Cine y TV

La armonía, el caos, Tarkovski y el Goskinó

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Andrei Rublev (1966). Imagen: Mosfilm.

Los artistas no pueden crear en el vacío ni en condiciones ideales, porque entonces no podrían crear nada. Debe existir algún tipo de presión. Los artistas existen porque el mundo no es perfecto. Si fuese perfecto, el arte sería totalmente inútil, pues el hombre ya no buscaría armonía, sino que viviría en ella. El arte nace de un mundo mal diseñado. Ese es el tema de Rubliov: la búsqueda de la armonía, de una relación armónica entre los hombres, y entre el arte y la vida, entre el tiempo y la historia. De eso trata la película. (Andréi Tarkovski)

No existen caminos fáciles hacia la armonía. Bueno, casi. Yo conozco uno directo y sin pérdida, de ruta y destino conocidos: el que desciende por unas escaleritas a la planta baja de la Galería Tretiakov de Moscú, el gran museo de pintura rusa de la capital. Allí se custodia una tabla del siglo XV, de 142 por 114 centímetros, que representa a tres ángeles sentados en torno a una mesa en la que se sirve un sencillo banquete: un plato de cordero. Son, según la tradición, los tres ángeles que predijeron a Abraham (Génesis, 18) el nacimiento de su hijo Isaac. Pero la tabla es un icono ruso tradicional, por lo que fue concebida como objeto de veneración y como tal no pretende un impacto momentáneo ni busca un simbolismo reducible a una fórmula conceptual, a una idea rápida encerrada en 142 por 114 centímetros. Persigue en cambio una imagen absoluta, un vistazo a lo eterno, un mosaico infinito de apreciaciones y consideraciones, un carrusel sin fin de interpretaciones. La más evidente de ellas: el ángel del centro viste ropajes celestiales (azules) y terrenales (rojos). Detrás de él se alza un árbol. Es el árbol de la vida y el ángel central es el hijo de Dios. Sostiene una mirada serena, reposada, hacia el ángel de la izquierda, que viste colores etéreos, difusos, indescifrables: es el Padre Eterno, que observa beatíficamente a sus compañeros de mesa. A su espalda se erige un edificio con una entrada sin picaporte, sin bisagras, sin goznes; sin puerta. Está siempre abierta porque es la morada celestial. El ángel de la derecha inclina la cabeza en un ángulo inferior al de las otras dos figuras. Muestra su respeto, también orienta su mirada dócil hacia el Padre Eterno y viste ropajes azules, verdes, colores fértiles. Tras él se alza un paisaje rocoso: el difícil mundo de los hombres a los que sirve de guía, orientando serenamente su mirada hacia la promesa de la morada celestial a través del compromiso del árbol de la vida. Es el Espíritu Santo. 

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4 comentarios

  1. Muy bello este artículo. Gracias.

  2. Agustín Serrano Serrano

    Genial.

    Salvo mi gratitud, no voy a añadir nada más.

    Genial.

  3. Marienritter

    Maravilloso. ¡Gracias!

  4. Merecidas felicitaciones y un reconocimiento a su persona, señor Iker Zabala

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