Destinos Ocio y Vicio

Ovejas, cascadas y casas con tejado de hierba: sobre las islas Feroe

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Aparecen al fondo. Pequeñas manchas de verde, amarillo, negro. Como si un gigante hubiese moteado el océano Atlántico. De lejos semejan una sola, tan juntitas están. Pero no, según llegas aprecias contornos, fiordos, montañas, estrechos. A tu alrededor, nada.

Una de las últimas fronteras, y perdonen por el tópico.

Bienvenido a las islas Feroe.

Música de John Williams

Llegar a las islas Feroe es como hacerlo a isla Nublar, solo que sin dinosaurios ni preadolescentes cargantes. Ojo, niños sí que hay allí. Muchos, muchísimos. Por la calle. Llueva o nieve, subidos a tejados, caminando alegremente en carreteras. Al principio parecen asalvajados, hasta que me doy cuenta de que así era yo mismo hace ya demasiado tiempo, y siento un poco de nostalgia. En el reino del frío los chavales huyen de sus casas para jugar al aire libre.

Pero eso, que es como llegar a isla Nublar. El avión (pequeñito, muchos asientos vacíos, un par de melenudos justo detrás de mí escuchando música en sus cascos y haciendo air guitar) va descendiendo poco a poco, pasando por entre algodones blancos, hasta que surgen enormes acantilados, un mar espumeante, mil cascadas cayendo desde rocas negras y montañas caprichosas.

Abrumador.

Es la palabra que mejor define este lugar.

Abrumador.

Las Feroe están en el Atlántico norte, más o menos a mitad de camino entre Escocia e Islandia. Lejos, muy lejos. Son dieciocho islas grandes y centenares de islotes más pequeños. En total tienen la cuarta parte de extensión que Cantabria, por tomar una referencia habitual para estos casos. Allí viven cincuenta mil personas (más o menos las mismas que en Torrelavega, que es mi ciudad y un sitio encantador, se lo prometo), todas ellas muy rubias (o con pelos de colores extravagantes), muy pálidas y muy sonrosadas. Eso sí, sonrientes. Primera sorpresa para quien haya visto demasiadas pelis de Bergman.

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Una bruja, un gigante y muchos carneros

En islas Feroe las carreteras son magníficas. Normalmente anchas, más estrechas para llegar a pueblos en los que apenas vive gente. Los hay. Muchos. Van pasando paisajes como si fueran cuadros de Friedrich. Sin descanso, aunque cansen (curva y contracurva, barrancos, mal tiempo). También están cruzadas, cada pocos kilómetros, por pasos canadienses. Es la única manera de mantener controladas a nuestras grandes protagonistas (aunque también sirva para escritores poco ágiles, advierto).

Las ovejas.

Infinitas. Al parecer Feroe viene del nórdico antiguo Færeyjar, que significa «islas ovinas». Desde el siglo VIII el monje irlandés Dicuil nos hablaba de unas pequeñas islas, «casi juntas, separadas por angostos estrechos» llenas de innumerables ovejas. Si a eso le sumamos que el primer documento plenamente feroés del que tenemos noticia es la «Carta Ovina[1]» nos daremos cuenta de la importancia que estos simpáticos bichejos tienen allá.

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18 comentarios

  1. Qué placer de lectura, evocador y divertido. Y vaya fotos… Gracias, gracias.

  2. Con esta lectura y estás imágenes hoy he podido salir de estas cuatro paredes y descubrir un trocito de planeta . Gracias por recordarnos que hay mas formas de viajar, más aún en tiempos tan convulsos.

  3. Que bien escribes tio. Es pillar la primera frase y no parar de leer.
    Parabens gran articulo

  4. Antonio asensio

    Gran artículo y maravillosas fotos , queremos más y de distintos sitios (cuando se pueda)

  5. ¡Qué pocas ganas de ir, coño!

  6. Que bellas palabras y que bellas imágenes, es como transportar el alma a ese precioso lugar

  7. Pingback: Ovejas, cascadas y casas con tejado de hierba: sobre las islas Feroe – Periódico Página100

  8. Qué buen viaje, señores! Y Ansiosa, además de haberme hecho despatarrar de la risa, no sabe lo que se pierde. Allá ella. Da gusto leer esta prosa que te transmite el frío, la soledad y belleza de estos lugares. Agradecido, mucho.

    • Pero eduardo roberto de mi vida, si a esos sitios no quiere ir ni dios! Lo que pasa es que contratan a unos cuantos como el firmante del artículo para que convenzan a cuatro incautos a ver si pican. ¡Pero conmigo van listos porque ya ves tú, ni un puto árbol! Pero eso sí, aquí te lo venden como si eso fuera la repanocha. ¡Ovejas! ¡Me fui hace siglos de mi pueblo para no ver ni una más! y esas montañas están DEMASIADO CERCA de ese pueblito. ¡Menuda vista tienen! Por delante ese mar gélido, gris sin esperanza y cuando van a mirar desde el cuarto trasero, esos bloques, ahí pegados, que no dejan ver nada más que la muerte en un deslizamiento de tierras.
      Pero en fin, no nos pongamos apocalípticos… ¿Estás casado, eduardo roberto…?

  9. Algún día JD tendría que permitir, por lo menos un segundo de audio para registrar las carcajadas que me causan ciertos comentarios, que ni las mejores escritas onomatopéyicas pueden suplantar. Para todas/os las “ovejas negras” que debido a sus mutaciones genéticas terminan en JD como única salvación.
    «Razones no te faltan, lo admito, pero no es el frío, o la soledad, o el viento de unos parajes donde hay una niña, ¡sólo una!, ¿te das cuenta? de la mano de su padre porque esto es ya esperanza, pero es cierto: ¿a quién se le ocurre llevar vida a esos desiertos fríos donde de árboles y plazas ni se habla? ¿Entonces? Veamos. Dejando de lado JD y la literatura anudada a los hechos supongo que es debido a los prados en los techos, o a las ovejas lanudas, para colmo re negras, que ni siquiera el buen pastor les pudo evitar tener tan mala fama como a todos los dueños y dueñas de los comentarios. O tal vez a los espacios de nuestra curiosidad que en esta Tierra ya no tienen lugar, para conocer lo exótico o lo extraño… (Se me acabaron los argumentos. Diablos… ¡qué difícil es querer escribir siendo humano)

  10. Parece que por extraversión, impertinencia, hablar sin pelos en la lengua y en abandonar pueblitos nos parecemos, cara Ansi. Somos inconformes, contestadores y medios trotamundos. Cambiando pibas por ovejas esta reflexión podría cuadrar con vos. Seria excelente que el tiempo y el espacio, relativos según dicen, estuvieran al alcance de la mano.
    PUEBLITOS
    Me fui de aquel pueblito con nombre en homenaje a otro lejanísimo pueblo vasco, por pocos motivos:
    el primero, porque aquella piba no me quería, y el segundo, porque todos los días alguien moría, especialmente los abuelos con boina y bastón, y lo peor era ver cuán veloz cambiaban con otros abuelos iguales. Y me fui, sí, me fui. Me fui de todos los muertos y del único recuerdo que todavía venero. En este nuevo pueblito ella no está, ¡pero la gente continua a morir con igual obstinación!,
    lo mismo que algo dentro de mí. Pienso que tendré que irme de este también.

  11. Muy bien narrado. A pesar del frío que tiene que hacer, dan ganas de ir y volver.

  12. ¡Gracias!

  13. Pingback: Ferris, vikingos y la casita de Luke Skywalker: un paseo por Irlanda desde Wexford hasta Kerry - Jot Down Cultural Magazine

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