
Los trescientos Igigi de los cielos con los seiscientos del abismo
fueron todos congregados por el Señor
en el santuario que habían construido para morada suya.
A los dioses, sus padres, al banquete Marduk sentó:
«Esta es Babilonia, la residencia de vuestro hogar;
divertíos en sus precintos, ocupad sus anchuras».
(Enûma Elish. Cuando el cielo no tenía nombre. Poema acadio escrito ca. 1700 a. C.)
No pretendo demostrar que Dios no existe. De igual manera, no puedo probar que Satán es una ficción. El dios cristiano puede existir como también pueden hacerlo los dioses del Olimpo, los del Antiguo Egipto o los de Babilonia. Pero ninguna de estas hipótesis es más verosímil que la otra: habitan fuera de la región del conocimiento probable y, por tanto, no hay razón para considerar ninguna de ellas.
(Bertrand Russel. Por qué no soy cristiano y otros ensayos sobre religión y temas relacionados. 1927-1957)
El Drawing Center es un pequeño museo en el número 35 de Wooster Street, en pleno SoHo de Manhattan. De hecho, solo ocupa un par de niveles del edificio de cinco plantas —o sea, también pequeño— donde abre sus puertas. Apenas seiscientos metros cuadrados. En ese pequeño museo de ese pequeño edificio decimonónico se presentan exposiciones pequeñas sobre el acto más colosal de la creatividad: el dibujo. El instinto neuronal, eléctrico, que transforma los territorios desconocidos del pensamiento en mapas de puntos y líneas sobre el plano. Una danza de grafito y papel.
La mañana del 2 de noviembre de 1999, el Drawing Center inauguró una exposición sobre dibujo. Se llamaba Another City for Another Life, y era la primera presentación completa que se realizaba en Estados Unidos sobre el proyecto New Babylon. En alguna otra ocasión se habían enseñado croquis y maquetas en distintos museos del país, en el Kimbell de Forth Worth e incluso en el vecino Whitney, en la 75 con Madison. Esta vez había decenas, cientos de bocetos, planos, modelos y estructuras distribuidos por las salas del museo neoyorquino, además de un catálogo de setenta y siete páginas dedicado a un trabajo que se había prolongado durante casi veinte años.
Para los arquitectos, cuyo periodo productivo suele durar toda la vida, dos décadas son un epígrafe más en su biografía. Para Constant —siempre quiso que se le llamara solamente Constant— era toda su biografía. Sonriente, espigado y elegantón con su pajarita y su bigotito cano, acompañaba al comisario Mark Wigley por el Drawing Center mientras explicaba los pormenores de su trabajo en ese pulcro inglés que hablan los holandeses espigados y sonrientes. Sin embargo, de cuando en vez, el brillo de los ojos se le fatigaba. Quizá por los setenta y nueve años que llevaban abiertos; quizá porque Constant había cerrado las puertas de Nueva Babilonia hacía ya mucho tiempo.
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Artículo muy interesante. En mis tiempos mozos en la facultad de Urbanismo en Venecia (hace 30 años, escalofríos) hice un trabajo sobre este señor, que me fascinaba.