Sociedad

El becerro de oro

La adoración del becerro de oro, de Nicolas Poussin (ca. 1630), en un grabado de H. Robinson.
La adoración del becerro de oro, de Nicolas Poussin (ca. 1630), en un grabado de H. Robinson.

Hay muchas e interesantes historias en el Antiguo Testamento: matanzas, guerras, traiciones, caídas en el barro literal e inmaterial, infidelidades de famosos, recuperación del alma de personajes, etcétera, pero de entre todas ellas una ha llegado hasta nuestros días prácticamente igual que cuando se escribió y con el mismo mensaje, aunque adaptado a los tiempos. El cine ayudó a mantener y difundir el relato, por lo plástico de las escenas y el dramatismo de los personajes. Pero vayamos primero al texto de donde todo surge. El versículo 32 del Éxodo lo cuenta con pelos y señales, además de con un punto humorístico que no pasa desapercibido entre tanta batalla, gente que tiran desde las murallas, genealogías interminables y la presencia de un dios tiránico, caprichoso y vengativo, que impregna toda la historia de los israelitas.

El becerro de oro, así se llama el episodio, está en un libro fundamental para el Antiguo Testamento: El Éxodo, libro de la salida de los hebreos, por fin, de su esclavitud en Egipto, por la acción directa de su dios Yavéh, y su peregrinación por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. Es un libro emocionante en todas sus páginas, porque asistimos a las plagas bíblicas que manda Dios a Egipto, y a las veces que van Moisés y su hermano Aarón a visitar al faraón y advertirle de que los deje libres; si no, se enfrentaría a un destino terrible, él y todos los egipcios. Pero el faraón, aconsejado por sus sacerdotes, les da la espalda y el país sufre diez plagas que van de menos a más: el agua se volvió sangre, se dio la aparición de ranas, a continuación una plaga de piojos, después la plaga de moscas, luego la peste del ganado, después las úlceras de los egipcios, el granizo con fuego que atacó a la cosecha, langostas que terminaron con ella, oscuridad en pleno mediodía y, por último, la muerte de los primogénitos, en una descripción que hiela la sangre, incluido el hijo del faraón.

Al final, el faraón, vencido, deja libres a las Doce Tribus de Israel. Y a partir de aquí comienzan las aventuras y desventuras de los hebreos en el desierto, comandados por Moisés, el patriarca. Sus raptos o citas con Yavéh son un hito del Éxodo. Dios le llama para trasladarle sus ideas y pareceres sobre la vida para los judíos, y precisamente ahí comienza la historia del becerro. Moisés sube al pico del monte Sinaí para recibir instrucciones y, tras unos días —cuarenta días y cuarenta noches—, estaba a punto de bajar cargado con dos tablas de piedra, grabadas por el mismísimo Yavéh con los diez mandamientos bíblicos. En ese momento, Yavéh le dice a Moisés que su pueblo se ha dado a la idolatría, que se han olvidado de Él y están adorando una imagen. Moisés tiene que aplacar la ira de Dios y su deseo de fulminar a todo el pueblo de Israel por este pecado. Tras conseguir que Yavéh se tranquilice y no utilice su cólera sobre ellos, Moisés baja del monte Sinaí y se encuentra con un auténtico sindiós. O como quieran llamarlo. El campamento estaba disparatado. Seguro que muchos lo han visto recreado en el cine, sobre todo en la épica Los diez mandamientos (1956), de Cecil B. DeMille. La gente se había entregado a las orgías y excesos, cantando y chillando. Moisés aparece a las puertas y es interceptado por su hermano Aarón, que le intenta engañar diciéndole que esas voces son de batalla, pero Moisés, lleno de ira, le replica que sabe qué son esos aullidos. Para justificarse, Aarón dice: «No te mosquees conmigo. Ya sabes cómo es la gente. Están empeñados en el mal. Ellos me hicieron hacerlo, Moisés, yo no quería».

Moisés se interna en el campamento y, al llegar al centro, coge las dos tablas y las tira contra el suelo, haciéndose añicos. Y es entonces cuando ve al becerro, y Aarón le explica que tardó mucho tiempo en la cima del monte Sinaí y su pueblo pensó que se había olvidado de él, y que también Yavéh los había olvidado, así que decidieron hacer un ídolo al que adorar. Aarón les pidió todo el oro que tenían (anillos, brazaletes, pendientes, collares, todas las joyas de oro que poseían), las echó al fuego y, como lo cuenta el relato de forma cómica: «Me dieron el oro, lo eché al fuego, y de allí (como por ensalmo) salió un becerro». El cual adoraron y ante el que se volcaron en todo tipo de excesos.

Moisés lo echa al fuego para destruirlo, «hasta convertirlo en polvo, que mezcló con agua, y se la dio de beber a los hijos de Israel» (versículo 20). No quedó aquí la ira de Moisés. Tras una reprimenda de las buenas, gritó: «A mí los de Yavéh», y los de la tribu de Leví se pusieron a su lado. Les ordenó que fueran por cada tienda y mataran a uno de cada. Al final del día, tres mil hebreos habían sido aniquilados y se había apaciguado la cólera de Moisés y de Dios.

Así termina el capítulo: Dios bendice tras castigar duramente al pueblo por haber adorado a un becerro de oro y haberse salido del camino de piedad y adoración al único Dios.

La forma en que se convirtió en un becerro refleja la influencia egipcia sobre la judía, donde el dios-buey Apis simbolizaba la fertilidad, la prosperidad y el poder. La adoración a Apis incluía procesiones, ofrendas y fiestas, unas prácticas que se habrían hecho familiares para los judíos mientras estos vivían allí. La gente quería una representación visible de fuerza y vitalidad, algo que ellos habían conocido en los rituales de Egipto. «Y trocaron su glorioso Dios por la imagen de un buey, que come hierba» (Salmos, 106:20).

Como decía, este relato bíblico seguro que muchos lo conocen por sus representaciones en el cine. Los diez mandamientos es la referencia más directa, la película remake que hizo el propio Cecil B. DeMille de su película anterior, muda, de 1923. La película de los cincuenta marcó un hito en las superproducciones. Hecha por la Paramount, con el presupuesto más caro de la historia hasta entonces y un despliegue de medios nunca visto. Este episodio del becerro es espectacular, con Charlton Heston hecho una furia como Moisés al bajar del monte Sinaí y romper las tablas de la ley. Siempre recordaremos su barba y la peluca en tono canoso que le pusieron. Y también a Edward G. Robinson, el eterno gánster del cine negro, aquí transformado en un maléfico Dathan, el judío que inspira a todos los demás la construcción del becerro de oro. No hay más que ver su caracterización para saber que es un tipo malo: esas cejas curvadas hacia arriba, el bigote y la perilla, además del gorro y las ropas que lleva. La escena que se encuentra Heston está muy bien terminada. En un lujurioso VistaColor podemos contemplar a un numeroso grupo de actores, posiblemente bailarines y bailarinas, (des)vestidos con los trapos más brillantes y seductores, bailando en torno al becerro —un ternero muy kitsch— que llevan en volandas.

Los otros becerros de oro

Este tema se repitió en varios libros bíblicos, como modo de advertencia a los judíos y después a los cristianos. Es blasfemia adorar a un ídolo, sea de oro o no, pero en eso todos los humanos somos especialistas. Siempre nos sentimos huérfanos y necesitamos alguna cosa o cosas a las que idolatrar. La idea de venerar a un dios sin forma, sin altar, sin nada, no es precisamente lo más adecuado para los humanos, siempre deseosos de algo concreto, de objetos brillantes, de parafernalia con que decorar nuestras vidas. El Antiguo Testamento es una dura prueba para cualquiera que desee encontrar un dios que seguir, aparte de no verle; insisto en su carácter, tal y como aparece en el Antiguo Testamento.

Porque, de hecho, hubo más becerros de oro en el Antiguo Testamento. Los judíos no escarmentaban y en el libro de los Reyes 12 nos encontramos con el rey Jeroboam, que se quedó en Israel tras la división del reino, y «después de pensarlo, hizo al pueblo dos becerros de oro», y dijo al pueblo: «¡Israelitas, no es necesario que sigan subiendo a Jerusalén! Aquí están sus dioses, que los sacaron de Egipto». Así que colocó uno de los becerros en Betel y el otro en Dan. Y esto incitó al pueblo a pecar; muchos incluso iban hasta Dan para adorar al becerro que estaba allí. Jeroboam construyó altares paganos y puso como sacerdotes a gente del pueblo, incluso a quienes no eran levitas.

Ezequiel 16 dice, en un capítulo especialmente largo y vívido sobre la historia religiosa de Israel, que siempre es infiel a Dios y amante de los ídolos: «Tú les diste todos tus dones, todo lo mejor a estos amantes».

Salmos 106:19-20 refleja lo que ya se expresó en Éxodo 32 y dice esto: «Hicieron un becerro en el monte Horeb y adoraron un simulacro fundido. Y trocaron la gloria de Dios por la imagen de un buey que come hierba». El autor del salmo vuelve hacia aquella gente y expresa lo idiota que fueron al cambiar lo que hay más valioso en Dios por un animal que come hierba. Pero así es el dios del materialismo: siempre hará un intercambio irregular. La acaparación de tesoros materiales es un pecado en los dos Testamentos. Así, en el libro de Mateo se nos dice: «No almacenéis para vosotros tesoros en la tierra, sino que almacenad para vosotros tesoros en el cielo, donde ni el orín ni la polilla los corroen. Donde está tu tesoro, está tu corazón también». Los ídolos compiten por nuestra atención y afectan a cómo vemos a Dios cuando oscurecen y compiten por nuestra vista.

El Nuevo Testamento, sin embargo, se lo puso mucho más fácil a los que pretendían creer en un dios. Aquí la Iglesia dio bula a crear imágenes divinas y el credo se hizo mucho más accesible: había un arte litúrgico de todos los niveles, desde el que custodian en las grandes catedrales al muñeco pintado de purpurina que llevan algunos en el coche. La extensión de muñecos y muñecas es casi interminable, y muchos están hechos en oro, con lo que se da una blasfemia para los judíos que no lo es para los cristianos. El oro, por sí solo, se convirtió en uno de los primeros becerros de oro, valga la redundancia. Hasta nuestros días se ha convertido en artículo de compra y venta de sueños, de enmascarar ídolos (unas veces «falsos ídolos», otras veces «respetables ídolos», sea lo que quiera decir esta dualidad) y de poder, del poder de uno mismo y sobre los demás.

Más becerros. El hambre por más. Siempre queremos lo último, lo más de moda, ya sea en ropas, muebles, decoración, vacaciones o coches; somos devotos de las cosas muy perecederas. No importa que lo sean: las necesitamos como respirar, no podemos estar sin la última actualización de nuestro móvil o coche, sin decorar nuestra casa al gusto de lo que dictan esta temporada en la revista Architectural Design.

En los últimos años hemos creado otro dios al que veneramos como auténticos locos, y es el dios de sí mismo o del cuerpo. Estamos en una carrera, muchas veces sin sentido, para estar —lo que nos decimos a nosotros mismos— bien con nuestro cuerpo: hacer dieta, hacer deporte, ir al cirujano plástico y tener a nuestra disposición un catálogo inmenso de cremas corporales y faciales, de productos cuanto más caros mejor, y tratamientos de belleza cada vez más demenciales (en las gamas medias de estos productos son especialmente graciosas las campañas publicitarias con las que los venden: «Maxima Care Rejuvenation», y sale una modelo que no tiene ni veinticinco años), todo para tener un aspecto de juventud inmortal, para parecer que siempre somos jóvenes y que esa edad esté en el máximo de su esplendor: con todo el pelo, todos los dientes, la piel tersa y sin una arruga, etcétera. Nuestro ídolo somos nosotros, y su altar, delante de todos los espejos del gimnasio, del de casa, del de nuestra esteticista.

El último ídolo de oro, por el que la juventud tiene una especial querencia, va en el mismo altar que el móvil y se ha vuelto insustituible para ese chico,-a,-e que quiere saberlo todo en un par de segundos. ChatGPT es como un oráculo, una guía para salir, incluso un acompañante, que te dice lo que quieras. La IA es el último altar en la fabricación de becerros, cada vez menos visibles ni tangibles, pero igual de efectivos que hace cuatro mil años.

«Mantened vuestras vidas libres del amor por el dinero y estaos contentos con lo que tenéis, porque Dios dijo: “Nunca te dejaré, nunca te abandonaré”» (Hebreos 13:5).

In God We Trust

El becerro de oro es lo que el Señor llama Mammón o Dinero. Al respecto, la Biblia dice: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero» (Mateo 6:24).

El lema de los EE. UU., que le ha llevado constantemente de un tribunal a otro por aquello de mezclar política con religión, también aparece en las monedas y billetes americanos. Con independencia de si su origen es masónico o no, resulta grotesco ver en el dinero una afirmación tal. No hay mayor becerro que este. Todo lo anterior y más ídolos que se han quedado en el tintero (los mercados, sean de valores o artísticos, la fama, el prestigio, etcétera) todos están supeditados a este. No hay nada por delante: ni las vacaciones, ni la belleza, ni la IA. El oro puede que, en la cantidad adecuada, sí se ponga a su altura.

El año pasado se produjo el mayor aumento de la historia en el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones de dólares, con un nuevo multimillonario cada dos días. En doce meses, la riqueza de esta élite ha aumentado en setecientos sesenta y dos mil millones de dólares. El ochenta y dos por ciento de la riqueza generada durante el último año fue a parar a manos del uno por ciento más rico, mientras que la riqueza del cincuenta por ciento más pobre no aumentó lo más mínimo. La adoración del becerro de oro ha hallado una nueva e insensible imagen en el culto del dinero y la dictadura de una economía que no tiene rostro y carece de todo verdadero objetivo humano.

¿Un becerro de oro? En Mar-a-Lago se exhibe un ídolo de cabra con pezuñas doradas. El ídolo está envuelto en billetes falsos de cien dólares de Trump, que dicen «En Trump confiamos». La base del ídolo dice «Te amo», junto con la firma de Trump. La estatua tiene un fin benéfico, pero no deja de erizarme la piel, lo juro.

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