
Back Covers, Simply the Best
Brian Wilcock.
Mighty Press, Manchester, 1987
Maestro por accidente: así llama a Brian Wilcock quien es su gran descubridor, Robert McPherson, crítico del Times Literary Supplement, autor del prólogo e impulsor de la publicación de este libro singular. Es McPherson quien ve talento allí donde otros ven solo disparate, quien escribe primero sobre Wilcock y quien reúne en este libro el conjunto de sus microrrelatos, consagrándolo como el gran escritor oculto del Reino Unido, el genio último de lo breve. Pero habrá que empezar por el principio, como recomendaba el rey a Alicia en el país de las maravillas. Hasta la publicación de Back Covers, Wilcock es autor de una obra mediocre y descomunal, mediocre por lo plano de la prosa y lo simplista de la trama, descomunal porque abarca treinta y seis volúmenes, publicados todos en la misma editorial que lo encumbra, Mighty Press, con el único pero poderoso argumento literario de ser el sobrino y ahijado del principal accionista de la compañía. Nacido en Wimborne, Dorset, nada en su biografía gris y anodina lo distingue de cualquier otro hijo de su barrio, Cutlers Place, ahora convertido en lugar de culto para visitar su tumba y la que fue su enladrillada y no menos gris y anodina casa natal. Tras acabar de milagro el bachillerato y no cursar ninguna formación superior, Wilcock empieza a trabajar en la empresa de su tío y padrino, un supermercado cuya especialidad son los congelados, que en realidad es una tapadera con la que blanquea sus ganancias dirigiendo una red no menor de casinos clandestinos. Como esas ganancias no son escasas, el tío de Wilcock termina adquiriendo otras empresas para aparentar ser un empresario legítimo, entre otras Mighty Press, y obliga al editor a publicar las novelas de Brian, que este ha empezado convulsivamente a perpetrar en unos cuadernos rayados donde los márgenes terminan siendo una quimera.
Por supuesto, nadie compra los libros, integrantes todos de una saga de ciencia ficción, bien abastecidos de personajes con esquijama y orejas puntiagudas y de inmensas naves espaciales cuyas formas recuerdan, y cuánto, a los muy terrícolas electrodomésticos de línea blanca. Hasta el día en el que, error o maldad, duende de imprenta o mal pagado empleado gamberro, la enésima entrega de Los mundos de ZAAR aparece con una contraportada equivocada, una suerte de microrrelato sobre la relación homosexual de dos septuagenarios, donde hay más muerte que sexo, y que había sido concebida para ilustrar un ensayo. El libro se vende como pan caliente que además está bueno, y Brian copia el estilo del microrrelato para, a partir de entonces, sazonar cada entrega con una contraportada que nada tiene que ver con el interior, reeditando en algunos casos las novelas anteriores, que no han sido olvidadas porque nunca entraron en la memoria de nadie. Nadie protesta, nadie comenta, los libros son a partir de entonces un éxito de ventas sin excepción.
Y aquí es donde entra en juego McPherson, que lee años después una contraportada en una librería de Londres y, deslumbrado, pasa a comprarse toda la serie, les quita las sobrecubiertas a los libros y, tras escribir un artículo con ese título, «Maestro por accidente», reúne y glosa la obra del hasta entonces escritor sin suerte. Pero Wilcock no puede disfrutar de la gloria literaria, ni ser entrevistado por McPherson como pretendía este, porque había fallecido el año anterior. Tras morir su tío, apuñalado en un pub de Londres por un acreedor con un cuchillo y sin miedo, Wilcock se ve obligado a hacerse cargo del negocio familiar, y abandona la literatura, con una última contraportada que es una despedida, una contraportada en blanco que aun así hace que el libro se venda mucho, esperando los lectores en vano que el microrrelato aparezca escondido en algún lugar del interior. Y cuando al fin iba a disfrutar de la holgura económica y, sin poder esperarlo, también de la gloria literaria, un ictus, y no un cuchillo y no un acreedor, acaba con su vida, en una tarde lluviosa de un mayo frío.
El libro consta de cincuenta piezas cortas, que nunca sobrepasan el párrafo y casi siempre se quedan en una frase, e incluye al final una página en blanco que es esa última contraportada, como el último ejercicio de síntesis, el destilado del destilado, lo llama McPherson en el prólogo. El crítico, que lo ha leído todo, atribuye influencias a la obra de Wilcock, que no ha leído nada, situándolo en concreto como el mejor y más autorizado heredero de Kafka y de Robert Walser, según él los dos maestros de la prosa breve antes de que la palabra microrrelato haga torticeramente furor. Para sostener su tesis, en el caso de Kafka McPherson cita dos textos de Wilcock, que no pueden haberse escrito sin haber leído y entendido como nadie al genio checo. El primero podría directamente ser un plagio, porque el cuento es la frase inicial de «El puente», un relato corto de Kafka. Wilcock, que no suele titular sus textos porque en la portada ya gastan otro distinto, sí lo hace esta vez y el texto de la contraportada se llama «El vértigo». Y en efecto, según las traducciones que manejemos, el texto es casi calcado de la primera frase del cuento de Kafka: «Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente». La genialidad de Wilcock, apunta McPherson, consiste en prescindir del resto del relato y en darle ese título, y así el lector solo puede sentir el vértigo atroz que experimenta ese puente, no ya aquel que por él transita sino el puente mismo. La misma operación se repite en el otro único texto de contraportada con título, que según McPherson es otro destilado de un cuento de Kafka, «El buitre». De nuevo, la genialidad reside en utilizar solo la primera frase y en la combinación de esta con el título. «Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies» es el texto de Wilcock y en efecto también el de Kafka, con muy pocos matices. «Mi madre» es el título desgarrador que según McPherson convierte el relato en un cuento de terror digno del mejor Poe.
El segundo referente citado en el prólogo es Walser, y ahí McPherson va más lejos, pues compara los microgramas del escritor con los cuadernos de Wilcock, que para el crítico son el necesario trabajo previo que precisa la genialidad, la imprescindible dosis de escritura sin alma para terminar dando en el clavo, como las cartas de Rimbaud a su familia, donde no hay un ápice de poesía. Y sí, vistos en las fotografías que McPherson incluye en el prólogo, una al lado de otra, la escritura sin márgenes (prueba irrefutable de que la naturaleza detesta el vacío) y la caligrafía diminuta y enferma parecen demostrar un aire de familia. Un texto de Wilcock sin título, «No asistí a la boda de mi primo pero en cambio me pasé la tarde viendo la televisión», está para McPherson inspirado sin duda en otro de Walser, más largo y con el título «Ayer no asistí a una fiesta». El texto de Walser arranca así: «Ayer no asistí a una fiesta, pero en cambio pasé la velada en la compañía relativamente más grata de un dirigente obrero». Aquí la clave está en el «pero», proclama entusiasmado el crítico, la conjunción adversativa lo cambia todo. Feliz de encontrar estos hallazgos, que para un crítico literario equivalen a descubrir un Caravaggio donde otros veían morralla, McPherson obvia que es imposible que Wilcock conozca la obra de Kafka, pues solo lee The Sun y de él su contraportada, y mucho menos la de Walser, cuya literatura sigue siendo territorio de minorías. O quizá son otra vez los duendes de la imprenta o un empleado mal pagado y aquí además de gamberro culto, nunca lo sabremos. Otro hallazgo supone encontrar lo que considera el cuento más corto de la historia de la literatura, y no, no es el del dinosaurio de Monterroso, tantas veces citado, ni el de Max Aub («La mató por ser de Vinaroz»), textos que esta vez McPherson es probable que desconozca. Se trata de la pieza que abre el libro, pero no la primera, porque en su edición el crítico no respeta el orden cronológico de las contraportadas, sino que opta por agruparlas en función del asunto. «Do not read this» («no leas esto»), ese es el arranque del libro y el microrrelato, que contiene travieso en el imperativo una orden que ya no puedes cumplir, porque al leer la orden ya has leído el texto. Y lo cierto es que cada una de las cincuenta piezas deja al lector suspendido, como en la antesala de un algo que nunca llega a ser. Mi preferida es esta: «Si mañana no vuelve, dile a tu hermana que saque sus cosas al patio, libere al canario y hierva en vinagre la peluca pequeña», pero en todas encontramos la misma inquietante sensación de posibilidad, el mismo misterio que nunca se aclara.
La fama de Wilcock, que en unos primeros años es marginal, no deja de crecer desde hace unos años, pese a que el libro sea hoy inencontrable, un poco para poder figurar en estas reseñas y también porque se hizo una tirada de escasos ejemplares. Pero, pese a no haberse reeditado, los textos de Back Covers son hoy carne de instagramers y tuiteros, que los utilizan con profusión, algunos sin saber que lo hacen. Incluso su obra menor o, si prefieren, impresentable goza de una excelente salud, pues Richard Wo ha llevado a la novela gráfica Los mundos de ZAAR, publicada en la muy prestigiosa SelfMadeHero, y Netflix ha comprado los derechos para una serie. Esperemos que, allá donde esté, Wilcock pueda ver este renacimiento con la sonrisa pícara del que ha logrado su objetivo, o ganado una tarde un buen pellizco en la ruleta.







