Cine y TV

Backrooms: notas sobre la vida de la mente

Backrooms. Imagen A24.
Backrooms. Imagen A24.

Este artículo contiene SPOILERS

Hará una hora que salí del cine, pero (y quizá conozca usted esta sensación) una parte de mí continúa allí. Ver Backrooms (2026) aboca al espectador a una experiencia que poco interés tiene desde un paradigma racionalista. Historias como la que nos ocupa, ópera prima de Kane Parsons (2005) y financiada por la omnipresente A24, o como 2001: Odisea en el espacio (1968), admiten toda exégesis que pueda sostenerse sobre un palo a media asta. Esto frustra a muchas personas, pero no al que aquí escribe, porque el que aquí escribe está convencido de que la mente existe siempre escindida de sí misma. Las escenas se me agolpan en un torrente nada violento, pero asfixiante. Y no por el miedo. Créame: el supuesto miedo que inspira esta película tiene entre poco y nada que ver con los sobresaltos (a los que yo mismo, valga reconocerlo, soy muy susceptible), porque el miedo, como la memoria, tiene muchas fuentes.

¿Recuerda el final de aquella película de los Coen, Barton Fink (1991)? John Goodman perseguía a John Turturro por un hotel ardiendo mientras con su vozarrón le gritaba: «¡Yo te enseñaré la vida de la mente!». Backrooms hace algo parecido, pero nada arde. Tal vez porque no hace falta, o porque no se ha inventado el fuego en la trastienda de nuestra identidad. La película está fragmentada porque no tiene una estructura a la que atenerse más que la que usted y yo le confiramos. En último término, quien lleva bata blanca puede llamarse Phil, y no presentarse como «doctor». La ropa sugiere explicaciones, sobre todo la propia amontonada en no sé qué cuarto sombrío. Pero nada de eso guarda un significado que no almacenara usted de antemano.

Evocar la trama de esta película es como reconstruir algo que no tuvo lugar hace mucho tiempo, pero sí lo bastante como para que los nexos entre los diferentes segmentos se diluyan. O, como dirían los propios personajes, como describirle un perro a alguien que nunca ha visto un perro, y luego pedirle que lo dibuje. Esa porosidad impregna todo el guion, que tiene ecos de horror cósmico y de geometrías lyncheanas, y, lejos de filtrarse por ella su contenido, lo que consigue es que el espectador caiga en su interior. Y quede, ya lo habrá adivinado usted, atrapado. En cualquier caso, voy a intentar recoger las migas de pan e ir al principio. Pero, por favor, no crea usted por estas mis humildes notas que desconozco el origen de los cortos de los que proviene la obra ni la terrorífica noción de los espacios liminales, de los que tantas representaciones pululan por internet. Voy a limitarme a la película porque bastante tenemos ya con lo que tenemos.

La sinopsis es sencilla: un hombre separado y próximo a la ruina está al mando de una enorme tienda de muebles a la que no entra ni el viento. También va a terapia, donde reconstruye escenas de su divorcio mediante un somero role playing, sin que la terapeuta tenga, al parecer, mucha idea ni interés en traspasar los descuidos de un corazón roto y una mente atormentada para proporcionarle cierta catarsis. Todo es (tristemente) normal hasta que el hombre descubre en el sótano de su tienda la entrada imposible a un lugar imposible. Y no me refiero solo a que a dicho lugar se acceda atravesando la pared, sino a que el sitio tiene una geometría hecha, como en cierto momento dice el propio personaje, por arquitectos hasta arriba de ácido. Vale mencionar aquí, por cierto, que el susodicho protagonista, aunque tenga una trayectoria profesional tan descarriada como su vida, es arquitecto de formación. No parece un detalle baladí, porque nadie mejor que él entiende que las habitaciones vacías, los pasillos asfixiantes, los muebles amontonados, las trampillas en el techo, las puertas sujetas a ninguna parte, carecen por completo de sentido. Entre sus primeros pasos frente a este descubrimiento está trazar un mapa del lugar. El resultado es un plano laberíntico que, al mostrárselo a su terapeuta, hace que esta se preocupe por su estado de salud. Con todo, le dice la doctora que, si bien lo que afirma que ha encontrado es fantasioso, no parece peligroso.

Es ahí donde se equivoca. La culpa del protagonista estriba, al final, en preferir estar dentro a estar fuera. ¿Quién puede enfadarse con él por eso? La propia terapeuta que lo trata vive de esta metáfora. Ha publicado un libro (y varias cintas de casete, que para eso estamos en los noventa) basado en esta idea: todos vivimos dentro de nuestra propia mente, repitiendo patrones, comportamientos y pensamientos que configuran representaciones de nuestras vidas y de nosotros mismos. En último término, nuestra existencia interna constituye un bucle, pues seguimos siempre la ruta neuronal de menor resistencia. No obstante, según nos dice la doctora, la clave está en que, si bien podemos sentir que estamos encerrados en nuestra propia mente, existe una ventana que podemos abrir. Las rutas pueden reconfigurarse, al igual que nuestras emociones y pensamientos. No tenemos por qué ser quienes somos. La historia de nuestro trauma no tiene que ser nuestra historia. Recuerde que la palabra «trauma» proviene del vocablo griego traûma (τραῦμα), que significa «herida», y esto implica que hay, dicho mal y pronto, esperanza para quien quiera cambiar.

Suena bien, pero la película se acerca a esta idea, al libro de la doctora y a la metáfora de la ventana con una reticencia que se escenifica incluso en lo cromático. Y hace bien, porque pronto conocemos que la metáfora escogida por esta profesional clínica para representar la vida de la mente no es arbitraria: ella misma se crio bajo el yugo de una madre que, por alguna patología mental no especificada, la hacía vivir junto a ella en el interior de una casa con las ventanas tapadas. Cuando la psicóloga, siendo niña, trató de destapar una, su madre la agarró y la increpó, presa del pánico. Que no puede salir, le dice. Ahí fuera no es seguro. Están por todas partes.

Quizá esta idea nos describa a todos. Todos estamos (porque lo digo yo), hasta cierto punto, en el rincón más oscuro de nuestra casa, agazapados y vigilando la ventana, a la vez que nos lamentamos de no poder salir. O quizá, y esto es lo relevante, tenga más que ver con la empatía del miedo, necesaria para entender que la psicóloga, ante la desaparición de su paciente después de contarle aquellas historias imposibles sobre un lugar infinito parecido a un complejo de oficinas oscuro y en decadencia, decida ir a buscarlo. Para su pasmo, termina encontrando el acceso a ese lugar. Y entra.

En este punto, varios espectadores, entre los que me incluyo, rezamos porque lleve en el bolsillo, al menos, un espray de pimienta. Pero no. Lo máximo que lleva es un adoquín con la huella de su mano infantil, que grabó sobre el cemento de su calle cuando era pequeña y al que se ha aferrado desde entonces como si se tratara de un tótem, de una referencia, de un eco de sí misma a través de los cristales del tiempo. Todos necesitamos un anclaje, supongo. Aunque tal vez sea mucho suponer. «Todos» somos demasiados.

La cosa es que, conforme la psicóloga se adentra en ese laberinto donde, según la habitación, se amontonan sillas, zapatos a medio hundir en el suelo, una piscina, una señal de stop pintada especularmente e incluso dibujos inquietantes en las paredes advirtiendo que, después de todo, el mapa del lugar cambia, termina por encontrar a su paciente. Solo que ya no es su paciente. O lo es más que nunca. Decídalo usted. El tipo la deja inconsciente y, cuando despierta, se encuentra atada a una silla y sentada a una mesa frente al hombre que la ha atacado y al que ella trató, sin muchas ganas, de ayudar. Al hombre lo rodean seres similares a personas, pero con la cara deformada en capas, como cuando las cintas de VHS no terminaban de ubicarse y franjas de distintos grosores bajaban horizontalmente por el televisor. Esos seres resultarían abominables si no estuviesen quietos, si no fueran, como asegura el desquiciado paciente, meros recuerdos de personas que andan en el mundo real, gastados por recordarlas demasiadas veces. Para ilustrarlo, el tipo apuñala y mutila a algunos de esos recuerdos encarnados. Esto termina de convencer a la terapeuta de que, sea lo que sea ese sitio, a tomar por saco: hay que salir de allí.

Entonces tiene lugar el diálogo de la sesión que vimos al principio de la película, que, mediante el role playing, escenificaba la escena en la que al protagonista lo abandonó su mujer. Solo que esta vez el control de la sala lo tiene el paciente, el registro es mucho más oscuro y el recuerdo cobra unos tintes violentos que gotean sangre sobre nuestros ojos (metafóricamente, digo). La terapeuta no está para jugar a esto durante mucho tiempo, así que se deshace del atrezo mutilado y le espeta al paciente que ella no puede ayudarlo porque él no quiere cambiar. El pobre diablo recibe la noticia con cierto alivio, y sublima una idea reflejada en las paredes de ese sitio grotesco: en efecto, no quiere cambiar, porque esos pasillos infinitos, ese submundo poblado por recuerdos cercenados y retorcidos de otras personas es, después de todo, su verdadero hogar. El sitio en el que nada malo puede pasarle. La terapeuta le dice que muy bien, que se quede allí y monte un Starbucks (no se lo dice así, pero ya me entiende). Que, por ella, muy bien. Pero que la suelte. Y el paciente concluye que, habiéndose aceptado como producto directo de sus traumas, de sus heridas psicológicas, no tiene nada que ganar reteniéndola. Así que la suelta. Bueno, casi. No le da tiempo a liberarla del todo antes de que una versión monstruosa de sí mismo, deformada por la memoria, de dos metros y pico, con pata de palo y el rostro desfigurado como el de una marioneta, haga acto de presencia en la habitación. No hay nada que temer, le dice el paciente a su reflejo de pesadilla. La terapeuta les da permiso para no cambiar.

El monstruo lo abraza y, en pleno abrazo, lo devora. La terapeuta lo toma como su señal para recordar dos cosas: que el dolor enterrado puede tratarlo a uno como un ventrílocuo, y que no tendrá mejor ocasión para escapar. Lo hace, y empieza una persecución de esas con las que todos hemos soñado: sitios demasiado grandes, pasos de sonido amplificado, cornisas que dan al vacío, puertas en el techo que se nos caen encima, combates lentos y, en último término, que nos atrapen. El recuerdo encarnado del paciente agarra a la psicóloga y está a punto de tomarla de postre cuando ella lo atiza con lo único que lleva: el adoquín con la huella de la niña que fue impresa en su superficie, esa niña que vivió retenida tras una ventana.

Tras esto, la huida concluye. La mujer llega hasta una habitación en la que la reciben unos tipos con escafandras. La duermen y, al despertar, vuelve a estar sentada y un hombre le hace preguntas, pero el tono de la situación es distinto. Para empezar, aunque no se presente como «doctor», el tipo lleva bata blanca, es amable (lo interpreta Mark Duplass, así que imagínese) y medio sincero. Tan sincero que le confiesa que, aunque él y la compañía para la que trabaja descubrieron el lugar en el que ella se adentró en busca de su paciente y del que salió cuando reventó un recuerdo metafórico ajeno con uno físico propio (o al revés), no tienen ni la más remota idea de lo que es el lugar en cuestión.

La película acaba sin que recibamos explicación. ¿Sabe lo que sí recibimos? Una última imagen de la psicóloga, de vuelta en el laberinto de pasillos infinitos, con la cara dividida en capas, como si también a ella la hubiesen recordado más de la cuenta, como si siempre hubiera vivido allí, o como si siempre fuese a volver. No la estamos viendo a ella, sino a un reflejo de su memoria. Y ese reflejo, agárrese, está junto a una ventana. Y ese reflejo, agárrese mejor, sonríe.

No sé si usted tiene algo que decir. Yo, no demasiado. He recorrido los pasillos de mis recuerdos de la película, y solo he conseguido encontrarme conmigo mismo recordándola. Bueno, para ser más específico, conmigo mismo recordándome mientras la recuerdo. Supongo que esto explica la quemazón de la angustia.

Por ahora, baste con decir que, en el cine de los tiempos que corren, es un privilegio que no nos den más explicaciones de las pertinentes. Esta película respeta lo bastante al espectador como para dejar que sea uno quien contemple el nudo gordiano, lo corte o se ahorque con él. Backrooms se traduciría, literalmente, como «habitaciones traseras», de esas que todos tenemos en nuestra mente. O que, se podría aducir, son nuestra mente. No hay un yo que se encuentre entre los recovecos de nuestro laberinto imposible, sino versiones que nos recuerdan a nosotros buscando una salida del lugar que hemos creado. Somos ese lugar, y en él habremos de permanecer. Carece de sentido explicar lo que solo puede entenderse sin entenderlo. Personalmente, hace tiempo que no necesito comprender más de la cuenta. Puede que sea la edad, o puede que sea el cansancio. Hay un número infinito de pasillos en nuestra mente, pero uno solo puede recorrer una cantidad determinada antes de convencerse de que, si quiere cambiar, no hay ventana que valga. Dejar fuera al monstruo es negarse a uno mismo, y uno no puede vivir de puerta en puerta y de trampilla en trampilla. Tampoco en el cerebro de los demás, y mucho menos en el propio. No hay lugar más peligroso que el discurso en el que nos autoconcebimos, ni huida más fútil que la de nuestras heridas. Usted tendrá las suyas y yo las mías. Tal vez no las llevemos impresas en un adoquín, pero sí encontramos las huellas en las calles de nuestra memoria, que, no lo olvide, al cabo del tiempo, será la memoria de otro.

Nos hallarán entonces allí, vagando entre calles que otrora fueron nuestras, siendo la amenaza sin explicación. Quizá seamos los perseguidos o los perseguidores. Es una cuestión de perspectiva. Perspectiva, digo, sobre cómo las historias pueden enseñarnos la vida de la mente.

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