Cinco sílabas para una epidemia

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3 de febrero de 2020. Dos médicos se dicen que todo está bien en el hospital municipal de Zhangzhou, en el que se trata a los pacientes infectados por coronavirus. Foto: Xiao Heyong / Cordon Press.

Cinco sílabas para que cualquiera levante las cejas. Una palabra pronunciada al inicio por unos pocos que ahora sale de muchos. En cualquier parte y a cualquier hora. Se expande, se hace propiedad de cada uno de nosotros. Da igual el quién y el dónde, capaz de cambiar la conversación y hacer de una sonrisa el preludio de la incertidumbre más absoluta. Porque la envolvemos de miedo y la vestimos de duda. Porque nos permite juzgar y hacer de la imaginación una herramienta que sabe de apocalipsis. Y nos atrae pensar en un final mayúsculo, rodeado de esos errores que usted y yo, expertos en opinar con red, sabíamos inevitables. Porque decir «ya lo dije» es un premio estupendo cuando son otros los que se han equivocado.

Cinco sílabas.

Ni más, ni menos.

Porque si dibujas con los labios un discreto orificio no hace falta mucho más para que lo que viene detrás se acompañe de unos segundos de silencio.

¿Estamos listos?

Coronavirus.

Repita conmigo.

Co-Ro-Na-Vi-Rus.

Se hace un punto y aparte para cinco sílabas que ahora son discurso para amantes de puntos suspensivos.

Porque hablamos de un virus que ya estaba ahí. En nosotros, claro, pero también en ellos. Un virus ARN que se sirve de espículas para hacer diana y fijarse en las células que le ofrezcan el mejor plan de pensiones. Habitante de animales varios que también tienen infecciones y leucocitos que caen buscando derrotar a un enemigo que presume de corona. Virus que se cambia el disfraz, optimiza su maquillaje, para pasar quizá de un murciélago al ser humano. Allí, en Wuhan, tan lejos, en un mercado. En esa ciudad de más de once millones de habitantes que usted todavía hoy no sabe poner en un mapa sin mirar Google. Allí esos animales con sus virus de maleta preparada para el embarque. Vertebrados, alimañas varias, que se ofrecían como un producto fresco y distinto para todo el que tuviera ganas de comprarlos. Tratados por manos expertas abriendo su carne, quitando su piel para ser derramados. Mezclándose animal y hombre, sangre y vísceras. Humanos haciendo lotería biológica sin saber siquiera que estaban jugando. Y el animal muerto o atrapado. Y el virus dueño de una mutación que hace de pasaporte y le permite abandonar el lugar que le vio crecer para llegar a otro donde todo es de estreno.

Porque está hecho para continuar con la partida. Así encuentra huésped en un organismo que no era el suyo pero que no es tan distinto. Observa esas células que envuelven el árbol respiratorio del humano. Las saborea de cerca, muy de cerca. Porque a ojos de un algo que tan solo es material genético y proteínas todos somos lo mismo. Somos casa y refugio. Lugar donde hacer daño para seguir siendo. Quizá somos más murciélago que Batman y no lo sabíamos. Por eso el de las cinco sílabas salta, se ancla y abre la puerta para comenzar con las reformas sin pedir permiso. Primero entre aquellos que tiene a mano. Los que pasan por allí. Haciéndose turista celular entre puestos abarrotados, en gente que trabaja y compra y que resulta un murmullo apacible mientras enferma sin darse cuenta. Como la gota que se repite despacio hasta colmar un vaso.

Coronavirus.

Díganlo lentamente, como el que silabea el nombre de un amigo.

Porque ya es conocido, lo ha tenido usted en sus conversaciones de trabajo, en su casa o antes de la última cerveza que se ha tomado. Es tan suyo como mío. Seamos generosos en reconocer que a esto de evitar el silencio todos hemos estado jugando.

Pasan los días y un grupo de individuos cae enfermo allá por ese diciembre de un año que no sabía si terminaba una década o en cambio daba paso a trescientos sesenta y cinco días más de resaca. Nos gusta hacer malabares hasta con el calendario. Gente que sintió mucosidad nasal, dolor de garganta o fiebre. Gente que en su mayoría superaba los cuarenta años y que llevaba a sus espaldas muchos animales y días de mercado. Hombres y mujeres que acudieron al médico para generar desconcierto a quien les estaba explorando. ¿Si aquello parecía una gripe por qué no era una gripe? ¿Por qué no era un catarro? Los más mayores, o aquellos con alguna enfermedad entre sus cicatrices, presentaron los casos más graves. Mostraron un empeoramiento paulatino hasta necesitar cuidados intensivos y provocar que las caras de los sanitarios se miraran detrás de una mascarilla preguntándose qué estaba pasando. Pacientes con síntomas parecidos y que compartían un lugar de trabajo. Es entonces cuando alguien entiende que ante todo problema lo mejor es rebobinar y no precipitarse. Para jugar con las matemáticas lo más importante siempre es leer correctamente el enunciado.

Un militar realiza un test a un civil para ver si hay síntomas de una posible infección por coronavirus, 2 de febrero de 2020, Quanzhou, Fujian. Foto: Cordon.

Y se hace un registro, se agrupan los casos. Se entiende que quizá se encuentran ante un nuevo visitante que no ha perdido el tiempo en ser presentado. Se toman muestras en los enfermos y se acude al mercado. Entre animales quizá se encuentre el principio de una sinfonía peligrosa. Si no son los patógenos habituales tendrán que ser otros los que están haciendo música sin haber ensayado. Finalmente se define el traje del protagonista. Y se aísla en uno, y en otro, hasta ser aislado en demasiados. No hay casualidad en la epidemiología cuando esta se pone seria. El virus era nuevo, pero tenía las mismas costuras de otros que con anterioridad nos habían amenazado. Aquello no era un hecho aislado, eran las primeras líneas de un dilema que apenas estaba comenzando.

Co-Ro-Na-Vi-Rus.

De nuevo, dígalo en alto.

Recordamos el síndrome respiratorio agudo grave (SARS su acrónimo inglés) y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS). Eco de tiempos pasados que nos hacen trazar una pendiente que no queremos continuar bajando. De este modo conocíamos a su familia, pero no al nuevo primo lejano. De ahí que a pesar del tiempo empleado en poner el cascabel al gato el tratamiento de soporte haya sido efectivo en una gran mayoría de casos. El sistema inmunitario generalmente sabe cómo tratar a los tipos sin entrada, aunque presuman de traje nuevo o se muevan muy rápido.

A pesar de ello, se conocen las primeras muertes y las noticias locales comienzan a sonar de forma semejante a una tormenta cuando no queremos mojarnos. Se escuchaba lejos pero qué extraña certeza de que nos va a terminar empapando. Y escuchamos hablar de individuos que han perdido la vida por una nueva infección contraída en su lugar de trabajo. China. Exploradores de un abismo que conmocionó primero a un hospital. Después a una ciudad para terminar sacudiendo a un país. Sacudida que es como un golpe en el hombro para todo un planeta. Globo que gira lentamente su cuello hacia las imágenes de un hospital en China donde los pasillos están llenos de gente llorando.

Coronavirus.

Se abre la puerta hacia incertidumbre. Bienvenidos al futuro entre interrogaciones. Primero China y después la Organización Mundial de la Salud toman de forma paulatina medidas para tratar a quien padece y bloquear lo que no se ve. Se intenta poner frontera a esa ignorancia que poco a poco pierde su escondite. La gente trabaja, sanitarios que se unen como una presa siendo pocos para tanta marea. Aparecen los primeros datos. Las primeras publicaciones científicas que ofrecen números y hechos objetivos. Y se confirma la primera transmisión entre humanos. Por cada paciente parece que dos puede ser infectados. Y todos pensamos que las hemos visto peores. Las medidas de prevención son muy simples y las traemos de serie si sabemos cómo evitar un catarro. Más adelante, el 7 de enero de un año nuevo que no esperaba un estreno tan sobresaltado, surge el genoma de las cinco sílabas. Esto permite conocer el manual de instrucciones para saber cómo desarmarlo. Y en todas partes se comparte ciencia. Y las redes y los medios se llenan de gente que cuenta y comparte. También opiniones, las menos, que usan la incertidumbre para practicar un juego que solo sabe hacer daño. Sobreestimando las muertes o difundiendo bulos que infectan un temor fantástico. Opiniones, las más, que usan los datos para poner calma. Que situaciones parecidas se han vivido antes y de nada se aprende más que de lo que deberías haber evitado.

Coronavirus.

Cinco sílabas que ahora son tatuaje en cada tímpano. Porque nos hace callar. Porque nos lleva a mirar la pantalla, el periódico o el rostro de quien la dice. Y después miramos a un lado y a otro. Sospechar como ejercicio. Resulta normal tener miedo al tiempo que también es sensato no utilizarlo. Escuchamos decisiones que quedan por encima de nosotros que puede que nos hagan ver el aire como un transporte para lo que nos da vértigo. Pero siempre hay vértigo cuando saltamos y apenas hemos empezado uno que requiere de días para saber hasta dónde hemos llegado. Creemos que ocultar el rostro tras una máscara será suficiente. Cuando es más fácil toser en el codo y lavarse las manos. Sentido común como el mejor genérico que ninguna industria farmacéutica jamás ha creado. Es más sensato hacer lo que se debe que gritar mucho mientras decimos al resto que está errando. Aunque llame menos la atención y gritar nos sirva para alimentar el ego o caer relajados.

Coronavirus.

Cinco sílabas que han venido para acompañarnos. Tardarán tiempo en irse, porque hay visitas que no aprecian las despedidas cuando estás deseando echarlos. Pero es tiempo de hacer lo que se necesita, tiempo de actuar deprisa con la determinación del que lo tiene todo pensado despacio. Leyendo bien el problema, recuerden el enunciado. Sabiendo que ante la duda no hay nada más importante que saberse completamente preparados.

Policías en la estación de tren de Hongqiao, Shanghai, el 22 de enero de 2020. Foto: Lu Hongjie / Cordon Press.

Conflicto de intereses y agradecimientos: no tengo ningún conflicto de interés con ninguna entidad o empresa farmacéutica. Todo mi respeto y agradecimiento para los sanitarios que están atendiendo a los pacientes afectados por esta nueva infección en China. Ellos probablemente no verán sus nombres en las publicaciones científicas derivadas ni saldrán en medios de comunicación. Pero son ellos los que estando a pie de cama cuidan a los enfermos y constituyen el primer paso para evitar que donde ya hay dolor se sumen otro tipo de desgracias. Mi respeto más profundo.


Bibliografía

  • The Lancet. A familial cluster of pneumonia associated with the 2019 novel coronavirus indicating person-to-person transmission: a study of a family cluster. Available at: https://doi.org/10.1016/S0140-6736(20)30154-9 [Accessed 31 Jan. 2020].

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5 Comentarios

  1. Estas pandemias que sin duda se repetirán, junto al calentamiento y expolio del planeta, las tormentas solares y sus previsiones, y hasta un eventual meteorito que se ciernen sobre toda la humanidad, no alcanzan para hacer reflexionar a los potentes de turno. Continúan a invertir billones en el desarrollo de nuevas armas. Muy buena divulgación y excelente lectura. Gracias.

    • El coronavirus es el arma. Si se pudiese extender por países como Arabia Saudí o Irán o Iraq causaría un daño enorme. Y no soy el primero que sugiere esa posibilidad.

  2. Esta habiendo demasiada histeria con esta enfermedad. Comparando con la epidemia de gripe de 1918 que seria el caso extremo y donde se infectó más del 30% de la pobalcion mundial y con una tasa de mortalidad de más de un 10% llegando a mas de 50 millones de muertos, está claro que tanto la tasa de mortalidad, como la de infeccion hasta ahora, son mucho menores y que probablemente pueda llegar como mucho a los valores de infectados y muertos de campañas anteriores de gripe, y eso suponiendo que las medidas de control no funcionasen.

  3. La psicosis invade por completo a nuestra sociedad y en algún caso la dejadez. No hay termino medio para abordar esta crisis que parece haberse ido de las manos. Lo único que tengo claro es que no estamos preparados para este tipo de escenarios.

  4. No hay psicosis ni alarmismo. La situación será peor que la predicha por los llamados “alarmistas”. Es lo que pasa cuando los políticos de todos los partidos discuten memeces mientras los asuntos importantes ni se tratan.

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