Javier Olivares: «Viajar al pasado es descubrir lo traidora que es la memoria»

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Esta entrevista se publicó originalmente en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 20 Guerras.

Javier Olivares (Madrid, 1958) se ha ganado a base de esfuerzo y reconocimiento un papel clave en la producción audiovisual española de los últimos tiempos. Creador de series como Isabel y El Ministerio del Tiempo que le han llevado a ganar tres Ondas en los últimos cinco años, este escritor y showrunner ha sabido conectar como nadie con las nuevas audiencias y se ha ganado a pulso junto a todo su equipo ese halago tan nuestro —le guste o no— de que «sus series no parecen hechas aquí».

Nos citamos con él en el barrio del Raval de Barcelona tras su paso por el Festival Serielizados. Conversamos sobre su obra, su paso por el teatro, su papel anónimo en la movida madrileña o sobre el estado de las series españolas e internacionales, aunque inevitablemente caemos una y otra vez en El Ministerio. Y en Pablo, su hermano. Porque, según nos dice, la pérdida se puede asumir pero no se tiene por qué superar, y Javier no quiere superarlo. No nos cabe duda de que no encontraremos a nadie mejor que él para hablar de la importancia de los recuerdos.

¿De dónde te viene el interés por lo audiovisual, por contar historias?

Desde niño. En mi casa, de crío, no había televisión, pero mi tío Fernando se ganaba la vida arreglando teles… Y las arreglaba en un pispás. Pero tenía que esperar a que le llegara otra averiada para devolver a su dueño la tele arreglada, porque si no yo pillaba unos soponcios terribles. Gracias a él, recuerdo, de niño, The Twilight Zone (Dimensión desconocida), las series de Chicho, Diego de Acevedo (una serie que se puede ver en YouTube ahora)… Contar historias es algo que también me viene de crío. Mi madre no nos llevó (a los tres hermanos mayores) al colegio hasta los diez años. Me pasaba el día observando la calle, dibujando, hablando con mi madre —que me hablaba de tú a tú, no como si fuera un niño—, la escuchaba tararear canciones, oía la radio… Y me fui creando un imaginario sin agobios y a mi aire. Era feliz, y lo que me costó fue integrarme en la vida social del colegio cuando entré en él. Pero lo que más me marcó, ya a los dieciocho años, fue entrar en el Teatro Estable Castellano (secuela del histórico TEI). Allí recibí clases de William Layton, Miguel Narros, Arnold Taraborrelli… Quería aprender a ser actor y lo que me enseñaron fue dramaturgia, a aprender a escribir para que lo que yo escribiera lo dijera un actor que nunca iba a ser yo. Mis padres me dejaron hacer todo esto, pero estaban alarmados. Me decían: «Haz lo que quieras, hijo… Pero estudia una carrera». Supongo que en realidad me estaban diciendo que estudiara Arquitectura, Derecho o Medicina… pero yo me matriculé en Historia y me especialicé en Historia del Arte. Mi hermana Rosa fundó Lápiz y me llevó con ella. Luego pasé a La Luna de Madrid, de crítico de arte, y luego fui redactor jefe con Jorge Berlanga, que en paz descanse. Allí viví la famosa movida madrileña, pero lo hice de una manera anónima y escribiendo y editando. Antes de escribir guiones o teatro, escribí muchos artículos y críticas de arte, entrevistas…

Una movida a la que no le han faltado críticas.

Yo también tengo una visión crítica de aquellos años. Todo el mundo quería ser artista y eso no es posible de repente, sin un esfuerzo y una formación. Pero también, vitalmente, creo que fueron unos años maravillosos en los que la gente tenía ilusión y en los que la cultura era algo importante… Aún a día de hoy leo críticas destroyers sobre la movida. Que si era frívola… ¡Pues claro que lo era! Pero la frivolidad también puede ser provocación. Muchas de esas críticas hacen análisis profundos de un movimiento que nunca quiso ser profundo ni trascendente. Yo era un chaval de Usera, de la periferia de Madrid, rodeado por una mayoría de chicos del colegio Maravillas. Antes ya había sido crítico de arte y comisario de exposiciones con apenas veintiséis años. Y me abrieron la puerta de par en par. Hay una idea equivocada de que la movida era solo Alaska y los Pegamoides y las fiestas, pero no: Madrid entero estaba en movimiento. Solo tienes que ver las fotos de Miguel Trillo para comprobarlo. España acababa de salir de una dictadura de cuarenta años y Madrid era una ciudad gris. Fuera, durante todo ese tiempo, se habían sucedido unas corrientes culturales a otras, tribus urbanas… Y aquí, de repente, en apenas unos años y compartiendo la calle, veías a rockers, neorrománticos, punks… Eso sí que era un Ministerio del Tiempo. Los que tuvimos la suerte de poder viajar fuera nos dimos cuenta de que allí pasaban cosas y aquí no. Y de que ya era hora de que pasaran. Yo fui con diecisiete años a Londres y en la calle me daban flyers del debut de unos tal Sex Pistols… Y en el Oxford 100 un grupo punk cantaba a Aznavour… Una locura. Cuando volví a Madrid, pensé: «Dios, quiero volver a Londres ya mismo». Para mí eso fue la movida. Gente que quiso que su ciudad fuera tan apasionante como Nueva York, Londres… para no morir de aburrimiento. A partir de ahí, que los más sesudos hagan la filosofía que quieran, porque nosotros no teníamos muchas pretensiones en aquellos momentos. Curiosamente, nos reunimos otra vez hace unos años, cuando la Biblioteca Nacional hizo un homenaje a La Luna de Madrid como última revista de vanguardia… Y me dije: «Pues a lo mejor tienen razón y lo éramos». Y recordé una estrofa de la canción que Serrat le dedica a Salvat-Papasseit: «Tampoc sé el que em proposo, perquè el tenir un propòsit no és fer feina». 

El objetivo no era buscar la profundidad en ese discurso, sino entender cómo surgen figuras como las vuestras.

Lo más curioso es que teníamos veintiséis, veintisiete y veintiocho años. Y generábamos opinión. Hasta poníamos en boca de personajes famosos frases falsas que luego los periódicos convertían en citas cultas, cuando no las había dicho nadie. Cada mes nos inventábamos varias. Pero también hablábamos de arte, de publicidad, de cine, de literatura… Éramos gente con ganas de salir de un mundo gris. Si ves películas como Qué hace una chica como tú en un sitio como este, Laberinto de pasiones o Pepi, Luci, Bom, te darás cuenta de que contaban eso: la ilusión por huir de lo gris, del aburrimiento y de la mediocridad a través de la cultura. Si hay alguien que me defina a nivel cotidiano lo que es salir de una dictadura mejor que eso, que venga y me lo explique. Lo pop se mira en este país por encima del hombro. Cuando surge el Equipo Crónica, los críticos les zarandearon. Había que ser profundos y herméticos como los de El Paso (que me encantan… crecí en Cuenca y con su museo de arte abstracto). Es como cuando Donald Judd se quejó de que el pato Donald estuviera en una pintura de un museo. Lo que parece que viene de la cultura pop siempre está mal visto, y en este país excesivamente. Creo que por eso El Ministerio del Tiempo aporta algo muy importante: la revalorización de la cultura pop española. Los festivales de Eurovisión, Salomé, Maneras de vivir, el gol de Iniesta… son importantes en la vida de las personas. Y los ponemos a la altura de Lorca, Lope de Vega, Cervantes, el Empecinado o Isabel la Católica

No sé si en otras partes del mundo ocurre lo mismo, pero cuando aquí hablas de cultura popular, lo que se te dice es que cultura y popular no pueden ir juntos.

En eso los británicos son un ejemplo. Doctor Who se estrenó en 1963. Ellos acuñaron el concepto de youth culture, de cultura de masas, y tienen fenómenos como los Beatles o toda la música pop… De hecho, esa palabra la inventaron ellos. En 1956 hubo una exposición que se llamaba This is Tomorrow, en la que exponían Peter Blake, Richard Hamilton… En un cuadro de este, que se llamaba Just What Is It That Makes Today’s Homes So Different, So Appealing?, aparecía ya la palabra «pop», junto a un culturista, una pin up, una pantalla de televisión… Luego se llevaron la fama Warhol y Lichtenstein, pero el inicio de todo fue en Londres. Es una ciudad símbolo de una cultura superficial, que no es lo mismo que banal, que hablaba de ídolos jóvenes que parecía que jamás envejecerían. Ahora sabemos que lo han hecho. Por eso quienes murieron jóvenes, quienes nunca envejecieron, como James Dean, John Lennon o Marilyn Monroe son iconos imbatibles. Nosotros somos la generación que sabe que sí, que todo el mundo envejece. Tom Stoppard hablaba de ello maravillosamente en su Rock&Roll. Una de sus personajes dice algo así como «¡Éramos tan guapos!». Y en vez de reírte, un escalofrío te recorre el cuerpo. Porque piensas que hay gente que jamás debería envejecer. Pero ahí están los discos, el cine y las series de televisión como museos que se te cuelan en casa para que puedas recordar a esos héroes. La cultura pop es un museo de emociones que no te pide credenciales para disfrutar de él. Y que sabe que, cuando te emocionas, estás pensando. Y se emociona todo el mundo. Desde un filósofo a un conductor de autobuses… Y a veces dudas de quién es de los dos más profundo en sus pensamientos. Porque por muchas carreras que tengas, si no entiendes las señales de la calle, las de tu tiempo, eres un verdadero ignorante. 

Hablabas antes de la crítica. Tú has formado parte de ella, y por lo tanto entiendes y respetas esa crítica que recibes. Es hablar con conocimiento de causa. Es un gran problema en el país en el que estamos. Aquí todos somos críticos. Y politólogos.

La crítica es esencial para la definición de la cultura occidental. De hecho, para entender el arte de una época tienes que estudiar a los artistas y a quienes escribieron de ellos. Cuando haces algo público tienes que asumir que estás expuesto a la crítica. Yo a veces he cometido errores al respecto, lo reconozco. El problema es que ahora, con las redes sociales e internet, todo el mundo opina y todos se creen críticos especializados. Vivimos en una era en la que falta documentación y sobra opinión. Y los buenos críticos son los que primero se documentan, luego saben y después opinan.

La popularización de la crítica.

Exacto. Y no me parece mal. Porque cuando todo el mundo quería ser artista, algunos lo consiguieron ser. Y muy buenos. Ahora todos quieren ser críticos. Y de ahí ha salido gente muy capaz en lo que respecta al mundo de la televisión. Críticos sin los cuales no habría crecido el fenómeno de las series como lo ha hecho. Y no han surgido de los periódicos tradicionales. Han surgido de internet. Un crítico tiene que ser alguien culto. Y lo más independiente posible (la independencia total es imposible y menos ahora, que cobran una miseria). Pero el verdadero problema no está en la popularización, sino en una equivocada expertización. Está en que, en las páginas dedicadas a la tele en grandes periódicos, se han usado sus columnas para hablar de cualquier cosa menos de televisión. Recuerdo en El País a Eduardo Haro Tecglen, que escribía como Dios, pero no hablaba casi nunca de televisión, hablaba de política o de sociedad. Después de él, muchos han seguido su línea. Como en la tele sale todo, se escribe de todo en la columna televisiva y no de la propia televisión como escaparate de entretenimiento, de cultura visual (la buena ficción lo ha demostrado). A nivel político también hay mucho de que hablar y no se habla: por qué TVE ha dejado de tener publicidad y está como está, por qué seguimos teniendo series de setenta minutos, por qué en nuestra ficción no se habla de temas políticos ni de corrupción, cuando ves que se hace (y de manera brillante) no ya en los Estados Unidos, sino en toda Europa. Por qué, siendo europeos, apenas podemos ver series europeas… Con la televisión, y con la ficción, pasa como con todo lo pop: para algunos es cultura en minúscula. Eso sí, luego es muy cool decir que The Wire es la hostia… Que lo es. Pero me apuesto una mano a que de todos los que la halagan, completa no la han visto ni la mitad. Alemania está hablando de los nazis y de cuando estaba dividida por un muro, los italianos están hablando de la corrupción de Berlusconi y de la mafia, los noruegos te hacen hasta una política de ficción como Okkupert en la que la Unión Europea permite la invasión rusa de Noruega por temas industriales. Y tú dices: hombre, alguien podría escribir de eso en la columna de televisión. Sería lo suyo.

Arrastra el lastre de la caja tonta.

La tonta no es la caja, solo los ojos tontos que la ven. Cuidado, hablar —a la inversa— de caja lista no implica mirar por encima del hombro a nadie, a lo que solo se hace por divertir (como si eso fuera poco). Me parece tan trascendente Allo Allo! como Los Soprano. Tan trascendente Curro Jiménez como Anillos de oro. Lo que sí echo de menos es que la televisión sea espejo de nuestras vidas… Nosotros tuvimos en un momento dado una televisión que sí hablaba de lo que pasaba. Surge la ley del divorcio y se hace Anillos de oro, Se hacían series como Turno de oficio, La huella del crimen… Incluso antes estaban los Estudio 1, Chicho Ibáñez Serrador, que adaptaban a grandes clásicos. Algo ha pasado después que sí reconozco que no atiende a la definición de televisión inteligente. Ha habido un crack, se ha generado industria, pero se ha perdido creatividad. Lo que importa es la audiencia al precio que sea y todo se convierte en un reality: la información deportiva, la política… Todos chillan y nadie escucha. Y, ahí sí, la caja vuelve a ser tonta. Y de remate.

Falta autocrítica.

España tiene un mecanismo genial. Es como cuando, en el fútbol, un equipo gana con tres penaltis que no son, dos fueras de juego claros y una expulsión injusta de un rival y luego la prensa no habla de esas injusticias. No citan lo que pasa y todo sigue para delante. ¿Por qué ser infeliz pudiendo ser feliz? En nuestra ficción pasa un poco lo mismo. Dicen que estamos en la edad de oro de nuestras series. Y no es verdad. Seguimos haciendo capítulos de setenta minutos, la televisión pública no tiene presupuesto, apenas existe la figura del showrunner, apenas se habla en nuestra ficción de lo que pasa en este país, nuestros presupuestos no pueden competir con la ficción que se hace fuera (y me refiero a la europea)… Pero como la industria funciona, se vende publicidad y a base de promoción se tiene un dieciséis de share, estamos fenomenal. Es el «Soy español, ¿a qué quieres que te gane?». Si ese esfuerzo de piropearnos a nosotros mismos lo empleáramos en orgullo y trabajo, este país sería la hostia.

Al final, ese mal al que apuntas es un mal endémico a todos los niveles. Mira nuestros programas líderes de audiencia: te encuentras a Isabel Pantoja recién salida de la cárcel con Pablo Motos, luego está el Sálvame

Allá cada cual con su conciencia. Pero eso que dices de las audiencias no es del todo cierto. Amar en tiempos revueltos, cuando estaba en TVE, ganaba a todos en su franja, y nadie decía ni pío. Es como la insistencia en decir que El Ministerio del Tiempo es un fracaso de audiencia. ¿Alguien me puede explicar cómo una serie que no ve nadie es la primera en ganar dos Ondas a la mejor serie nacional consecutivos y tiene cuarenta premios en apenas dos años? Hombre, alguien la verá. Y Netflix no la habrá coproducido por nada, después de haber emitido las dos primeras temporadas. Son tópicos. Las cosas están cambiando, aunque siempre habrá realities y programas o series con los que no comulguemos moralmente… Cambias de canal y punto. El problema es cuando no hay oferta. O no se respeta el horario juvenil y se dice, pues ve a la TDT y le pones Clan a tu hijo. No. Las televisiones generalistas tienen unas obligaciones y son concesiones estatales. Tenemos que exigir a quienes generan nuevas estructuras que haya otras cosas. Es decir, yo no critico que el audímetro sea en función así o asá. Critico que no haya otra forma de medir en un momento tecnológico como el actual, me parece inconcebible. O que no se reconozcan otros logros. O que todo tenga que competir desde un punto de vista meramente comercial. O que cuando venga bien prime el share sobre el número de espectadores, que es lo verdaderamente importante. 

Sobre las audiencias. En algún momento has comentado que con El Ministerio habéis logrado que se descubra que la audiencia no es solo que la gente se siente en el salón de casa.

Es el gran triunfo de El Ministerio. Aun así, que conste que respeto los datos de audiencia porque, por lo general, me han dado mucho. Y sería poco elegante quejarme de ellos cuando no te favorecen. He estado en Los Serrano, Los hombres de Paco, El club de la Comedia, Isabel… La primera temporada de Isabel, la que hicimos nosotros, ganaba a Aquí no hay quien viva y a Tu cara me suena. Eso es mucho decir. Además, hay unas reglas y hay que asumirlas. A veces se gana y a veces se pierde. Y si pierdes, pues felicitas al ganador, que al fin y al cabo no es un enemigo sino un compañero, y santas pascuas. Lo que sí creo es que, cualquiera que vea los datos verá que el consumo de las cadenas generalistas va bajando. Una serie a día de hoy se mantiene con dos millones y poco. Antes, si bajabas de tres, estabas muerto. Hay que empezar a acostumbrarse a estas cosas, y eso es porque hay gente que no quiere ver siempre lo mismo. Y que ve los productos televisivos que quiere donde y cuando quiere. No como quiere un programador. El ciudadano de hoy se hace su propia parrilla. Que alguien lo analice.

Hace falta crítica a la hora de buscar una audiencia que sea más significativa, que sí que exprese realmente lo que hay.

El Ministerio, la segunda temporada, fue Trending Topic mundial en once de los trece capítulos. Evidentemente, Twitter no es un medidor de audiencia… pero sí de impacto social. Pero hay datos que, si se extrapolan, no se comprenden. Yo creo que eso seguirá mejorando… por el bien de una industria que debe mirar al futuro. Pero como es su problema, he decidido que no sea el mío. Todo lo que tenía que decir, con el máximo respeto, lo he dicho. Yo simplemente digo que una serie que es un fenómeno social lo es porque la ve gente. Si una serie es noticia todo el año, emita o no. Si se utiliza como guiño en editoriales políticos de periódicos, en la radio. Si entras en Google Maps buscando El Ministerio del Tiempo y te encuentras… Si estás en los institutos, en los colegios… Si se han hecho ya cinco libros sobre la serie… Si eres líder en redes sociales… Si tienes subtítulos piratas en veinticinco idiomas… Si vas al extranjero o te encuentras con grandes profesionales de otras series de fuera y conocen tu serie… Pues supongo que alguien la verá. 

El otro día comentabas que te llamaban para preguntarte cómo llevas el fracaso de El Ministerio, y al rato te llamaban otros para preguntarte cómo llevabas el éxito.

Muchos decían que era lógico que TVE no nos renovara porque no ganábamos en las audiencias del día siguiente. Perfecto. Pero, primero, creo que no todo es audiencia. Y más en una televisión pública. El prestigio también cuenta. Y segundo: los que dicen eso no saben que teníamos tres ofertas mejores que las de TVE para, si no nos renovaba, hacer la temporada en otro sitio. Si no tienes impacto de mercado, no te quiere nadie. No es nuestro caso. Menos mal que las críticas han sido muy buenas y nuestros seguidores son como los espartanos de las Termópilas. Pero sí, para muchos El Ministerio del Tiempo es un fracaso. Bendito fracaso. En realidad, como bien dices, somos la primera serie de recepción bipolar. Lo que llama la atención es que, cuando te conviertes en la primera serie que gana dos Ondas seguidos, en vez de felicitarte notas que hay resquemor, que diría Fiti. A ver, Game of Thrones ha ganado durante equis años seguidos todos los premios, porque a lo mejor es lo mejor de ese año. Y se repite y si sigue siendo el mejor de ese año, que se le premie. El Ministerio del Tiempo necesita esos premios porque, si no los tuviera, se hubiera vuelto invisible por el peso de tanta gente (y parte de la industria también) que ha insistido en nuestros datos de audiencia tradicional ignorando el resto de datos. Y si mi equipo no hubiera trabajado al 200 %, y no hubiéramos llevado una política de medios de comunicación tan fuerte, estaríamos muertos, seguro. 

Un problema de cultura. Por ejemplo, TVE se mantiene anclada en cierta dinámica del pasado, aunque parece más bien algo a nivel de gestión. Estoy seguro de que hay gente motivada más abajo para dar un toque de aire fresco.

Yo le debo todo a TVE y, antes, a TV3. Ninguna cadena privada habría aceptado el riesgo de Infidels, de la primera Isabel y, sobre todo, de El Ministerio. Porque no es solo lo que cuentas, sino cómo lo cuentas. Además, yo he crecido amando TVE y la BBC. De mayor, me he encontrado con la televisión pública sueca y danesa, que en ficción son imprescindibles a día de hoy. Y todas son vanguardia. Van por delante y hacen que las demás cadenas mejoren. Por eso me parece terrible que nuestros políticos no se preocupen por la televisión pública. Que le quiten los medios y, con ello, la dignidad. TVE es una cadena necesaria que pasa por momentos especialmente difíciles por el abandono al que está sometida en cuanto a medios económicos y desconocimiento de muchos… Hay consejeros que tendrían que haber cesado porque han cumplido el plazo hace años. Y siguen ahí porque no les han relevado. A nadie le interesa TVE, salvo sus posibilidades como instrumento de poder. Faltan medios y falta proyecto… Y dinero. Sobre todo, desde que se le ha quitado la publicidad. Si hablas de Zapatero tienes que reconocer que TVE tenía los mejores informativos del mundo, pero también tienes que decir que quitó la publicidad y eso la está hundiendo. Y de eso no habla nadie. Quitó la publicidad sin plan alternativo de financiación, la dejó inerme. Ni de cómo pasó y por qué pasó, tampoco. Pero no interesa a nadie. Ahora, con la crisis (eterna) sale otro tópico: la televisión es cara. Es un tópico tan sangrante como el de las subvenciones a nuestro cine (uno de los menos apoyado por su gobierno del mundo occidental, si no el que más). El día que Montoro dijo en el Congreso que las series de televisión eran caras para ser mero entretenimiento, alguien en el hemiciclo (estaba casi vacío, por cierto) debería haberle dicho: «Señor Montoro, ¿sabe usted lo que cuesta una serie inglesa, danesa, italiana, francesa?». Porque Montoro habría dicho: «No lo sé». Y alguien le debería haber replicado que de lo que no se sabe, no se habla. Yo le diría a la gente que dice que nuestras series son caras que, quitando las últimas series belgas porque son pequeñitas y baratas, las series noruegas, danesas, duplican o triplican el precio de un capítulo de una serie española. Hablo de Noruega, de Dinamarca, de Italia… O digo lo de siempre: con un capítulo de Games of Thrones o de The Crown se produce una temporada entera de cualquier serie española.

Uno de los grandes problemas que se está teniendo con la televisión pública: tener que medirse por las audiencias.

Sobre todo, si no tienes publicidad ni medios para promocionar tus productos. Así es imposible competir. Porque hay que competir, siempre. De una manera u otra. Los partidos políticos deben hacer una reflexión sobre la televisión pública y actuar rápido o se vendrá definitivamente abajo y será imposible levantarla. Ahí están los datos para comprobarlo. Si no tienes medios para competir, tienes que inventarte otras vías. ¿Que no tengo publicidad? Vale. Capítulos de cincuenta y cinco minutos y a vender fuera y a coproducir. Y TVE competiría con un poco más de medios y volvería a ser referente. Incluso creo que podría abrir unas vías de coproducción muy grandes con cadenas de fuera, con Netflix, como está pasando, HBO… Sería el canal ideal para complementar la gran ola de plataformas que vienen. Luego está el orgullo propio, el de las propias señas de identidad. A mí me duele mucho que, cuando una serie española es buena, el mayor piropo sea decir que no parece española. Llevamos muchos años haciendo televisión industrial, que está muy bien, pero hemos despreciado la autoría. Y TVE tiene un camino estupendo para adentrarse en él, más allá de las audiencias. Porque un servicio público es más que eso. Y series como Isabel, Cuéntame o El Ministerio del Tiempo son ejemplo de ello. Fíjate en los premios a series, TVE sigue arrasando dentro y fuera, jugando en desigualdad de condiciones. 

Cuando se habla de cadena pública, en general se piensa que realizar ficciones es perder dinero, de alguna manera. France Télévisions dice que destinarán cuatrocientos veinte millones de euros en 2017 para desarrollar proyectos, y que doscientos veinte son solo para series de ficción.

Es que France Télévisions ha hecho algo muy sencillo y lógico, porque lo más barato en lo que puedes invertir es en el guion. Tú tienes todo escrito, y lo que es bueno lo haces y lo que no, no. Porque lo que es muy caro es producir. Pero eso lo ha hecho alguien que piensa, como yo, que la televisión pública es necesaria. Es seña de identidad y de credibilidad de una nación. Yo defiendo TVE a muerte, pero necesita un cambio, una épica… No encajar los golpes como un boxeador sonado, sin devolver el puñetazo. Si yo fuera alguien de TVE me plantearía qué modelo seguir. No tengo el dinero de la BBC, no puedo poner un canon… Pues mira el modelo de la televisión danesa. Lo que está claro es que no puedes competir con las privadas haciendo lo mismo que ellas porque lo van a hacer siempre mejor que tú. Tienes que invertir, diferenciarte, crear un proyecto y creer en él. Con orgullo. TVE es muy grande y debe tener ese orgullo Y los españoles estar orgullosos de ella. Ese debería ser el objetivo.

Tengo un amigo que es profesor de guion. El primer día pregunta cuánta gente ha leído algún guion, y normalmente nadie levanta la mano.

Yo, un día (y no quiero con esto generalizar) fui a dar una clase a un máster, y les empecé a hablar de Shakespeare porque, para mí, el origen de la dramaturgia moderna son Shakespeare y Chéjov. Y empiezo a hablar de Shakespeare y vi un mohín en muchas caras como de «vaya coñazo». Eran gente de veinticinco años. Entonces, paré y pregunté cuántos habían leído a Shakespeare. Eran veintitantos. Levantó la mano uno. ¿Cuántos habéis visto alguna obra? Tres. Y dije: «Hombre, entonces de Chéjov ni hablamos». O de Aristóteles. ¿Te quieres dedicar a esto sin conocerles? Primero, tienes que asumir que este oficio no se trata de que quieras ser guionista. Sino de que necesites serlo. Que necesites contar historias. Y luego estudia. Porque la técnica se aprende fácilmente. Pero si no cuentas nada con alma, por mucha técnica que tengas, lo que hagas será malo. Estudiar no significa solo que estés al día en el mundo de las series o el cine (que también). Tienes que leer. Porque cuando lees, imaginas. Cuando solo ves imágenes, solo replicas imágenes, trucos. Y luego debes tener un punto de vista del mundo, de la vida. Y conocer el de otros. No todos los personajes pueden ser clones tuyos. Pero, sobre todo, lee. Y no precisamente manuales de guion (con dos, vas que chutas). Por ejemplo, Mad Men es Chéjov. A Weiner le critican lo mismo que a Chéjov, diciendo que en su serie no pasa nada. ¡¡Que no pasa nada, por Dios!! Menos peripecia y más personaje. Siempre.

Ahora, también te diré que me he encontrado casos de profesores para los que el guionista es un sirviente del director. Hasta llegan a decir en sus clases, a sus alumnos, que no pongan muchas acotaciones en sus guiones que el director se enfada. [Risas] La acotación es tan esencial como el diálogo. Es posible que después no te llamen para leer lo que has escrito con los actores. Y las acotaciones son tu última barricada para defender la intención de tus personajes, el subtexto… Lo esencial, vaya. Cuando quedas fuera del plató, tienes que hacerlo. Yo he tenido la suerte de ser productor ejecutivo en Infidels o Kubala, Moreno i Manchón o en El Ministerio, y cuido de todo el proceso. Pero en general te quedas fuera. He tenido experiencias en series, en las que ha llegado el director y dice: esto lo quitamos, esto de otra manera. Y cuando ves lo que has escrito en pantalla, tu guion es como ese primo lejano que hace años que no ves, que te recuerda a alguien, pero no sabes a quién.

Muchos directores firman como coguionistas simplemente por haber dirigido.

En cine, he tenido una experiencia y ha ocurrido eso. Cuando veo que siempre firman los directores como guionistas me hace sospechar que puede ser cierto. Como ves, procuro ser discreto en mis opiniones.

Y productores.

Eso me dicen, sí. Yo no he estado en el proceso para poder certificarlo. Eso sí, creo que un cine en el que en el 99 % de sus producciones no firma el guion solo quien es guionista tiene un problema de salud grave. El cine de autor es necesario. La historia del cine lo demuestra. Pero no puede haber solo eso.

No hay respeto por la figura del guionista. 

Una serie creada por mí fue Premio Nacional de Televisión y ni me lo comunicaron oficialmente, ni me invitaron a la entrega de premios. En otros prestigiosos premios, muy recientemente, no me invitaban a la comida oficial «porque a los guionistas no se les invita. Solo actores y productores». Como era productor de la serie (no debía saberlo) comí gratis ese día. ¿Te parecen ejemplos suficientes? Si no, recuerda lo ocurrido con Borja Cobeaga y Diego San José en los Goya no hace mucho. Y quiero recordar que con cien folios en blanco no hay nada que dirigir, ni iluminar ni interpretar. 

Aquí, lo de que haya un showrunner en una serie es casi anecdótico.

Por partes. En España los ha habido y los hay. No soy el único. Probablemente, eso sí, soy el que más ha defendido la visibilidad del guionista y de su función como showrunner. O sea, que es más cuestión de cabezonería que de talento por mi parte. 

En segundo lugar, ser showrunner a la manera que se entiende fuera, en España es casi imposible. Sin tiempo de preproducción, con renovaciones repentinas, se funde el proceso de creación con el de producción y no das abasto. Luego está la ignorancia del concepto. Ha habido veces que me han llamado y me han dicho: «Oye, quiero que adaptes esta novela y seas el showrunner de la serie. Cuando tengas la adaptación ya vendrá el director y te dirá lo que sea». Pero, hombre, ¿no me has dicho que soy el showrunner? Y al final te dicen: «Bueno, explícame qué es eso de showrunner». A un tío que lleva veinte años en el negocio, le tienes que explicar qué es un showrunner. Y cuando se lo explicas, es peor. Ya no quieren que lo seas ni de coña. Un guionista que venga aquí a decir lo que tengo que hacer. Vamos, por Dios. Por eso siempre digo que El Ministerio del Tiempo es un milagro. Y una de las razones es que, en ella, sí he podido ejercer como tal… Y se lo debo a Fernando López-Puig (director de ficción de TVE) que me pidió que lo hiciera y a José María Irisarri (mi socio de ONZA) que entendió el concepto y me ha apoyado a muerte. 

Ya que hablamos de showrunners, ¿qué figuras consideras básicas en el pasado reciente?

En España, Chicho Ibáñez Serrador. Es el maestro. Y Jaime de Armiñán. Fueron showrunners cuando aquí no se sabía de la palabreja. A nivel internacional, como guionista que dejó su sello en sus series, adoro a Dennis Potter. Sin él la ficción de la BBC no sería la que es. Y me considero seguidor de Tom Fontana. Yo creo que no se ha hecho una serie policiaca como Homicidio. También fue el cerebro de Oz, para mí la primera gran serie de HBO. Homicidio se emitió en un canal generalista, y con los textos basados en unos textos de David Simon. Creo que, de hecho, David Simon aprendió todo lo que sabe de la tele y de la ficción de Tom Fontana y, cuanto más lejos le queda Fontana, peor ficción hace. Uno puede ir muy de listo y decir «que le jodan al público», pero la televisión tiene su público. Yo respeto hasta al de Matrimoniadas. Y te lo digo yo, que pienso que The Wire es la mejor serie de todos los tiempos. Fontana es un showrunner que elige el equipo y supervisa y decide. Yo intento elegir un director de serie, un director de vestuario, un director de arte, un director de producción… Y delego, para que ellos consideren la serie tan suya como tuya, porque en realidad lo es. No puedes ser la única voz y veinte ojos ven más que dos. El problema, como te he dicho antes, es que, si no puedes tener escritos dos tercios de los guiones, es imposible estar día a día en plató. Para hacer un resumen: en español, Chicho y Jaime Armiñán. Mis maestros son Dennis Potter (Pennies from Heaven, The Singing Detective, Karaoke…) y Tom Fontana. Y siempre he tenido debilidad por Paul Abbott (Shameless, State of Play, Hit & Miss…) y también por Steven Moffat (Coupling, Doctor Who, Sherlock…). Pablo era fan de él. De los más recientes, Noah Hawley. Todo el mundo se ha dado cuenta de lo que vale con Fargo. Pero antes ha tenido creaciones maravillosas, como The Unusuals o My Generation, series que fracasaron en audiencia pero que mostraban ya al gran creador que es.

¿Te ha picado la curiosidad de trabajar en el extranjero? 

He tenido oportunidad de trabajar fuera, en México. Pero no se llegó a dar porque se renovó El Ministerio del Tiempo. No tengo un dominio del inglés suficiente, ni siquiera mínimo. Y aunque lo tuviera, en este trabajo la lengua en la que trabajas es fundamental, es tu herramienta. Incluso si fuera a Argentina o México (que me encantaría) necesitaría a mi lado un guionista que adaptara mi castellano a su forma de hablar o el público no se creería lo que escucha ni lo que ve. Es muy complicado trabajar en otro idioma. Y estoy encantado de trabajar en castellano y en catalán. Fíjate los daneses, que ruedan las series en danés, y podrían hacerlo en inglés, porque todos saben y entienden inglés perfectamente. Pero son daneses y se hace en danés. Hay directores y guionistas jóvenes que sé que están trabajando fuera muy bien. De hecho, a día de hoy, a cualquier joven le recomiendo, si sabe inglés, que se vaya y aprenda fuera, o se quede fuera. Lo digo así de claro. 

Por eso no hay que enfocar al mainstream.

Lo local bien hecho acaba siendo lo más universal. La gente sigue planteando una promoción de su trabajo en un concepto mainstream. Y lo que está empezando a funcionar en el mundo, en todo, es lo colateral, lo especializado, lo que ya no es mainstream. Hasta el último Festival de Eurovisión (reino del mainstream) ha sido una muestra de lo que digo. Todos haciendo lo mismo, imitando modelos anteriores… Y llega un chaval portugués, sin bailarines contorsionistas, efectos especiales ni tonterías, que se pone a cantar y emociona a todo el mundo y arrolla. Ha explicado a todo el mundo con una sencilla canción lo que los más sesudos analistas y expertos en comunicación llevan diciendo tiempo. Pablo y yo decidimos hacer El Ministerio para hacer algo que nos gustara, que nos divirtiera. Una serie hecha como las que nos gustaban tanto de fuera. Y hacerla como queríamos, aunque no se vendiera. Queríamos hablar de nosotros, de España. Que ya hemos visto muchísimas series americanas y demasiado pocas originalmente nuestras. Y, de repente, te encuentras que esta serie en Latinoamérica tiene muchos seguidores. Seguidores americanos. Y he visto artículos en revistas universitarias norteamericanas de El Ministerio del Tiempo. Se han hecho cursos universitarios. Yo creo que lo que hemos hecho es ir por otras vías alejadas del mainstream. Y esas vías al final son tan nutritivas como el impacto de la publicidad, o de hacer audiencias de cuatro millones, que ya lo hacen muy pocas series.

Ya que ha salido el tema… ¿se puede hablar de esa serie tan parecida a la tuya [Timeless]?

Hay gente que ha entendido muy mal ese tema. Primero, no lo he llevado yo, lo han llevado mis socios de ONZA. Y se ha emprendido un pleito no porque se parezca a nuestra serie (y mucho). Hay otras que también se parecen (menos). Y nosotros nos parecemos a otras y tiene fuentes bien claras (y citadas siempre). Emprendimos el pleito porque hubo negociación, se mandó información, guiones… Hay unos mails de: te pago esto, no, mejor esto. Y de repente desaparecen y ves una serie con muchos elementos semejantes. Se les denuncia porque hay un contacto empresarial documentado. Pero aquí ya sabes que mucha gente nunca lee la noticia entera, solo el titular. Piensa que si esa gente leyera la noticia entera no tendría tiempo para mostrar al mundo su opinión, con la convicción de que el mundo dejaría de existir si no la diera. En cualquier caso, me alegro de que renueven, que conste. [Ambas partes acabaron presentando una declaración conjunta de sobreseimiento]. 

Debe de ser un poco desmoralizante que surja este caso, tú dejes bien claro desde el primer momento que son tus compañeros los que llevan las cuestiones legales…

… Y algunos me ataquen a mí. Se lleva con dignidad. Hay que asumir que vivimos unos tiempos en los que se ha olvidado esa máxima del buen periodismo que es informarse en las fuentes. O, simplemente, llamarte por teléfono. 

Cuestión del ego, muchas veces.

Sí, pero no del mío, te lo aseguro. Pero tampoco quiero entrar a responder más. Ya lo hice y fue inútil. Quitando la parte meramente de agradecimiento a la gente, he llegado a la conclusión de que la única manera de responder como creador no es hablando sino haciendo. Creo que hay que responder con el producto en pantalla. Y que la gente diga si es bueno o no, lo que sea… pero esto no es una cuestión de mesa de café, de presentación de serie ni de pelea en Twitter. Esto es: señores, este es mi trabajo, ahí lo tienen. 

Tenéis ministéricos. Es una gran señal de que ha enraizado en un público muy concreto. ¿Lo imaginabas, un cariño tan incondicional?

No. Habría sido un prepotente. Me impresiona mucho. Y aún me impresiona más que mi hermano no lo haya podido disfrutar. Yo siempre digo lo mismo, había un público esperando que le hicieran una serie así o asá, y ha sido esta. Pasó lo mismo con Isabel: la veía gente que ya había dejado la televisión. Yo creo que hay un público que sigue viendo la televisión y otro que la ha dejado. A mí me interesa el que la ha dejado, que no es menos numeroso. La diferencia entre Isabel y El Ministerio del Tiempo es que han pasado los años justos para que la gente que quiera ver otro tipo de televisión no vuelva a la sala de estar. Ahora ve las series en el ordenador, en otra plataforma… Esa es la diferencia. ¿Por qué tenemos estos seguidores tan fieles? Yo creo que porque cuidamos el detalle y el público lo agradece. Porque les divertimos, porque les entretenemos. Y porque estamos en contacto con ellos. Y es un público muy variado. La ven muchos niños. La ve mucha gente mayor, a la que le recuerda a las series de TVE de antes. Pero también la ve mucha gente a la que, a nivel emocional, lo que les estás contando les impresiona. El Ministerio no es una serie fácil, ni busca un público fácil. Para seguir El Ministerio primero tienes que ser curioso. Tener ganas de investigar, de aprender, de dejarte sorprender. Estamos mezclando géneros, hablando de la pérdida. De volver a un momento del pasado en el que pudiste hacer una cosa y no la hiciste. Y de que cuando regresas de ver a un divertido Lope o a las chicas de Esther Williams, cuando llegas al presente, tienes que ser consciente de que tanta inteligencia y tanta belleza está muerta y enterrada desde hace siglos. No son palabras mías, son de Pablo. Es la mejor definición posible de la serie. Estamos hablando de perder seres queridos. Y el destino quiso que perdiéramos a Pablo mientras producíamos la primera temporada. Por eso es un homenaje de duelo a Pablo. Por eso traspasa la pantalla llegando a un público que alguna vez ha tenido o tiene esas emociones. Nuestra obligación es entretener. Pero a Pablo y a mí no nos bastaba con eso. Queríamos emocionar. Y hablar de cosas que, si tienen que doler, pues que duelan. Y si hay que reírse, que sea a carcajadas. Nunca nos gustó lo tibio. Ni escribir con el cerebro de otros. Para contar las cosas como tú quieres hay que aprender a decir «no». El Ministerio del Tiempo es el resultado final de todo esto.

Además de éxito de público, también de crítica. Cerca de cincuenta premios en las dos temporadas.

Sumando premios de webs, estaremos en cuarenta y dos premios, sí. Porque para mí vale lo mismo el premio de una web que un Ondas.

Además, son premios muy repartidos. A veces es por la serie, otras, por el guion… pero también hay premios individuales. Por ejemplo, Nacho Fresneda. La gente está encantada con Alonso de Entrerríos.

Cuando Nacho Fresneda aceptó el papel y Pablo vio las primeras grabaciones me dijo: «Este tipo se come la serie». Con eso te digo todo. 

Como la nominación de Julián Villagrán… ha tenido una forma de expandirse como Velázquez en la serie, brutal.

Villagrán es increíble. Todos mis actores y actrices lo son: Cayetana, Jaime, Juan Cesca, Rodolfo, Aura, Macarena, Hugo… Se pensó el papel para ellos y ellos quisieron acompañarnos en esta aventura. Escribir para los actores que quieres es maravilloso. Escribir teniendo en la cabeza sus rostros, sus gestos, su voz… es lo mejor que le puede pasar a un guionista. Eso no significa que escribas para que los actores hagan lo que han hecho siempre en sus carreras. Cada vez que elijo a un actor le digo: «Te quiero para que hagas algo diferente». Y para ellos es un reto. Ojalá nunca olviden su paso por esta serie. Yo pongo a Dios por testigo de que procuro no poner tonterías en sus bocas. Hasta leemos la versión final de cada guion en voz alta para ver si funciona antes de enviárselo a ellos. 

La función didáctica es indudable. A mucha gente le habrá picado la curiosidad la historia. Han encontrado una forma de interesarse, a través de los personajes. Que se haga Trending Topic Lope de Vega, por ejemplo.

Sí. Lope de Vega es la monda… [Risas] Fue un hallazgo de mi hermano, buscar la parte oculta de Lope de Vega, que tenía no sé cuántos hijos. Aparte están las búsquedas en Wikipedia, que se multiplican y se multiplican. Yo a veces me alegro de que la gente investigue y otras, no. Que Cervantes o Lope de Vega sean Trending Topic es estupendo, pero también me alarma que haya mucha gente que no sepa quién es el Empecinado y se lo tengas que explicar tú, o me alarma mucho que la gente no sepa la historia de los últimos de Filipinas, o la Vampira del Raval. Me parece que hay fallas graves en nuestro sistema de comunicación cultural. 

Se están cepillando la literatura universal de bachillerato, me parece. Las humanidades desaparecen.

Se está educando para formar parte de la cadena productiva. Y la educación no es solo eso. Sin un concepto humanístico o cultural, el ser humano es menos crítico y se queda a medio construir. De todos modos, creo que también se está dejando todo el tema educativo a los colegios y nos hemos olvidado de que el primer colegio es la propia familia. 

He escuchado que incluso se usa en las escuelas, El Ministerio.

Es un honor muy grande.

Que suceda eso es un mérito de todo el equipo, obviamente, pero en concreto de gente como Pablo Lara o Agustín Alonso, con el universo transmedia. Están haciendo maravillas.

Somos la primera serie con un productor transmedia propio. Pablo estaba antes en TVE, y ahora está con nosotros. Y Agustín, que sigue en TVE, ya le conocí en Isabel. Sin ellos no sería posible. Son grandes. De hecho, el proyecto de realidad virtual es el primero que se hace en ficción a nivel mundial. 

Refleja mucho el espíritu de la serie…

En esta serie, los que trabajamos en ella estamos orgullosos de hacerla. Ese es el verdadero espíritu de El Ministerio del Tiempo. Queremos ir más allá siempre. Arriesgar. Hacer lo que otros no han hecho. Pero, sobre todo, lo que más valoro de mi equipo es su amor por el trabajo bien hecho. 

¿Con Cliffhanger estáis metidos en más proyectos?

El Ministerio te deja poco tiempo, la verdad. Pero sí, hemos hecho otros proyectos con una estadística lamentable: no hemos colocado ninguno. Un proyecto de Anaïs Schaaff (Invisible) sobre tres amas de casa de un barrio periférico que adquieren superpoderes gracias a unas pastillas que consiguen en un chino. A mí me parece algo maravilloso. Pero no ha gustado. Otro proyecto, Quijano, que trae al presente al Quijote, como Moffat hizo con Sherlock. Lo hemos paseado por todos los despachos sin éxito. Hemos creado una serie (Cómo hemos cambiado) que, si Anillos de oro hablaba de la familia, de la época del divorcio, nosotros hablamos de cómo es la familia de ahora, porque ha cambiado muchísimo. Lo mismo. También he ofrecido pasar a serie mi novela sobre Felipe II. Igual. La verdad es que no hemos conseguido llamar la atención de nadie. Será que hemos bajado el nivel que ha llevado a mi equipo a ganar tres Ondas en cinco años con series creadas por nosotros. Ahora queremos hacer una serie sobre la España vacía y otra sobre los años de la Transición tratándola como un nordic noir. Esperemos tener más suerte. Pero yo tengo debilidad personal por Quijano. El Quijote es el precedente de Sherlock Holmes, del héroe perdedor de la novela negra tradicional… Y me motiva escribir sobre las causas perdidas de nuestros tiempos. Esas por las que un idealista se dejaría la vida hasta la locura por combatirlas. Y encuentro muchas. La corrupción, sobre todo. Y el silencio que la rodea. Esa percepción de que los corruptos son ladrones de guante blanco que no han matado a nadie… Y, físicamente, no lo han hecho… solo les quedaba eso. Pero me gustaría saber la cantidad de enfermedades que la miseria consecuencia de esa corrupción ha generado en personas normales, anónimas, que se han visto en la calle, sin trabajo, sin casa, con sus hijos. Eso genera suicidios y muerte. En los telediarios españoles se habla de la mendicidad en Venezuela. Pero yo todos los días veo a gente en Madrid recogiendo lo que pueden de la basura. Y no lo veo en esos mismos informativos. Me gustaría escribir sobre gente a la que pagamos entre todos que dedica más tiempo a tejer redes de enriquecimiento que a legislar, por ejemplo, por una muerte digna. O dotar de medios a una ley de dependencia… Me gustaría escribir de todo eso, tratando cada caso en un capítulo, en género thriller y además entreteniendo y divirtiendo (eso es lo primero). Creo que esos serían los molinos de viento actuales contra los que lucharía Alonso Quijano. Y me gustaría ponerles cara y ojos. Aunque ahora que te la he definido, lo mismo entiendo mejor por qué probablemente no la venderé nunca. 

Tal vez ahora, con Netflix por ahí en medio…

Yo encantado de estar en Netflix con El Ministerio del Tiempo. Lo han salvado ellos. Pero sobre proyectos nuevos prefiero esperar para opinar. Les deseo lo mejor del mundo, pero quiero ver lo que hacen. Si sirven para apostar por nuestra creatividad, alejándonos de lo generalista y aportando presupuestos más lógicos, diseños de producción similares a cuando producen fuera, dando poder a quien crea la serie… Perfecto. Si eso ocurre, aplaudiré hasta que se me rompan las manos.

En Cliffhanger sois muy pocos, ¿no?

Cliffhanger es Anaïs Schaaff, que es guionista; Abigail Schaaff, que es directora; Javier Carrillo, que es un abogado experto en temas audiovisuales y yo. Nació para poder producir El Ministerio del Tiempo, para controlar su puesta en pantalla. Nos costó. Ya habíamos vendido la serie y tardamos un año en encontrar un partner que entendiera el concepto. Antes nos consideraban unos advenedizos. O algo peor. Tres grandes productoras a las que acudimos para que fueran nuestros partners exigieron para entrar (en una serie vendida, ojo) que no existiera la figura del showrunner. Incluso que desapareciera yo. Estuve a punto de ceder porque veía que mi hermano se moría y no iba a ver el estreno de la serie que había ideado. El propio Pablo fue el que se negó. Me dijo que aguantara. Que o se hacía bien o no se hacía. Y no llegó a ver el estreno. Es de las lecciones vitales más grandes que he recibido. La que más, creo. Ahora, tras la tercera temporada de El Ministerio, será hora de reflexionar. Creo que está llegando el momento en que hay que ver qué hago y a qué me dedico y cómo. Además, como productores somos muy buenos creativamente hablando, pero, claro, nos interesa mucho más que quede bonito y que sea brillante antes que ir a por la pela, y tampoco es que les demos muchas satisfacciones a nuestros socios. Y esto tiene mucho de creatividad. Pero es un negocio, no una ONG.

Cuando acabes con el trabajo que tienes ahora con El Ministerio, de momento lo que piensas es en descansar.

Sí, totalmente.

¿No te preocupa ser incapaz de pisar freno, de relajarte?

Sin duda, pero tengo que intentarlo. La gente ya publica que El Ministerio se acaba. O que lo dejo. No es así. No tiene por qué acabarse. Pero El Ministerio seguirá si tiene una lógica temporal en su producción. Si tú estás haciendo por hacer, al final no estás estudiando, no te estás nutriendo, no logras inventar nuevas historias. Acabas harto de tu serie. Hay que parar, tener tiempo para poder realimentarse. Lo que sí que tengo claro es que yo no puedo terminar de emitir esta temporada sin saber todavía si se renueva o no por parte de la cadena. Si no se renueva, no pasa nada. Hay otra gente que puede hacer series, y mejor que yo. Pero lo que yo haga lo quiero hacer bien, como me decía Pablo. Y para eso hay que tener tiempo para pensar y escribir. Para cerrar equipos con tiempo… Para que no se te vayan actores, directores, técnicos… Y tener cincuenta y cinco minutos de duración. Dejar de una vez los setenta minutos. Estuvimos a punto en la primera temporada, nos dieron el ok, y luego al final se cambió. Pero no pierdo la esperanza: si José Luis Moreno lo ha conseguido con Reinas, lo mismo acabo consiguiéndolo yo, que he creado Isabel y El Ministerio del Tiempo. 

¿Crees que tanto trabajo te ha permitido sobrellevar la tristeza por la pérdida de Pablo?

Por un lado, sí. Pero como dice la canción: la tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. Cada capítulo que se emite es un homenaje a Pablo. Una demostración de que llevo cuatro años de mi vida viviendo para que perviva la última serie que creamos juntos. En lo personal, cuando él murió estaba grabando el capítulo de los nazis y Montserrat. Me jodió no estar a su lado. Pienso que no me ha dado tiempo a asimilar el vacío que ha dejado. Como compañero de trabajo, como hermano, como amigo y como seguidor del Atleti con el que me iba a ver todos los partidos. Pero hay que asumirlo. La gente te dice: eso se supera. Pero es que no quiero superarlo. La vida es eso también: recordar a la gente que quieres y ya no está. No es masoquismo. Es que su recuerdo es algo vivo. Y una persona es su presente y sus recuerdos. 

No hemos hablado nada de tu parte novelística. Qué te lleva a decidir que una historia acabe en una serie o en una novela.

Empezó de manera casual. Yo no quería hacer la novela de Isabel. Odio las novelas basadas en series de televisión. Pero Julia, mi compañera, me hizo ver (tras los problemas con la productora que hicieron que me fuera de la serie tras la primera temporada) que, si no la hacía, nadie iba a saber que yo había creado la serie. Y me planteé que, ya que la hacía, debía documentarla de nuevo. Hacer una novela de verdad lo mejor que supiera (que era poco). Y ha sido un best seller. Pero no te puedes fiar de eso. Lo es por la serie. Mi segunda novela (Felipe: heredarás el mundo) es infinitamente mejor y se ha vendido lo justito. Y me parece que da para una serie mejor que Isabel, incluso. Aunque Felipe surge como novela en sí misma. El tema de escribir novelas, que probablemente será a lo que me dedique pronto, no te permite vivir, pero te permite una libertad, un trabajar en silencio, tú solo, que cada vez echo más de menos. Es un poco ver tus rendijas, tu seña de identidad, tu alma… sin preocuparte por las necesidades de producción. Porque un guionista escribe lo que se puede producir. Y en una novela, no tienes límites. Pero yo soy guionista. Llevo más de veinte años escribiendo guiones. Incluso he escrito más teatro (adonde me gustaría volver, también) que novela. Yo solo soy un aprendiz de novelista. No quiero engañar a nadie. Pero es curioso que, de lo que más contento estoy de lo que he escrito —al nivel de mis series preferidas— sea de unos cuentitos cortos que me pidió Juan Cruz para El País. Memoria, se llamaban. 

¿Qué referentes tienes en novela?

Cuando yo hago Felipe me baso en toda la documentación de libros de historia, no tengo un referente. Sí articulo capítulos muy cortos, que generen elipsis entre capítulo y capítulo. Suelo tender a lo coral. Y a crear imágenes. Pero es una influencia más propia de venir del teatro y del guion. Y eso supone, personajes y diálogo. Las referencias literarias son muchas. De pequeño, todo Verne, todo Salgari, todo Dumas. Luego, la literatura iberoamericana. Vargas Llosa me parece un escritor sublime. Yo he tenido la suerte de conocerle y de adaptar al teatro Pantaleón y las visitadoras, aunque no he tenido la suerte de que dijera bien mi nombre nunca cuando me citaba. Hay más: Sabato, García Márquez… De joven me gustaba mucho Kafka. Y Salinger, Boris Vian, Bradbury. Philip K. Dick… Pero también leo mucha poesía, teatro (Valle Inclán, Lorca, Shakespeare, Chéjov, Stoppard, LaBute, Berkoff…). No hay que leer novela para escribir novela. Ni guiones para escribir guiones. La inspiración y el aprendizaje te puede llegar de donde menos lo piensas. De una canción, de una conversación que oyes por la calle o en el metro… De escritores españoles, Galdós, Baroja, Blasco Ibáñez… Los he leído del derecho y del revés, son unos novelistas fantásticos. Y soy fan absoluto de Jardiel Poncela. Un genio no solo en el teatro. Su novela La Tournée de Dios es maravillosa, se anticipa a mil cosas. Y nunca se le reconoció porque tenía éxito, era popular. Es una novela que estuvo prohibida por beata por la censura republicana. Y porque atacaba a la religión, por la dictadura. Es la mejor definición del sindiós que es este país que se pueda encontrar.

¿Crees que vas a seguir hablando de momentos históricos?

No necesariamente. Sí creo, como dice la televisión danesa, que cuando tú cuentas una historia, tienes que hablar de la historia, de la época que los personajes están viviendo. Y si es en el presente, igual. Lo hacen muy bien los ingleses, sus series, sus novelas… Cuando lees El buda de los suburbios, de Kureishi, que es uno de mis libros fetiche, está haciendo un repaso de toda la época, del glamour al punk, y te está contando una historia maravillosa. Cuando lees El poder del perro (Don Winslow), también se refleja un momento histórico. Porque la historia se estudia en las facultades, pero ahora se escribe en los periódicos y en las novelas. Convertir lo ficticio en realidad, y la realidad en ficticia, y confundirlas. De eso trata la ficción. Porque, al final, no son tan distintas, te lo aseguro. 

¿Somos nuestro pasado?

No, pero si no lo conocemos (o lo intentamos, por lo menos) somos unos ignorantes. Porque saber de él nos ayuda a entender de dónde venimos, cómo somos… Porque somos lo que heredamos de nuestros padres, de nuestros abuelos, y de un mundo que se comporta de una determinada manera y no de otra… Cuando hice Isabel, Víctor Ros y, con Pablo, El Ministerio, fue para hablar sobre de dónde venimos, aprovechando el encargo. Creo que El Ministerio es la más redonda, porque abarca una línea más amplia, en la que podemos mezclar géneros como el fantástico, el histórico… Es una metáfora continua de los recuerdos: personales, formativos y culturales. Tú crees que has estudiado una historia, y te confrontas con la realidad de esa historia y piensas: ¿cómo me la han contado así y no de otra manera? Son recuerdos de ti como estudiante, como ciudadano que se ha ido formando y se ha ido informando… Son recuerdos de las personas que quieres, de las que has perdido. Porque la verdadera máquina del tiempo son los recuerdos. Por eso no viajamos en la serie al futuro (aunque habrá un guiño a esta posibilidad esta temporada). Viajar al futuro es imaginarlo. Viajar al pasado es recrear lo que ya ha pasado. Hay fuentes, documentación… Pero, sobre todo, viajar al pasado es descubrir lo traidora que es la memoria.

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5 Comentarios

  1. Olivares es tan cretino que cree que los americanos le robaron la idea del Ministerio del Tiempo para rodar la serie Timeless, cuando él ha plagiado sin descaro Torchwood, Doctor Who y The Time Tunnel. Como lea una novela de Robert Silverberg se desmaya de la impresión.

    • No te has leído la entrevista o te da igual con tal de mantener tu prejuicio. Primero deja claro que el tema de la denuncia no parte de él, sino de sus socios. Y después que no es por un tema de plagio simplemente, es porque hay contratos de por medio, querían los derechos para adaptar la serie y después se desentienden y hacen una «sospechosamente» parecida. Como mínimo es para mosquearse.

  2. El ego de este hombre…: «El Ministerio te deja poco tiempo, la verdad. Pero sí, hemos hecho otros proyectos con una estadística lamentable: no hemos colocado ninguno. Un proyecto de Anaïs Schaaff (Invisible) sobre tres amas de casa de un barrio periférico que adquieren superpoderes gracias a unas pastillas que consiguen en un chino. A mí me parece algo maravilloso. Pero no ha gustado. Otro proyecto, Quijano, que trae al presente al Quijote, como Moffat hizo con Sherlock. Lo hemos paseado por todos los despachos sin éxito. Hemos creado una serie (Cómo hemos cambiado) que, si Anillos de oro hablaba de la familia, de la época del divorcio, nosotros hablamos de cómo es la familia de ahora, porque ha cambiado muchísimo. Lo mismo. También he ofrecido pasar a serie mi novela sobre Felipe II. Igual. La verdad es que no hemos conseguido llamar la atención de nadie. Será que hemos bajado el nivel que ha llevado a mi equipo a ganar tres Ondas en cinco años con series creadas por nosotros». Pues nada, abres una cuenta en Kickstarter o Patreon y vemos cuánta gente te financia tu proyecto de las amas de casa con superpoderes que parece un ‘sketch’ de los Morancos. O mejor: que lo produzca Javier Olivares con su dinero y cuelgue los capítulos en YouTube, ya que tanta fé tiene en el proyecto. ¡A la porra los intermediarios! ¡Esto va a ser un éxito seguro! ¡Lo presiento!

  3. Dicen que el éxito se mide por tu obra y también por los haters que tienes. No caba duda entonces del éxito de Olivares. Tiene unos haters pertinaces de los que tiene que estar orgulloso. Como de su obra.

  4. Sé que a Javier Olivares le cabrea que se compare su serie con otra de la BBC protagonizada por un viajero del tiempo de nombre desconocido que conoce a diferentes figuras históricas en sus viajes, así que no pienso contribuir a la polémica… (¡DOCTOR WHO!)… Pongamos fin a este absurdo debate de una vez.

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