Arte y Letras Literatura

El deseo textual. Obsesiones de un bibliofilow-cost

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Foto: Markus Clemens (CC0)

Soy de los que piensan que para ser bibliófilo hay que ser o rico por la cuna o rico por la cama, pero en cualquier caso con posibles y posibilidades. Por eso nunca podría ser realmente un bibliófilo, aunque sí un bibliófilo low–cost; es decir, un híbrido con todos los caprichos de los ricos y todas las necesidades de los pobres.

Decía Sigmund Freud que el hombre vive escindido entre el placer y la realidad, entre lo que le gustaría hacer y lo que tiene que hacer. Mismamente, la actividad sexual. ¿Qué ocurriría si el ser humano estuviera todo el tiempo dale que te pego y toma que toma? Pues que se abandonarían las actividades productivas, cundiendo el hambre y la miseria. Por eso —asegura Freud— la sublimación del deseo sexual y la canalización de su energía hacia el ocio y los negocios, el arte y la política, garantizan la existencia de la civilización. De ahí que el mundo se divida en continentes civilizados y continentes incontinentes.

A mí me parece justo que Freud haya desarrollado teorías originales y provocadoras sobre la insatisfacción que produce la represión de los grandes deseos. Genial. Pero ¿qué ocurre con los deseos minúsculos, con esos antojos que uno supone insignificantes y que por no haberse colmado a tiempo se convierten en tremebundas obsesiones? Y, aunque servidor no es psicoanalista, barrunto que, si la sublimación de los deseos esenciales engendra la civilización, la no sublimación de los caprichos podría condenarnos a la barbarie. La bibliofilia es uno de esos caprichos sofisticados capaces de transformar a un lord inglés en un gurkha del ejército británico, porque el deseo textual no se puede sublimar.

Solo así se comprende que los bibliofilow-cost aprendamos muy pronto a no desear incunables, ni atlas quinientistas, mucho menos impresos del Barroco y en ningún caso primeras ediciones de novelas del siglo XIX como La Regenta (1884) —a ochocientos euros en iberlibro.com— u Oliver Twist (1838), a diecinueve mil euros en abebooks.com. ¿Cuánto podría costar una primera edición de Les Fleurs du mal (1857)? Veinte mil euros en una librería de viejo de California, aunque yo le tengo echado el ojo a un ejemplar disponible en Copenhague por tres mil euros. ¿Debería endeudarme por tres mil para ganar quince mil? No puedo, porque soy un bibliofilow-cost y eso supone que, aunque sea buenecito para comprar, siempre seré pésimo para vender.

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Un comentario

  1. Perdone mi pesimismo posterior, inevitable reflexión después de leer tanta pasión bibliófila que comparto: ¿Qué será de su/nuestro tesoro cuando haya terminado este viaje? Sería tranquilizador saber que otros, no necesariamente humanos se sintiesen fatalmente atraídos por esas rarezas dedicándoles la misma atención.

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