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Los que callan

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Los que callan. Rebeca García Nieto. West Indies Publishing. Madrid, 2019.

Se podría establecer una curiosa teoría que se ocupara de rastrear la biografía de los autores y sus textos, buscando de manera concreta y minuciosa la estela que las profesiones previas para las que se prepararon o que llegaron a ejercer han dejado en su producción literaria. Así, resulta sencillo reconocer que siempre hubo algo en Pío Baroja de ese estudiante de Medicina en Madrid, hecho que tan palpable resulta en El árbol de la ciencia, pero que contaminó tantas y tantas obras del autor. También se descubre al filósofo y matemático que hay en el sustrato intelectual de Juan Mayorga en muchas de sus obras, de manera más evidente en El cartógrafo o El chico de la última fila. Rebeca García Nieto es doctora en psicología clínica, y ha llegado a ejercer su profesión, entre otros lugares, en el hospital Bellevue Center de Nueva York. Siguiendo esta conexión entre profesión previa y escritura posterior, puede trazarse sin miedo a estar equivocado una transferencia amable entre los estudios de origen de la autora y algunos de los mejores pasajes de Los que callan, libro que reseño. Esto es posible porque la novela es ante todo un diagnóstico, y además un diagnóstico mental, que para sorpresa gozosa del lector no se encuentra dirigido de manera directa o exclusiva a la persona que tiene un problema de desarrollo (Toni, el protagonista de la narración, un chico que queda detenido en la edad mental de los cuatro años) sino a esa sociedad que no sabe entender ni apreciar a los ciudadanos que son distintos, los que se comportan de distinta manera, quienes tienen otra forma de pensar. 

La receta llena de ternura de Rebeca García Nieto no busca la salvación de los que callan, ese colectivo especial que tiene algún problema para alcanzar sus facultades, sino la de cada uno de nosotros, a quienes nos espanta un problema que, según el color del cristal con el que se mire, ni siquiera tendría por qué ser un problema. La autora nos lleva a que reflexionemos sobre la cuestión de la perspectiva. Qué es ser feliz y qué no. Qué es vivir una vida plena y qué no. Los que callan es por tanto una novela que plantea la inclusión social desde una perspectiva mágica, por lo literaria, y meritoria, por saber tener unas ideas firmes detrás sin que el texto deje de poseer un interés como prosa de entretenimiento. Uno de mis momentos favoritos de la novela se ocupa de hacernos ver que, analizados con la suficiente perspectiva, tan ofensivos pueden llegar a ser los insultos tradicionales a estas personas que siguen siendo siempre niños en su mente (tonto, zote, lelo) como esa serie de eufemismos que intentan esconder una realidad a la que, en lugar de sepultar con etiquetas (capacidades diversas, necesidades educativas especiales), habría que intentar apreciar como un sujeto que desde su perspectiva de niño perpetuo puede tener mucho más que decir de lo que en un principio puede pensarse.

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