Sociedad

Cuando Varsovia es el cuarto de al lado

The fin de siècle newspaper proprietor cropped
Ilustración de Frederick Burr Opper. (1894, CC)

Las hemerotecas están llenas de vaticinios pelín despistados, pronósticos errados de medio a medio y profecías simplemente delirantes. En contra de la palmaria demostración de que la presciencia no es lo suyo, el periodismo se obstina en su vocación de augur. Si acaso, toma algunas precauciones, como hizo el cauto y sagaz director de un periódico británico el día aquel en que se iba a celebrar en el Támesis la regata que enfrenta cada año a las universidades de Oxford y Cambridge. Resuelto a que nadie le ganase por la mano, mandó tirar dos ediciones: en una anunciaba el triunfo de la primera y en la otra, la victoria de la segunda. Pero sucedió lo que nunca antes, ni nunca después: la guerra entre oxonienses y cantabrigenses quedó en tablas. La anécdota, leída en un artículo de Alfonso Reyes, es tan buena que resulta inverosímil, pero la imaginación se agarra al hecho cierto del empate que hubo en 1877 entre los remeros de los dos equipos para representarse la mueca en la cara del pitoniso al descubrirse burlado por el futuro, falible a pesar de todas sus precauciones. 

La moraleja del cuentecillo aconsejaría a la profesión dejar de juguetear con lo que será y atenerse escrupulosamente a lo que es, evitar el cenagal de las elucubraciones sobre el futuro y pisar el suelo firme del presente. Un sabio consejo, sin duda, pero difícil de seguir en un país pobretón con unos periódicos paupérrimos para los que enviar a un menesteroso redactor al sitio de la noticia ha sido algo simplemente inaudito. Escribir aquí la gacetilla del día ha exigido prodigios de la fantasía, nunca bien ponderada ni elogiada, aunque sobran ejemplos para ilustrar las extraordinarias dotes profesionales que ha requerido al gremio compensar la falta de presupuesto de sus patronos. A la fuerza han tenido que aprender a tejer primorosos encajes con unos pocos hilitos de verosimilitud y madejas enteras de novelerías.

Por ejemplo, ¿cómo se hacía en España un periódico moderno, del estilo de los mejores británicos, en la primera década del siglo XX? A eso aspiraba, ni más ni menos, La Correspondencia de España, a estar a la última, a parecerse al Daily Telegraph. El viejo diario de la burguesía decimonónica había dejado atrás sus mejores años y sabía bien que le tocaba renovarse o morir. Así que hizo lo que todos los periódicos en semejante trance: lo primero, nombrar a un nuevo director, Leopoldo Romero; y lo segundo, redecorar su vida, es decir, levantar el suelo de la redacción, tirar un tabique aquí y levantar otro allí, dar una mano de pintura, colocar el nuevo mobiliario y comprar flamantes máquinas de escribir para los redactores. Don Leopoldo era, como todos los directores, un visionario, y estaba seguro de tener la receta garantizada del éxito. Rafael Cansinos Assens lo recordó en La novela de un literato arengando a su tropa en medio del polvo y los cascotes de las obras:

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2 comentarios

  1. Qué buen artícuo! Todo para satisfacer nuestra inagotable curiosidad. Gracias

  2. Curiosas y divertidas anécdotas. Juegos de niños comparadas con el grado de manipulación, tergiversación y parcialidad del periodismo que sufrimos hoy en día.

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