En Kibera pasa todo

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Kibera, Nairobi, Kenia, 2011. Fotografía: Cordon Press.

El 17 de marzo de 2016, Paul Udotto, de sesenta y tres años, caminaba al amanecer por una callejuela de Kibera (barrio de chabolas de Nairobi, Kenia) cuando se cruzó a un león macho. De entre todas las preocupaciones que seguramente Paul Udotto tenía aquella mañana en mente, es probable que la de toparse con un león por la calle no fuese una de ellas. El león se asustó, Udotto también y en el cruce de temores el peor parado fue el anciano, que terminó en el hospital con un enorme mordisco en la pierna. El león huyó y horas después fue sedado por los rangers y devuelto al Parque Nacional de Nairobi, de donde se había escapado.

No es tan raro que los vecinos de Nairobi se crucen con leones. Especialmente en el último año. Lemek, un macho de dos años, fue abatido el 31 de marzo a las afueras de la ciudad. Un día antes, otro macho, llamado Mohawk y de trece años, también terminó muerto por las balas de los rangers del Parque de Nairobi, quienes explicaron que no tenían tranquilizantes en el momento en el que encontraron al león.

El Parque Nacional de Nairobi es una reserva que linda con la capital de Kenia. Apenas una carretera separa el territorio de los leones del barrio de Kibera. Hay quien asegura que detrás de los incidentes con leones se encuentra el interés de empresas constructoras, que ven en el terreno protegido un jugoso espacio de crecimiento urbano.

En realidad, que un león se colara en el barrio y atacase a un vecino era lo último que le faltaba a Kibera, el lugar donde pasa todo.

Los hombres de Kibera no saben ponerse un condón

Kibera es el slum más grande de África y se cuenta entre los cinco más grandes del mundo. Oficialmente, y según el Gobierno de Kenia, tiene ciento setenta mil habitantes. Asociaciones y ONG estiman que los vecinos de Kibera son, en realidad, más de un millón. Ninguno de ellos vive en nada que no sea una chabola ni tampoco ninguno tiene agua corriente. El mar de infraviviendas se extiende por el sur de la ciudad sobre un suelo de tierra roja repleta de basura y a apenas quince minutos del centro de Nairobi.

La barriada funciona como una ciudad casi independiente (en realidad aislada) y con una marcada identidad. Uno no es de Nairobi, es de Kibera. Tiene dos periódicos, el Insight Mtaani y el Kibera Journal. Un vistazo a sus páginas confirma la teoría de que en Kibera pasa todo.

Una portada del Insight explica que una inundación en Kibera ha derribado varios muros y amenaza la estabilidad de cientos de chabolas. Al lado, otra pieza señala que se ha detectado un brote de cólera en una escuela de primaria del barrio. Ya en el interior del diario, la primera página informa de que Kibera padece un problema de prostitución infantil, con adolescentes que están ofreciendo servicios sexuales por veinte céntimos de euro. No es una errata: veinte céntimos de euro. Al lado hay un destacado en el que se explica que una mujer se ahorcó anoche tras discutir con su marido y en la siguiente página se rebaja la tensión: han llegado unos profesores daneses al slum para dar clases de informática.

Hay una suerte de editorial en las páginas centrales. En él se explica que, aproximadamente, 2,5 millones de vecinos de Nairobi viven en barriadas de chabolas. La ciudad tiene 3,1 millones de habitantes. El 60 % del suelo de la ciudad está ocupado por slums. En total, Nairobi tiene ciento cuarenta y cuatro barriadas de chabolas.

En la última página un titular informa de que una pandilla de Kibera ha asesinado a seis personas y la contraportada permite leer: «Las chicas de Kibera denuncian que los hombres no saben utilizar preservativos». El texto arranca con un primer párrafo arrollador: «Numerosas chicas de Kibera están frustradas porque sus novios no saben cómo utilizar los condones».

Por pasar, en Kibera hay hasta resurrecciones. Sucedió el pasado mes de mayo. En el centro de Nairobi tuvo lugar una manifestación organizada por la oposición en protesta contra algunas medidas gubernamentales. En Kenia se suceden este tipo de manifestaciones y es vox populi en el país que cientos de jóvenes de los slums acuden a ellas tras recibir cinco o diez euros de los partidos convocantes. Su misión es provocar disturbios. Y disturbios provocaron.

Aquella tarde del 16 de mayo hubo hasta disparos. Se sucedieron las carreras y los golpes de la policía contra los jóvenes manifestantes. Uno de ellos, Boniface Manono (vecino de Kibera, claro) saltó a las portadas de todo el mundo después de haber recibido una paliza por parte de unos agentes que fue grabada por periodistas. Los medios y agencias anunciaron esa misma tarde que Boniface había muerto a causa de los golpes. La directora de la Comisión de Derechos Humanos de Kenia (KNCHR), Kagwiria Mbogori, expresó su enfado y calificó la acción de «tortura». El asesinato policial dio la vuelta al mundo. Al día siguiente Boniface apareció en un vídeo, caminando entre unas piedras de Kibera, como Lázaro saliendo de la cueva. Aseguraba con una sonrisa que estaba vivo.

La oposición dijo que no era el mismo chico, el Gobierno que sí y los vecinos de Kibera se encogieron de hombros. «No sé si es él ni me importa. Lo que me importa es que los políticos vienen aquí con dinero y pagan a los chicos para ir a pegarse con la policía», me dijo una vecina del barrio. Boniface había resucitado, pero a nadie le importaba. Era, al fin y al cabo, una de las tantas cosas que pasan en Kibera.

Kibera, Nairobi, Kenia, 2013. Fotografía: Cordon Press.

Si hay que elegir, mejor saltarse la comida

A Kibera se entra en matatu, unos minibuses que recorren la ciudad con los vecinos apiñados en su interior y un chico descolgado por la ventana gritando la ruta y blandiendo un fajo de billetes. No es habitual ver a un mzungu (persona blanca) en un matatu, y menos recorriendo Kibera. El minibús avanza veloz entre los miles de vecinos que llenan las calles de tierra de la barriada. Hay niños corriendo, basura, cabras, puestos ambulantes llenos de moscas y chabolas que ofrecen todo tipo de servicios: desde peluquería a ropa pasando por puestos para cargar el móvil o ver el fútbol. Si uno baja del matatu y se adentra en las callejuelas entre las chabolas, la cosa se torna —todavía más— complicada: aquí el agua estancada perfuma el aire, la basura impide avanzar y las chabolas se agolpan sin atisbo de planificación formando un agobiante laberinto.

Al doblar una esquina, de pie en el umbral de su vivienda, aparece sonriente Jonah Kabole. Cree que tiene cuarenta y nueve años y se instaló en Kibera en 1979. Como casi todos los vecinos, llegó de la Kenia rural, agobiado por la pobreza, en busca de un trabajo en la ciudad. Kibera es un enorme imán que atrae a campesinos y agricultores de todo el país. No pasa un día sin que una nueva familia se instale en la barriada.

Jonah recuerda que a su llegada «no éramos tantos, se vivía mejor». Entonces pagaba veinte centavos de dólar al mes por su chabola. Hoy tiene que desembolsar quince dólares mensuales. Gana ciento cuarenta al mes. Tiene cinco hijos. Jonah padece estrés. Uno de los mayores problemas de salud que existen en Kibera, a pesar de no figurar en las estadísticas. «Estoy todo el día pensando, dándole vueltas a la cabeza, en cómo alimentar a mis hijos. Cada día. A veces me acuesto sin saber si al día siguiente voy a poder comprarles comida». Esas noches Jonah no duerme. Padece jaquecas, úlcera y ansiedad. Pero no recibe tratamiento alguno. Y cada día debe afrontar su jornada laboral con el estrés comiéndole por dentro. «Muchos días no es posible comer tres veces al día, así que elegimos saltarnos la comida. Es mejor desayunar para tener fuerza y cenar para no irse a dormir con hambre».

El estrés es una pandemia en Kibera, el lugar donde pasa todo. Fredrick Amuok, de la ONG local Umande Trust, dice: «Hoy en día puedes ver a muchos vecinos que hace diez años estaban perfectamente y hoy tienen graves problemas psicológicos. Están muy mal, algunos de ellos directamente se han vuelto locos. La gente aquí sufre muchísimo psicológicamente. Pensar cada día en cómo sobrevivir es agotador». Es la parte no obvia de la pobreza.

La familia de Obama no dice que es musulmana

En Kibera no hay grifos. Los vecinos tienen que comprar el agua. Veinte litros cuestan veinte céntimos de euro. Es barata. En las casas de los barrios de clase alta sí hay grifos: ahí, en lugar de barata, es gratis.

Kibera es una representación étnica de toda Kenia. En la barriada, separadas entre sí en distintas zonas, viven vecinos de las cuarenta y dos etnias que habitan el país. Masáis, kikuyus, luhyas, kalenjin, akambas, luos… Esta última es la etnia de la familia de Barack Hussein Obama. Tíos y primos del ex presidente de Estados Unidos viven hoy en Kogelo, un pueblo al oeste del país donde ocultan su condición de musulmanes para no perjudicar a su pariente de la Casa Blanca.

Cada etnia habla su lengua y en cada una de ellas existen distintos clanes unidos por lazos más o menos familiares. Cada clan habla su dialecto. Para entenderse entre todos utilizan el swahili. En los trámites oficiales y en los medios de comunicación se usa el inglés. No parecen tener los problemas que brotan en España cada poco tiempo con solo cuatro idiomas.

Como suele pasar en África, las etnias habitan en distintos países. Las fronteras fueron trazadas por Europa, sin atender a razones étnicas, cercenando clanes. Por ejemplo, los luhyas quedaron distribuidos por Kenia, Uganda y Tanzania. Su identidad y sentido de pertenencia se refiere a la etnia, y la frontera nacional entre estos Estados es solo una anécdota para ellos. De nuevo, como en tantos otros países africanos, cada etnia vota a su candidato para presidir el Gobierno. Poco importa lo que prometa cada uno: gana quien logre mejores alianzas y aúne mayor número de etnias para que le voten.

En Kibera no se mezclan las etnias y cada territorio del slum es homogéneo. Pese a esto, la convivencia étnica en Kibera es tan buena como en el resto del país. Las tensiones se enfocan ahora en las relaciones entre cristianos y musulmanes. La mayoría de los primeros habitan en el oeste del país; los segundos lo hacen en el este, en la frontera con Somalia. Y son acusados a veces y de forma cruelmente general de dar apoyo al grupo terrorista Al Shabab, facción somalí del Estado Islámico.

Fueron ellos —Al Shabab— los que el 21 de septiembre de 2013 atacaron el centro comercial Westgate de Nairobi, dejando sesenta y siete muertos. Hoy, los centros comerciales de Nairobi tienen una vigilancia similar a la de un aeropuerto: para entrar debes pasar la bolsa por un escáner, vaciarte los bolsillos y atravesar un arco de detección de metales. La amenaza de Al Shabab es constante y diez mil agentes kenianos están siendo entrenados hoy en día por el Mosad y la CIA.

La vigilante de los baños

Esther Omuhaya tiene treinta años y trabaja en la cocina comunitaria de la ONG Umande Trust de Kibera. Cuando una familia llega al límite, cuando ya se han saltado demasiadas comidas, acuden a Esther. Y Esther les cocina algo.

Cuando no está en la cocina, vigila los baños. Apenas hay cuartos de baño en Kibera, de modo que las calles y veredas están plagadas de recuerdos. Con un perezoso gesto con la mano, Esther va indicando a los vecinos que ya pueden pasar. Un chico con el pie del revés cojea hasta entrar en el servicio. Se hizo una luxación cuando tenía catorce años y el pie le ha quedado así para siempre. Nadie lo arregló, como nadie en este tipo de lugares arregla una rotura, un esguince, una alergia o una herida infectada. Si te tuerces un pie de chaval, te quedó torcido para toda la vida.   

Más que sentada, Esther casi está tumbada en la silla. Puede que estuviese durmiendo antes de la llegada del mzungu que hace preguntas estúpidas. Habla en un tono que cuesta escuchar y dosifica las palabras como si le cobrasen por ellas. Gana setenta euros al mes. Su marido, unos cien. Tienen tres hijos. Esther dice que, hoy, su mayor preocupación en la vida es saber si sus hijos podrán ir al colegio en secundaria. No lo ve nada claro. «¿Cómo lo pago?».

Como mujer, Esther jamás camina por Kibera más tarde de las nueve de la noche. «Llego antes a casa y ya no salgo. Todas las mujeres hacemos eso. No somos libres porque tenemos miedo».

En el lugar donde pasa todo también hay violencia. En algunas zonas de Kibera las noches pertenecen a las pandillas, que vigilan sus territorios en nombre de su etnia y se dedican al asalto, al robo, a los ajustes de cuentas y a las violaciones. También a ir a manifestaciones. Según en qué zonas, es menos que recomendable pasear por Kibera sin luz.

El problema de Kibera es que no hay plan para Kibera. El slum más grande de África sigue creciendo. Sigue llegando gente desde las aldeas, desde las cosechas que se arruinan, en busca de una oportunidad en la urbe. Como cada vez hay menos espacio, se conforman con un techo de madera y unos cartones. En otras ocasiones, las familias añaden pisos a sus chabolas. Las infraviviendas crecen sin sentido. Algunas terminan viniéndose abajo. El 30 de abril una casa colapsó y mató a diez personas.

«El Gobierno no está haciendo nada», dice Fredrick Amuok, de Umande Trust. Y añade: «Nada». Luego explica: «No tienen un solo plan para Kibera. Es verdad, se han mejorado un poco los accesos y ya no estamos tan aislados, pero no hay viviendas para la gente que llega, no hay planificación para los nuevos vecinos, no hay agua, no hay baños ni hay recogida de basura. Hay brotes de cólera y de fiebre tifoidea. Hay sida y el Gobierno manipula los datos de lo que sucede aquí dentro. Hay violencia, hay desempleo y hay hambre. Por haber, hay hasta leones que nos atacan», dice Fredrick. Después rasca la madera de la mesa con su uña gastada. En Kibera pasa todo. Y parece que va a seguir pasando.

Kibera, Nairobi, Kenia, 2015. Fotografía: Cordon Press.

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3 comentarios

  1. Dos cosas: Jonah paga menos porcentaje de sueldo del que pago yo por mi piso. Y sin querer ofender, en algún momento pudo pensar, por muy negro y africano que sea, en no tener 5 hijos. Ser africano te impide pensar que quizá mejor que cinco hijos tengas dos? No se, pregunto

    • Abruptus

      Sin acceso a métodos anticonceptivos es imposible planificar el número de hijos que se pueden o quieren tener. ¿De verdad hay que explicarte esto, Agus?

  2. Matatu

    Agus, tienes un problema importante de racismo. Tu comentario de “por muy negro y africano” te delata. Tu pagas por un piso con agua y electricidad y el por una chabola. El porcentaje de salario q pages en la renta no es relevante. Puedes ganar 10000 al mes y pagar 7000 de renta y no vas a pasar hambre. Ademas a ti te protege papa estado. No te voy a explicar lo que esto supone porque te va a dar igual y tendria que escribir mucho ya que las diferencias son muchas. En cuanto a los hijos solo tienes que fijarte en la generacion de tus abuelos que en general no eran ricos y que curiosamente en las provincias mas pobres traian mas hijos. Busca la curva de natalidad de Kenya y te daras cuenta que poco a poco se va equiparando y eso que las nanis estan de saldo, haciendo que la conciliacion sea pan comido para el que tiene dinero. El articulo muestra una realidad, sin mas, no han puesto una cuenta bancaria, es mas, culpa mayormente a los governantes Kenyanos y con razon. Mi mujer es negra y africana ademas de ser de Kenya y conozco el percal (tenemos 1 hijo y como mucho tendremos 2,los 2 tenemos trabajo, con la casa pagada.Para que estes tranquilo) Trata de empatizar con la gente con problemas tanto de España como de Africa. El nacionalismo se cura viajando nos deciais los Españoles a los Euskaldunes y alguna frase de Einstein de la que ahora no me acuerdo. Pues ya sabes, viaja un poco y relajate.

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