Verde

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Campo verde, de Vincent van Gogh (1889). (Clic en la imagen para ampliar).

Este texto ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2019.

Tots els colors del verd sota un cel de plom que el sol vol trencar Tots els colors del verd en aquell mes de maig. (1) Raimon, «El Pais Basc».

Bajo un cielo de plomo que el sol quiere romper se encuentran todos los colores del verde. Estos versos se los dedicó el eterno Raimon a los paisajes del País Vasco, pero bien podrían resonar entre lamentos de gaitas o acompañar acordes de guitarra en cualquier pub irlandés. Y es que el verde lo envuelve todo cuando la naturaleza así lo desea.

Pero, ¿hasta dónde llega este color? ¿En qué momento se confunde con el amarillo por un lado del espectro y con el azul por el otro? Si estas preguntas fuesen fáciles de responder sería difícil explicar que en vietnamita una sola palabra baste para referirse tanto al azul como al verde, mientras que los bororos de la Amazonia distinguen hasta diecisiete variedades de ese color, con sus diecisiete palabras correspondientes.

Queda claro que el verde es un color especial. Sin duda el primero que asociaríamos con la naturaleza, pero, como si esta se hubiese reservado el derecho exclusivo de su uso, nunca le ha ofrecido al ser humano una forma sencilla de lograrlo. Obtener el verde ha sido desde siempre un desafío para los pintores, que han tenido que ingeniárselas para plasmar este color en sus cuadros. Pero antes de saber cómo lo han logrado, veamos primero cómo pinta sus paisajes la mejor de las artistas.

Oinez zelai berdean itsaso bazterrean gailurrak ditut maite eta kresal usaina. (2)

Sorotan Bele, «Amaren besoetan».

Desde la más pequeña de las plantas al más alto de los árboles deben su color a una molécula muy especial: la clorofila. Mejor dicho, a dos, ya que existen la clorofila-A y la clorofila-B. Aunque, si queremos hablar con propiedad, hemos de decir que carotenoides, flavonoides y antocianinas también aportan tonos amarillentos y rojizos que destacan más cuando la molécula verde nos abandona al llegar el otoño.

La clorofila es una molécula muy peculiar. Para empezar, aunque parezca mentira, es químicamente similar a la que tiñe de escarlata nuestra sangre. A diferencia de la hemoglobina, absorbe la parte de la luz visible que corresponde al rojo y al azul, mientras que refleja la luz verde que le otorga su color. Gracias a esta interacción las plantas pueden obtener energía y, de paso, producir oxígeno, lo que nos viene bastante bien para sobrevivir en este planeta. Eso sí, la casi siempre generosa naturaleza ha impedido que la clorofila se use en obras de arte, ya que no se pueden realizar pinturas permanentes. Si pensamos en arte rupestre, a nadie le vendrá el verde a la cabeza. De hecho, los colores primarios en el arte prehistórico son el negro, el rojo y el blanco, logrados de cenizas, óxidos de hierro y arcillas como el caolín, respectivamente. O eso pensamos. ¿Quién nos dice que nuestros antepasados no intentaron reflejar robles y helechos al igual que ciervos y bisontes? Tal vez el tiempo ha condenado esos dibujos al olvido…

Paradójicamente la naturaleza fotosensible de la clorofila ha permitido que algunos artistas creen obras fascinantes. Resulta curioso que el mejor ejemplo de ello sea Binh Danh, nacido en Vietnam, donde no se distingue lingüísticamente el verde del azul. Para elaborar sus piezas utiliza un método muy fotográfico: coloca un negativo sobre una hoja verde, preferiblemente del jardín de su madre, y deja que la luz solar incida sobre ella durante días. De esta manera las zonas oscuras del negativo evitarán que la clorofila se degrade, mientras que las más claras no impedirán que el color se desvanezca. Así logra una imagen en positivo y la protege con resina para que la luz no siga degradándola.

Gracias a los avances de la química sintética hemos conseguido burlar a la naturaleza y, hoy en día, somos capaces de lograr pinturas estables como el verde de ftalocianina que se basa, precisamente, en la estructura de la clorofila. Por supuesto, esto carece del romanticismo de la técnica empleada por Danh.

Obra de Binh Danh lograda gracias a la degradación de la clorofila. Imagen: Rocor CC-BY-NC 2.0. (Clic en la imagen para ampliar).

It’s not that easy bein’ green Having to spend each day The color of the leaves. (3)

Joe Raposo, «Bein’ green».

Ya decía la rana Gustavo que ser del color de las hojas no era tan fácil. Tampoco lo era lograr pinturas que lo fueran. Quizás por eso el primer pigmento verde que usó el ser humano lleve nombre de planta: malaquita, del griego hoja de la malva. Aunque al oír ese nombre posiblemente pienses en tonalidades moradas. Curioso que las flores y hojas de una misma planta den nombre a colores tan diferentes. Sin embargo, hemos de abandonar el reino vegetal, ya que la malaquita es un mineral (Cu2CO3(OH)2). Mineral que suele aparecer en compañía de otro de color azul que también se emplea como pigmento: la azurita (Cu3(CO3)2(OH)2). Ambos tienen cobre, metal unido irremediablemente a la química de estos dos colores, y forman combinaciones que no tienen nada que envidiar a cualquier piedra preciosa. Ahora bien, por muy estético que sea observar estos minerales, existe un problema para el artista: la azurita puede convertirse en malaquita, y esta última en tenorita, de color negro. Así que el uso de estos pigmentos puede llevar a que con el paso de los años la obra de arte sea muy diferente. Qué sé yo, un cielo verde o un árbol de Navidad negro.

Malaquita (verde) y azurita (azul). Imagen: Rory McKeon CC-BY-SA-3.0.

Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata.

Federico García Lorca, «Romance sonámbulo».

Cara y cruz. Verde esperanza y verde muerte. Sin duda en el siglo XIX era más probable que saliese cruz. Y todo por culpa de un elemento químico que nos repele con solo escuchar su nombre: el arsénico. Fue Carl Wilhem Scheele, uno de los más grandes químicos de la historia, quien a finales del siglo XVIII logró el primer pigmento verde con arsénico. Cómo no, también tenía cobre (CuAsHO3). El éxito fue arrollador, más aún cuando con el cambio de siglo apareció un compuesto similar que se degradaba menos. Lo llamaron verde esmeralda. O verde de París. O verde Veronés. Nombres atractivos a más no poder, pero, si me permiten un consejo: no compren un pigmento que sirve de raticida. La pintura no solo hizo las delicias de los artistas decimonónicos, sino que se empleó en el empapelado de las casas victorianas y como tinte para los vestidos de moda. Como consecuencia, no pocas personas tuvieron contacto con productos derivados del arsénico, bien sea porque la pintura se descascarillaba o porque el moho de las paredes lo transformaba en compuestos volátiles que los desdichados habitantes respiraban. Aunque la ciencia diga lo contrario, hay quien afirma que el mismísimo Napoleón sufrió las consecuencias del veneno favorito de Agatha Christie por culpa del papel que decoraba su mansión en Santa Elena. Sería paradójico que lo que no consiguieron cien mil soldados en Borodino lo hubiese logrado un simple elemento químico.

Verde de París usado como veneno y un catálogo de moda de 1836. Imágenes: Chris Goulet CC-BY-SA-3.0. e Internet Archive Book Images.

E o vinho verde me fará recordar

A aldeia branca que deixei atrás do mar. (4)

Roberto Leal, «Vinho verde».

A la Estatua de la Libertad, al Pensador de Rodin o a la escultura de bronce que el ayuntamiento puso en la plaza del pueblo. A todas las cubre una pátina verde. Tan habitual para nosotros que pudiéramos pensar que dichos monumentos fueron creados de ese color. Nada más lejos de la realidad. La película que los cubre es producto de una lenta pero constante degradación del cobre. Con el paso del tiempo el cobre se va oxidando y se forman diversas sales, como cloruros y sulfatos, que se convierten en la segunda piel de esas estatuas. Piel de un llamativo color que desde la Antigüedad el ser humano ha aprendido a manejar a su voluntad. Dado que no disponemos del tiempo (ni de la paciencia) para que la naturaleza forme esos productos, hemos aprendido a fabricarlos de manera artificial para poder usarlos como pigmentos. Mejor dicho, aprendimos. Ya existen testimonios del siglo IV a.e.c en los que se cuenta cómo se podía lograr el pigmento llamado verdigrís poniendo en contacto placas de cobre con heces de uva o con vapores de vinagre. Así, el ácido acético va formando sales con el metal y se crea una costra verdiazulada para disfrute de los pintores que pueden emplearla como pigmento. Pese a que este pigmento ha sido muy empleado, su reactividad propició que se buscasen derivados más estables. En esta búsqueda se descubrió que, mezclando verdigrís con productos derivados de las resinas de los árboles como la colofonia o la trementina, se podía lograr lo que conocemos como resinato de cobre.

Fabricación casera de verdigrís juntando cobre y vinagre. Fuente: Yaiza Lascorz CC-BY-SA-3.0.

Como ya hemos dicho, hoy en día se pueden lograr pigmentos verdes estables gracias a la síntesis orgánica. Pero mucho antes hubo una lucha constante para reflejar sobre lienzo el color que nos rodea. Verde con arsénico en los campos de Van Gogh y angustioso verde en la pluma de Lorca. Verde que es mezcla de azul y amarillo en la paleta de Velázquez y verde que proviene de los desechos del vino. Verde que lo cubre todo en aquel mes de mayo.


Traducción de los versos:

(1) Todos los colores del verde bajo un cielo de plomo que el sol quiere romper. Todos los colores del verde en aquel mes de mayo.

(2) Caminando en el campo verde a las orillas del mar amo las cumbres y el olor a salitre.

(3) No es tan fácil ser verde. Tener que pasar cada día del color de las hojas.

(4) Y el vino verde me hará recordar la aldea blanca que dejé atrás del mar.

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2 comentarios

  1. Qué buen artículo, señores! Felicitaciones. Y es sugestivo imaginar que, probablemente el Maestro o Maestra de Altamira haya usado ese color que desvanecería con el tiempo. Hay un verde que al principio me causó gracia por el nombre: verde vejiga. El habitante metropolitano no tiene ocasión de admirarlo, pero quien vivió en el campo y tuvo la oportunidad (horrenda) de ver faenar un animal, sí. Siendo ese órgano el contenedor de la orina (que supongo también sea un compuesto químico), creo que su estructura orgánica tome por contacto ese peculiar color muy apreciado en la paleta de los pintores. Excelente lectura. Gracias.

  2. Pingback: Verde (495-570) - ¡Cuánta Ciencia!

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