Del Circo Máximo al juego online: una historia de las apuestas

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Maximus Decimus Meridius en el Circus Máximus. Gladiator (2000)

Nuestro idioma es un tahúr de las palabras, que da mucho juego cuando se trata de referirse al azar. Apostamos a caballo ganador, jugamos bien nuestras cartas con ese asunto que tenía tan buena pinta, y a veces incluso nos mantenemos en nuestras trece cuando pintan bastos. Y por qué todas esas expresiones llevan siempre las de ganar cuando se trata de referirse a momentos de nuestra vida en que nos hemos quedado a dos velas. Seguramente porque al vivir aprendemos de forma intuitiva que importa tanto hacerlo bien como tener un poquito de suerte. Pero también porque el arte de apostar ha dejado su huella, sin saberlo, en nuestra cultura. Desde los hipódromos de la Antigüedad al moderno juego online.

Todo comienza por la afición a los caballos de uno de los pensadores romanos que más influyó en la Edad Media: Plinio el Viejo. La cosa le venía de cuna, era un équite y por tanto de clase privilegiada, algo así como la nobleza menor en Roma, muy ligada al cuerpo de caballería militar. Plinio fue comandante de caballería en Germania, y hasta escribió un tratado sobre el combate a caballo, hoy perdido. Una vez licenciado de su carrera militar se trasladó a Roma para ejercer cargos administrativos y políticos. Y para continuar con su otra gran afición, asistir a las carreras de cuádrigas en el Circo Máximo. Una diversión que compartían la clase alta y la clase baja, no solo por el placer del espectáculo en sí, sino porque tenían en las apuestas una fuente de ingresos. Y de pérdidas.

El mismo Plinio nos legó una célebre frase que pudo serle inspirada en una grada cuando se jugaba una buena cantidad de sestercios: «estamos tan a merced de la misericordia del azar, que el azar es nuestro dios». Lo cual es tanto como decir que la suerte manda sobre nuestras vidas. Aunque de manera diferente, porque mientras los nobles romanos obtenían notables beneficios como corredores de apuestas, el pueblo llano se limitaba a ganar o perder unas monedas apostando a sus aurigas favoritos. Toda una estructura de negocio operaba en torno a esta actividad, comenzando por los programas deportivos, que se repartían como publicidad por las calles. Incluyeron tanto estadísticas de resultados como rumores y comentarios sobre el auriga, no muy distintos a los de un tertuliano de realities. Amores, salud y ánimo de los corredores se discutía en las calles para apostar «sobre seguro». Si consideramos la capacidad del Circo Máximo, estimada en trescientos mil espectadores, imaginaremos el volumen de las apuestas. Muy superior al más famoso Coliseo, por sus luchas de gladiadores, que solo albergaba sesenta y cinco mil.

Las carreras de carros sobrevivieron mucho tiempo gracias a que fueron toleradas por la Iglesia, cuando el Imperio romano se convirtió al cristianismo. Los obispos predicaban en contra de las apuestas, pero el negocio de los nobles era demasiado grande, y ningún emperador se atrevió a cabrearles prohibiéndolo. El lado oriental del Imperio, que continuaría hasta prácticamente el final de la Edad Media, los hipódromos sustituyeron a los circos, y continuaron creando hordas de fanáticos. Acabaron divididos entre seguidores de los Azules y los Verdes, dos equipos tan antagónicos como el Madrid y el Barça, porque con esa simplificación tan fácil de entender se facilitaban las apuestas. El pan del pueblo en fin, la diversión, era tan importante como las ganancias de las apuestas deportivas.

En el lado occidental del Imperio no hubo manera de que esto continuara. Las ciudades se arruinaron, y con ellas los circos en que se celebraban las competiciones. Hubo que esperar mucho tiempo, a la invención de la imprenta y las guerras del Renacimiento, para que los juegos de azar volviesen a tener un papel principal en la sociedad europea. Las guerras desplazaron a muchos soldados, que se aficionaron a un producto barato vendido en las librerías, y tan vistoso como los colores de sus uniformes: los mazos de cartas. Decorados con muchos más palos de los que conocemos hoy —frutas, animales, objetos de caza, diosas…— dejaron grandes ganancias a los libreros, y estos las emplearon en un negocio con el que fidelizar a su clientela militar: las casas de apuestas públicas.

El mismo editor de El Quijote, Francisco de Robles tenía uno de estos garitos, lo que explica en parte por qué la literatura del Siglo de Oro está tan plagada de menciones a los naipes, el azar y las apuestas. La mayoría de los escritores habían sido soldados, clientela segura de las casas de juego, y jugadores empedernidos, como Lope de Vega, Quevedo y el mismo Cervantes. En una de sus novelas ejemplares el protagonista, Rinconete, asegura que se gana la vida jugando a la veintiuna, «por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí». De acuerdo con la tradición, esa veintiuna fue el origen del blackjack, quizá porque los embajadores ingleses que firmaron la paz en Valladolid disfrutaron de la diversión tabernaria española. Fuera así o no, nosotros recibimos en nuestro lenguaje numerosas expresiones originadas en el juego y el vino, como tomar cartas en el asunto o no tenerlas todas consigo.

El juego siguió mucho tiempo por este camino, aunque las casas de apuestas se dividieran entre casinos destinados a la clase pudiente y tabernas con dados y cartas para la gente común. Apostar se parecía poco a la tradición romana o bizantina, pues se reducía a un pequeño grupo, sentado a una mesa. Al menos hasta que los pubs y posadas inglesas de la época victoriana lo cambiaron radicalmente, sentando las bases del juego como lo conocemos hoy. Con el fin de atraer público e ingresos organizaron carreras de caballos en las cercanías de sus locales. Ellos mismos actuaban como corredores de apuestas, dando origen a esa pizarra con los resultados garabateados a tiza que aún pueden verse en los pubs. Estaban regresando, aunque de forma modesta, a las carreras de cuádrigas, puesto que nuevamente unían apuestas y resultados deportivos. Pronto la legislación inglesa exigió que se separara el juego del alcohol, en locales separados que se convertirían en las primeras casas de apuestas o, como diríamos hoy, salones de juego.

Y casi al mismo tiempo en que los pubs ingleses reinventaban las apuestas deportivas el barón de Coubertin contribuyó a consolidarlas. Nada le hubiera desagradado más que oír decir esto, él aspiraba a la pureza de la competición clásica, tanto que exigía que a sus nuevos Juegos Olímpicos no asistieran atletas profesionales. Pero lo cierto es que puso mucho empeño en construir estadios de nuevo en las ciudades, siguiendo el modelo de la Antigüedad. Y sin pretenderlo impuso un modelo que pronto siguieron los clubs de fútbol, béisbol y otros deportes de masas. De repente veinte, treinta o cuarenta mil espectadores se podían reunir para presenciar un evento deportivo. Los corredores de las casas de apuestas vieron el cielo abierto porque su público se había multiplicado por mil. De los pocos cientos que podía reunir la carrera de caballos del pub pasaron a decenas de miles.

Las casas de apuestas dejaron de ser negocios de individuos para convertirse en empresas con sede, capital, y unos cuantos locales gestionados y repartidos por la ciudad o ciudades. Solo faltaba una cosa más para acercar el fenómeno al evento masivo que supuso el Circo Máximo y sus trescientos mil espectadores. Y aunque tardara un siglo en surgir, de la mano de la tecnología, acabó conectando Roma, el juego y las apuestas con nuestro presente. Ese invento fue la televisión por satélite.

Era una cuestión de número, una vez más. Las retransmisiones televisivas habían trasladado la emoción del encuentro a toda la ciudad en que se ubicaba el estadio de un club, primero, y poco a poco a todo el país. Más personas apostando. Pero al emitir la señal para todo el mundo surgían aficionados de todas partes del mundo, y en lugares tan remotos como Asia se organizaban clubs de fans de equipos europeos. Muchos de ellos dispuestos a apostar por el resultado de su equipo, como de hecho ya venían haciendo en algunos países con juegos como la Quiniela. Cuando en 1992 la cadena Sky Sports pagó a la liga inglesa trescientos cuatro millones de libras por hacerse con sus derechos televisivos de emisión, lo que estaba comprando era una audiencia de millones de espectadores. Espectadores para la publicidad, apostadores para las casas, que observaron el fenómeno preparándose para dar el salto y convertirse en multinacionales.

Una vez más, y en paralelo a la televisión por satélite, otro invento contribuyó a devolvernos a la era de las apuestas: internet. Entre 1994 y 1996 se crearon los primeros casinos online, gestionados por desarrolladores de videojuegos y con sede en paraísos fiscales. En cinco años pasaron de ser solo cinco a mil ochocientas, y ninguna de sus empresas fundadoras tenían nada que ver con las casas de apuestas. Como la televisión por satélite, observaban el fenómeno de lejos, aguardando a que la legislación les permitiese adentrarse en ese terreno, todavía demasiado gris, del juego online.

El momento no tardó mucho en llegar. Desde el año 2000 todos los países comenzaron a desarrollar leyes que permitían las apuestas deportivas online y el trading. En ese momento crecieron gigantes como William Hill, que lleva el nombre de un corredor de apuestas individual, pero también aparecieron referentes actuales en el mundo online, como Betfair. Hoy solo en Estados Unidos novecientos catorce millones de usuarios mueven anualmente dieciocho mil millones de dólares en apuestas por internet. Esa abundancia hace difícil elegir entre todas las casas de apuestas. Porque además de las extranjeras, existen una serie de operadores con licencia en nuestro país y todas las garantías de seguridad necesarias para jugar en ellos.

La legislación es necesaria, lo fue siempre, desde tiempos romanos a los actuales, todos los gobiernos se han fijado en el fenómeno, consiguiendo regularlo en la mayoría de países para que no se convierta en un problema. Cuando se hace bien se puede disfrutar de este pequeño vicio, y además valerse de algún amuleto que atraiga la buena suerte. En eso seguramente nunca llegaremos a parecernos lo suficiente a los romanos, que llevaban siempre un pene de bronce colgado al cuello. El símbolo universal de la buena fortuna para el apostador ha aparecido por toneladas en los sitios arqueológicos, especialmente en Pompeya. Los arqueólogos nunca lo han contado lo suficiente, y nadie ha tomado aún cartas en el asunto. Si a estas alturas no las tienen todas consigo, no se preocupen, que en esto de apostar todo consiste en mantener la cabeza fría y dar el pego.

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4 comentarios

  1. ¡Qué buena lectura, señor! Agradecido a usted y al azar por existir. Yo, por lo menos. No sé usted, con respeto, por supuesto.
    Si quieres ver mis cartas, ¡paga!
    que para eso hay bastante luz
    en la taberna: para rendir con
    honor la apuesta y descubrir
    tu mala suerte… o tu fortuna.
    ¿Qué esperas en silencio y con
    el rostro obscuro y macilento?
    ¿La diosa ciega, una señal en mi
    cara, un músculo que se mueve,
    la inmovilidad fría de mis ojos?
    Pues nada, paisano, que para
    el azar hay que tener los nervios
    duros de la espada que no brilla,
    o del recio basto que en silencio
    y en un solo golpe sobre las tablas
    mata y enfría tus esperanzas,
    mientras yo espero la próxima
    mano con el benigno y quieto
    mazo que hoy está de mi lado
    y me promete (si gano), aplacar
    mi sed en copas de color áureo.

  2. ¡Juaaaa!, Caro Martínese, tú y tu visión del mundo al ras del suelo según la foto. Muchas gracias por tal halago. “Non ci sto nella pelle” y casi me viene un ataque vani-cardíaco, pero si tuviera esa oportunidad sería un desastre. Cualquiera de mis artículos no llevarían menos de cien páginas. Me echarían a patadas por culpa de mi inflexibilidad para no ver mutiladas mis fatigas. Me quedo con el comentario que goza de amplia libertad y es más fácil, aunque, convengamos, posee un tufillo de cobardía que más abajo explico. Supongo que “sufro” de una especie de grafo manía inofensiva que JD exaspera con su “bendito rectángulo”. Este comentario es ya una amarga prueba. Sus artículos son una fuente de inspiración, torrencial y a veces desordenada, lo admito, y he tomado debida nota de ciertas reflexiones críticas al respecto. A menudo me pregunto si ustedes, los articulistas, no se van a la cama con la amarga sensación de no haber escrito todo lo necesario en sus trabajos cotidianos. Para mí sería insoportable. Y ya que has hecho una apreciación que no esperaba, te confieso que creo haber descubierto una manera para sofrenar mi “voracidad” prosística: continúo a leer cada artículo (tarea que, muy a mi pesar me distrae de otras actividades literarias y musicales), y en un diálogo a calzón quitado entre Roberto y Otrebor (ríe, te lo permito pues yo también lo hago) escribimos nuestras reflexiones -casi siempre en desacuerdo-, sobre los artículos que se las merecen según nuestros gustos, luego los archivo sin publicarlos bajo el título “Cartas a mí mismo” (Una idea de la polaca Wislawa) que siempre necesitan de correcciones cada vez que las releemos. Confieso que este extremo remedio no da resultado en algunos casos, como en el tuyo y otros. Es difícil resistir. ¡Ah! la literatura. La primigenia ciencia “exacta” que, sin tener los requisitos necesarios nos permiten ser poetas, prosistas, senadores romanos, trotamundos, tahúres, ateos, creyentes, anarquistas y, sobre todo “críticos de arte” sin patente y sin rostros. Siempre adelante JD en la tarea de resquebrajar la capa de hielo que muy a menudo cubre nuestras dormidas sensibilidades. Gracias otra vez.

  3. Creo que así está mucho mejor. En el anterior había una incongruencia.

    Si quieres ver mis cartas, ¡paga!
    que para eso hay bastante luz
    en la taberna: para rendir con
    honores la apuesta y descubrir
    tu mala suerte… o tu fortuna.
    ¿Qué esperas en silencio y con
    el rostro obscuro y macilento?
    ¿La diosa ciega, una señal en mi
    cara, un músculo que se mueve,
    una sombra fugaz en mis ojos
    que inmóviles y fríos acechan?
    Pues nada, paisano, que para
    el azar hay que tener los nervios
    duros de la espada que no brilla,
    o del recio basto que en silencio y
    en un golpe solo sobre las tablas
    mata y enfría tus sueños necios,
    mientras yo espero la próxima
    mano con el propicio y quieto
    mazo que hoy está de mi lado
    y me promete (si gano) llevarme
    además de tus vanas esperanzas
    rotas, tus odios, tus oros y beber
    con gusto de tus copas.

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