¿Qué me importa sufrir si soy poeta?

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Armando Buscarini (DP).

Armando había venido a este mundo a sufrir, que es a lo que vienen los poetas. En el lugar que ocupa su apellido debió haber lucido un «García» poco literario, heredado de su madre, una vasca que había vuelto de Buenos Aires sin suerte ni plata, con nueve meses de espera tensa tras compartir lecho con un marinero italiano. Pero en su afán por destacar en el mundo artístico hubo de elegir el apellido del padre que nunca tuvo, del padre que lo abandonó a la suerte de una España, la de aquellos inicios del siglo XX, que no estaba preparada para dar cobijo a un alma tan libre en el mundo real, tan esclava en el mundo literario. El resultado de tanto apellido barajado terminó dándole a esa literatura que tanto amaba uno de los nombres más pintorescos de su historia: Armando Buscarini.

Pero aquellos lejanos años de niñez, de Ezcaray y de calor materno, se han difuminado entre intentos de suicidio y versos. Recluido en un sanatorio de la meseta, la memoria se ha perdido. La mente en blanco cuando llegue de nuevo el brote. Vive encerrado, preso y, en ocasiones, encadenado. No es muy diferente de lo que vivió allí afuera. Corren los años cuarenta, quizás la década más difícil en un sentido trágico de la historia reciente de España. Y Armando continúa allí, a refugio de la esquizofrenia y el miedo. Quizás el futuro nunca estuvo de su parte, al menos él no supo verlo. Sus tiempos verbales se limitaban a un presente que ahora, en estos últimos años, abandonaba la escena. Lo que sigue sin abandonarle, por muchas décadas y guerras que transcurran, es el arma implacable de la poesía.

Con el alma latiendo por la gloria
y flotante a los vientos mi melena,
iré diciendo al mundo con voz fuerte,
¡con voz en la que vibre mi alma entera!:
—Es verdad que yo sufro; pero oídme:
¿qué me importa sufrir si soy poeta?

Los días lejanos de Madrid, la bohemia. Décadas atrás, de esta última tendencia se decía que sus integrantes tan pronto estaban en las barricadas como en la cárcel. Armando subía y bajaba por la calle Bailén empujando su vieja carreta con libros, dispuesto a vender alguno a cualquiera de los viandantes. Estos veían despertarse más miedo que interés frente a la nariz gongorina de Armando. El joven vino al mundo en 1904, y entre esa fecha y la desmemoria del sanatorio apenas se interponen una treintena de años. Esas tres décadas bastarán para forjar una personalidad literaria tan rocosa como olvidada dentro del desagradecido mundo de las letras hispánicas. De hecho, su año de nacimiento no se aleja demasiado del que alumbró a Lorca, a Alberti o a otras estrellas de establishment literario. Pero él pertenece a otra raza, la de los poetas olvidados, la de los poetas que coquetean día a día con la muerte, la de los poetas que hacen de la necesidad y el hambre bandera y verso. Dicen que muchos actos suicidas tienen que ver con una simple llamada de atención, y puede que en el caso de Armando esta habladuría se cumpliese. Colocaba los pies junto a la barandilla del viaducto y observaba la caída mortal: los libros o la muerte, gritaba. Muchos de los que por allí paseaban cedían al chantaje y decidían con no poco alivio hacerse con un ejemplar del poeta, ese al que todos tenían por chalado, antes de que se arrojara al vacío.

Muchos años después, cuando ya ni la tendencia suicida se sobrepone a la esquizofrenia, el todavía joven Armando Buscarini aprieta los puños cuando, en esos escasos instantes de olvidada lucidez que le embargan al día, vuelve a su mente el recuerdo de aquella literatura anquilosada y simplona con la que hubo de lidiar cuando era libre. «El poeta está decidido a sufrirlo todo y a morirse de inanición, que para eso es poeta; sépanlo todo el coro de grillos afónicos que me rodean y tienen el honor de ser mis contemporáneos», escribió en sus memorias. Está indignado con los muñozsequistas que en su teatro de pandereta utilizan la figura del gran Armando Buscarini para mofarse de la cara cruel que el mundo literario español siempre ofrece. Pero entonces vuelve la enfermedad. Armando está ya tan envuelto en ella que unas veces cree que es la reencarnación de Bécquer, otras, que ha sido envenenado por su madre. La figura del poeta se va difuminando.

Por un beso que te diera
has de ir al cementerio
una noche a contemplar
la soledad de los muertos…

Y cuando los hayas visto
de la noche, en el misterio,
entonces, ser adorado,
entonces… ¡te daré el beso!

El Armando Buscarini que llegó a Madrid varias décadas antes de su confinamiento psiquiátrico era un Armando que ya se inclinaba por el personaje marginal. No en vano tituló uno de sus primeros poemarios con el clarificador nombre de Romanticismo. Sí, Romanticismo, esa forma de ver el mundo que apuesta por los de abajo, que apuesta por el pirata, por el mendigo, por la prostituta, por el verdugo, por el bucanero. Por todo eso que una vez estuvo mal visto en la escala de valores. Buscarini quiere rescatar esa figura, moldearla y hacerla suya. Pertenece a esa estirpe de los que ya son poetas a una edad adolescente. Byron, Pushkin, Espronceda, P. Shelley, Rimbaud, Lérmontov, Keats, su amado Bécquer. Como el de sus ídolos decimonónicos, el destino de Buscarini también es trágico. Pero la obra fluye, y sus poemarios empiezan a triunfar levemente por los mentideros del viejo Madrid. El viejo Madrid del hambre y de la parafernalia, del café y el bastonazo, de la tertulia y el fracaso. El viejo Madrid de los primeros años del XX. El verdadero Madrid.

Muchos años más tarde, cuando el final acecha constantemente su figura de remero cartaginés, el olvido ya es total. Solo su madre, esa que sacrificó el apellido «García» renglones atrás, se hace cargo de él. Pero ni su propia existencia ni por supuesto el día de mañana le importan un carajo al bueno de Armando. Dicen que el enfermo, en uno de sus paseos por el manicomio, le ha rogado al médico: «Déjeme despierto en este sueño, no me cure». Él sabe que apostó por el camino de la poesía, y que el peaje es demasiado caro. Pero, a cambio, las vistas son maravillosas. Ni siquiera cambian con el paso de los años. La camisa romántica no se abandona tan fácilmente. Muere un día cualquiera cuando una tuberculosis pulmonar entra en escena. Nadie llora en el manicomio de Logroño. Nadie había llorado cuando la muerte de Armando se había anunciado artificialmente por los callejones de la poesía que le vieron dormir.

Más que un gran manicomio es un viejo convento
con ventanas románicas el lugar donde estoy.
Se olfatea la muerte, aquí, a cada momento
y hay un perro que siempre va por donde yo voy.

Hubo quien dudó de su existencia. Puede que incluso quien lea estos párrafos dude. Puede que hasta él mismo dudase en aquellas tardes de encierro. Pero Armando Buscarini existió, vaya si lo hizo. Una treintena de publicaciones en apenas diez años así lo atestiguan. En España, los pocos que sí podían dar fe de la existencia del poeta ya lo daban por muerto muchos años antes del final. Hubo también quien aseguró que Armando simplemente respondía a una postura, que no vivía en él la tragedia que los cuatro escritores que le hemos leído aseguramos que desprendía. Que llevaba a un ayudante con él para sujetarle las botas en la esquina de Recoletos y mostrar unos pies descalzos que no le pertenecían. Que se rasgaba la camisa antes de plegarse frente a Marquina o a Cansinos, para después comprarse otra con los céntimos que se les caían del bolsillo. La leyenda se ha comido al hombre. 

Cada párrafo que se escribe y cada estrofa que se recita ayudan a que la figura de este poeta silenciado se difumine un poco más. Quizás esta sea la más interesante de las aristas que definen a Armando Buscarini, lúcido poeta riojano: su capacidad para moverse con soltura a medio camino entre la realidad y la ficción. Unas veces del brazo de Alejandro Sawa, otras de la mano de Max Estrella. En algún momento junto a Silvestre Paradox, en algún otro junto a Emilio Carrere. Las patillas son de Baudelaire, el abdomen es de la mendiga pelirroja de Las flores del mal. Armando Buscarini es a veces real y a veces no. Armando Buscarini es, resumiendo, pura y simple literatura.

Por un beso que te diera
has de ir al cementerio
una noche a contemplar
la soledad de los muertos.

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4 Comentarios

  1. No creo que me defraude es libro.

    Por ser poeta he tirado la primera piedra
    porque estoy lleno de culpas y de olvidos,
    seguro de que los cobardes que me leen
    a dilapidarme ni lo piensan, tienen terror
    a la sangre, a los monstruos de la vida, no
    matarían una mosca, inventaron funerales
    de mascotas, leen en cuclillas, en las plazas,
    en los bares, por miedo debajo de las sábanas,
    en las tinieblas con una vela, en los buses
    que los devuelven desde donde han salido,
    aún más infelices, por los epílogos de los libros,
    siempre desaconsejable por eso mismo, por los
    finales y, sin embargo, tendrían que guiar
    el mundo estos cobardes con uno como yo
    que amenace lapidarlos con piedras o con
    injurias porque leen a solas que es una manera
    sublime de egoísmo. Se lapidan solos con los
    títulos de los libros los muy tontos, o se arrojan
    al vacío de las páginas, como yo, en cada día,
    en cada paso incierto, en cada visita a los fieles
    perros blancos que me siguen y ahondan en
    mis facultades sin ponerse jamás de acuerdo,
    sin darse cuenta de que los locos son ellos
    porque para ellos no es normal andar tirando piedras.

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