Metafísica del orgasmo

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El imperio de los sentidos (1976). Imagen: Oshima Productions / Shibata Organisation / Argos Films.

Antes de empezar, me gustaría dar la bienvenida a todos los asistentes a este curso abreviado de orgasmos integrales. Les felicito por haberme elegido a mí y no a alguno de esos gurús de pacotilla que abundan en esta época de timos y mascaradas. En el curso que está a punto de comenzar, aprenderán a correrse como los buenos dioses mandan, y tendrán experiencias trascendentales que los harán, si no más sabios, un poco menos tontos. 

La mayoría de ustedes son hombres y mujeres de cierta edad, y habrán tenido orgasmos, aunque sean de bajo o medio rango. Estarán de acuerdo conmigo en que el orgasmo es la culminación, la meta, el fin último del acto sexual. Por flojo que sea el clímax resulta agradable, y sus espasmos proporcionan al cuerpo de la persona humana un ligero alivio que le permite desahogarse, resetear la mente y olvidarse un rato de sí misma. Es el que ustedes conocen un tipo de orgasmo mediocre, típico de la decadente cultura occidental, publicitado en revistas y páginas web pornográficas o de tendencias de forma tosca, sexista y superficial.

Pero créanme si les digo que existe otra clase de orgasmo, que más que orgasmo es un eterno mete-saca trufado con arrebatadores éxtasis, gracias a los cuales es posible alcanzar elevados estados de conciencia. 

Mi colega, el médico-sin-drogas iusnaturalista y anarcoindividualista J. William Lloyd, dijo con más razón que un santo que «la primera religión del hombre estuvo basada en la sexualidad y solo por medio de ella podemos encontrar nuestro verdadero origen». Y esto es lo que yo les ofrezco: conocerse a ustedes mismos a través de un rapto erótico de dimensiones cósmicas. Hagan el favor, pues, de quitarse la ropa (sí, braguitas y calzoncillos también) y acompáñenme en este viaje alucinante al fondo de la libido.

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Se preguntarán por qué los he agrupado a ustedes en parejas de macho-hembra formadas por mí. De hecho, más de un discípulo me ha explicado sus reservas ante esta decisión, apuntando que preferiría alcanzar el orgasmo integral mediante la autoestimulación manual. Bien. Pues quiero dejar claro que esta decisión no responde a ningún capricho personal, sino que atiende a numerosas investigaciones esotéricas y científicas, que han demostrado que la prolactina, esa sustancia que nos hace sentirnos plenos y satisfechos tras el orgasmo, se libera en una cantidad 400 % superior si el clímax es fruto de relaciones sexuales con otra persona. Además, es casi imposible llegar a un orgasmo integral en solitario. Así que, por favor, olviden sus remilgos y acepten como amante experimental al compañero que se les ha asignado en función de sus currículums y perfiles vitales, pues será el más conveniente para estos menesteres. Lo hago por ustedes: han pagado mucho dinero por este curso y es mi obligación hacer todo lo posible para maximizar los beneficios que les reportará el mismo.

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Excelente. Veo que han aceptado a sus respectivos compañeros de orgasmo y han consumado los primeros coitos. Se habrán dado cuenta de que, al margen de su intensidad, la duración de sus orgasmos no ha llegado ni a un minuto de reloj. No se preocupen: según el Libro Guinness de los récords, el orgasmo femenino más largo que se ha registrado se extendió durante cuarenta y tres segundos, salteados con veinticinco contracciones vaginales, mientras que el masculino no pasó de los treinta segundos. Aquí, según he cronometrado con mi orgasmatrón, no han excedido la media, que desciende a unos diez o trece segundos. Vamos, lo normal. 

Cuando finalice el curso y hayan aprendido a orgasmar con fundamento, la onda expansiva provocada por el megaclímax podría prolongarse durante horas, meses, años, toda una vida. Tengan presente que el poder del orgasmo en particular y del sexo en general es infinito y ha provocado, por una parte, guerras, crímenes, caos y destrucción, y por otra, amores, placeres, éxtasis y nacimientos. Por un quítame allá esas pajas se han levantado y se han hundido imperios, pero ¿cuál es el significado último, la razón pura del orgasmo humano? Van a averiguarlo con pelos y señales. 

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En esta segunda ronda de coitos, he podido observar que, pese a los desvelos de sus partenaires, la mitad de las mujeres no han alcanzado el clímax. Paciencia. Aún es pronto para tirar la toalla. Este impasse me sirve como excusa para abordar el espinoso tema del orgasmo femenino, uno de los mayores misterios de la condición humana. La simple existencia de este fenómeno tira por tierra mitos como el del «genio de la especie» de Arthur Schopenhauer, un pesimista empedernido que establecía que el fin esencial del amor es la procreación, saltándose a la torera las dimensiones psíquica y espiritual del sexo o la existencia de poblaciones primitivas que atribuían el nacimiento de un nuevo ser a causas sin ninguna relación con la unión sexual, y aun así seguían haciendo el amor.

Aristóteles ya se preguntaba para qué diablos sirve, en términos biológicos, el orgasmo femenino, puesto que no es útil para la reproducción como ocurre con el masculino, cuyo objeto es la transferencia del esperma. Siglos después, unos científicos de la Universidad de Yale añadieron una pieza clave al puzle: «Algunas mujeres no llegan al orgasmo en sus relaciones sexuales. Si tuviera una función biológica clara, el mecanismo debería ser más efectivo». ¿Conclusión? El orgasmo de las mujeres parece ser un vestigio evolutivo, que en el pasado tenía como objeto desencadenar la ovulación, pero que hoy no sirve para nada más que dar alegría al cuerpo, puesto que la ovulación es espontánea y se produce de espaldas al sexo. La evolución también trasladó el clítoris del interior del canal vaginal al lugar que ocupa actualmente, cosa que dificultó la posibilidad de alcanzar el orgasmo mediante la penetración y propició la aparición de una amplia gama de gadgets eróticos que estimulan este enigmático órgano del aparato reproductor femenino. 

Dicen las estadísticas, que casi siempre mienten, que las mujeres disfrutan de menos orgasmos que los hombres y que incluso hay algunas que no los han disfrutado jamás. Sin embargo, la calidad del clímax femenino es superlativa, tanto en duración como en intensidad. Por algo se decía en el antiguo Oriente que «la sensualidad de la mujer es ocho veces mayor que la del hombre».  Y ello pese a la inescrutable conspiración de la madre naturaleza.

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Mientras ustedes copulan, yo les contemplo con mirada de entomólogo, que no de voyeur. Y lo que más me llama la atención es su profunda seriedad en el momento del orgasmo. Algo que corroboran estas palabras del ocultista Pierre Piobb: «Cuando se ama no se ríe; tal vez se sonríe apenas. En el espasmo se está serio como en la muerte». Es algo que ya pude comprobar gracias al proyecto Beautiful Agony (www.beautifulagony.com), un experimento multimedia que trata de desmontar décadas de porno hardcore y demostrar que el erotismo humano no se concentra tanto en el cuerpo como en la cara, que es el espejo del alma. Para ello, cada semana publican unos cinco vídeos de rostros de hombres y mujeres en el momento del orgasmo. Si sacáramos de contexto esos vídeos y les quitáramos el sonido, no tendríamos claro si esas personas están arrebatadas por un gran placer o por un insoportable sufrimiento. 

El amante (1992). Imagen: Renn Productions / Films A2 / Timothy Burrill Productions.

No en vano, los franceses le llaman al orgasmo la petite mort, o sea, «la pequeña muerte». Un eufemismo muy apropiado si tenemos en cuenta que después de un orgasmo muy intenso llega un periodo refractario que puede provocar la pérdida del estado de conciencia y hasta el desvanecimiento. También se puede interpretar como «pequeña muerte» el bajón que se produce tras el orgasmo, especialmente en los varones, fruto de la pérdida energética, el desgaste espiritual o el sentimiento de culpa que impera en las culturas judeocristianas. Como dice Nacho Vegas en una de sus canciones, «incluso los perros se ponen tristes después de eyacular». 

No, lo de los perros no ha sido estudiado por la ciencia, pero lo de los humanos, sí: un puñado de onanistas voluntarios fueron controlados mediante electroencefalogramas y tomografías en un laboratorio, y los investigadores pudieron registrar fases cerebrales depresivas tras el orgasmo. En el experimento no entraron parejas, quizá porque el insondable mysterium del clímax amatorio es demasiado profundo para los señores de las batas blancas y sus maquinitas. Pero quien más y quien menos ha sufrido en propia carne la insatisfacción de los amantes sin amor que, al separarse, ven cómo el hechizo de su unión se desvanece y deja al descubierto la cruda, sucia y fría realidad.

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Muy mal. La mayoría lo está haciendo muy mal. Veo parejas envilecidas, entregadas a coitos grotescos y animalizados, cuerpos desnudos que se frotan con un objetivo autoerótico no muy diferente al de la masturbación, que da como resultado un espasmo orgánico y mecánico que desemboca en una brevísima satisfacción individual, sea del hombre, sea de la mujer, sea de ambos, pero sin una comunión y una compenetración efectiva. Por regla general, lo que abunda en esta sesión es lo que en el Kama Sutra se conoce como «la cópula de los eunucos»: un acto sexual que se prolonga únicamente hasta que queda satisfecho el placer del hombre. 

Solo hay, entre ustedes, un par de parejas que han logrado acceder a un tipo superior de orgasmo, fruto de una unión absoluta entre el principio femenino y el principio masculino, a partir del magnetismo nacido de la polaridad. Como estarán notando en sus propias carnes, el suyo es un orgasmo transmutador, que tiene un efecto similar al de ciertas experiencias místicas o psicoactivas, y cuyos efectos no terminan cuando se extingue el espasmo, sino que se extienden en una suerte de iluminación postsexual de prolongada resonancia. De hecho, ni siquiera me escuchan. Están en su mundo, en su estrella, en su galaxia. Más allá de los sentidos. 

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Me congratula observar que ya van siendo más los que logran trascender su conciencia a través del coito integral. Me rodea una auténtica sinfonía de gemidos y exclamaciones. La mayoría no pueden, no necesitan oírme, pero seguiré hablando para los pobres diablos que, tras disfrutar de microorgasmos, remolonean enfermos de tedio sobre este inmenso colchón.

Fíjense en sus afortunados compañeros, los que sí lo están haciendo bien: flotan, se retuercen, están por encima del bien y del mal. Y todo por fundirse y confundirse, intercambiar los fluidos pero también la energía de sus respectivos cuerpos, de su yin y su yang. Estamos asistiendo a la consumación de un rito antiguo como la tos. En textos sagrados hindús como el Brihadaranyaka Upanishad (fechado entre los siglos VIII y VII antes de Cristo), ya se habla del raptus amoroso entre hombre y mujer, un estado análogo al que se produce cuando se manifiesta el atma, que es el conocimiento mismo, y el espíritu «ya no ve las cosas exteriores ni las cosas interiores».

Es preciso señalar que, durante los instantes en los que comienza el orgasmo, se produce un cambio en el estado de conciencia que ya había empezado incluso antes del contacto sexual, pero que en ese momento explota en el interior del individuo y lo transporta a lo que en ciertas religiones se conoce como «paraíso». Es entonces cuando los amantes alcanzan la eternidad, dejan atrás su ego y mueren el uno en el otro. Por eso, cuando el orgasmo se va esfumando y los interfectos vuelven en sí, tienen la jubilosa y desconcertante sensación de haber nacido de nuevo.

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Nuestra sesión de orgasmos integrales va llegando a su zona crepuscular. Obviando un par de casos en los que no se ha producido experiencia trascendente alguna, puedo decir sin temor a equivocarme que el curso ha sido un éxito. Y eso que aún no les había hablado de sexo tántrico, nuestro juicio final. Sí, quizá algunos de ustedes asocien este tipo de sexo con el cantante Sting, que en 2003, cuando tenía cincuenta y un años, soltó en una entrevista que era capaz de hacer el amor durante ocho horas al día gracias al sexo tántrico. Poco después, su esposa desmintió la machada y aclaró que todo había sido un malentendido y que Sting estaba en avanzado estado de embriaguez cuando hizo semejantes declaraciones. Demasiado tarde: la leyenda urbana ya era una gran bola de nieve que propició la aparición de miles de impostores que decían ser maestros de tantra, rebirthing y su puñetera madre.

Sin embargo, la práctica del sexo tántrico no es una disciplina al alcance de todos los mortales, sino de una élite de iniciados. Una práctica milenaria que sostiene que la eyaculación aparta al hombre, y de rebote a la mujer, del orgasmo verdadero y de la auténtica experiencia sexual. Por el contrario, el metaorgasmo tántrico preserva la energía sexual masculina, amén de prolongar la duración y la intensidad del coito más allá de la cúpula del trueno. 

Pero la cosa tántrica no se puede hacer a la buena de Dios. El maestro zen español Dokushô Villalba, que lleva años practicando sexo sin eyaculación, me comentó en una ocasión que «el trabajo con la energía sexual debe ir parejo al trabajo con la energía emocional. Si una persona desequilibrada se corta una vía de escape a la tensión emocional como pueda ser la eyaculación, terminará por estallar. Por eso, no se trata solo de no emitir esa energía, sino de darle curso después a través de una práctica, de un sistema de vida, de una atención continuada, de una creación».

El tantra nació en Oriente hace más de cuatro mil años, pero con el tiempo y mayor o menor fortuna fue adaptado a la idiosincrasia occidental. Ya en el siglo XVII, la orden secreta de los rosacruces utilizó elementos tántricos en unas prácticas esotéricas que ellos llamaban coitus reservatus. Pero fue la ginecóloga norteamericana Alice Bunker Stockham quien acuñó el término karezza en su libro homónimo de 1896, en el que despoja a las técnicas tántricas de su simbolismo cultural, religioso e iconográfico y las adapta a los tiempos modernos en pos de una satisfacción sexual masculina y femenina que propiciara matrimonios más exitosos. Dudo que sus objetivos se hayan cumplido, pues hoy se producen más divorcios que nunca, pero su sombra es muy alargada. De no ser por ella, quizá no habría tantos y tantos varones tratando de aprender cómo correrse-sin-correrse, tratando de alcanzar ese orgasmo perfecto y simultáneo que lo una para siempre a su amada, transformándolo en émulo de aquel personaje de Goethe que, iluminado por un demoledor raptus, pronunció el siguiente mantra: «Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí». 

Pueden ustedes vestirse.

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