Destinos Ocio y Vicio

A ver, ¿qué es lo que hay que ver en Irán?

Vahid Yarmohammadi Golestan Palace 01
Palacio de Golestán. Foto: Vayiid (CC BY-SA 4.0)

Sin un propósito definido, una deriva por las ciudades centrales de Irán se va transformando en un acercamiento a su carácter, tan bipolar como la relación que mantienen pueblo, poder y religión. Después de varios días únicamente contemplativos, el espíritu guiri nos lleva a aceptar una invitación que ponga los estereotipos sobre la mesa.  

Dormimos menos que más en un fantástico ejemplar de Lufthansa, cuya climatización me deja los pies como estalactitas. Son las seis de la mañana y un Teherán de nueve millones de personas se extiende ante nosotros, a 35º (in crescendo), para que disfrutemos de su entrópico misticismo. Digo entrópico misticismo por usar cualquier expresión vacía que camufle lo que a primera vista es un boquete cuyo único encanto consiste en saber que estás en Teherán.

Mientras un tipo no acaba de encontrar el parecido entre mi cara aplastada por el sueño y la del pasaporte, la desubicación me exige recordar los motivos que nos traen aquí. Sin duda, hay algo estimulante en eso de entrar en el Eje del Mal para volver al del bien defendiendo las causas perdidas; «yo estuve allí y la gente no parecía mala…». También un componente de reivindicación, de disfrutar del placer tan capitalista de hacer algo simplemente porque sí, por la pura iconoclasia de que casi nadie más lo haga. Motivos tan estúpidos y tan legítimos como esgrimir una inquietud cultural que se limita a las versiones multimedia de Persépolis, las pelis (europeas, por cierto) de Asghar Farhadi o un par de libros de Kapuscinski y algún otro aventurero de dudosa credibilidad. Así, que la curiosidad sea oficialmente el motivo espiritual del viaje. Encontremos al Duodécimo Imán.

Finalmente mi cara es aceptada. Después nos cobran cien euros de visado y un supuesto seguro de repatriación de cadáveres y todavía nos decimos: «ajá, esto en Europa no pasa, eh». No, pero si pasara, podrías ir a un cajero o seguir siendo atracado con tarjeta y aquí, no; no hay Visa ni MasterCard que valgan. De repente, te quedan cuatro quintos de tu presupuesto, la misma cantidad de días de viaje y una risita de nerviosismo. Ah, y en Europa tampoco te mandarían quedarte otras dos horas en el aeropuerto por la cara.

Empleamos las tres siguientes buscando una habitación que devuelva los pies a su estado refrigerado. Allí estamos, dando vueltas por cunetas sin aceras, entre taxistas ansiosos y puestos de helados derretidos. Nos acercamos al bazar, al palacio del Golán, a la mítica-embajada-secuestrada-de-Estados-Unidos  y luego nos dedicamos a recorrer grandes distancias en taxi; no por ser un medio de transporte exótico para nosotros, sino porque las vaharadas de humo que entran por la ventanilla y ese atardecer fosforito que se ve al final de cada avenida, entre frenada y frenada, sí poseen el encanto oriental que teníamos en mente. Todo es una mezcla de una peli de James Bond y un breaking news de Aljazeera. Llegamos a la torre Azadi justo cuando se pone el sol, que la perfila como la cola de un pez apuntando al cielo. A medida que la rodeamos, ese lazo inmenso se va descomponiendo en brillos y aristas. El taxista nos invita a admirarlo con un té en el arcén, mientras cascadas de vehículos nos pasan rozando. Nos cuenta que el Sha Reza Pahlavi la erigió en 1972 por el 2500 aniversario del país. Eso sí, para cruzar hasta el centro os arregláis como podáis, se despide.

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2 comentarios

  1. Vaya que narración. Lei con la angustia a punto de estallar, esperando el momento en el cual, junto al reproche por tal insensatez, se buscaban extremas soluciones por parte de un par de trotamundos curiosos sin el adecuado manual de sobrevivencia. Prejuicios, supongo. Excelente la descripción de Ismail y sus aspiraciones. Gracias por compartir.

  2. Mario Gonzalez

    Hay muchos países más interesantes que visitar antes que ir a darle dinero a los ayatolas.

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