A ver, ¿qué es lo que hay que ver en Irán?

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Palacio de Golestán. Foto: Vayiid (CC BY-SA 4.0)

Sin un propósito definido, una deriva por las ciudades centrales de Irán se va transformando en un acercamiento a su carácter, tan bipolar como la relación que mantienen pueblo, poder y religión. Después de varios días únicamente contemplativos, el espíritu guiri nos lleva a aceptar una invitación que ponga los estereotipos sobre la mesa.  

Dormimos menos que más en un fantástico ejemplar de Lufthansa, cuya climatización me deja los pies como estalactitas. Son las seis de la mañana y un Teherán de nueve millones de personas se extiende ante nosotros, a 35º (in crescendo), para que disfrutemos de su entrópico misticismo. Digo entrópico misticismo por usar cualquier expresión vacía que camufle lo que a primera vista es un boquete cuyo único encanto consiste en saber que estás en Teherán.

Mientras un tipo no acaba de encontrar el parecido entre mi cara aplastada por el sueño y la del pasaporte, la desubicación me exige recordar los motivos que nos traen aquí. Sin duda, hay algo estimulante en eso de entrar en el Eje del Mal para volver al del bien defendiendo las causas perdidas; «yo estuve allí y la gente no parecía mala…». También un componente de reivindicación, de disfrutar del placer tan capitalista de hacer algo simplemente porque sí, por la pura iconoclasia de que casi nadie más lo haga. Motivos tan estúpidos y tan legítimos como esgrimir una inquietud cultural que se limita a las versiones multimedia de Persépolis, las pelis (europeas, por cierto) de Asghar Farhadi o un par de libros de Kapuscinski y algún otro aventurero de dudosa credibilidad. Así, que la curiosidad sea oficialmente el motivo espiritual del viaje. Encontremos al Duodécimo Imán.

Finalmente mi cara es aceptada. Después nos cobran cien euros de visado y un supuesto seguro de repatriación de cadáveres y todavía nos decimos: «ajá, esto en Europa no pasa, eh». No, pero si pasara, podrías ir a un cajero o seguir siendo atracado con tarjeta y aquí, no; no hay Visa ni MasterCard que valgan. De repente, te quedan cuatro quintos de tu presupuesto, la misma cantidad de días de viaje y una risita de nerviosismo. Ah, y en Europa tampoco te mandarían quedarte otras dos horas en el aeropuerto por la cara.

Empleamos las tres siguientes buscando una habitación que devuelva los pies a su estado refrigerado. Allí estamos, dando vueltas por cunetas sin aceras, entre taxistas ansiosos y puestos de helados derretidos. Nos acercamos al bazar, al palacio del Golán, a la mítica-embajada-secuestrada-de-Estados-Unidos  y luego nos dedicamos a recorrer grandes distancias en taxi; no por ser un medio de transporte exótico para nosotros, sino porque las vaharadas de humo que entran por la ventanilla y ese atardecer fosforito que se ve al final de cada avenida, entre frenada y frenada, sí poseen el encanto oriental que teníamos en mente. Todo es una mezcla de una peli de James Bond y un breaking news de Aljazeera. Llegamos a la torre Azadi justo cuando se pone el sol, que la perfila como la cola de un pez apuntando al cielo. A medida que la rodeamos, ese lazo inmenso se va descomponiendo en brillos y aristas. El taxista nos invita a admirarlo con un té en el arcén, mientras cascadas de vehículos nos pasan rozando. Nos cuenta que el Sha Reza Pahlavi la erigió en 1972 por el 2500 aniversario del país. Eso sí, para cruzar hasta el centro os arregláis como podáis, se despide.

Detalle de la torre Azadi, Teherán. Fotografía: Fernando Cerezo.

Frente a esta sublime extravagancia de Pahlavi, recuerdo la definición que Kapuscinski da en «El Sha» de esta autoridad: «Por un lado persigue la oposición de los ayatollahs, pero por el otro se declara musulmán ferviente; se le conoce también como el Tolerado, en ausencia del Esperado (el Duodécimo Imán) y sus guías espirituales, los ayatollahs». 

Monarquía y religión, dos fuerzas que nunca se han llevado del todo bien y cuyos monumentos se superponen por todo el país. Y así es que a unos pocos kilómetros, al sur de la ciudad, se encuentra uno de los más icónicos destinos de peregrinaje chiita: el santuario del Sha Abdul Azim, descendiente del segundo Imán, Hassan Ibn Ali. Y, si retrocedemos un poco más en el árbol genealógico, damos con Ali ibn Abi Tálib (o Alí a secas), a quien los chiitas (partidarios de Alí, literalmente) consideran el sucesor y califa inmediato del profeta Mahoma, a diferencia de los sunitas. La diferencia conceptual es tan notable como la numérica: de mil seiscientos millones de musulmanes, el 85% son sunitas, mientras que el 10% son chiitas y se concentran en Irán. Una excentricidad que forja el carácter que nos encontramos en el país, donde la resignación frente al poder hace brotar una suerte de vida paralela en las calles.

Además de los taxis, el polvo, un calor animal y la ausencia absoluta (implacable, desgarradora, irremediable, desesperante, agónica…) de cerveza, nos llevamos solo una pista de la constante que se reproducirá en las próximas dos semanas: el sentirnos estrellas de rock o de cine, una combinación de Mick Jagger y Brad Pitt. Chicas lanzando la señal del corazón con las manos, padres de familia dándonos la bienvenida a su «amado país», policías sonriéndonos y alguna que otra moto deteniéndose para tocar mi pelo pajizo, que hasta ahora solo había llamado la atención de rumiantes hambrientos.

Dejamos Teherán pensando que las variedades de arroz con pollo alcanzarán, al menos, para no repetir el mismo plato en la comida y la cena de cada día. Fantaseamos con descubrir la cara B del oficialismo y con que, en algún momento, nos encontraremos con un factor sorpresa al estilo del documental Raving Iran. Paso a paso. Todo es una aclimatación para El Gran Encuentro, La Experiencia Definitiva, La Anécdota Final del Viaje, La Revelación del Turista.

Dos días más tarde llegamos a Isfahán, seguros de una única palabra en farsi: «ax», foto. Y nada más bajarnos del autobús nos lapidan con ella. Suena contagiosa. Llegué a contar hasta treinta y dos fotos con familias enteras, todas bajo un mismo patrón. El padre dispara (con nuestra cámara) para retratarnos junto a sus hijos y su esposa. Si hay mujeres occidentales, que llevan el velo con las mismas reticencias que Ana Pastor cuando sonsacaba a Ahmadineyad, se despiden con una disculpa por que un gobierno tirano imponga semejante regla. En las primeras quince ocasiones el comentario resulta sospechoso. Decimos que sí, que lo sabemos por las pelis de As Farhadi y Kiarostami, y solucionado. En las diecisiete siguientes fotos se vuelve repetitivo. Recuperamos la cámara con displicentes modales y entonces se produce un intercambio estéril de correos electrónicos o postales. Listo. Luego reemprendemos la búsqueda de una cerveza con alcohol o, en su defecto, la «sin» de marca Baltika en su vertiente azul celeste y sin sabor a frutas. Resulta la mejor porque es la que menos sabe a cerveza. El dolor es menos agudo, sin falsas esperanzas.

Plaza Naqsh-e Yahán Foto: Amirpashaei (CC BY-SA 4.0)

Cualquier calle que se precie de Isfahán conduce hasta la plaza Naqsh-e Yahán. Así que sin querer, de repente nos vemos frente a unos simétricos lagos, con las fachadas de los edificios rompiendo toda su armonía en la cebollosa cúpula turquesa de la mezquita homónima. La plaza es majestuosa, bordada como un encaje de azulejos, pinturas y relieves por los artesanos armenios que el Sha Abbas convocó en torno al siglo VII para construir una de las capitales artísticas y culturales del mundo, que dio en el dicho iraní de «Isfahan nesf-i-yahan» («Isfahán es medio mundo»), como recoge Stephen Kinzer en Todos los hombres del Sha. Más que su tamaño y solemnidad, sorprende la gente. Cientos de personas están de miranda, a falta de otro término más formal y certero. Simplemente existen. La mayoría, solos. Seres humanos portátiles, inalámbricos, que desaprovechan su autonomía sobre sus extremidades. Pasman. Como si estuvieran cargándose, parecen esperar algo, esparcidos por toda esta extensión, sin siquiera aproximarse a los puntos de sombra o agua. Es formidable. Por supuesto, hay familias que juegan, se sacan «axes» entre sí y se mueven. Pero una gran parte está esperando a que alguien los encienda o los desbloquee. Pura ataraxia: prescinden de lo más básico para dejar que su sombra gire a su alrededor hasta que caiga la noche. La parte positiva es que muchos no se inmutan cuando desfilamos entre ellos. Aunque sí los suficientes como para que, después de un par de horas de charlas gestuales, nos ocultemos tras un seto a descansar.

A la tercera Baltika azul celeste sin fruta nos entra un arrebato de productividad y nos vamos a deambular por ahí. Al menos, aprovechamos nuestra portabilidad. Caminando, se manifiesta el síndrome de abstinencia (vacaciones sin cerveza…) y nos entrenemos con concursos de enumeraciones: primero, de marcas de coche, luego de divisas con su respectivo país, o banderas que tienen amarillo, banderas eslavas con color azul, actores oscarizados, etc. Un partido del Celta me exige encontrar internet más pronto que tarde y nos vamos a nuestro alojamiento. Me pierdo casi toda la primera parte y recordamos que la diferencia horaria de Irán es de dos horas y media. Otra subversión más…

Hasta aquí, el aprendizaje. Teherán era un avance, pero Isfahán sienta las bases del juego. Pollo + arroz + Baltika azul claro sin fruta, «ax», listas de cosas, calor… La Gran Aventura Viajera nos exigirá estas piezas básicas, pero las reglas… ah, queridos, las reglas están por ver.

Llegamos a Yazd, que nos pilla bien de camino. Es como ir al cine porque llueve, estás cerca y la película es a una buena hora. Pero la película merece la pena, ya que estamos ante toda una cuna de la civilización, según el lenguaje épico de las guías de viaje. Lo más alucinante es la expresión del taxista cuando le decimos el precio de un litro de gasolina en España. ¿Cien veces más que aquí? Sí, hijo, sí. Hay un silencio en el que me resulta imposible imaginar qué piensa él, pero a nosotros se nos hace incómodo, sinceramente.

Plaza de Naqsh-e Yahán, Isfahán. Fotografía: Fernando Cerezo.

El hotel, que él elige por nosotros, es de veras un hotel. Decidimos descansar tras la comida, hasta que se acerca un hombre y, en perfecto castellano, le dice a lo que parece su guía: «bueno, a ver, ¿qué es lo que hay que ver aquí?». Frase para el recuerdo. Alguien con curiosidad, con entusiasmo, pura buena predisposición. Verbaliza lo más cutre de nuestra joven alma aventurera y, con culpabilidad, nos largamos de paseo antes de que nos hable. Ahora es un reto enterarse de qué va la historia.

En Yazd se encuentra uno de los núcleos duros del zoroastrismo, una religión que cayó en decadencia con la conquista árabe del Imperio persa, en el 651, pero que sigue siendo una de las más antiguas que todavía se practican. Kinzer explica que «la fe zoroástrica sostiene que la responsabilidad sagrada de todo ser humano es trabajar por el establecimiento de la justicia social en la tierra». Su profeta, conocido como Zaratustra y que vivió entre los siglos VII y VI a. C., ha ejercido una profunda influencia en la historia persa. Primero, porque Ciro lo utilizó en su audaz y triunfante campaña de construcción del imperio y, segundo, porque ha conquistado el corazón de un gran número de creyentes a lo largo de muchos siglos; enseñó a los iraníes que los ciudadanos tienen el derecho inalienable a un gobierno ilustrado, con el deber de alzarse contra los que son malvados. «Es consustancial al chiismo, como lo es al zoroastrismo, la creencia de que los gobernantes pueden conservar el poder tan solo mientras sean justos», concluye.

Nuestra apreciación de la herencia zoroástrica es más prosaica y se centra en los yakhcales, construcciones cónicas pensadas para conservar hielo con aislamiento natural en pleno desierto. La ingeniería de ventilación se extiende a sistemas de corrientes cruzadas que aclimatan la mayor parte de casas, cada una con su respectivo minarete, lo que da a esta ciudad, chepuda y marrón de arriba abajo, un aspecto de acerico. Esta misma creatividad se sumerge bajo las calles y teje un entramado de qanats, o canalizaciones para encontrar e irrigar con agua potable toda la urbe; algo extendido por todo Oriente Medio pero creado aquí, bajo nuestros pies.

Foto: Ninara (CC BY 2.0)

De Yazd nos vamos al desierto de Lut. La similitud de estos 52 mil ardientes kilómetros cuadrados con Tatooine, de Star Wars, es hipnótica. Sirven de pasadizo hasta Kermán, primera gran ciudad tras el vecino Afganistán. Todo un nexo camorrista, hub de la heroína por el que pasa la ruta de la seda de opio y, según los iraníes, lo peor de cada casa. A falta de peticiones fotográficas («axes», para los familiarizados) o cerveza, las listas alcanzan el delirio: entrenadores frikis de la Liga, empezando por Lotina.

A la mañana siguiente tenemos ocasión de visitar el bazar, que es donde la vida de la ciudad se expande y cobra la fuerza de un líquido inyectado a presión en una red de tuberías. Un par de grandes mezquitas acotan el recinto, pero nos hacen saber que decenas de sótanos albergan otros tantos templos donde los kermaníes se reúnen hasta cinco veces al día. Los baños públicos aderezan el componente social del ritual religioso, que culmina en las casas del té.

«La alianza entre la mezquita y el bazar es la fuerza capaz de derribar cualquier poder», dice Kapuscinski. Allí, los mercaderes más ancianos, los artesanos más talentosos y los mullahs de la mezquita constituyen la élite del bazar, «pues son ellos los que deciden sobre la vida tanto en el cielo como en la tierra». Los iraníes, como colectivo históricamente sometido a fuerzas extranjeras (ya sea en el ámbito político o en el religioso), encuentran en este entorno un lugar para la comunión y su dignidad. «El chiismo es para los iraníes su religión nacional y también su asilo y su refugio, una forma de supervivencia de este pueblo, de lucha y de liberación». Incide Kapuscinski en la noción zoroástrica de que el poder está para el pueblo y no al contrario. Y, explica, «como respuesta al terror oficial, los chiitas iraníes le declararán la guerra, pero no una frontal, pues son demasiado débiles (…). No en vano se considera que han sido los primeros de la historia en inventar la teoría del terror individualizado como método de lucha y los primeros en llevarlo a la práctica».

Vale que haya escrito su libro durante la crisis de los rehenes de la embajada estadounidense de Teherán, entre 1979 y 1981, pero esta teoría se antoja un tanto aventurada a simple vista (lo dicho, «fui al Eje del Mal y no parecían tan malos…»). Sí es indiscutible el fervor religioso, que hace detener nuestro autobús cada cierto tiempo para que los pasajeros recen.

Vista de Meybod (cerca de Yazd). Fotografía: Fernando Cerezo.

Después de una paliza antológica de baches, damos con nuestros restos en Shiraz, con la portabilidad disminuida por pinchazos en espalda y extremidades. Nos quedan tres días para volver a Teherán y, desde allí, al mundo de la gasolina cara y el anonimato. Recuperamos nuestra rutina persa: paseos al sol en pantalón largo (el corto está prohibido), algo de arroz con pollo, bazar y muralla. Shiraz es bastante más grande que las ciudades previas, así que empleamos menos tiempo en beber Baltika celeste sin frutas a la sombra. Nos compramos una para el camino, con la idea de subir hasta un mirador y recordar la cerveza de verdad mientras atardece. Como quien va a Montmatre a que le dé el aire. El plan hubiera sido un éxito si, cuando a punto de consumarse, ese brebaje incestuoso, a temperatura ambiente, no fuera lo único que nos quedara para reemplazar todo el sudor acumulado en nuestras camisetas, calzoncillos y calcetines. Al menos, de momento, ya nos vamos familiarizando con lo que será el escenario de nuestra consumación como los guiris definitivos.

Bajamos lo más rápido que podemos a unos jardines aledaños a la biblioteca central, donde encontramos también una terraza de tipo parisino. Los cuatrocientos euros [quinientos euros iniciales – (seguro de repatriación de cadáver + visa)] ya están bastante disminuidos. La excursión al desierto de Lut nos dejó en las últimas, aunque la cantidad de billetes sigue rebosando cualquier tipo de bolsillo y riñonera-de-seguridad-de-viajeros. Así que hay que pensarse dos veces el seguir tirando de Baltikas celestes sin fruta frías. Pero el sitio lo exige. Como entretenimiento, manejamos tres opciones: una rompedora enumeración de dictadores potencialmente no genocidas, jugar al ajedrez o investigar sobre las ruinas de Persépolis, que mañana visitaremos con otros occidentales del reparto Rolling Stones + Ocean’s Eleven.

Pero claro, por mucho dinamismo que se respire alrededor, mi matojo de paja cefálica no pasa desapercibido. Cuando la lista llega a la C de «Ceaucescu», una pareja de modernos se nos sienta al lado sin muchos miramientos. Visten  al límite, con pantalones remangados en los tobillos. Escucharlos hablar en inglés es como escuchar una sinfonía de Wagner después de toda una vida oyendo trap. Nos cuentan sobre su vida en Alemania, su regreso a Irán en vacaciones y su intención de quedarse en el país persa para trabajar como médicos. Mientras el chico de gafas de sol habla, mi amigo me señala a otras dos personas que se sitúan cerca, mirándonos. Es decir, se empieza a formar cola. Tratamos de extender la conversación ya establecida con los médicos germanizados; cuando la condena a Baltikas azules sin fruta está asumida, se despiden diciendo que no bebamos esa mierda, que al fin y al cabo el vino de uva shiraz se inventó para algo, y que podéis venir a una fiesta en nuestra casa dentro de dos días y probarlo. El Irán cara B se nos escapa por una noche, nos lamentamos. Y se van. Que pase el siguiente.

Y el siguiente es Ismail. Resulta que su inglés también favorece la comunicación. Es músico y lutier. Construye los instrumentos que él mismo inventa, mezclando la tradición iraní y su visión de la música actual. Solo en cuatro ocasiones salió del país, las cuatro para dar conciertos (en Polonia, Rusia, Georgia y Afganistán) y para quedar marcado de por vida. Desde entonces, trata de mezclarse con los extranjeros que llegan a la ciudad y contacta con otros a través de internet. Nos habla sobre su madre, con la que vive, sus amigos de Polonia, sobre una novia con la que cortó y sobre los clientes que compran sus instrumentos. Y, sobre todo, nos pregunta: quiere saber sobre nuestras impresiones de Irán, nuestras ciudades, de qué nos conocemos, qué música nos gusta, el festival Sónar… Nos ofrece llevarnos él mismo a Persépolis, pero lo rechazamos por no molestarlo y porque ya invertimos una buena cantidad de tomanes en la excursión de famosos occidentales a dichas ruinas. Es una pena, se lamenta, me gusta inventarme historias para turistas. Sin embargo, sí quedamos en vernos por la tarde, cuando hayamos regresado de la visita. Cenamos algo (¿hace falta especificar?) juntos y hasta mañana. Tiene pinta de ser un tipo muy portátil, reflexionamos ya en la habitación.

Foto: Ginolerhino (CC BY-SA 3.0)

Siendo Persépolis el atractivo turístico más relevante de todo el país y uno de los más importantes de Oriente Medio, la información disponible sobre el lugar es bastante más amplia que la de cualquier otra cosa descrita anteriormente. Al contrario, los imprevistos, particularidades ambientales y curiosidades humanas, son mucho menores que en cualquier otro punto de este recorrido. Por tanto, me excuso de poetizar la página de Wikipedia. Suscribamos la Lonely Planet. Aunque no nos juegan la mala pasada de arrastrarnos a ver el amanecer desde tal o cual punto de postal, sí tenemos que madrugar lo suyo para que una furgoneta de cristales tintados nos recoja a las seis de la mañana y nos deje destrozados durante el resto del día.

Al volver nos encontramos con Ismail en el mercado central, según lo acordado. Mejor dicho, casi en el lugar pactado y casi a la hora definida, lo que, sin ningún tipo de comunicación digital, me parece lisérgico. Sea por nuestro retraso o al ver nuestra cara de sueño, la expresión de Ismail no es la misma que la de la víspera, pero enseguida retoma su curiosidad del día anterior. Nos dirigimos hacia su coche y nos pregunta si queremos ver algo en concreto. Yo no dejo de pensar que todo es una estrategia para conseguir un «ax» histórico, con una sonrisa sincera. Y como delegamos en sus manos la decisión de qué visitar en su propia ciudad, conduce hacia la montaña que nos disecó hace menos de un día. No es por marearte, Ismail, pero ahí ya subimos ayer. Si se te ocurre otro sitio, podemos probar. No, no, esto va a estar bien, insiste. Quiero enseñaros algo. Habla taciturno y cortante. No ha lugar a la réplica. Aparca en la base de la montaña. Hay que subirla a pie… Ya sabemos lo que nos espera.

Extrae del maletero un objeto redondo, de alrededor de un metro de diámetro y protegido por una funda. ¿Qué es?; ya lo veréis. Diríase que un agujero negro. Empezamos a subir a medida que se hace de noche. Seguimos una carretera estrecha, cerrada al tráfico. Si nos pegamos al arcén derecho, la sombra de unos olivos bajos nos refresca. Ismail sigue lanzando preguntas entre resoplidos. Por momentos, recobra su carisma; aunque distraído, su conversación, la generosidad con la que comparte su tiempo, su atención, sus emociones… lo hacen encantador. Nos cruzamos con algunas personas no portátiles, que parecen puestas por el ayuntamiento. Nos saludamos como parroquianos.

A mitad del recorrido, paramos a descansar. Encendemos un pitillo y unos chavales se acercan a pedirnos otro. Es como si Ismail los conociera de toda la vida. Ahora caminamos con el sol de frente, sin apenas vegetación; hacia arriba se ve una pequeña capilla. La pendiente hace que nos quedemos en silencio un rato, el justo para ver a Ismail a mi derecha y plantearme qué estoy haciendo, dónde, con quién. Un escúter pasa rápido y pita. No os preocupéis, esto es muy seguro, no hacen falta vigilantes, dice Ismail. Y no puedo contener un repunte de sospecha. Una mirada rápida de mi amigo me secunda. En ningún momento de los diezdías previos se dio la mínima sensación de inseguridad.

Pregunto que hasta dónde vamos; hasta arriba, a la capilla blanca. Se llama Pozo de Moratz Ali. Yo vengo aquí desde pequeño. La renovaron por fuera hace dos años, pero todavía podemos acceder a la cripta. La historia nos hace más llevadera la subida. Los de la moto vuelven a pasar en dirección contraria. Según aumentan la quietud y el silencio, me noto más alerta y empiezo a luchar contra los prejuicios que hacen saltar las alarmas y hasta ahora decidimos ignorar. Cuanto más subimos, más en manos de Ismail. En manos de ese desconocido sospechosamente cordial. ¿Qué es superior, la cortesía de no escaparnos, o nuestro instinto de supervivencia? Esclavos de las formalidades, seguimos a nuestro secuestrador, que ya está abriendo la puerta de la capilla. De la capilla oscura, cuyas escaleras oscuras se sumergen en una roca oscura y fría, directa a un sepulcro más oscuro, más frío y más silencioso. Encendemos la linterna del teléfono. Ismail apunta a una superficie plana, esculpida, con piedras dispuestas sobre ella. El altar del derviche Moratz Ali, un asceta que subsistió sesenta días con sesenta almendras y un litro de agua, nos explica. No quiero entenderlo como una insinuación. Es un descansillo en las escaleras, que siguen bajando, más angostas. Es complicado darse la vuelta.

Por cierto, estamos inmersos en lo que debería ser La-Gran-Historia-de-tu-viaje-a-Oriente-Medio.

Nos sentamos alrededor de la tumba del antedicho asceta. Inevitable pensar que puede acabar siendo también la nuestra. La única salida conocida son las escaleras que bajamos, junto a las que se queda nuestro futuro verdugo. Una linterna alumbra nuestras caras en contrapicado. Ismail pide que la apaguemos, que necesita oscuridad. El contenido de la funda-agujero-negro me genera más angustia que curiosidad. Oímos unos chasquidos metálicos a medida que la abre. Hace frío por primera vez desde el Lufthansa. A regañadientes, apagamos la linterna. Tengo miedo y, sobre todo, me siento gilipollas, engañado, ingenuo. El sonido metálico aumenta; una cremallera y un restallido. Me pasa por la cabeza todo tipo de armamento bélico. El metal toma ritmo. Ismail dice que nos relajemos. Y una mierda, pienso. Un tarareo lo acompaña, junto a la percusión de una lona, como el parche de un tambor. Suena a pandereta multidimensional. La voz coge fuerza. Estoy tan tenso que se me contrae la espalda. No sé durante cuánto tiempo permanecemos así, hasta que oímos voces nuevas. Se aproximan. Oímos pasos. Mi amigo y yo nos damos un codazo. Él enciende la linterna inmediatamente; vemos a Ismail, con los ojos cerrados, concentrado en el instrumento. Dice que no pasa nada. Espera algo, a alguien. Las voces, cada vez más próximas, provienen de las escaleras. Estoy aterrorizado; es un zulo y no hay ningún tipo de escapatoria. Nos alcanza la luz de otra linterna.

Ya la jodimos. Nuestra historia y la iraní confluyen en este momento. Que si la percepción de extranjeros como invasores, la tradición terrorista que les atribuye Kapuscinski, su hambre de justicia en un contexto de opresión… y nosotros aquí, buscando cerveza y regateando la longitud de los pantalones, ya metidos en este hoyo, a oscuras y a merced de un integrista…

Una pareja entra. Primero un hombre alto, de pantalones chinos y camisa marrones. De su mano, lo sigue una mujer con vestido rojo y largo; la primera iraní que vemos sin velo. Su expresión no es menos atónita que las nuestras. Les acabamos de frustrar un buen homenaje al asceta. Pero estoy seguro de que no hubiera sido tan placentero como el alivio que yo siento. Ismail, impasible, les invita a acompañarnos. Se recuestan, tímidos. Apagamos la linterna y él retoma su canto. Me reclino contra la piedra húmeda, cavernosa, que enfría mi sudor. La melodía enseguida toma cuerpo, con la voz, la percusión y el metal mezclándose a distintos volúmenes e intensidades. Es una música coral, casi tribal, surgida de distintas fuentes. La voz, melódica, contrasta con los golpes rudos de percusión y los detalles cristalinos de las sonajas. La acústica de la roca evita los ecos. El sonido retumba con vigor, con una nitidez formidable que reverbera en mi estómago. Hay algo desconocido e inquietante. No tenemos la palabra que se corresponde con lo que sea que nos transmite, del todo abstracto. Lo emocionante procede de lo verdadero que hay en su canción, de algo necesario y real. Me conmueve semejante exhibición de fuerza, tal exposición personal. Es como leer los diarios más íntimos de una persona, como presenciar un nacimiento. Con la misma progresión que creció, la canción también se apaga. Termina. El silencio es absoluto. Ni nos movemos ni hablamos. Pasan unos dos o tres minutos. Ismail dice que, bueno, que ya. No nos atrevemos a aplaudir; es un reconocimiento mediocre, demasiado convencional y frívolo. Enciende su linterna y nos levantamos. La cara de la pareja, la de mi amigo, la mía, reflejan consternación. Estoy superado; solo se me ocurre responderle con un abrazo, que me devuelve con un apretón fuerte. Está empapado en sudor y resopla. Mi amigo solo repite «guau, guau». No recuerdo nada más de la pareja. Salir de la cueva es como despertar de un delirio. Después de la incertidumbre inicial, el desahogo trae la felicidad de un armisticio.

Fuera, la luz escasa de la luna nos deslumbra. La noche es total. Nos alcanza el fulgor tenue de la ciudad, que se pierde en la vista. Contemplarla desde esa altura es como sobrevolar una selva llena de alimañas. Con su rumor lejano, multicolor, su millón y medio de personas, parece más salvaje que cualquier otra forma de vida. Esto lo pienso ahora, porque mientras caminamos sigo sometido. Nos sentamos en un muro, con los pies colgando. Nos quedamos allí extasiados, pasmando, de miranda. Sin portabilidad.

Ismail redondea la indagación religiosa y nos cuenta que nos encontramos en un antiguo templo sufí, evolución del zoroastrismo tras la llegada del islam, pero que él interpreta como los orígenes del rastafari. Otra religión más para el bote del islamismo insurgente; en esta ocasión con un componente psicoespiritual. Dice que casa con su música porque persigue explotar las facultades de la percepción sensorial y suprasensible, a lo que él consiguió acercarnos sin ningún tipo de alucinógeno. Y yo, que en el vuelo de regreso, al día siguiente, sigo a vueltas con los chiitas, Zaratustra y el Duodécimo Imán, por fin reparo en que la bandera iraní engloba mucho más que eso: en el centro, bien grande y en rojo, como una buena corrección, reza: Al-lāh (Alá). Un estado perfectamente alaico.

Interior de los baños Hamam-e Ganj Ali Khan en Kermán. Fotografía: Fernando Cerezo.

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2 Comentarios

  1. Vaya que narración. Lei con la angustia a punto de estallar, esperando el momento en el cual, junto al reproche por tal insensatez, se buscaban extremas soluciones por parte de un par de trotamundos curiosos sin el adecuado manual de sobrevivencia. Prejuicios, supongo. Excelente la descripción de Ismail y sus aspiraciones. Gracias por compartir.

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