comía azúcar y lechuga y, según ella, le agradecía su hospitalidad todas las noches con su monótono cricrí. Era insoportable. Precioso artículo. Gracias.

  6. José Blanco

    «su oído, situado entre las patas»… que gran chiste se ha desperdiciado

  7. El que las mantis mascota no desarrollen vínculos con sus cuidadores es una afirmación tan absurda como decir que sí lo hacen, pues nadie puede saberlo. Pero lo cierto es que con el tiempo llegan a reconocer al humano cuidador como no-amenaza, eso resulta muy evidente ¿Porque lo tomen por «una planta»? Nadie lo sabe pero no parece eso. Quién sabe.

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