Aldo Manuzio y la máquina de escupir libros

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El libro en la base de la industria capitalista

¿Cuándo y por qué se convirtió el libro en la mercancía de referencia? ¿Pudo ser el gran grupo editorial un invento anterior a la editorial independiente? ¿Es posible que el producto estrella de una industria en caída libre, como la editorial, dé beneficios a un gigante innovador, transnacional y deslocalizado como Amazon? ¿Qué es el libro: un objeto de transmisión cultural, uno de esos trastos para el consumo irracional o una mercancía sin futuro?

A lo largo de la historia, antes de que se produjera el cambio de paradigma cultural que ha provocado internet con la digitalización de la transmisión de conocimientos, hubo otros terremotos que también cambiaron el modo en que fluía el saber entre los seres humanos. Y lo cierto es que todos ellos se parecen tanto que pueden analizarse como un único fenómeno, que lleva siempre a sus exaltados defensores a fantasear con la llegada de una nueva era de libertad, y a sus exaltados detractores a proclamar el apocalipsis. 

Como siempre, todo esto, el aumento en la fluidez de los conocimientos, no afecta a la organización del mundo de una forma notable. Seguiremos bautizando niños. Seguiremos bombardeando ciudades. Seguiremos cerrando fronteras y dejando que los otros mueran a las puertas. Mientras tanto, el modelo de empresa jerárquica, ademocrática y despectiva con sus trabajadores se mantiene desde que nacieron las que se revelan como primeras empresas modernas: las imprentas.

Pendiente del mercado, la fluidez en la transmisión de conocimientos no ha dejado de aumentar para ganancia de mercaderes, y el mundo sigue siendo muy poco sabio.

El miedo de Sócrates

Ilustración de una rueda de los libros extraída de Le diverse et artificiose machine del Capitano Agostino Ramelli, de Agostino Ramelli, 1588. Imagen: DP.

En el principio fue el miedo de Sócrates a la manía de sus discípulos de poner por escrito los conocimientos, en vez de mantenerlos vivos en la memoria y difundirlos a otros, cara a cara, oral y críticamente. 

El argumento de Sócrates era contundente: el conocimiento debe transmitirse de una forma vital y dinámica. Al recibirlo por escrito, de manera artificial, el receptor se convierte en un ser pasivo que tiende a aceptarlo acríticamente, lo que impide que la transmisión del conocimiento pierda valor como vía de acceso a la verdad. 

La escritura como transmisión de conocimiento fue, entonces, el primer cambio de paradigma cultural, que puso a competir con ventaja la cultura escrita con la oral —dos formas de cultura que conviven aún— y provocó el nacimiento del libro, en rollos de papiro o pergamino. 

Sócrates —ya se ha dicho muchas veces— no sabía que su forma de pensar, asociada a su nombre, iba a pervivir gracias a esa escritura que denostaba. Pero, en verdad, lo que no podía ni imaginar él es que, una vez escrito, su pensamiento adquiría cuerpo y podía convertirse en mercancía.

Pese a ello, durante mucho tiempo todavía, el libro no fue una mercancía, sino solo una forma artificial, sí, pero efectiva de transmitir conocimientos más o menos literarios o científicos. Los libros no se adquirían por dinero: para hacerlos parte de la propia biblioteca, el lector debía dar un paso inevitable: copiarlos a mano, lo que exigía una profunda inmersión en ellos. 

Ya en Roma aparecieron las primeras empresas privadas de venta de libros: librerías en las que varios esclavos doctos copiaban lo que uno de ellos dictaba, con una producción creciente que posibilitó las bibliotecas particulares de los patricios.

Pero ni siquiera la invención del códice, el formato de los libros analógicos tal como lo conocemos hoy, desarrollado con la incorporación del papel como material para su producción, convirtió el libro en el objeto cultural de venta por excelencia. El códice materializaba, más que nada, el anhelo de presentar en un solo volumen la Biblia, el libro de libros, cuya extensión obligaba antes a su dispersión en demasiados rollos. 

Habrían de pasar muchos años hasta que la aparición y proliferación de universidades divulgara entre los hijos de los potentados el gusto por el saber y la lectura, impulsando una valoración del libro y una demanda creciente de ellos que apenas podían satisfacer los papeleros y libreros. 

La búsqueda de una máquina de escritura artificial capaz de acelerar la producción de libros se convirtió en una obsesión que desembocó en la aparición de la imprenta de tipos móviles, cuya invención atribuimos en Occidente a Gutenberg. Como es bien sabido, Gutenberg se arruinó, intentando ajustar la máquina y los procesos de impresión, antes de llegar a concluir su Biblia, y fue su banquero Fust el que se quedó con los beneficios del libro y con la máquina. El cambio de paradigma estaba servido: en pocos años los impresores, extendiéndose por toda Europa, comenzaron a producir libros en serie hasta inundar el mercado. 

La Grande Compagnia

Como en la actualidad internet, en el principio las imprentas quedaron en manos de técnicos y de comerciantes. A los impresores no les interesaba el contenido de los libros: solo buscaban ahorrar en los costes y aumentar los beneficios comerciales. Surgieron enseguida emprendedores que viajaron a producir sus libros a las distintas ciudades europeas.

Pero las imprentas exigían una organización de trabajo distinta de la de los talleres convencionales: incorporaban especialistas que participaban en una parte de la producción y se desentendían del resto: en el mismo taller en que se fabricaban los tipos y la tinta, se montaban los textos siguiendo una guía manuscrita, se corregían en pruebas de impresión, se imprimían con papel de fabricación externa y se vendían a las puertas en pliegos que los compradores encuadernaban en otros talleres.

La producción del libro era ya en muchos sentidos un verdadero montaje industrial en una cadena nada simple, en la que participaban desde orfebres hasta gramáticos, pasando por grabadores, traductores y maquinistas, sometidos todos ellos a la jerarquía del impresor. De manera natural, además, los impresores se asociaban con papeleros, encuadernadores, libreros y comerciantes extranjeros, y montaban pequeñas compañías de carácter internacional. El latín, como lengua principal de cultura, permitía que los libros producidos en un punto de Europa se vendieran en cualquiera de sus rincones.

Nacieron así, en torno a la imprenta, las primeras empresas modernas guiadas por potentados que navegan al viento del mercado. 

Por si queda alguna duda de que el libro es el producto industrial primigenio, basta decir que pronto la producción de libros superó con creces la demanda, y entonces se produjeron las inevitables primeras crisis de sobreproducción que arruinaron a los trabajadores, empobrecieron a los menos ricos y enriquecieron a los potentados. Crisis como las de hoy, alimento esencial de una economía de explotación mercantil de productos, basada en un consumismo irracional. Crisis que dan todo su sentido al capitalismo.

Para poner esto en cifras: calculamos que en los primeros cincuenta años de imprenta, desde su invención hasta el año 1500, se imprimieron entre treinta mil y cuarenta mil títulos (los llamados incunables: libros realizados cuando las técnicas impresoras estaban aún «en pañales», o incunabula, como se decía en latín). Esto da, suponiendo una tirada media de trescientos a seiscientos ejemplares, de diez a veinte millones de ejemplares circulando por Europa. La cifra es descomunal aunque nos quedemos en los cálculos más prudentes, y aumentaría pronto a gran velocidad.

La ciudad estado de Venecia se había convertido en la Edad Media en un imperio comercial por su habilidad para negociar en aduanas y manejar de manera ventajosa la distribución de especias, sedas y esclavos. El Senado veneciano favoreció la instalación de imprentas allí, y aquel puñado de islas se convirtió pronto en el mayor centro productor de libros europeo, adonde acudían a deslocalizar sus imprentas los comerciantes alemanes.

Ese fue el modo en que se creó el primer gran grupo del libro en 1480, La Grande Compagnia, a la cabeza de la cual se situaron, en Venecia, el comerciante de libros alemán Johannes de Colonia y el impresor francés Nicolás Jenson, con sus respectivos socios.

Retrato de un hombre joven, de Bronzino, ca. 1530.

La invención del editor

Así pues, el libro es sin ninguna duda el primer producto de consumo fabricado en serie por medio de un proceso industrial moderno. Su producción llevó a la creación de empresas deslocalizadas que cuando crecían se convertían en entidades de carácter transnacional, con técnicas de venta que seguimos usando, como las hojas volanderas elaboradas en las propias casas impresoras. La identificación de los libros con su casa fabril por medio de marcas tipográficas, convertidas en verdaderos logos, producía la misma sensación prejuiciosa de calidad al comprador (al principio todos copiaban la marca de Jenson).

Pero aún faltaba un elemento fundamental en todo este tinglado: la figura del editor. Hasta el momento, como queda dicho, los procesos de edición se hacían sin demasiado cuidado, por más que luego los flyers de la época cantaran sus excelencias. Moralistas como el dominicano Filippo da Senna, temiendo la muerte del libro a golpes de imprenta, clamaban aquello de «La pluma es virgen; la imprenta, prostituta».

El impresor Andrea Torresani, formado en el entorno de Nicolas Jenson y sorprendente heredero de las máquinas de producción y los colaboradores de La Grande Compagnia, fue quien encontró la clave para establecer lo que consideramos la primera editorial moderna. Por un lado, logró la financiación de su imprenta gracias a un acuerdo de asociación al cincuenta por ciento con el patricio y papelero Pier Francesco Barbarigo, perteneciente a una de las familias más corruptas de Venecia (era sobrino del que, en el momento en que se asociaron, era el dux e hijo del anterior). Pero lo que convirtió a Torresani en el creador de una auténtica editorial moderna fue que captó para la causa a un profesor de príncipes y gramático llamado Aldo Manuzio con el fin de que elaborara el catálogo literario de obras a imprimir, lo casó con su hija de veinte años (Aldo rondaba los cincuenta, como Torresani) y lo puso a trabajar en su casa y bajo su tutela, tras entregarle una quinta parte de su mitad del negocio (es decir, el diez por ciento de la empresa), convirtiéndolo en su cabeza visible.

El especialista en Manuzio Martin Lowry fue quien documentó y divulgó este proceso en su obra The World of Aldus Manutius, tirando por tierra el mito de que Manuzio era un emprendedor y mostrándolo como dependiente de su suegro, el verdadero potentado de la empresa.

Lo sorprendente es que Manuzio propuso lo que cualquier editor de hoy llamaría un catálogo ruinoso: la edición de las obras clásicas griegas en su lengua original, que a esas alturas no eran capaces de leer más que cuatro humanistas y los inmigrantes griegos del caído Imperio bizantino que huían del avance del turco.

¿Por qué un proyecto creado, en palabras de Manuzio, «para el servicio de la humanidad y contra la barbarie y las guerras» llamó la atención del impresor Andrea Torresani, que puso a disposición de Aldo sus máquinas, su financiación y sus artesanos? Quizá Torresani era un verdadero visionario, pues ocurrió lo imprevisible: desde los primeros libros Aldo asombró a los eruditos como uno de los suyos, consolidando el prestigio de la empresa a lo largo de toda Europa. Le solicitaban por carta las obras recién salidas de la prensa y varios príncipes y nobles le pedían ediciones especiales, en pergamino, para encuadernarlas a todo lujo. No le quedó más remedio que imprimir catálogos de precios para venta a distancia.

La alianza entre Torresani y Manuzio, entre comerciante y erudito, supuso el nacimiento y asentamiento de la primera empresa industrial moderna, que, por más extraño que parezca, tenía un plan cultural: lo que ahora llamamos una editorial literaria. Lo sorprendente es que su creación no fue el capricho cultural de un idealista independiente, sino una marca bajo lo que ahora nombramos con expresión eufemística «el paraguas de un gran grupo». Queda refutado el mensaje idealista del gran André Schiffrin en su obra La edición sin editores. El panorama es más desolador: desde el principio, la edición fue sin editores. Y cuando los eruditos entraron allí, se pusieron inmediatamente al servicio de los comerciantes. Al servicio del mercado.

Pronto empezaron a hacerse en aquella imprenta libros literarios también en latín y romance y se aceptaban encargos, sin que el prestigio menguara. El movimiento ascendente de tiradas y ventas fue imparable. La literatura había llegado al mercado para quedarse.

Quizá el hallazgo fundamental de la casa de Andrea Torresani y Aldo Manuzio fue el de su marca impresora, que se ha convertido en el emblema editorial más reconocible de todos los tiempos (con permiso de la erótica manzanita mordida que lucen los cacharros de Apple): el ancla y el delfín, que hoy conservan de logo editoriales como la estadounidense Doubleday, la española Destino o la mexicana Aldus. Se trata de un emblema de origen incierto (ya presente en monedas del emperador Tito que el erudito Pietro Bembo, amigo y colaborador de Aldo, conservaba) que representa, al menos en la interpretación que hicieron ellos, el oxímoron «apresúrate lentamente», festina lente en latín, una definición precisa de la velocidad y el cuidado que caracterizan a la labor editorial bien hecha (y según algunos, a la vida misma bien entendida). Una variación del emblema de la flecha y la rémora. Los símbolos aquí están invertidos: el ancla sería el elemento de contención y el delfín, el animal más veloz —siempre que hagamos caso a Plinio: «más agudo que un dardo»—, el elemento de aceleración.

La invención del libro de bolsillo

El momento de mayor esplendor de la casa de Aldo y Andrea llega en plena crisis veneciana de imprenta y banca, a principios del XVI, cuando revolucionaron los hábitos de lectura literaria y situaron sus ventas a la altura de las de los libros religiosos y legales: las tiradas medias pasaron de trescientos a mil quinientos ejemplares y alcanzaron en muchos casos los tres mil.

Se trata de la impresión de clásicos en formato octavo, con lomos de menos de un palmo: un formato portátil que hasta el momento solo se utilizaba para los libros de rezo diario que se llevaban a la iglesia. Libros portátiles, manuales, para llevar en mano o en la faltriquera, la bolsa. Lo que hoy conocemos como libro de bolsillo. 

Los octavos aldinos cautivaron a los lectores y pusieron de moda la lectura íntima como forma no de estudio, sino de comunión con los autores, esa especie de rezo incrédulo que todavía es para algunos.

Pronto los libros de Manuzio se convirtieron en complemento ideal del atuendo de patricios y burgueses en sus paseos. Leer daba prestigio humanista, así que los potentados se retrataban con sus libros en octavo, los jóvenes rondaban a las muchachas al pie de los balcones sosteniendo en la mano un petrarchino (la poesía de Petrarca en edición aldina), y los eruditos se enfrentaban a los tercetos encadenados de la Divina comedia desnudos, sin el estorbo de los comentarios escolásticos que fatigaban sus páginas con un horror vacui semejante al de las páginas de internet de hoy.

La invención del escritor

Retrato de Erasmo de Rotterdam, de Hans Holbein, 1523.

Erasmo de Róterdam es probablemente el ejemplo primordial de autor moderno, un concepto que quizá tenemos en nuestra imaginación algo tergiversado por la idealización romántica. Erasmo era un hombre con estudios, pero sin fortuna personal ni influencias familiares suficientes para escapar de la miseria y desarrollar una carrera de altura como cortesano o eclesiástico. Era maestro, igual que Aldo Manuzio, aunque, como hijo bastardo de un cura, intentó en vano prosperar en la Iglesia. Contaba para sobrevivir solo con sus conocimientos, su manejo del idioma y su ingenio, y decidió jugársela y poner todo esto en venta: fue uno de los muchos escritores que se acercaron a Aldo para lograr fama entrando en su catálogo. Erasmo ofreció a Manuzio su traducción latina de dos obras de Eurípides y, a cambio de editarlas, Aldo le pidió que aumentara para él la que acabaría convirtiéndose en su obra magna, sus Adagios, un compendio de breves comentarios eruditos (al estilo que imitaría luego Montaigne para crear sus Ensayos) realizados en torno a una exhaustiva compilación de proverbios griegos y latinos. 

Seducido por la fama de los libros portátiles, Erasmo viajó a Venecia para trabajar como escritor para el editor Manuzio en la ampliación de su obra, durante más de un año, en casa de Torresani, a pie de imprenta («sin tiempo ni para rascarme la oreja»). Esta convivencia de editor y escritor puede considerarse paradigma de la relación eterna entre empresario y trabajador. Tiempo después, ya al servicio del que fuera el editor de su obra completa, Johannes Froben («el Manuzio de Basilea»), Erasmo se burlaría de la avaricia y tacañería con que Torresani administraba su fortuna (ante la pasividad de Manuzio) en su diálogo satírico Opulencia sórdida, cuyas escenas inspiraron a Quevedo para trazar las situaciones de miseria que atravesaba su personaje, el Buscón, en casa de amos que eran, como Torresani, opulentos y tacaños al tiempo.

Del libro analógico al libro digital

Pese a que el debate del interés del libro digital estorba bastante a la claridad de la cuestión, hoy son pocos los que niegan que internet ha cambiado el paradigma de transmisión del conocimiento más o menos científico o literario, como hicieron sucesivamente la invención de la escritura y de la imprenta. Una de las consecuencias inmediatas de este cambio, en manos desde el principio de los técnicos y los mercaderes, es que se ha llegado casi a la misma conclusión que con el advenimiento de la imprenta: «El valor de los contenidos tiende a cero», dicen los gurús, alabando los terminales obsolescentes que vende nuestra industria de la comunicación.

Desde esa idealización del Renacimiento que nos impide ver lo que verdaderamente nació al final de la Edad Media, la aparente revolución de Aldo Manuzio fue poner en valor el contenido de los libros impresos, que los técnicos impresores despreciaban, fascinados por los procesos de producción de los libros. Pero en realidad todo eso sirvió solamente para disparar las ganancias de las imprentas, que fomentaron el esnobismo de los consumidores de literatura y su concepción de que leer los convertía en especiales frente a la chusma de indoctos. 

Resulta bastante sencillo predecir que con el nuevo cambio de paradigma volverá a ocurrir lo que ocurrió con la imprenta (de hecho, ya está ocurriendo): aumento de la fluidez de la comunicación, aumento de las manías consumistas, ganancia de productores, mantenimiento o aumento de las relaciones de explotación en el trabajo. 

El libro sigue teniendo prestigio, lo que lo convierte en un producto interesante para experimentar y mejorar los avances logísticos en el almacenamiento y distribución de mercancías. Y en la medida en que lo siga siendo no perecerá como objeto de consumo. Aunque la imagen de Amazon se muestre indisolublemente ligada al libro, los editores conocen sus reducidísimas ventas. Amazon no quiere vender libros, sino vender cualquier producto. El libro les interesa porque mantiene su viejo efecto llamada y por las facilidades de su agrupación y transporte.

Como Andrea Torresani, el hombre que contrató a Aldo Manuzio, los grandes comerciantes de nuestro tiempo, Jeff Bezos, Steve Jobs, Larry Page o Bill Gates, quieren que sus marcas se asocien a nombres de sabios, porque eso aumentará el prestigio y las ventas de sus empresas. Pero no van a contratar a nadie porque saben que con las campañas publicitarias adecuadas ellos mismos pueden ser considerados sabios. Resulta comprensible que, fascinados por sus fortunas, en las universidades se apresuren a nombrarlos doctores honoris causa y los medios de comunicación corten y peguen las frases autopromocionales de sus departamentos de marketing Y por tanto es predecible que esta vez no haya editores, no aparezcan en estas empresas figuras de intelectuales convencidos de que lo importante, lo que verdaderamente posee valor en la transmisión del conocimiento, es el conocimiento mismo, por muy evidente y que parezca.

Como Andrea Torresani, los grandes magnates de las corporaciones de la comunicación saben bien que lo que mantiene a sus empresas en alto no va a variar: la organización del trabajo, ese terreno en el que por mucho que fluya el conocimiento jamás entrará la democracia, puesto que la democracia en el trabajo podría impedir que los beneficios fluyeran por el cauce habitual: ahí siempre se sabrá quién tiene la sartén por el mango. Mientras tanto, los escritores y los editores, servidores ahora como siempre de mercaderes y técnicos, seguirán mostrándose tan independientes como su fortuna personal se lo permita.

E igual que le ocurre a todo el mundo, sus beneficios solo muy raramente dependerán de su trabajo.

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4 Comentarios

  1. He leído su artículo con placer, a pesar del pesimismo que trasmite. De lo mejor que últimamente se haya editado en esta revista. Gracias.

  2. Hola. A mi me gusta que el libro sea un producto de consumo. No le veo nada de malo el que alguien gane dinero vendiendo un libro, ya que sin dinero, nadie más podría tener un ejemplar de ese libro. Ej.: si nadie hubiera vendido el primer ejemplar de Martín Fierro, no se habría podido producir otro y nadie más hubiera tenido otro ejemplar más. Sólo lo habría leído una sola persona. ¿Y por qué? Porque con el dinero por la venta de un libro se puede sostener la realización de un segundo ejemplar: el costo de la tinta, del papel, de la encuadernación, etc. Tampoco es malo que editores, productores, etcétera ganen dinero con la producción de libros, ya que ellos apoyan la venta de esos libros y merecen ganar dinero por su trabajo, no le están robando a nadie, están trabajando. El trabajo no es robo, y el robo no es trabajo.

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